18 de mayo de 2012

Vigilia de Pentecostés (guión para adoración): María Sagrario del Espíritu Santo



“María, Sagrario del Espíritu Santo”

Oración inicial: Viento y fuego

Que el Espíritu Santo,

que es un viento Señor

Nos sacuda la vida,

Hasta la conversión.

Nos arranque de cuajo

Este “yo pecador”

perezoso y miedoso,

egoísta y señor.

Ven Espíritu Santo, ven

Tu pueblo está en oración

María está con nosotros.

Ven Espíritu Santo, ven

Y anima nuestra reunión

Queremos hallar el modo

De vivir la comunión.

Que el Espíritu Santo

que es un fuego Señor,

nos alumbre por dentro

nos encienda en Su hervor.

Cantamos invocando la intercesión de María:  Salve Regina

Salve Regina, Mater misericordiae,

Vita dulcedo et spes nostra salve.

Ad te clamamus exsules filii Hevae.

Ad te suspiramus gementes et flentes,

in hac lacrimarum valle.

Eja ergo advocata nostra,

illos tuos misericordes oculos ad nos converte.

Et Jesum benedictum fructum ventris tui

nobis post hoc exsilium ostende.O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria.


Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve.

A ti te llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti te suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lagrimas.

Ea pues Señora abogada nuestra, después de tus ojos misericordiosos muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre.

O clementísima,

o piadosa

o dulce Virgen María.


Iluminación inicial:

“Sin el Espíritu Santo. Dios está lejos, Cristo está en el pasado, el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, una dominación; la misión es propaganda; el culto, una evocación, y el obrar cristiano, una moral de esclavos.

(…) Pero en Él… Cristo resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia quiere decir comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el obrar humano está deificado.”

F. X. Nguyen van Thuan “Testigos de Esperanza”


Invocación al Espíritu Santo:

Cantamos Ven oh Santo Espíritu

Entra el Libro de la Palabra:

Continuamos cantando:

Ven, oh Santo Espíritu,

y de tu amor enciende la llama.

Ven, Espíritu de amor, ven Espíritu de amor.

Primer Lectura

“Cuando llegaron a la cuidad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús.”
Hch 1, 13-14.

Cantamos:

Ven Espíritu de Dios,

inúndame de Amor,

ayúdame a seguir.

Ven y dame tu calor,

quema mi corazón,

enséñame a servir.

Ven Espíritu de Dios,

ven a mi ser, ven a mi vida.

Ven Espíritu de Amor,

ven a morar, Maranathá.

Hoy la vida que me das

te invoca en mi dolor

y clama "Ven, Señor".

Ven y cambia mi existir,

transforma mi penar

en gloria hacia Ti.


Cantamos el Aleluya

+ Evangelio según san Juan

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡la paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, ya también los envío a ustedes” Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.”
Jn 20, 19-23


Exposición del Santísimo “…estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús…”

Cantamos:

Cristo Jesús, oh fuego que abrasa

que las tinieblas en mí no tengan voz.

Cristo Jesús, visita mis sombras

y que en mí sólo hable tu Amor.


Invocaión al Santísimo

Meditación : María, sagrario del Espíritu Santo

Cuando invocamos el acontecimiento de Pentecostés en el que los apóstoles fueron revestidos de un Espíritu de poder y de fuerza, no debemos olvidar nunca que se trata de la "unción invisible de la Cruz" (san Bernando), hecha de dulzura y humildad. Por eso la espera de este Espíritu pasa por el corazón de la Virgen que tiene el secreto de la dulzura de Dios. En la oración, la paciencia y la perseverancia, nos inicia en este misterio, enseñándonos a convertir nuestro deseo, forzadamente áspero y voluntario, en gemido inefable de dulzura y humildad.

Cuando el Padre ve que hemos alcanzado el fondo de nuestra miseria y que no podemos vivir sin este "consolador soberano", entonces envía el "dulce huésped" del alma que es al mismo tiempo un dulcificante frescor. La oración asidua y perseverante a María, tiene por fin desgarrar nuestro corazón y arrancarle un inmenso clamor que suba hasta el cielo y desgarre al mismo tiempo el corazón del Padre, como el grito de Jesús en la Cruz conmovió sus entrañas de misericordia.
Quisiera citar aquí el testimonio de un muchacho de veinticinco años que tuvo una infancia desgraciada con grandes heridas afectivas y que lleva hoy una pesada cruz que perturba tanto su psiquismo como su cuerpo, lo que le hace vivir una lucha y un drama que podrían llevarle a la desesperación. Sin embargo, la Virgen le sostiene y le cura de una manera misteriosa. El 25 de marzo último, después de haber renovado su consagración a María escribía:
"En esta fiesta de la Anunciación de 1984 y en esta consagración del mundo a María, tengo conciencia con mucha mayor agudeza del lugar de la Virgen madre en la masa de los pecadores, de los enfermos... Que error vivir su maternidad como si estuviese en un pedestal. María es madre allí donde la vida no es manifiesta: es madre sobre todo donde la no-vida gana terreno, donde la degradación y la muerte triunfan aparentemente. María es madre sobre todo allí donde se ha instalado el pecado, mi mediocridad.

Comprendo mejor mi vocación mariana en esta perspectiva, en el descubrimiento de esta ley: María se precipita con prioridad en los lugares de miseria para que la misericordia de su Hijo se manifiesta allí, en todo su poder y medida.
Antes, mi vida me parecía dividida entre mi sed de santidad, en la que María, la Inmaculada, me seducía por su belleza, y mi experiencia de pecador, más viva en algunos momentos durante los cuales, no me atrevía ni a mirarla y se hacía como un paréntesis en mi relación con ella.

Hoy, todo ha terminado: en el seno mismo de la lucha, de la tentación, de la humillación, le estrecho la mano y le digo apretando mi rosario: "Aquí es donde quiero". Y continúo mi contacto con ella en la fe, con su Hijo Jesús, desorientado ante tal rotura en mí. Pero me mantengo fiel.

El enemigo me empuja a la tristeza, al repliegue sobre mí mismo, a alejarme de su Hijo pues vivo en un marasmo por mis tentaciones. Pero evito caer en esa trampa. Después de que mi relación con María continua en un diálogo en el corazón de la tentación y aun a veces de la experiencia del fracaso, recupero fuerzas y el enemigo pierde terreno."

Algunos dirán que no es una curación, puesto que la lucha y el combate siguen, pero es algo mejor que una curación mágica, pues es el misterio del mal y del pecado perpetuamente superado y transfigurado por el poder del Resucitado: "Mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza. Porque trato con mucho gusto seguiré gloriándome en mis flaquezas para que habite en mí la fuerza de Cristo" (2 Cor. 12,9).

Este hombre se levanta por la fuerza de arriba que fortalece su debilidad sin que deje de ser una debilidad.
Las curaciones de los corazones y de los cuerpos, los cambios de vida, el testimonio del martirio, el compromiso de seguir a Cristo en el celibato, son signos brillantes de la transformación de los corazones por la conversión, no solo moral, sino el giro de toda la persona bajo la presión del Espíritu Santo que revela el rostro de Cristo. Primero hay que convertirse encontrando el rostro del Resucitado, luego vendrá la efusión del Espíritu Santo.

Un santo es un hombre habitado por Jesucristo, que no cesa de pensar en él, y por eso ora sin cesar. Cuando Jesús anuncia que el Espíritu Santo hará de los discípulos testigos hasta el confín de la tierra, está pensando en estos hombres seducidos totalmente por la locura de su amor. Se invita a menudo a los cristianos a ser apóstoles, es decir a irradiar y a dar testimonio de Cristo resucitado, pero no se irradia a golpe de voluntad, ni lo hace uno porque quiere, sino por el poder del Espíritu de Pentecostés que arde en nosotros y que nos hace santos.

El primer Pentecostés fue espectacular por el viento violento, las lenguas de fuego y la embriaguez espiritual que invadió el corazón de los apóstoles, hasta el punto de convertir a tres mil personas. Hay hoy en día en la Iglesia, un Pentecostés invisible que durará hasta la parusía: es el murmullo dulce y ligero del Espíritu Santo, la brisa ligera que acaricia el rostro de Elías en el Horeb y que hace de los corazones obstinados para creer, santos de corazón licuado de dulzura.
María fue la primera en recibir ese fuego del Espíritu Santo que brota de lo profundo de su ser. Ofrece su cuerpo y su corazón para que el fuego del Espíritu encienda en ella la zarza ardiendo del Verbo encarnado. Lo lleva en sus entrañas sin ser consumida por él.

Pero esta vez no está sola, sino en medio de la primera comunidad cristiana. Esta manifestación arroja una luz nueva sobre la acción del Espíritu en ella desde el comienzo de su existencia y confirma la nueva maternidad que su Hijo le confirió sobre la Cruz. Madre de Jesús, es ahora madre de la Iglesia y esta continuamente intercediendo junto al Padre para que se de el Espíritu a los hombres, para que se realice en el mundo un nuevo Pentecostés.

Aquí, creo yo, que es necesaria e indispensable la intervención de la Virgen para enseñarnos a perseverar en la oración. En la Anunciación y cada vez que se enfrentó con una situación imposible, descubrió experimentalmente que nada era imposible para Dios. Tenemos que pedir a la Virgen que nos enseñe a suplicar.

Cantamos: Magnificat

Magnificat, Magnificat

Magnificat anima mea Dominum.

Magnificat, Magnificat

Magnificat anima mea.


Rezo de las Letanías:

En la liturgia, Cristo esta orando, allí Cristo está celebrando. Allí los coros de los ángeles y arcángeles entonan el Triple Santo. Allí “la muchedumbre de testigos” canta, en esta “tierra hecha Cielo” el Cántico Nuevo. La Madre de Dios, los profetas, los apóstoles, los mártires, los santos todos, nuestros antepasados todos han escuchado la invitación de un Rey que invitó a las bodas del Hijo y está de Fiesta... queremos cantarle con el Espíritu: ¡Ven, Señor, no tardes más! Y esperar vigilantes su Retorno glorioso. Queremos ver, oír, tocar, besar, postrarnos y adorar la Carne del Verbo que se nos ha manifestado en este Lugar.

A cada uno cantamos: “Ruega por nosotros”

Santa María, Madre de Dios...

San Juan Bautista...

San José...

Santos Ángeles de Dios...

San Joaquín y santa Ana...

Santos Pedro y Pablo...

Santiago Apóstol...

Santa Maria Magdalena....

Santa Marta...

San Ignacio de Antioquía...

San Agustín y Santa Mónica...

San Benito...

San Bernardo...

San Bruno...

San Francisco y Santo Domingo...

Santa Clara y Santa Catalina...

San Pedro de Alcántara...

Santa Teresa de Jesús...

San Juan de la Cruz...

San Ignacio de Loyola...

San Francisco Javier...

San Juan de Dios...

San Felipe Neri...

San Francisco de Sales...

Santo Tomas Moro...

Santo Cura de Ars...

Santa Bernardita...

Santa Teresita...

San Juan Bosco...

San Luis Orione...

San Héctor Valdivielso...

San Maximiliano Kolbe...

Santa Teresa Benedicta de la Cruz...

San Padre Pío....

Santa Gianna Beretta Molla...

Beato Carlos de Austria...

Beato Juan XXIII...

Beato Padre Hurtado...

Beata Teresa de Calcuta...

Beato Juan Pablo II

Todos los Santos y Santas de Dios...


Meditación:

“¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido nuestro pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. Pero no dio este paso en solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo que serían el cortejo viviente que lo acompañaría en el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los suyos y se encuentra realmente en su casa (…)

Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todos nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva.

Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección.”

Benedicto XVI - Homilía


Preces

A cada petición cantamos: “Te rogamos óyenos”

Te pedimos Santo Espíritu por nuestro Papa Benedicto XVI, los obispos, sacerdotes y todos los que formamos la Iglesia, Pueblo de Dios, para que no nos cansemos nunca de dar testimonio gozoso de la resurrección de Jesús.

Espíritu Santo, te rogamos que ilumines a los que viven en tinieblas, que confirmes en la fe a los que viven en medio de incertidumbres, que consueles a aquellos que sufren y que animes a aquellos que han perdido la esperanza.

Espíritu Santo, te pedimos que en este Pentecostés te apoderes de nuestros corazones. Queremos que nos enciendas con el fuego de tu amor y así poder compartir ese amor con nuestros hermanos.

Se pueden agregar intenciones libres...


Al terminar la Preces:

Espíritu Santo, que haces nuevas todas las cosas, te pedimos hoy que renueves nuestros corazones. No queremos un corazón de piedra sino uno de carne. Necesitamos nacer de nuevo. Lava nuestro corazón y purifícalo para que tengamos un corazón nuevo...


Rezamos el Padre Nuestro


Pater noster, qui es in cælis,

sanctificetur nomen tuum.

Adveniat regnum tuum.

Fiat voluntas tua,

sicut in caælo, et in terra.

Panem nostrum cotidianum da nobis hodie,

et dimitte nobis debita nostra,

sicut et nos dimittimus

debitoribus nostris.

Et ne nos inducas in tentationem,

sed libera nos a malo.

Amen.


Padre nuestro, que estás en el cielo

Santificado sea tu Nombre

Venga a nosotros tu reino

Hágase tu voluntad

En la tierra como en el cielo

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Perdona nuestras ofensas

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

No nos dejes caer

en la tentación

Y líbranos del mal

Amén

Oración Final:

Dios nuestro, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia en todo pueblo y nación, derrama los dones del Espíritu Santo por toda la extensión de la tierra, y aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica continúa realizándolas ahora en los corazones de tus fieles. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Procesión con el Santísimo

Cantamos

* Alabe todo el mundo, alaben al Señor.

* Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar

* Cantemos al Amor de los Amores

Bendición Final Con el Santísimo

Aclamaciones Eucarísticas y Reserva del Santísimo





1 comentario:

Luisa Santos dijo...

GRACIAS A DIOS, ES CUANDO LE DOY GRACIAS A DIOS DE QUE EXISTA EL INTERNET, CUANDO SE PUEDE COMPARTIR DOCUMENTOS CON ESTE, QUE NOS AYUDAN MUCHO EN NUESTRO PEREGRINAR CRISTIANO.