2 de mayo de 2012

Hora santa: Preparando Pentecostés



(Exposición del Santísimo Sacramento)

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El que se une al Señor, se hace un solo Espíritu con él
En la comunión Jesús viene a nosotros como aquel que da el Espíritu. No como aquel que un día, hace mucho tiempo, dio el Espíritu, sino como aquel que ahora, consumado su sacrificio incruento sobre el altar, de nuevo, “entrega el Espíritu”. De tal forma, Jesús nos hace partícipes de su unción espiritual. Su unción se infunde en nosotros; o mejor aún, nosotros nos sumergimos en ella: “Cristo se derrama sobre nosotros y con nosotros se funde, mutándonos y transformándonos en él, como una gota de agua derramada sobre un océano infinito de ungüento perfumado. Éstos son los efectos que un bálsamo como éste produce en aquellos que lo encuentran: no se limita simplemente a perfumarlos, ni siquiera hace tan sólo que ellos respiren dicho perfume, sino que transforma su misma sustancia en el perfume de aquel ungüento que por nosotros se ha derramado: Somos el buen olor de Cristo.

En torno a la mesa eucarística se realiza la “sobria embriaguez del Espíritu”. Comentando un texto del Cantar de los Cantares, san Ambrosio escribe: “He comido mi pan con mi miel : ves que en este pan no hay ningún amargor, sino que todo es suavidad. He bebido mi vino con mi leche: ves que es tal la alegría que no se mancha con la basura de ningún pecado. Porque cuantas veces bebes, recibes el perdón de los pecados, y te embriagas en espíritu. Por lo cual dice el apóstol: No os embriaguéis con vino, llenaos más bien del Espíritu; porque el que se embriaga con vino vacila y titubea; mas el que se embriaga con el Espíritu está arraigado en Cristo. De aquí la célebre exclamación del mismo san Ambrosio, en uno de sus himnos que todavía hoy se recita en la Liturgia de las Horas: “¡Bebamos con alegría la sobria abundancia del Espíritu!” La sobria embriaguez no es un tema solamente poético, sino que está lleno de significado y de verdad. El efecto de la embriaguez es siempre el de hacer salir al hombre de sí mismo, de sus estrechos límites. Pero mientras que en la embriaguez material (vino, droga) el hombre sale de sí para vivir “por encima” de la propia razón, en el horizonte mismo de Dios. Toda comunión debería terminar en un éxtasis, si entendemos con esta palabra no los fenómenos extraordinarios y accidentales que alguna vez acompañan en los místicos, sino literalmente, como la salida (extasis) del hombre de sí mismo, el “ya no soy yo quien vive, SINO Cristo que vive en Mí” de Pablo.

Lo que los padres de la Iglesia querían decir con el lenguaje figurado de la embriaguez, santo Tomás de Aquino lo expresa en términos más racionales, diciendo que la eucaristía es “el sacramento del amor”. La unión con el Cristo vivo no puede tener lugar de modo distinto que en el amor; el amor, en efecto, es la única realidad gracias a la cual dos seres vivos distintos, permaneciendo cada uno en su propio ser, pueden unirse para formar una sola cosa. Si el Espíritu Santo es llamado “la misma comunión” con Cristo, es, precisamente, porque él es el Amor mismo de Dios. Todo encuentro con la Eucaristía que no se concluye con un acto de amor, es incompleta. Yo comulgo plena y definitivamente con Cristo, que se me ha comunicado, sólo cuando consigo decirle con sinceridad y sencillez de corazón, como Pedro: “Señor, tú sabes que te quiero” .
(cantamos invocando al Espíritu Santo)

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¡HEME AQUÍ!

Podemos considerar ahora las palabras que siguen a la llamada de Dios:

“Dios le llamó en medio de la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!” Él respondió: “Heme aquí”

Él respondió: “Heme aquí”. La iniciativa de Dios no encuentra su realización hasta que su interlocutor ha respondido a su llamada. De entrada tenemos que precisar qué entendemos cuando hablamos de una respuesta. En el mundo material, los vínculos entre las cosas hacen que las acciones tengan consecuencias: si una chispa cae en un depósito que contiene hidrógeno y oxígeno en una determinada proporción, ocurrirá una explosión que tendrá después otras consecuencias.

Cuando se pasa al plano orgánico, se puede hablar de reflejos o de reacciones. Por ejemplo, cuando el sol se desplaza, las hojas de una planta se giran para captar más luz. O cuando a las 6 de la tarde un perro oye el ruido de la llave de la puerta comienza a agitarse esperando recibir caricias y pasear con su dueño.

Puesto que somos seres materiales y orgánicos, las consecuencias, reflejos y acciones también forman parte de la condición humana. Sin embargo, un ser humano tiene capacidad para actuar en otro nivel, de dar lo que llamamos una respuesta. Una respuesta, como realidad que se sitúa en un plano personal, va mucho más allá de las simples consecuencias de un acto, es completamente diferente de una reacción. Lejos de ser el simple juguete de fuerzas externas o internas, el que responde toma su vida entre sus manos, por decirlo de alguna manera, y realiza por su parte una acción consciente y libre a partir de su fuero más interno. Dicho de otro modo, asume su destino, es responsable: no es casualidad que, en la mayoría de nuestros idiomas, las palabras “respuesta” y “responsable” tengan la misma raíz.

Por su propia naturaleza, una respuesta no puede ser arrebatada. El que elige amar corre un gran riesgo: desde ese momento está como suspendido del corazón y de los labios del otro. Éste es el “dilema” de Dios: necesita nuestra respuesta para realizar su proyecto creador, pero Él no puede responder en nuestro lugar ni forzarnos. Todo lo que puede hacer es buscar constantemente nuevas formas de hablar al corazón del hombre, llamándole de mil maneras hasta que encuentra la respuesta deseada.

Por sorprendente que esto pueda parecer, cuando se sitúa ante la llamada divina, la persona no parece estar hecha para responder espontáneamente; busca más bien excusas para no ir, para huir ante la elección propuesta. Abandonado a su propia suerte, prefiere la seguridad de sus costumbres a los rigores de una salida hacia lo desconocido. Si es fácil identificar esta tendencia en nuestra existencia, la vemos también en las páginas de la Biblia. La experiencia de Moisés es elocuente en este sentido.

En efecto, las palabras “Heme aquí”, que Moisés dice en primer lugar a Dios, expresan más una generosidad del momento que una decisión madura. Cuando el Señor le toma en serio y le envía hacia el rey de Egipto para pedir la liberación de los israelitas, comienza a escabullirse enseguida. “¿Quién soy yo para ir...?” Y la respuesta divina es: “Yo estaré contigo...” (Ex 3, 11-12). Cuando Dios envía, siempre acompaña con su presencia. Pero, continúa Moisés, me preguntarán en nombre de quién vengo... Entonces Dios le revela su Nombre (Ex 3, 13-15). Después “respondió Moisés y dijo: “No van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: No se te ha aparecido el Señor” (Ex 4,1). Dios le da dos signos para que le muestre a los demás. Y Moisés, una vez más, sigue diciendo: “¡Por favor, Señor! Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil (...) sino que soy torpe de boca y lengua” (4,10). Dios le aconseja, por último, ir con su hermano Aarón para que sea su portavoz.

¿Cuál es tu respuesta a la llamada de Dios? El Mismo Dios que se reveló a Moisés en la Zarza ardiente está ahora enfrente tuyo en la Eucaristía, … quiere ungirte nuevamente como en aquella primera llamada del día de tu bautismo, … quiere llenar tu vida del perfume de su Espíritu para que también otros puedan percibir su Presencia viva. ¿Cuál es tu respuesta madura y sin excusas?


(hacemos silencio antes de continuar con la lectura)

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En la respuesta de Moisés, la reacción del ser humano ante la llamada de Dios se muestra con toda la precisión deseada. Dios habla y, automáticamente, su interlocutor continúa poniendo excusas entre él y la palabra para no tener que tomarla en serio y asumir la responsabilidad.

El profeta Jeremías, por su parte, hará lo mismo en el momento de su vocación: “¡Ah, Señor Dios! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” . Todo lo que Dios puede hacer entonces es desechar las excusas una y otra vez, poniendo al hombre ante su responsabilidad, con una paciencia infinita.

Así mismo, su propio encuentro con el Dios santo provoca en el profeta Isaías una aguda consciencia de sus imperfecciones. Pero, lejos de quedarse ahí, el encuentro avanza hacia una nueva etapa. Dios envía hacia Isaías a uno de sus servidores para purificarle los labios con una brasa del altar. Es un símbolo elocuente para expresar cómo el fuego de la santidad divina va al encuentro de la persona pecadora para purificarla. Perdonado, Isaías está desde ahora en condiciones para unir su voz al canto de alabanza de la corte celestial y Dios puede enviarle ahora para hablar al pueblo en su Nombre.

Con el profeta Ezequiel ocurre lo mismo, Dios “muestra la santidad de su gran Nombre”, “manifiesta su santidad”, no retirándose, sino por medio de la actividad que Él despliega en el seno de la historia humana:

“Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo. Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros...”

Dios se revela ante todo como el Santo cuando perdona a su pueblo, transformando su ser desde dentro.

Dios se reveló también a vos, y te llama; ya no hay más excusas: la unción del Espíritu Santo te consagró y te santificó con el sagrado Crisma que está ahí delante nuestro; la unción del Espíritu Santo perdonó y perdona tus pecados en cada confesión; DIOS TE ELIGIO A VOS.

María Magdalena también fue marcada por este sello de Jesús, perdonada, rescatada, ungida, elegida para ser en la Resurrección del Maestro la apóstol de los apóstoles fue la que les anunció que Jesús está vivo.

Ella, pecadora rescatada, amada, perdonada y ungida por Jesús, se animó a tocar, besar y llenar de perfumes los pies del Maestro, la que se animó a lavárselos con sus lágrimas, fruto de arrepentimiento y de amor agradecido, la que se animó a secárselos con sus cabellos.

Vos también estás ahora frente al Maestro que hizo y hace las mismas maravillas en tu vida.

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(hacemos silencio para recibir la bendición con el Santísimo)