1 de abril de 2013

Hora santa para el tiempo de Pascua



La respuesta Fiel de María Magdalena: “MI REDENTOR ME LLAMA  A LA FIDELIDAD”

“¡Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado!” Cant. 2,16

Pero Rut le respondió: “No insistas en que te abandone y me vuelva, porque yo iré a donde tu vayas y viviré donde tu vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tu mueras y allí seré enterrada. Que el Señor me castigue más de lo debido, si logra separarme de ti algo que no sea la muerte” (Rt. 1, 16-17)

1 El Cordero manso y humilde de corazón

“…María Magdalena se adelantó y adoró los pies de Jesús. Y dijo: “Señor, no te incomodes si te interrogo. Porque nosotros nos informamos de todo con celo ardiente” Y Jesús contestó a María: “Bien está que te informes con celo de todo” Y cuando Jesús hubo acabado de decir estas palabras, María Magdalena se adelantó y dijo: “Señor, cuantas palabras has dicho, han sido para mis oído tesoros de luz”. Y cuando María dejó de hablar, Jesús admiró lo que acababa de decir, porque daba sentido perfecto de lo que él había revelado… Y el Salvador contestó: “Esta bien, María. Y tú has hablado con gran sabiduría, porque ésa es la explicación de mi discurso.”

Sus palabras eran para mis oídos tesoros de luz, y se encendían en mi corazón cuando le veía hablar en público o especialmente cuando acompañándolo por las calles de Jerusalén o Cafarnaum realizaba algún prodigio del Padre

Recuerdo en Jericó, estábamos todos juntos caminando y él nos estaba comentando que el Hijo del hombre debía subir a Jerusalén para ser entregado a los paganos, nos contó que lo iban a insultar a castigar y a matar. Nadie comprendía nada, incluso yo, lo único que me había impactado de toda esa conversación fueron aquellas palabras finales de Jesús “Pero al tercer día resucitará”. Igual no comprendía, pero aquellas palabras fueron directo al corazón.

Cuando Pedro quiso indagar más acerca de lo que Jesús estaba hablando se escucho un grito de un pobre anciano ciego que estaba al borde del camino: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mi!”. Este gritaba y cada vez mas fuerte. Alguno de nosotros, lo tratamos de callar, pero el no hacía caso. Finalmente Jesús se le acerco y le preguntó; ¿qué quieres que haga por ti? “Señor, que yo vea otra vez.”, le contestó el pobre anciano. “Recupera tu vista, tu fe te ha salvado “…

Esa fidelidad del corazón de Jesús me lleno de amor y mi corazón decidió aquel día seguirlo a donde quisiera que vaya…

Contemplé la misericordia. Aquella que una vez la tuvo conmigo, la volví a contemplar derramándose en aquel ciego. Jesús fue fiel tanto con la pecadora, como con el ciego.

Estando en Galilea, se le acerco un leproso, y este cayendo de rodillas, le pidió ayuda. Le dijo que solo él podía curarlo de su enfermedad. En ese momento, el ver como se había presentado el leproso, Jesús se conmovió, extendió la mano, lo tocó y le dijo; “Lo quiero, queda purificado”…

Ves como el Señor fue fiel con cuantos se le acercaron!!! El solía decir muy a menudo “Vengan a mi todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt.11, 28-29) Ser paciente y humilde de corazón lo llevo a ser fiel con cada uno de nosotros. Esta fidelidad lo llevo a cumplir la voluntad del Padre. Porque el Padre quería redención y Jesús vino hacer carne aquella palabra. Te invito ahora a que contemples este rostro fiel de Jesús. El es fiel, te propongo a que no mires tu corazón, sino Su corazón.

“¿Qué quieres que haga por ti?”... Toma el lugar de aquel ciego, cual es la ceguera que hay dentro tuyo?

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“Yo tampoco te condeno”… no te olvides de estas palabras. Así como me las pronuncio a mi, ya sabes que el Señor es fiel. Así que hoy, en esta tarde del viernes, en donde Jesús da tu vida por vos, estas palabras deben cobrar sentido en tu corazón. Mira con Jesús aquellas cosas en las cuales vos te condenas, y el trata de borrarlas, creé en su misericordia!!

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“Lo quiero, queda purificado”… Agradezcamos al buen Dios, aquel que todo lo purifica, todo lo sana, todo lo puede.

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2 Jesús, el amado Cordero

“Bendito seas Señor, Jesús, Cordero sin mancha tu que quitas el pecado del mundo…”

“Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero…” (Is. 53, 6-7)

Luego de la resurrección de Lázaro, yo solía pasar varias horas en silencio en la gruta donde había estado su cuerpo muerto. Marta nunca iba allí, y Lázaro apenas podía mirar hacia ese lugar. Sin embargo para mi era una lugar glorioso, cuando me preguntaban por qué iba tanto yo contestaba “Es el lugar más glorioso que yo conozco. Es el campo de batalla en el que el Rey ha vencido al enemigo mas terrible del hombre.” Yo ya sabía que mi Rey no iba a estar para siempre, que su hora estaba llegando. Lo querían arrestar, a casa llegaban preguntando por él, todos los días. Mi amado corría peligro, la gente lo miraba raro y los fariseos y Sacerdotes lo perseguían. Temí que me lo robaran, que lo apartaran de mí. Me dolía pensar que El Rey, nuestro Salvador no era reconocido.

El día que Jesús montado en un burro entró a Jerusalén todos lo seguimos, cantamos y agitamos palmas. ¡Por fin! ¡Finalmente le dábamos la bienvenida que el se merecía! Aunque este pueblo suyo no lo comprendía del todo, al menos esa vez le rendíamos el honor que merecía, y le rendíamos ese honor acogiéndolo como Rey de Paz y no como conquistador. Mi Rey iba montado en un burrito, no en un caballo de batalla. Lo aclamábamos como Rey, nadie podía ya arrebatar esa hora a Israel. Entre las aclamaciones recuerdo que supliqué: “Que Dios me conceda la gracia de no olvidar esto en las horas difíciles.”

Esta es su hora, y la mía también. Mi amado, esta muriendo y yo… yo desearía estar lejos, porque no soporto verlo clavado. El dolor es demasiado grande! Pero no puedo, no puedo dejarlo solo! El… que es fiel, que lo mostró en sus diversos encuentros, que lo mostraba cuando predicaba, tan fiel que muere por nuestro amor… ¿Cómo puedo dejarlo solo? No me puedo separar de él. No puedo, en este momento de mayor dolor, debo afianzar más mi corazón al suyo, Mi rey esta siendo fiel, yo debo ser fiel a su amor, permaneciendo y uniéndome a su cruz.

Aunque en ese momento no lo comprendía, aunque en ese momento el dolor era demasiado grande, permanecí ahí ante ese madero, ante ese cuerpo desecho. En mi corazón algo me decía que ahora este era EL CAMPO DE BATALLA EN DONDE MI REY VENCIA POR COMPLETO Y PARA SIEMPRE AL ENEMIGO MÁS TERRIBLE.

Aquel enemigo que triunfo en un árbol, hoy esta siendo vencido, también en un árbol. Aquel enemigo que tentó al viejo Adán, hoy esta siendo pisado por el nuevo Adán.

El que es fiel, nos da la gracia de serle fiel, no hay que dejar de pedirle que nos haga fieles en la cruz. Te invito a que renueves tu fidelidad. Vivir la fidelidad en la cruz, es esto; que frente a los dolores puede estar de pie. Hoy quiero ponerme de pie frente a mi cruz. Esa cruz en donde lo veo a Jesús clavado. La cruz de mi vida, la tengo que unir a la de Cristo.
Acordate lo que pedía yo; “Que Dios me conceda la gracia de no olvidar esto en las horas difíciles.” En mis horas difíciles… es ahí en donde Jesús me pide fidelidad…

Te invito hacer silencio. Te invito a que renueves tu fidelidad frente a Jesús. Contempla tu cruz, tu dificultad, unila en este momento a la de él….
“La redención del Padre; la inmolación del Cordero”
El Cordero en la cruz esta siendo amado. Amado por quien? Especialmente por el Padre. Este Cordero vino a dar cumplimiento el deseo del Padre, a terminar su acto de amor. Para que el Padre deseara la redención, tuvo que aparecer la inmolación de su hijo. Así es como el Padre no puede conmoverse de amor, frente a su hijo, colgado y matado como un cordero.

El Padre muestra su amor en esta hora. Y siendo amado, aparece el amor. El amor como persona. Padre, Hijo y Espíritu. En este momento de muerte, puedo contemplar la belleza de la Trinidad, el amor de Dios derramado en el hijo a través del Espíritu Santo.

Por eso es amado el Cordero. Solo le basta al Padre para que su Cordero sea amado. Y al ver tanta grandeza yo también quiero vivir en el seno de la trinidad y amar al Cordero. Yo también quiero estarme oculta en el amor trinitario.
Así como en esta divinidad Trinitaria nada puede verse separado, todo es uno, así quiero yo estar con mi Cordero. Quiero hacer la voluntad del Padre junto al amado Cordero en el amor del Espíritu Santo. Yo que pude contemplarlo en la cruz, quiero presentarte esta forma para que lo contemples. En el icono o imagen que sigue, se ven las tres personas divinas; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se ven los tres en una misma mesa compartiendo la inmolación del Cordero; la sangre y el cuerpo. Muchas personas difieren en nombrar quien es el Padre, el Hijo y el Espíritu. Lo que yo te propongo es que una ves que contemples a cada uno como tu quieras, es que tomes tu lugar. En aquella mesa falta un lugar… quiero que así como yo tuve mi lugar en la mesa de la cruz en el Gólgota, quiero que también tú lo hagas en esta tarde, que te sientes en esta mesa, en esta mesa Trinitaria. Y así, hacerte uno con la divinidad. Así, ahondamos más en este misterio y podamos junto al Padre gritar; amado sea este Cordero.

Aquel a quien llamé hasta ahora como; Maestro, Jesús, Medico, Señor, pueda también llamarlo como San Juan Bautista; el Cordero. Que experimenté que es mi Cordero, porque gracias a él yo fui redimida. Gracias al abrazo de esa cruz yo estoy salvada.

Te invito a que en este rato de oración, puedas decir

¡SOY TODO DE DIOS!

Sí, Dios mío, Tú me quieres todo para ti;

Tú me amas con todo tu amor,

Y quieres que también yo te ame con todo mi amor;

-quieres que te ame con todo mi corazón,

con toda mi mente, con todas mis energías;

-quieres que te ame con todo mi fervor,

con toda intensidad, con todo entusiasmo.

Y es lógico y natural que así sea;

porque de Ti depende la totalidad de mi ser;

de Ti depende la continuidad de mi vida,

la integridad de mi cuerpo y de mi alma,

la subsistencia cotidiana,

y todas mis posibilidades presentes y futuras;

-y si de Ti lo recibo todo,

a Ti me debo todo, todo entero,

sin participaciones, ni reservas egoístas.

Negarte algo de mí a Ti,

sería robarte algo que es tuyo;

sería arrancarlo de su principio y razón de ser;

sería desvitalizarlo, degradarlo, profanarlo.

Pero desgraciadamente, Dios mío,

me he separado muchas veces de Ti;

te he negado o mezquinado mi tiempo,

mis pensamientos, mis deseos, mis esperanzas;

-pero lo que es más terrible aún,

te he negado mi amor,

a Ti que te lo debo todo...

Pero esto, Dios mío, ya pasó,

y ahora vuelvo a Ti;

y, aunque Tú no me lo pidas,

yo por mi propia voluntad quiero ser todo tuyo;

no quiero reservarme nada para mí,

-quiero que todos mis pensamientos,

todas mis palabras, todas mis acciones,

no tengan otra finalidad que la de honrarte y glorificarte;

quiero que toda mi voluntad

esté puesta a tu santo servicio,

para querer lo que Tú quieres

y como Tú lo quieras;

-quiero que mi corazón esté puesto en Ti,

para que todo mi ser,

esté en tus manos,

ahora, ya en esta vida temporal

y luego en la vida eterna. Amén.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

gracias por estas reflexiones y gracias por ayudarnos a crecer en la fe

Anónimo dijo...

Que tesoro tan grande que e descubierto en esta reflexion. El don de la Fidelidad a la Cruz.Dios ls bendiga por esta hora santa llena de amor.

ROSA ELVIRA FUQUENE CLAVIJO dijo...

Que tambien resusitemos en cristo jesus gracias dios los bemdiga...