1 de noviembre de 2012

La Iglesia Celestial celebra una Eucaristía sin Ocaso



EN LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Esta Fiesta pone alas en nuestras almas para volar hasta el Cielo; nos coloca, con la fe, en la mansión gozosa de los elegidos, y nos hace asistir a la liturgia misteriosa de las mansiones eternas. Y podemos repetir con San Juan: «Vi una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y lenguas, que estaban junto al trono y delante del Cordero, revestida de un ropaje blanco, con palmas en sus manos…”

«Alegrémonos todos en el Señor, en este día de la Fiesta que celebramos en honor de Todos los Santos, por cuya solemnidad se alegran los ángeles y alaban con ellos al Hijo de Dios.»

Así canta la Iglesia al ofrecer hoy la misa en honor de todos sus hijos trasladados de la muerte a la vida, del combate al descanso. Día tras día, a través del ciclo del año, va presentando a nuestra veneración y a nuestra imitación sus glorias más espléndidas; pero, Madre fecunda y amorosa, no puede olvidar a aquellos de sus hijos cuyos nombres desconocen los hombres, pero que están escritos en el libro de la vida.

En los primeros años del siglo VII, el Bonifacio IV, recorría las catacumbas de Roma, emocionado al recoger en aquellos subterráneos el palpitar generoso de los tiempos heroicos del cristianismo. Calixto, Ceferino, Sebastián, Cecilia, Inés, Valeriano..., nombres luminosos que hablaban de gestas inmortales. Pero, también, ¡cuántos sepulcros sin un verso, sin una letra, sin un indicio que dijese quién descansaba en el interior! ¡Cuántos huesos anónimos! Y, sin embargo, eran huesos consagrados por el martirio. Junto a ellos se veía la palma victoriosa, o el instrumento del suplicio, o la ampolla de cristal donde los cristianos recogieron su sangre.

Este hecho fue el primer paso en el nacimiento de esta fiesta de Todos los Santos. Pronto la solicitud de la Iglesia se extiende más lejos. A los mártires de Roma se asocian los de toda la cristiandad; y a los que derramaron su sangre para dar testimonio de su fe, vienen a juntarse todos los justos que se santificaron día tras día en el cumplimiento cotidiano del deber, martirio lento y oscuro, mas no por eso menos difícil y heroico que el de la sangre. Ya en el siglo VIII, Beda el Venerable escribía estas bellas palabras: «Hoy, dilectísimos, celebramos en la alegría una sola fiesta, la solemnidad de Todos los Santos, cuya sociedad hace que el Cielo tiemble de gozo, cuyo patrocinio alegra la tierra, cuyos triunfos son la corona de la Iglesia, cuya confesión, cuanto más varonil, más ilustre es en su gloria, porque al crecer la lucha, crece también la honra de los luchadores y a la fuerza de los tormentos corresponde la grandeza del premio.»

María, canal de la gracia, que produce la santidad en los hombres, y tras Ella

los nueve coros angélicos y todos los escogidos que nacieron de Adán;

los patriarcas y los profetas,

los apóstoles y los mártires,

los confesores y las vírgenes; rosas de martirio y violetas de humildad, siemprevivas de caridad y lirios de pureza;

los que dejaron su huella luminosa en la senda de la Humanidad, y los que se extinguieron en el silencio bajo la mirada bondadosa de Dios;

los que fueron luminarias de su siglo, y los que vivieron con nosotros una vida ignorada y humilde;

los ancianos de paso vacilante y manos temblorosas, pero de corazón juvenil para abrazarse con el deber;

los niños que comenzaban a vivir y corrieron impacientes al manantial de una vida mejor;

los jóvenes que despreciaron los encantos que el mundo les ofrecía y animosos dejaron ensueños por realidades;

el rey que entre los esplendores del trono conservó puro su corazón y se sirvió de su poder para hacer felices a los pueblos;

el poderoso que no puso su corazón en el brillo del oro, sino que siguió sencillamente la ley santa del Señor;

el pobre sacerdote que en el rincón de su aldea, desterrado casi del mundo, repartió el pan de su mesa con el labriego y el mendigo;

el honrado comerciante,

el humilde labrador,

la doncella dulce y recatada, la esposa virtuosa y solícita,

la madre cuidadosa y amante,

el criado fiel,

el industrial laborioso,

el pobre artesano,

el mendigo que corre los caminos helados o los deseos, devorado acaso por el ardor de la fiebre y la tristeza de soledad.

Todos los que en la riqueza o en la pobreza, en la obediencia o en el poder, supieron hacerse santos, imitando las virtudes del modelo de toda santidad, Jesucristo, son hoy el objeto de nuestro culto.

Nosotros hemos recibido esta invitación, y hay allí muchas habitaciones que nos aguardan. Iremos a la casa del Señor. Nuestros pies están aún en sus atrios, participando de ese Pan que es prenda de la Vida eterna, pero nuestros ojos contemplan con alborozo las tribus innumerables que llegan hasta ti, ¡oh Jerusalén! ciudad de paz, construida en la concordia y el amor. En la celebración de una Eucaristía sin ocaso…

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