9 de diciembre de 2012

Hora santa de adviento: Eucaristía, el Verbo se hace carne




Exposición del santísimo Sacramento

Canto de entrada

Himno: Flp. 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios,

al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,

se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre -sobre-todo-nombre”;

de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo

y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Cita Bíblica para proclamar

Lectura del Evangelio según San Mateo (26, 26-29):

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dios gracias y se la entregó, diciendo: “Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.

Reflexión para meditar en silencio

"Éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre"

La eucaristía hace la Iglesia: la eucaristía hace la Iglesia, haciendo de la Iglesia una eucaristía. La eucaristía no es sólo, genéricamente, la fuente o la causa de la santidad de la Iglesia; es también su "forma", es decir su modelo. La santidad del cristiano debe realizarse según la "forma" de la eucaristía; debe ser una santidad eucarística. El cristiano no puede limitarse a celebrar la eucaristía, debe ser eucaristía con Jesús.

Ahora podemos sacar las consecuencias prácticas de esta doctrina para nuestra vida cotidiana. Si en la consagración somos también nosotros los que decimos dirigiéndonos a los hermanos: "Tomad, comed, esto es mi cuerpo; tomad, bebed, ésta es mi sangre", debemos saber qué significan "cuerpo" y "sangre" para saber lo que ofrecemos.

¿Qué quería darnos Jesús, con aquellas palabras de la última cena: "Esto es mi cuerpo"? La palabra "cuerpo" no indica, en la Biblia, un componente o una parte del hombre que, unida a los otros componentes, que son el alma y el espíritu, forman el hombre completo. Es así como razonamos nosotros que somos herederos de la cultura griega que concebía, precisamente, el hombre en tres estadios: cuerpo, alma y espíritu (tricotomismo). En el lenguaje bíblico, y por lo tanto en el lenguaje de Jesús y en el de Pablo, "cuerpo" designa al hombre en cuanto que vive en un cuerpo, en una condición corpórea y mortal. Juan, en su evangelio, en lugar de la palabra "cuerpo", emplea la palabra "carne" ("si no coméis de la carne del Hijo del hombre..."; "el Verbo se hizo carne", es decir, hombre). "Cuerpo" indica, pues, toda la vida. Jesús. Al instituir la eucaristía, nos ha dejado como don toda su vida, desde el primer instante de la encarnación hasta el último momento, con todo lo que concretamente había llenado dicha vida: silencio, sudores, fatigas, oración, luchas, humillaciones...

Después Jesús dice también: Ésta es mi sangre. ¿Qué añade con la palabra "sangre", si con su cuerpo ya nos ha dado toda su vida? ¡Añade la muerte! Después de habernos dado la vida, nos da también la parte más preciosa de ésta: su muerte. El término "sangre" en la Biblia no indica una parte del hombre; este término indica más bien un acontecimiento: la muerte. Si la sangre es la sede de la vida (esto es lo que se creía entonces), su "derramamiento" es el signo plástico de la muerte. Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo -escribe Juan- , los amó hasta el extremo (Jn 13,1). La eucaristía es el misterio del cuerpo y de la sangre del Señor, es decir, ¡el misterio de la vida y de la muerte del Señor!

Ahora, descendiendo a cada uno de nosotros, podemos preguntarnos qué ofrecemos al entregar nuestro cuerpo y nuestra sangre junto con Jesús en la misa. Ofrecemos también nosotros lo mismo que ofreció Jesucristo, nuestro Señor: la vida y la muerte. Con la palabra "cuerpo", damos todo aquello que constituye la vida que llevamos a cabo en este cuerpo: tiempo, salud, energías, capacidades, afecto, quizá esa sonrisa que sólo un espíritu que vive en un cuerpo puede ofrecer y que es, a veces, algo extraordinario. Con la palabra "sangre", expresamos también nosotros la ofrenda de nuestra muerte; pero no necesariamente la muerte definitiva, el martirio por Cristo o por los hermanos. Es muerte todo aquello que en nosotros, desde ahora, prepara y anticipa la muerte: humillaciones, fracasos, enfermedades, limitaciones debidas a la edad, a la salud, todo aquello que nos "mortifica". Cuando san Pablo, como hemos escuchado, nos exhorta por la misericordia de Dios, a ofrecer "nuestro cuerpo", no se refería, con la palabra "cuerpo", sólo a nuestros sentidos y apetitos carnales, sino a nosotros mismos en nuestra totalidad, alma y cuerpo; aún más, se refería sobre todo al alma, a la voluntad, a la inteligencia. En efecto, él continúa con estas palabras: Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rm 12, 2).

Todo esto exige, sin embargo, que cada uno de nosotros, nada mas salir a la calle al término de la misa, nos pongamos manos a la obra para realizar lo que hemos dicho; que, a pesar de todos nuestros límites, nos esforcemos realmente en ofrecer a los hermanos nuestro "cuerpo", es decir, nuestro tiempo, nuestras energías, nuestra atención; en una palabra, nuestra vida. Jesús, después de haber pronunciado aquellas palabras: "Tomad... esto es mi cuerpo; tomad... ésta es mi sangre", no dejó pasar mucho tiempo hasta cumplir aquello que había prometido: al cabo de pocas horas dio su vida y derramó su sangre en la cruz. De otro modo, todo se quedaría en palabras vacías, aún más, todo sería una mentira. Es necesario, pues, que, después de haber dicho a los hermanos: "Tomad. Comed", nos dejemos "comer" realmente; y nos dejemos comer sobre todo por quien no lo hace con toda la delicadeza y la cortesía que esperaríamos. Jesús decía: Si amáis sólo a aquellos que os aman, si saludáis sólo a aquellos que os saludan, si invitáis sólo a aquellos que a su vez os invitan, ¡qué mérito tenéis? Así hace todos. San Ignacio de Antioquía, cuando se dirigía hacia Roma, a punto de consumar su martirio, escribía: "Trigo soy de Dios, y pos los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo". Cada uno de nosotros, si mira bien a su alrededor, encuentra estos dientes afilados de fieras que lo trituran: se trata de críticas, posiciones encontradas, ocultas o manifiestas, modos distintos de ver las cosas entre los que viven con nosotros, diversidad de caracteres. Deberíamos estar incluso agradecidos a aquellos hermanos que nos ayudan de este modo; ellos nos son infinitamente más útiles que esos otros que nos aprueban y halagan en todo; el mismo santo mártir Ignacio, en otra carta, decía: "Los que me dan diversos títulos, me dan latigazos".

Tratemos de imaginar qué sucedería si celebrásemos la misa con esta participación personal, si dijéramos realmente todos, en el momento de la consagración, unos en vos alta y otros en silencio, cada uno según su ministerio: Tomad, comed... Imaginemos una madre de familia que celebra así su misa, y después va a su casa y empieza su jornada hecha de multitud de pequeñas cosas. Su vida es, literalmente, desmigajada; pero lo que hace no es en absoluto insignificante: ¡Es una eucaristía junto a Jesús! Pensemos en una religiosa que viva de este modo la misa, después también ella se va a su trabajo cotidiano: niños, enfermos, ancianos... Su vida puede parecer fragmentada en miles de cosas que, llegada la noche, no dejan ni rastro; un jornada aparentemente perdida. Y, sin embargo, es eucaristía; ha "salvado" su propia vida. Imaginemos un sacerdote, un párroco, y con más razón, un obispo, que celebra así su misa y después se va: ora, predica, confiesa, recibe a la gente, visita a los enfermos, escucha... También su jornada es eucaristía. Del mismo modo que Jesús sigue siendo uno en la fracción del pan, así también una vida gastada de este modo por los demás es unitaria, no es dispersiva, y aquello que la hace unitaria es el hecho de ser eucaristía. También él permanece unido en la fracción, unido en la división, unido en la donación. Un gran maestro de espíritu, decía: "Por la mañana, en la misa, yo soy el sacerdote y Jesús es la víctima; durante la jornada, Jesús es el sacerdote y yo soy la víctima" (p. Olivaint). Así un sacerdote imita al "buen Pastor", porque realmente da la vida por sus ovejas.

Pero no hay que olvidar que también hemos ofrecido nuestra "sangre", es decir, nuestras pasiones, las mortificaciones. Éstas son la mejor parte que el mismo Dios destina a quien tiene más necesidad en la Iglesia. Cuando ya no podemos seguir ni hacer aquello que queremos, es cuando podemos estar más cerca de Cristo. Después de la Pascua, le dijo Jesús a Pedro: "Cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras". Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios (Jn 21, 18 ss.). Un poco antes, Jesús le había dicho a Pedro, por tres veces: "Apacienta mis ovejas", pero ahora le hace comprender que la mayor gloria es la que ofrecerá a Dios muriendo.

Gracias a la eucaristía, ya no existen vidas "inútiles" en el mundo; nadie debería decir: "¿De qué sirve mi vida? ¿Para qué estoy en el mundo?" Estás en el mundo para el fin más sublime que existe: para ser un sacrificio vivo, una eucaristía con Jesús.

Texto extraído de La Eucaristía, nuestra santificación,  del P. Cantalamessa)

Recemos juntos la oración que Cristo nos enseñó:

Padre Nuestro...

Oremos:

Dios nuestro, que quisiste que tu Hijo tomara nuestra misma carne mortal para manifestarse a los hombres, haz que al contemplarte exteriormente igual a nosotros, nos vayamos transformando interiormente a imagen de él. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Aclamaciones eucarísticas

Bendición con el santísimo Sacramento

Canto final