
Al acercarnos al pesebre, nos puede suceder lo mismo que al acercarnos al Santísimo Sacramento expuesto: podemos pensar que debemos hacer un gran esfuerzo por encontrarnos con el Señor, que debemos disponer todas nuestras capacidades para hacer de ese rato de oración algo magnífico. Y, sin embargo, cuando nos acercamos al pesebre o a la Eucaristía, no nos damos cuenta de que ya hay alguien orando. Porque el pesebre en sí es oración. Ante el pesebre nos vemos casi obligados a hacer silencio. Ante el pesebre nos trasladamos a Belén, desde donde fluye un caudal de oración desde María, desde José, desde los pastores, su oración, como su mirada, va a la cuna vacía. Y nosotros no tenemos más que unirnos a esa oración, sin ningún esfuerzo. La Eucaristía en sí también es oración. La Eucaristía es Jesús y Jesús es nuestro sumo y eterno sacerdote, Aquel que vive para interceder por nosotros ante el Padre. En la Eucaristía también ya hay alguien rezando: Jesús. Me gusta descansar en la oración de Jesús, sobre todo en aquellos días en los que estoy más cansado o distraído y en los que creo que no estoy rezando. Y otra vez en mi debilidad triunfa su grandeza, porque ¿qué más lindo y agradable para el Padre que la oración de Jesús?
Es difícil no temerle a la propia debilidad, pero el misterio de la Navidad nos invita a eso. Dios se hace frágil para que ya no temamos la pobreza de sabernos necesitados del cuidado del Padre. Ojalá que esta Navidad nos renueve la alegría de nuestra vocación de Hijos de Dios. ¡Que tengamos todos una santa Navidad, la mejor de nuestras vidas!
Nuestra Señora de Belén, ruega por nosotros.
San José, ruega por nosotros.
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