7 de mayo de 2012

Matrimonio y Eucaristía


 “El deber de santificación de la familia cristiana tiene su primera raíz en el bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está íntimamente unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve la especial relación existente entre la Eucaristía y el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre «dentro de la Misa». Volver a encontrar y profundizar tal relación es del todo necesario, si se quiere comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.
La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la Cruz. Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y de su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana”.

(de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 57

Beato Juan Pablo II, 1981)



6 de mayo de 2012

El Papa Benedicto XVI y la Eucaristía



Una anécdota de la JMJ 2011 en Madrid.

Era una noche tórrida en Madrid, en agosto de 2011. Frente al papa Benedicto, en la explanada de Cuatro Vientos, durante la Jornada Mundial de la Juventud, un millón de jóvenes, con una edad promedio de 22 años, desconocidos. Imprevistamente un remolino de agua, de relámpagos y de viento se abate sobre todos, sin ninguna posibilidad de cubrirse. Vuelan por el aire manojos de focos, vuelan lejos carteles, también el Papa se moja. Pero él se queda en el lugar, frente al explosivo regocijo de los jóvenes por el inesperado espectáculo no programado que brinda el cielo.

Cuando cesa la lluvia, el Papa pone al costado el discurso escrito y dirige a los jóvenes pocas palabras. Invita a mirar no a él, sino a Jesús que está presente en la hostia consagrada que es expuesta sobre el altar, en el maravilloso ostensorio de Toledo. Se arrodilla en silencio y en actitud de adoración. Lo mismo ocurre en la explanada: todos se arrodillan sobre la tierra mojada, en medio de un silencio absoluto, durante una buena media hora.

En Madrid no fue la primera vez que Benedicto XVI se arrodilló delante de la hostia sagrada, en prolongado silencio. Ya lo había hecho en la JMJ de Colonia, en el año 2005, poco después de haber sido elevado al papado, allí también en la vigilia nocturna con miles de jóvenes, ante el asombro de todos.

Al celebrarse el séptimo aniversario de este papado, pocos han comprendido la audacia de estos gestos contracorriente. Pero cuando Benedicto XVI los realiza y los explica, lo hace con la actitud apacible de quien no quiere inventar nada propio, sino simplemente ir al corazón de la aventura humana y del misterio cristiano.

(Sandro Magister)



5 de mayo de 2012

Mi preparación para la Santa Comunión





El momento más solemne de mi vida es siempre en el que recibo la santa Comunión. La añoro y por cada una de ellas doy gracias a la Santísima Trinidad.

Los ángeles- si pudiesen envidiarnos en algo- nos envidiarían dos cosas: primero- poder recibir la santa Comunión; segundo- sufrir.

Me preparo para recibir al Rey. ¿Qué soy yo y qué eres tu, Señor, Rey de la Gloria, gloria inmortal? Oh, corazón mío; ¿Te das cuenta de quien viene a visitarte hoy? Si, lo sé, pero extrañamente no puedo comprenderlo. Oh, si fuera solamente un rey…, pero éste es el Rey de los reyes. El Señor de los señores. Ante El tiembla todo poder y autoridad. Corazón mío, aleja de ti este profundo pensamiento acerca de cómo le adoran los demás, porque no tienes tiempo para ello porque se acerca y ya se posa a tus puertas.

El hoy viene a mi corazón. Cuando oigo que se acerca salgo a encontrarle y le invito. Salgo a su encuentro y le invito a la morada de mi corazón, humillándome profundamente, ante su Majestad. Pero el Señor me levanta del polvo y al ser mi Esposo, me invita a tomar asiento a su lado, para que le diga todo lo que pesa en mi corazón. Y yo atrevida por su bondad, inclino mi bien sobre su pecho y se lo cuento todo. En primer lugar le digo lo que jamás diría a ningún otro ser. Y después hablo de las necesidades de la Iglesia, de las almas de los pobres pecadores que tanto necesitan de su misericordia.

4 de mayo de 2012

Adoremos al Hijo de María en la Eucaristía


"Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido; es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre."

S. J. Escrivá de Balaguer

3 de mayo de 2012

Oración que rezaba la Madre Teresa después de comulgar




Irradiar a Cristo


¡Oh Jesús!,

Ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya. Inunda mi alma de tu espíritu y vida. Penétrame y aduéñate tan por completo de mí, que toda mi vida sea una irradiación de la tuya. Ilumina por mi medio y de tal manera toma posesión de mí, que cada alma con la que yo entre en contacto pueda sentir tu presencia en mi alma.

Que al verme no me vea a mí, sino a Ti en mí. Permanece en mí. Así resplandeceré con Tu mismo resplandor, y que mi resplandor sirva de luz para los demás. Mi luz toda de Ti vendrá. Jesús; ni el más leve rayo será mío. Serás Tú el que iluminarás a otros por mi medio.

Sugiéreme la alabanza que más te agrada, iluminando a otros a mí alrededor. Que no te pregone con palabras sino con mi ejemplo, con el destello visible del amor que mi corazón saca de Ti.

Amén



2 de mayo de 2012

Hora santa: Preparando Pentecostés



(Exposición del Santísimo Sacramento)

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El que se une al Señor, se hace un solo Espíritu con él
En la comunión Jesús viene a nosotros como aquel que da el Espíritu. No como aquel que un día, hace mucho tiempo, dio el Espíritu, sino como aquel que ahora, consumado su sacrificio incruento sobre el altar, de nuevo, “entrega el Espíritu”. De tal forma, Jesús nos hace partícipes de su unción espiritual. Su unción se infunde en nosotros; o mejor aún, nosotros nos sumergimos en ella: “Cristo se derrama sobre nosotros y con nosotros se funde, mutándonos y transformándonos en él, como una gota de agua derramada sobre un océano infinito de ungüento perfumado. Éstos son los efectos que un bálsamo como éste produce en aquellos que lo encuentran: no se limita simplemente a perfumarlos, ni siquiera hace tan sólo que ellos respiren dicho perfume, sino que transforma su misma sustancia en el perfume de aquel ungüento que por nosotros se ha derramado: Somos el buen olor de Cristo.

En torno a la mesa eucarística se realiza la “sobria embriaguez del Espíritu”. Comentando un texto del Cantar de los Cantares, san Ambrosio escribe: “He comido mi pan con mi miel : ves que en este pan no hay ningún amargor, sino que todo es suavidad. He bebido mi vino con mi leche: ves que es tal la alegría que no se mancha con la basura de ningún pecado. Porque cuantas veces bebes, recibes el perdón de los pecados, y te embriagas en espíritu. Por lo cual dice el apóstol: No os embriaguéis con vino, llenaos más bien del Espíritu; porque el que se embriaga con vino vacila y titubea; mas el que se embriaga con el Espíritu está arraigado en Cristo. De aquí la célebre exclamación del mismo san Ambrosio, en uno de sus himnos que todavía hoy se recita en la Liturgia de las Horas: “¡Bebamos con alegría la sobria abundancia del Espíritu!” La sobria embriaguez no es un tema solamente poético, sino que está lleno de significado y de verdad. El efecto de la embriaguez es siempre el de hacer salir al hombre de sí mismo, de sus estrechos límites. Pero mientras que en la embriaguez material (vino, droga) el hombre sale de sí para vivir “por encima” de la propia razón, en el horizonte mismo de Dios. Toda comunión debería terminar en un éxtasis, si entendemos con esta palabra no los fenómenos extraordinarios y accidentales que alguna vez acompañan en los místicos, sino literalmente, como la salida (extasis) del hombre de sí mismo, el “ya no soy yo quien vive, SINO Cristo que vive en Mí” de Pablo.

Lo que los padres de la Iglesia querían decir con el lenguaje figurado de la embriaguez, santo Tomás de Aquino lo expresa en términos más racionales, diciendo que la eucaristía es “el sacramento del amor”. La unión con el Cristo vivo no puede tener lugar de modo distinto que en el amor; el amor, en efecto, es la única realidad gracias a la cual dos seres vivos distintos, permaneciendo cada uno en su propio ser, pueden unirse para formar una sola cosa. Si el Espíritu Santo es llamado “la misma comunión” con Cristo, es, precisamente, porque él es el Amor mismo de Dios. Todo encuentro con la Eucaristía que no se concluye con un acto de amor, es incompleta. Yo comulgo plena y definitivamente con Cristo, que se me ha comunicado, sólo cuando consigo decirle con sinceridad y sencillez de corazón, como Pedro: “Señor, tú sabes que te quiero” .

1 de mayo de 2012

San José trabajó para alimentar al Pan de Vida



El mantenimiento y la educación de Jesús en Nazaret

El crecimiento de Jesús «en sabiduría, edad y gracia» (Lc 2, 52) se desarrolla en el ámbito de la Sagrada Familia, a la vista de José, que tenía la alta misión de «criarle», esto es, alimentar, vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio, como corresponde a los deberes propios del padre.

En el sacrificio eucarístico la Iglesia venera ante todo la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, pero también la del bienaventurado José, porque «alimentó a aquel que los fieles comerían como pan de vida eterna».

Por su parte, Jesús «vivía sujeto a ellos» (Lc 2, 51), correspondiendo con el respeto a las atenciones de sus «padres». De esta manera quiso santificar los deberes de la familia y del trabajo que desempeñaba al lado de José

Redemptoris Custos 16, 
del Beato Juan Pablo II