29 de octubre de 2014

EUCARISTÍA Y PENITENCIA: dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí.


La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el «cuerpo» y con el «corazón»; (72) es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».(73)

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar».(74) Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal».(75)

28 de octubre de 2014

Eucaristía: fuente de nuestra vida cristiana


En todo momento de gracia, el cristiano, «muriendo» al hombre viejo carnal, «vive» el hombre nuevo espiritual. Si un cristiano perdona, mata en sí el deseo de venganza y vive la misericordia de Cristo. Si da una limosna, mata el egoísmo y vive la caridad del Espíritu Santo. Si se priva de un placer pecaminoso, toma la cruz y sigue a Cristo, muere y vive. Y así sucede «cada día», en todos y cada uno de los instantes de la vida cristiana:muerte al hombre viejo, en virtud de la pasión de Cristo, y vivificación del hombre nuevo en virtud de su resurrección gloriosa. Es una vida continuamente eucarística y pascual. No se puede participar de la vida divina sin inmolar al Señor sacrificialmente toda la vida humana, en cuanto está marcada por el pecado: sentimientos y afectos, memoria, entendimiento y voluntad.
De Cristo nos viene, pues, juntamente, la capacidad de morir a la vida vieja, y la posibilidad de recibir la vida nueva y santa. De Él nos viene esta gracia, y no sólo como ejemplo, sino como impulso que íntimamente nos mueve y vivifica. Siendo la misa actualización del misterio pascual, es en ella fundamentalmente donde participamos de la muerte y resurrección del Salvador. Por tanto, de la eucaristía fluye, como de su fuente, toda la vida cristiana, la personal y la comunitaria.

25 de octubre de 2014

Pueden ir en Paz


La Misa termina con un rito breve y de profunda significación.
El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu.
Y como al principio de la Misa, el signo de la cruz, y el nombre de la Santísima Trinidad.
«En seguida el sacerdote añade: “la bendición de Dios todopoderoso –haciendo aquí la señal + de la bendición–, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros”. Y todos responden Amén».
Cristo, por medio del sacerdote, con la eficacia y certeza de la liturgia, concede finalmente a su pueblo una bendición. Así como el Señor, en el momento de la Ascensión, al despedirse de sus discípulos, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le re-presenta, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (Pleg. euc. III).

24 de octubre de 2014

NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Virgen Inmaculada, Madre de Jesús y Madre nuestra, te invocamos con el nombre de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento porque Tú eres la Madre del Salvador que vive en la Eucaristía.   De ti tomó la carne y sangre con las que Él nos alimenta en la Sagrada Hostia.   Te invocamos también con este nombre porque la gracia de la Eucaristía nos viene por tu medio, pues Tú eres la mediadora, el canal, por donde nos llegan las gracias de Dios.   Y, por último, te llamamos Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, porque Tú fuiste la primera en vivir la vida Eucarística.   Enséñanos a orar la Misa como Tú lo hiciste, a recibir la Santa Comunión de una manera digna y frecuente y de visitar a Nuestro Señor devotamente en el Santísimo Sacramento.

23 de octubre de 2014

La Gracia: El regalo de Dios.




EL MISTERIO DE LA GRACIA SE CORONA EN LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA, SE HACE PATENTE Y VIVIBLE.

En este encuentro semanal con ustedes, queridos amigos, les ofrezco hoy una pequeña catequesis sobre la Gracia de Dios. 

A ustedes se les puede ocurrir pero porqué hablar de esta cosa extraña, pero no es algo extraño, es lo más común de la vida cristiana, es lo esencial de la vida cristiana. 

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de la gracia de Dios? Por empezar notemos el nombre: gracia. Una gracia es un don gratuito, gratis, es un regalo que Dios nos hace. ¿Y en qué consiste ese regalo? En participar de la vida de Dios. ¡Casi nada! Es participar de la vida misma de Dios.