11 de septiembre de 2014

Mes de la Biblia: la doble Mesa del Señor



En la eucaristía, como sabemos, la liturgia de la Palabra precede a la liturgia del Sacrificio, en la que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo. Recibiendo la Palabra, preparamos nuestro corazón para recibir el Pan del cielo. «La Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística están tan estrechamente unidas entre sí, que forman un solo acto de culto» (SC 56). Recordemos, por otra parte, que ése fue el orden que comprobamos ya en el sacrificio del Sinaí (Ex 24,7), en la Cena del Señor, o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-32).

En este sentido, el Vaticano II, siguiendo antigua tradición, afirma que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21). Ve, pues, en la eucaristía «la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la eucaristía» (PO 18). En efecto, desde el ambón se nos comunica Cristo como palabra, y desde el altar se nos da como pan. Y así el Padre, tanto por la Palabra divina como por el Pan de vida, es decir, por su Hijo Jesucristo, nos vivifica en la eucaristía, comunicándonos su Espíritu.

San Jerónimo cuando decía: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice “quien come mi carne y bebe mi sangre”, ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259). Y especialmente cuando se proclaman en la liturgia sagrada de la Iglesia.

Lecturas en el ambón

La majestad de la presencia de Cristo en la Liturgia de la Palabra es claramente expresada por la Iglesia por el hecho de que al Libro sagrado se presta en el ambón –el lugar de Cristo Maestro– los mismos signos de veneración que se atribuyen al cuerpo de Cristo en el altar. Así, en las celebraciones solemnes, si el altar se besa, se inciensa y se adorna con luces, en honor de Cristo, Pan de vida, también  el leccionario en el ambón se besa, se inciensa y se rodea de luces, honrando a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa así con expresivos signos que ahí está Cristo, y que es Él mismo quien, a través del sacerdote o de los lectores, «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).

Un ambón pequeño, feo, portátil, que se retira quizá a un rincón tras la celebración, no es el signo que la Iglesia quiere para expresar el lugar de la Palabra divina en la misa, según ya vimos (273). Tampoco parece apropiado confiar las lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad. Si en algún caso puede ser esto conveniente, normalmente no es lo adecuado para simbolizar la presencia real de Cristo hablando a su pueblo. La tradición de la Iglesia, hasta hoy, entiende el oficio de lector como «un auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; cf. Código 230; 231,1).

Podemos recordar aquí aquella escena narrada en el libro de Nehemías, en la que se hace en Jerusalén, a la vuelta del exilio (538 a.C.), una solemne lectura del libro de la Ley. Sobre un estrado de madera, «Esdras abrió el Libro, viéndolo todos, y todo el pueblo estaba atento… Leía el libro de la Ley de Dios clara y distintamente, entendiendo el pueblo lo que se le leía… Todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la Ley», las palabras del Señor (Neh 8,3-9).

Otra anécdota significativa. San Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III, refleja bien la veneración de la Iglesia antigua hacia el oficio de lector cuando instituye en tal ministerio a Aurelio, un mártir que ha sobrevivido a la prueba. En efecto, según comunica a sus fieles, le confiere «el oficio de lector, ya que nada cuadra mejor a la voz que ha hecho tan gloriosa confesión de Dios que resonar en la lectura pública de la divina Escritura; después de las sublimes palabras que se pronunciaron para dar testimonio de Cristo, es propio leer el Evangelio de Cristo por el que se hacen los mártires, y subir al ambón después [de haber subido al] del potro. En éste quedó expuesto a la vista de la muchedumbre de paganos; aquí debe estarlo a la vista de los hermanos» (Carta 38).

El leccionario

Desde el comienzo de la Iglesia, se acostumbra leer las Sagradas Escrituras en la primera parte de la celebración de la eucaristía. Al principio, los libros del Antiguo Testamento. Y en seguida, también los libros del Nuevo, a medida que éstos se van escribiendo (cf. 1Tes 5,27; Col 4,16). Al paso de los siglos, se fueron formando leccionarios para ser usados en la eucaristía.

El leccionario actual, formado según las instrucciones del Vaticano II (SC 51), es el más completo que la Iglesia ha tenido, pues, distribuido en tres ciclos de lecturas, incluye casi un 90 por ciento de la Biblia, y respeta normalmente el uso tradicional de ciertos libros en determinados momentos del año litúrgico. De este modo, la lectura continua de la Escritura, según el leccionario del misal –y según también el leccionario del Oficio de Lectura–, nos permite leer la Palabra divina en el marco de la liturgia, es decir, en ese hoy eficacísimo que va actualizando los diversos misterios de la vida de Cristo.

Esta lectura de la Biblia, realizada en el marco sagrado de la Liturgia, nos permite escuchar los mensajes que el Señor envía cada día a su pueblo. Por eso, «el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice [hoy] a las iglesias» (Ap 2,11). Así como cada día la luz del sol va amaneciendo e iluminando de Oriente a Occidente las diversas partes del mundo, así la palabra de Cristo, una misma, va iluminando a su Iglesia en todas las naciones. Es el pan de la palabra que ese día, concretamente, y en esa fase del año litúrgico, reparte el Señor a sus fieles. Innumerables cristianos, de tantas lenguas y naciones, están en ese día escuchando y orando esas palabras de la sagrada Escritura que Cristo les ha dicho. También, pues, nosotros, como Jesús en Nazaret, podemos decir: «hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,21).

Por otra parte, «en la presente ordenación de las lecturas, los textos del Antiguo Testamento están seleccionados principalmente por su congruencia con los del Nuevo Testamento, en especial del Evangelio, que se leen en la misma misa» (Orden de lecturas, 1981, 67). De este modo, la cuidadosa distribución de las lecturas bíblicas permite, al mismo tiempo, que los libros antiguos y los nuevos se iluminen entre sí, y que todas las lecturas estén sintonizadas con los misterios que en ese día o en esa fase del Año litúrgico se están celebrando. 

Profeta, apóstol y evangelista. Los días feriales en la misa hay dos lecturas, pero cuando los domingos y otros días señalados hay tres, éstas corresponden a «el profeta, el apóstol y el evangelista», como se dice en expresión muy antigua.

–El profeta, u otros libros del Antiguo Testamento, enciende una luz que irá creciendo hasta el Evangelio.

En efecto, «muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo… el resplandor de su gloria, la imagen de su propio ser» (Heb 1,1-3). Es justamente en el Evangelio donde se cumple de modo perfecto todo lo que estaba escrito acerca de Cristo «en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc 24,44; cf. 25.27).

–El apóstol nos trae la voz inspirada de los más íntimos discípulos del Maestro: Juan, Pedro, Pablo…

–El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la lectura –a la lectura primera, si hay dos–. La Iglesia, con todo cuidado, ha elegido ese salmo interleccional con una clara intención cristológica. Así es como fueron empleados los salmos frecuentemente en la predicación de los apóstoles (cf. Hch 1,20; 2,25-28.34-35; 4,25-26). Y ya en el siglo IV, en Roma, se usaba en la misa el salmo responsorial, como también el Aleluya –es decir, «alabad al Señor»–, que precede al Evangelio.

–El Evangelio es el momento más alto de la Liturgia de la Palabra. Creamos firmemente con fe viva y cierta que ante los fieles congregados en la eucaristía, «Cristo hoy anuncia su Evangelio» (SC 33). Y creamos que hoy, a veinte siglos de distancia histórica, podemos escuchar nosotros su palabra con la misma realidad que quienes la oyeron entonces en Palestina; aunque ahora, sin duda, con mucha más luz y más ayuda del Espíritu Santo. El momento es, de suyo, muy solemne, y todas las palabras y gestos previstos merecen ser conocidos, pues están llenos de muy alta significación:

«Si se usa incienso, el sacerdote lo pone en el incensario. Después el diácono (o el concelebrante que ha de proclamar el evengelio, en la misa presidida por el Obispo), inclinado ante el sacerdote, pide la bendición, diciendo en voz baja: Padre, dame la bendición. El sacerdote dice en voz baja: El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente el Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo +, y del Espíritu Santo. El diácono o el concelebrante responde: Amén. (Y si es el mismo sacerdote el que debe proclamar el evangelio, inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio)

«Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, acompañado eventualmente por los ministros que llevan el incienso y los cirios. Ya en el ambón, dice: El Señor esté con vosotros. El pueblo responde: Y con tu espíritu. El diácono o el sacerdote: Lectura del santo Evangelio según san N. Y mientras tanto hace la señal de la cruz sobre el libro y sobre la frente, labios y pecho. El pueblo aclama: Gloria a ti, Señor. El diácono o el sacerdote, si se usa incienso, inciensa el libro. Y luego proclama el Evangelio», diciendo al terminar: «Palabra del Señor» Todos aclaman: Gloria a ti, Señor Jesús». El ministro que ha leído el Evangelio, finalmente lo besa y dice: «Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados» (Misal Romano 13-15).

–La homilía, que sigue a las lecturas de la Escritura, ya está en uso en la Sinagoga, como aquella que un sábado hace Jesús en Nazaret (Lc 4,16-30). Y desde el principio se practica también en la Eucaristía cristiana, como hacia el año 153 testifica San Justino (I Apología 67). La homilía está reservada al sacerdote o al diácono, pero nunca a un laico (OGMR 66; Código 767,1). Es el momento más alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: «el que os oye, me oye» (Lc 10,16).

«La homilía es parte de la liturgia, y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la misa del día, teniendo en cuenta sea el misterio que se celebra, sean las necesidades particulares de los oyentes» (OGMR 65). Si el sacerdote, que en la homilía re-presenta a Cristo sacramentalmente, da en ella enseñanzas contrarias a las de Cristo y de su Iglesia, comete evidentemente un sacrilegio (Catecismo 2120). Este «pecado grave» es hoy cometido con bastante frecuencia, como bien saben los fieles que conocen la doctrina de la fe católica. Señor, ten piedad.

–Silencio. «Es conveniente que se guarde un breve espacio de silencio después de la homilía» (OGMR 66).

–Profesión de la fe. El Credo es la respuesta más plena que el pueblo cristiano puede dar a la Palabra divina que ha recibido. Al mismo tiempo que profesión de fe, el Credo es una grandiosa oración, y así ha venido usándose en la piedad tradicional cristiana. Comienza confesando al Dios único, Padre creador; se extiende en la confesión de Jesucristo, su único Hijo, nuestro Salvador; declara, en fin, la fe en el Espíritu Santo, Señor y vivificador; y termina afirmando la fe en la Iglesia y la resurrección.

Puede rezarse en su forma breve, que es el símbolo apostólico (del siglo III-IV), o en la fórmula más desarrollada, que procede de los Concilios niceno (325) y constan-tinopolitano (381).

–La oración universal u oración de los fieles. La liturgia de la Palabra termina con la oración de los fieles, también llamada oración universal, que el sacerdote preside, iniciándola y concluyéndola, en el ambón o en la sede. Ya San Pablo ordena que se hagan oraciones por todos los hombres, y concretamente por los que gobiernan, pues «Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,1-4). Y San Justino, hacia 153, describe en la eucaristía «plegarias comunes que con fervor hacemos por nosotros, por nuestros hermanos, y por todos los demás que se encuentran en cualquier lugar» (I Apología 67,4-5).

De este modo, «en la oración universal u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos… por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo» (OGMR 69). Ya dediqué un artículo (265) a la edición española de la Oración de los fieles.

Al hacer la oración universal hemos de ser muy conscientes de que la eucaristía, la sangre de Cristo, se ofrece por los cristianos «y por todos los hombres, para el perdón de los pecados». La Iglesia, en efecto, es «sacramento universal de salvación», de tal modo que todos los hombres que alcanzan la salvación se salvan por la mediación de la Iglesia, que actúa sobre ellos inmediatamente –cuando son cristianos– o en una mediación a distancia –cuando no son cristianos–. Es lo mismo que vemos en el evangelio, donde unas veces Cristo sanaba por contacto físico y otras veces a distancia. En todo caso, nadie sana de la enfermedad profunda del hombre, el pecado, si no es por la gracia de Cristo Salvador que, desde Pentecostés, «asocia siempre consigo a su amadísima esposa la Iglesia» (SC 7b), sin la que no hace nada en orden a la salvación de los hombres.

Según esto, la Iglesia, por su enseñanza y acción, y muy especialmente por la oración universal y el sacrificio eucarístico, sostiene continuamente al mundo, procurándole por Cristo incontables bienes materiales y espirituales, e impidiendo su ruina total.  Hoy esto es ignorado por muchos fieles.

De esto tenían clara conciencia los cristianos primeros, con ser tan pocos y tan mal situados en el mundo de su tiempo. Es una firme convicción que se refleja, por ejemplo, en aquella Carta a Diogneto, hacia el año 200: «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del mundo… La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja gozar de los placeres. Y a los cristianos los aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres… El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es la que mantiene unido al cuerpo. Y así los cristianos están detenidos en el mundo, como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo… Tal es el puesto que Dios les señaló, y no es lícito desertar de él» (VI,1-10).

El Canon Romano expresa en su final esta misma convicción: «Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes entre nosotros».

Pero a veces somos hombres de poca fe, y no pedimos. «No tenéis porque no pedís» (Sant 4,2). O si pedimos algo, por ejemplo, que termine el comunismo, cuando Dios por fin hace en su providencia que esa inmensa plaga desaparezca de muchos países, fácilmente atribuímos el bien recibido a ciertas causas segundas –políticas, económicas, personales, etc.–, y no recordamos que «todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces» (Sant 1,17). Es indudable que, por ejemplo, las religiosas de clausura y los humildes feligreses de misa diaria contribuyen mucho más poderosamente al bien del mundo que todo el conjunto de prohombres y políticos, que llenan las páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión. Sin embargo, los fieles creyentes y orantes son los que más influyen en la marcha del mundo. Basta un poquito de fe para saberlo con toda certeza.

José María Iraburu, sacerdote

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