12 de junio de 2010

La Misa: el centro de la misión

entry-content'> Una fiesta cada día

Extraído del libro
“Yo los envío. Una historia misionera”
Grupo Misionero Nuestra Señora del Pilar


“La Santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos.”
Santo Cura De Ars - Sermón sobre la Santa Misa
(…)La Misa es lo más grande que le puede pasar en el día a cualquier católico. Tiene por sí misma un valor tan inmenso que no hay nada en la creación que valga tanto. Entendiendo su verdadero y profundo significado, no dejaríamos de ir por nada en el mundo a esta fiesta, a este encuentro con Dios, a esta comunión con nuestros hermanos, a este banquete celes­tial. Es un verdadero anticipo del Reino. San Pio de Pietrelcina decía-. "Seria mas fácil la existencia del mundo sin el sol que sin la santa Misa".
El momento más importante del día del misionero siempre fue la Misa. A las 7.45 en punto de la tarde cada pareja se despedía de las personas que estaba visitando para ir a la capilla del pueblo. Era lindísimo ver como todos se iban acercando a la iglesia con el llamado de las campanas. Y la gente, con la mejor de sus ropas se acercaba al festejo. Los misioneros volvíamos a encontrarnos entre nosotros, con la gente visitada y con Jesús. Esta forma sublime de oración reunía las peticiones de las visitas, las sonrisas y las tristezas escuchadas, el agradecimiento compartido, la alabanza y la fortaleza de Dios para seguir adelante. No podría imaginar una misión sin Misa.
La Misa de la tardecita nos reúne y congrega... No importa lo que uno esté haciendo, simplemente deja de hacerlo y se dirige a Misa, centro de la misión. Allí, reunidos, nos sentimos comunidad en Jesús y compartimos nuestra riqueza más alta. Varones y mujeres, grandes y chicos, ricos y pobres, santos y pecadores, nos acercamos al mismo banquete a celebrar eso que nos une: el amor a Dios y el ser amados por Él. Dios, que es familia, nos quiere ver a nosotros también reunidos en familia y por eso el gesto lindísimo de rezar juntos el Padre Nuestro (¿Nuestro? Si, nuestro, de todos). Y este gesto, que es solo un símbolo, se vuelve realidad en la comunión, momen­to importantísimo de la Misa. Allí no solo los presentes se unen, sino también los hermanos de todo el mundo y los san­tos del Cielo porque no existen distancias entre sagrarios.
Allí recibimos a la Eucaristía, al mismo Jesús que se queda oculto en la apariencia de un pedazo de pan y en un poco de vino, verdaderamente, con su Cuerpo y con su Sangre, con su Espíritu, con su Gracia y Divinidad. Dios, en su infinita misericordia, se quiso quedar en el mundo en la sencilla forma de pan para darse a los hombres todos los días. Y esto es lo más importante que sucede en la Misa. Es su sentido más profun­do, su verdadera razón, su propósito último. Solo en la Eucaristía toma color y forma el festejo, la oración y la comunidad. En la Eucaristía encontramos la fuerza para vivir el Evangelio, para ser mejores cristianos, para soportar nuestras cruces, pa­ra querernos más.
En la Misa meditamos la Palabra, Dios nos habla al corazón con palabras vivas y actuales. Como un padre reúne a sus hijos para enseñarles algo, así Dios nos congrega para ensenarnos a nosotros cuánto nos quiere. Solo en la oración con el Padre descubrimos las enseñanzas justas y las palabras perfectas que nos ayudan a santificarnos día a día. Así, cada Misa es distinta a otra y este rito sagrado no se transforma en rutina, sino en una aventura apasionada en la búsqueda de la santidad. (…)