31 de marzo de 2010

JUEVES SANTO - Institución de la Eucaristía



"Nos amó hasta el extremo en la Eucaristía"

Para comprender la fe cristiana será preciso repasar siempre este texto de San Juan: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Los suyos somos también nosotros por quienes ya rogó Jesús en el discurso de despedida: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra” (Jn 17, 20). Esta palabra, que procede de Jesús, ha sido transmitida por la Iglesia de generación en generación hasta nuestros días. Y esta transmisión, tradición, continuará hasta el fin del mundo.

La expresión “los amó hasta el extremo” hay que comprenderla en la realidad de Jesucristo, Dios y hombre. Es un amor que tiene toda la fuerza de Dios expresada al modo humano. Es un amor que se da sin medida, sin condiciones. Es el amor que llevó a Jesús a cargar sobre sí nuestros pecados para que quedaran destruidos con su muerte. Es la fuerza del amor infinito de Jesús para llevar la humanidad hasta Dios, de quien estábamos alejados por nuestros pecados. La realidad de este amor la expone San Pablo cuando nos dice que “cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8).

“Los amó [nos amó] hasta el extremo” queda reflejado en su permanencia entre nosotros instituyendo la Eucaristía. Nos amaba tanto que tenía prisa, anticipó sacramentalmente su entrega por nosotros en la Cruz. En la Ultima Cena instituyó la Eucaristía por la que Jesús perpetúa su presencia entre nosotros bajo las especies de pan y de vino en su sacrificio cruento del Viernes Santo: “Mi cuerpo que será entregado… mi sangre que será derramada”. Su amor “hasta el extremo” por la humanidad se hace presente en cada Misa. Sólo en el amor puede ser comprendida la fe cristiana, sólo en el amor “hasta el extremo” a Dios y, en El, a los demás, se puede vivir en cristiano. Corresponder a tanto amor con el nuestro, un amor sacrificado y alegre como el de Jesucristo, que vive para siempre en el Cielo intercediendo por nosotros. Amar la Eucaristía, por tanto, especialmente la de cada domingo, donde nos reunimos los hijos de Dios en torno a la mesa del altar, en la que Dios nos da a su propio Hijo para que tengamos vida abundante y alcancemos la vida eterna.

Para que entendamos mejor su amor hasta el extremo, realizó el lavatorio de los pies a sus discípulos, una acción que correspondía al menos importante de la reunión, impropia del más importante, en este caso Jesús. Como El, no tener otro deseo en relación con los demás que el de servirles, el olvidarse de sí mismo para hacer la vida amable a los demás, sean quienes sean. “En esto conocerán que son mis discípulos, si se tienen amor unos a otros” (Jn 13, 35). “Si comprenden esto y lo hacen nos dice Jesús, serán bienaventurados” (v. 17), felices. Sin duda que aquí está muchas veces la raíz de nuestras insatisfacciones e inquietudes, en que no amamos de verdad al prójimo. Amor con obras.

Amemos la participación en la Santa Misa, que tiene su punto culminante en la recepción de la Sagrada Comunión. Desear comulgar para ser fortalecidos en el amor, para amar cada vez más, para superar egoísmos, rencores o flojeras en relación con los demás. Amor “hasta el extremo” mirando sólo a Jesucristo en la Cruz, presente en cada Eucaristía, la “locura” de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. Gustar de la oración de su presencia ante el Sagrario.

Con María, quien, sin duda, estuvo atendiendo la mesa en la Ultima Cena. Ella nos hará partícipe de los sentimientos de Cristo en ese momento central de su obra redentora. Pongámonos junto a Ella especialmente en estos días de Semana Santa subiendo con Ella a la Cruz, a nuestra cruz, para alegrarnos con Ella contemplando a Jesús resucitado.


(Obispo de Chiclayo, 9 de abril de 2009)