(Exposición del Santísimo Sacramento)
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El que se une al Señor, se hace un solo Espíritu con él
En la comunión Jesús viene a nosotros como aquel que da el Espíritu. No como aquel que un día, hace mucho tiempo, dio el Espíritu, sino como aquel que ahora, consumado su sacrificio incruento sobre el altar, de nuevo, “entrega el Espíritu”. De tal forma, Jesús nos hace partícipes de su unción espiritual. Su unción se infunde en nosotros; o mejor aún, nosotros nos sumergimos en ella: “Cristo se derrama sobre nosotros y con nosotros se funde, mutándonos y transformándonos en él, como una gota de agua derramada sobre un océano infinito de ungüento perfumado. Éstos son los efectos que un bálsamo como éste produce en aquellos que lo encuentran: no se limita simplemente a perfumarlos, ni siquiera hace tan sólo que ellos respiren dicho perfume, sino que transforma su misma sustancia en el perfume de aquel ungüento que por nosotros se ha derramado: Somos el buen olor de Cristo.
En torno a la mesa eucarística se realiza la “sobria embriaguez del Espíritu”. Comentando un texto del Cantar de los Cantares, san Ambrosio escribe: “He comido mi pan con mi miel : ves que en este pan no hay ningún amargor, sino que todo es suavidad. He bebido mi vino con mi leche: ves que es tal la alegría que no se mancha con la basura de ningún pecado. Porque cuantas veces bebes, recibes el perdón de los pecados, y te embriagas en espíritu. Por lo cual dice el apóstol: No os embriaguéis con vino, llenaos más bien del Espíritu; porque el que se embriaga con vino vacila y titubea; mas el que se embriaga con el Espíritu está arraigado en Cristo. De aquí la célebre exclamación del mismo san Ambrosio, en uno de sus himnos que todavía hoy se recita en la Liturgia de las Horas: “¡Bebamos con alegría la sobria abundancia del Espíritu!” La sobria embriaguez no es un tema solamente poético, sino que está lleno de significado y de verdad. El efecto de la embriaguez es siempre el de hacer salir al hombre de sí mismo, de sus estrechos límites. Pero mientras que en la embriaguez material (vino, droga) el hombre sale de sí para vivir “por encima” de la propia razón, en el horizonte mismo de Dios. Toda comunión debería terminar en un éxtasis, si entendemos con esta palabra no los fenómenos extraordinarios y accidentales que alguna vez acompañan en los místicos, sino literalmente, como la salida (extasis) del hombre de sí mismo, el “ya no soy yo quien vive, SINO Cristo que vive en Mí” de Pablo.
Lo que los padres de la Iglesia querían decir con el lenguaje figurado de la embriaguez, santo Tomás de Aquino lo expresa en términos más racionales, diciendo que la eucaristía es “el sacramento del amor”. La unión con el Cristo vivo no puede tener lugar de modo distinto que en el amor; el amor, en efecto, es la única realidad gracias a la cual dos seres vivos distintos, permaneciendo cada uno en su propio ser, pueden unirse para formar una sola cosa. Si el Espíritu Santo es llamado “la misma comunión” con Cristo, es, precisamente, porque él es el Amor mismo de Dios. Todo encuentro con la Eucaristía que no se concluye con un acto de amor, es incompleta. Yo comulgo plena y definitivamente con Cristo, que se me ha comunicado, sólo cuando consigo decirle con sinceridad y sencillez de corazón, como Pedro: “Señor, tú sabes que te quiero” .