24 de mayo de 2012

El Espíritu y la Eucaristía




“TODOS HEMOS BEBIDO DE UN SOLO ESPÍRITU”

San Pablo dice que Dios ha predestinado a Jesús para que sirva como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe. Podría parecer, pues, que la fe, y no el sacramento, es el medio para entrar en contacto con el misterioso poder de la sangre de Cristo. La verdad es que ambas cosas son necesarias y no hay que contraponerlas, sino unirlas. Es verdad que el medio es la fe, pero encuentra su actuación plena y concreta en el sacramento, esto es, en la Eucaristía. Es aquí donde se renueva cada vez el prodigio de la “justificación gratuita mediante la fe”. Es consagrada y elevada ante ti la sangre de la nueva alianza, como fue elevada la serpiente en el desierto. Tú crees que ésta es la misma sangre que fue derramada por ti sobre la cruz; recuerdas las palabras: La sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. Por eso arrojas en ella todos tus pecados, igual que se arrojan piedras en un horno de cal viva para que sean trituradas, y vuelves cada vez a casa, como el publicano, “justificado”, esto es, perdonado, hecho una criatura nueva.

A veces, al elevar el cáliz después de la consagración, siento la necesidad de demorarme algunos instantes en esa posición. Si soy consciente de situaciones de lucha o de pecado particularmente duras, proclamo mentalmente sobre ellas el poder de la sangre de Cristo, seguro de que no hay nada más eficaz que oponer al frente amenazador de las tinieblas y del mal. Si el ángel exterminador – decía Juan Crisóstomo - al ver tan sólo la figura de la sangre en las puertas de los judíos sintió temor y no se atrevió a entrar para herir, ¿no emprenderá la huida el diablo, con mayor razón, al ver la realidad? Los pecados se depositan en el fondo de nuestra conciencia como cuerpos muertos. ¡Qué descanso poder descubrir que hay un medio para liberarse de estos pesos muertos que nos oprimen, y que está siempre a tu disposición en el sacramento eucarístico! “Si cuantas veces se derrama su sangre, se derrama en remisión de los pecados, debo recibirla siempre, para que siempre se me perdonen los pecados. Yo, que continuamente peco, continuamente debo tener la medicina”

Pero la sangre de Cristo no sólo produce este efecto, por así decir, negativo, de quitar el pecado; produce también uno sumamente positivo, que consiste en darnos el Espíritu Santo. “Por medio de la sangre derramada por nosotros – escribe un autor antiguo -, recibimos el Espíritu Santo. Sangre y Espíritu han sido asociados para que mediante la sangre, que es connatural a nosotros, pudiéramos recibir el Espíritu Santo que está por encima de nuestra naturaleza”. Por su color y por su calor, la sangre – como ocurre también con su signo, que es el vino – tiene una cierta semejanza con el fuego, y el fuego evoca a su vez al Espíritu Santo: ”Bebemos el cáliz de la alegría, la sangre viva y ardiente, marcada por el calor del Espíritu”.

Con la frase: Todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Co 12,13), san Pablo establece la misma conexión entre la bebida eucarística y el Espíritu Santo. Comentando el episodio del agua que brotó de la roca (cfr. Ex 17,5s), escribe: Bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. También el pueblo cristiano tiene, pues, su “roca espiritual”, de la que tomar “la bebida espiritual”, que es el mismo Espíritu Santo. Una roca que los “acompaña” en la historia, gracias precisamente a la eucaristía. “Para ellos manó agua de la piedra, para ti de Cristo mana sangre; a ellos el agua los sació para una hora, para ti la sangre te baña para siempre”.

Cada vez que volvemos a nuestro sitio, después de haber recibido la eucaristía, (también después de haberlo adorado), deberían resonar en nuestro interior aquellas palabras de la Escritura tan estimulantes y llenas de exhortaciones: Vosotros os habéis acercado... al mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel (Hb 12,24).

Raniero Cantalamessa

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