18 de noviembre de 2012

Hora santa en honor a Cristo Rey



CONTEMPLEMOS AL CORDERO QUE REINA

“El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” Apoc. 5, 12

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión,  te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo  y eres Dios por los siglos de los siglos.

Respondemos: ten piedad de nosotros

Cordero de Dios, que ruegas con amor por los tuyos,

R. Ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que amas hasta el fin a los hombres,

R. Ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que sacias nuestra sed con tu sangre

R. Ten piedad de nosotros.

Jesús, el Cordero Pascual, es digno e infinitamente merecedor de nuestra incesante adoración, porque Él es la Víctima Divina sacrificada por nuestra salvación, que continúa inmolándose a Sí Mismo. De la misma manera que en el cielo hay una incesante alabanza y adoración a Jesús en la Sagrada Eucaristía, que nuestra vida entera también sea una alabanza perpetua. Pidamos con fe que el eterno Cordero provoque en nuestros corazones frágiles la adoración.

En la Eucaristía del jueves Santo celebramos la Última Cena de Jesús, el Memorial de la institución de la Eucaristía, del sacerdocio ministerial y el lavatorio de los pies. Con los Apóstoles entramos en el Cenáculo cuidadosamente preparado y nos disponemos a recibir los últimos dones de Aquél que nos ama, a escuchar sus últimas confidencias, a contemplar sus últimos gestos.

Queremos  llenar nuestros ojos y nuestro corazón de su presencia en medio de nosotros.

Institución de la Eucaristía

Jesús se hace anuncio, en el simple misterio de la Eucaristía. Él toma entre sus manos lo más expresivo de su pobreza y lo transforma en Él. En el pan y el vino que tiene entre las manos se queda Él, se obsequia y se sumerge en la vida hambrienta de sus discípulos.
Este es el lenguaje de Jesús, el del amor. El de ofrecerse hasta alcanzar la máxima humillación. Hoy Jesús se queda para siempre en la Eucaristía. Hoy Jesús nos demuestra que nos ama hasta el extremo.

Jesús quiso quedarse entre nosotros y ser el alimento que nos da fuerza para llevar su mensaje. Recibamos las bendiciones del Santísimo Sacramento dando gracias por el llamado a la vida y a la fe y por todas las personas que desde su vida y su fe posibilitaron que nosotros hoy permanezcamos militando como soldados del Divino Rey.

Lavatorio de pies

Así es como con este gesto se deja ver un gran misterio. El ser Eucaristía con Jesús. El imitarlo. El animarse a ser eucaristías vivas. Servir, amar, comprender, perdonar, consolar, es ser Eucaristía. Es tener entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo. Reinar con Cristo, el Cordero inmolado.

Con el lavatorio de los pies, Jesús ha querido resumir todo el sentido de su vida, para que quedara bien grabado en los corazones de sus discípulos, aunque en aquel momento no entendían nada. Toda su vida, desde el principio hasta el final, fue un lavatorio de pies, un servir a los hombres. Nos ha dado el ejemplo de una vida gastada por los demás. De una vida hecha “pan partido para el mundo”.

Habiéndonos amado, nos amó hasta el extremo, se hace servidor nuestro y nos pide que amemos como Él. Las palabras de Jesús “ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”, significan que se deben ofrecer recíprocamente los servicios de una humilde caridad.

El primer servicio de Caridad es llevar a la Verdad. No tengamos miedo de ser humillados por anunciar la Verdad del Reino de los Cielos en un mundo secularizado.

Por eso delante de Jesús Eucaristía queremos interceder por nuestros hermanos. Que nuestro lavatorio de pies sea hoy una plegaria de intercesión por aquellos que necesitan de nuestra oración.

Jesús es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular. Recostemos nuestra cabeza sobre su pecho, implorando que ayude a los que más lo necesitan. Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios.

Jesús, Rey del Universo: confiamos totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María Reina. No dejes de oír nuestra plegaria.

A cada intención respondemos cantando: Te rogamos, óyenos

• Te pedimos por Benedicto XVI, los obispos, los sacerdotes y todos lo que forman parte de la Santa  Madre Iglesia, para que ella pueda siempre responder a las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad y camine libre y amorosamente hacia Cristo. Oremos

• Por nuestro país y sus gobernantes para que no miren el bien de unos pocos, sino que busquen el bien de todos, consiguiendo así una paz duradera. Ayúdanos a edificar una sociedad más justa y solidaria. Oremos

• Te pedimos por los jóvenes, para que vigoricen su fe o la revivan si es débil, y así, no tengan miedo de abrir de par en par las puertas a Jesús y respondan a su llamada de amor. Oremos

• Señor Jesús, haz que nuestros hermanos que han pasado ya de este mundo a tu reino se alegren con júbilo eterno en tu presencia y se llenen de gozo en la asamblea de los santos. Oremos

• Te pedimos por todos los que sufren, por los enfermos y los que están solos, para que reciban tu consuelo y tu paz. Oremos

• Jesús, que junto a la cruz tuviste a tu madre dolorosa que participó en tu aflicción, haz que sepamos también nosotros participar en tu pasión. Oremos

Presentémosle a Jesús nuestro corazón, abierto y sincero. Que surja en nosotros la intercesión por aquellos que conocemos, que están sufriendo, aquellos con quienes estamos peleados, aquellos que están solos, aquellos que están viviendo una gran alegría, por nuestros amigos, nuestra familia, aquellos que no conocen a Jesús. Presentémosle al Cordero que reina desde la Eucaristía todos los rostros de las personas por las que hoy queremos pedir especialmente. Seamos generosos en nuestra oración.

Institución del Orden Sagrado

Son los sacerdotes quienes, a través de su consagración, nos enseñan a amar a Jesús. Comprometámonos a rezar por ellos, por sus intenciones, por sus proyectos, para que se mantengan fieles a su vocación. Recemos también para que muchos jóvenes sigan respondiendo a la llamada de Dios a seguir sus pasos en la vida consagrada.

En este momento de oración silenciosa, recordemos a todos aquellos sacerdotes que Dios colocó a nuestro lado en distintos momentos de la vida: el que nos bautizó, el que nos dio la primera comunión, los que recibieron nuestras confesiones, los que nos hicieron bien con sus predicaciones, sus retiros, sus ejemplos, su entrega, etc.

Recemos todos juntos:

Oración por los Sacerdotes

Te ruego guíes hacia Ti los corazones y la voluntad de los siervos de Tu Esposa, la Santa Iglesia, para que sigan al pobre, sangriento, humilde, y manso Cordero de Dios por la senda de la Cruz. Conviértelos en ángeles con forma de hombres; pues son ellos los que tienen que administrar y distribuir el Cuerpo y la Sangre de Tu Hijo Unigénito. Amén.

Dejemos que el Señor transforme nuestra alma, que la santifique. Solo Cristo Rey puede hacerlo.

Entonces surgirá la verdadera caridad fraterna. La Eucaristía engendra el auténtico amor fraterno. Si no somos capaces de reconocer cuánto nos ha amado Dios, si no descubrimos el amor de Dios en la Eucaristía, tampoco seremos capaces de amarnos los unos a los otros.

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros (Jn 13, 34-35)

Oración a María Reina

Ave María, dulce Madre de la Eucaristía.

Con dolor y mucho amor, nos has dado a tu Hijo Jesús mientras pendía de la Cruz.

Nosotros, débiles criaturas, nos aferramos a Ti para ser hijos dignos de este gran amor y dolor.

Ayúdanos a ser humildes y sencillos, ayúdanos a amar a todos los hombres, ayúdanos a vivir en la gracia estando siempre listos para recibir a Jesús en nuestro corazón.

Oh María, Madre de la Eucaristía, nosotros, por cuenta propia, no podremos comprender este gran misterio de amor.

Que obtengamos la luz del Espíritu Santo, para que así podamos comprender aunque sea por un solo instante, todo el infinito amor de tu Jesús que se entrega a Sí mismo por nosotros.

Ayúdanos a reinar con tu Hijo Jesús que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén