12 de noviembre de 2010

SIN SACERDOTES NO HAY EUCARISTÍA, SIN EUCARISTÍA NO HAY IGLESIA

LIMA, 02 Jun. 10 / 02:25 pm (ACI)

En el Simposio Teológico del I Congreso Eucarístico y Mariano de Lima (CEM 2010) inaugurado este martes 1 de junio, el Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Cardenal Antonio Cañizares Llovera, señaló que "sin sacerdotes no hay Eucaristía y sin Eucaristía no hay Iglesia"; y advirtió que "renovar el sentido eucarístico es garantía de un futuro para la Iglesia".



El Purpurado recordó que la Eucaristía es fuente y culmen de la vida de todo cristiano y que "la Iglesia es sacramento vivo y eficaz de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" y que esta unión "solamente es posible por la participación del Cuerpo de Cristo. Esto acontece en la Eucaristía".


"Solamente es posible la Eucaristía por el sacerdocio. Por consiguiente, solo con los sacerdotes hay Iglesia", advirtió.



"Los sacerdotes –recalcó– somos necesarios no para que funcione la Iglesia o para que esté bien organizada o para enseñar una doctrina. Somos sacerdotes para que haya Eucaristía. Sino recuperamos esto no habrá vocaciones. Así que nos jugamos el futuro".



Asimismo, el Cardenal Cañizares subrayó la centralidad del sacrificio de Cristo en la Eucaristía que en muchos lugares se ha visto "reducido a banquete, a celebración de la comunidad, a un recuerdo, pero no al sacrificio mismo de Cristo que se entrega por nosotros en la Cruz. Sin esto no entendemos nada de la Eucaristía y no celebramos nada más que a nosotros mismos".



"Hemos secularizado y creído que todo era creatividad del hombre. ‘Lo que importa es que sea atrayente’. No. Lo que importa es que el misterio sea reconocido, que el misterio sea celebrado. Hay que tener presente el derecho de Dios. Dios nos dice cómo debe ser llevado a cabo el misterio, la celebración", advirtió.



Por ello, tras recordar el espíritu de renovación eclesial que propuso el Concilio Vaticano II, el Purpurado resaltó que en orden de prioridades los padres conciliares propusieron la renovación litúrgica porque "no podemos entender la Gaudium et Spes si no es sobre la base en la que todo se fundamenta: la Eucaristía".



"No habrá una Iglesia de Gaudium et Spes si no es una Iglesia de Sacrosanctum Concilium. Por eso el Papa pone gran interés en la liturgia. Por eso, cuando se interpreta (la renovación) en cambios meramente rituales es no entender nada de lo que el Santo Padre nos está diciendo", agregó.



"Hacer la renovación no es hacer cada día un títere distinto. Es hacer que se pueda celebrar el misterio de fe que acontece. Esa renovación debe expresar todo lo que es la realidad del misterio. El culto se pervierte cuando se ofrece una fiesta que la comunidad ofrece a sí misma. El principio es que Dios ocupe el lugar central", indicó.



Finalmente, el Cardenal Cañizares recordó que en la comunión no somos nosotros los que asimilamos (a Cristo), "sino que es Él quien nos asimila a sí" por lo que "somos arrancados de la individualidad. Así la Eucaristía tiene un carácter social".



"Celebrar la Eucaristía es llevar a cabo la renovación de la sociedad. Por ello, renovar el sentido eucarístico es garantía de un futuro para la Iglesia. Aquí está el verdadero peligro para una humanidad que no reconoce a Dios"

EL MUNDO NECESITA SACERDOTES

¿Qué sería del mundo sin sacerdotes?

11 de noviembre de 2010

Nuevo documento de Benedicto XVI

Jueves 11 de Noviembre de 2010

Hoy se ha dado ha conocer la exhortación post sinodal sobre la Palabra de Dios de Benedicto XVI

Entre otros párrafos destacamos este en el que une Escritura y Liturgia:
"Exhorto a los Pastores de la Iglesia y a los agentes de pastoral a esforzarse en educar a todos los fieles a gustar el sentido profundo de la Palabra de Dios que se despliega en la liturgia a lo largo del año, mostrando los misterios fundamentales de nuestra fe" (52).
En los números 54 y 55 el santo Padre habla sobre la Escritura y la Eucaristía.
Un nuevo documento de la Iglesia que merece ser leído en su totalidad.

Benedicto XVI habla sobre la Eucaristía y los congresos eucarísticos


Jueves 11 de Noviembre de 1010


El Papa propone la celebración eucarística como centro y culmen de todas las manifestaciones y formas de piedad, porque “en la Eucaristía está encerrado el tesoro de la Iglesia”

Con gran alegría, Benedicto XVI ha recibido, al fin de esta mañana, a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Comité para los Congresos Eucarísticos Internacionales. Saludando a los delegados nacionales de las Conferencias Episcopales y, de manera especial, a la delegación irlandesa – encabezada por el arzobispo de Dublín, que acogerá el próximo Congreso Eucarístico Internacional, en junio de 2012 - y destacando la atención que esta Asamblea ha dedicado a tal evento - «que se inserta también en el programa de renovación de la Iglesia en Irlanda» - el Papa ha hecho hincapié en la importancia de la Eucaristía, en el camino de renovación:

«El tema, “La Eucaristía, comunión con Cristo y entre nosotros”, recuerda la centralidad del Misterio eucarístico para el crecimiento de la vida de fe y para cada auténtico camino de renovación eclesial. La Iglesia, mientras peregrina en la tierra, es sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre de ellos (cfr CONC. VAT. II, Cost. dogm. Lumen gentium, 1). Con este fin, ella ha recibido la Palabra y los Sacramentos - sobre todo la Eucaristía - de la cual “continuamente vive y crece” (ibid. 26) y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a sí misma».

Refiriéndose a la feliz coincidencia de este encuentro y de los trabajos de dicha plenaria con algunos aniversarios importantes, el Papa ha recordado el 50° aniversario del Congreso Eucarístico de Munich que marcó una etapa destacada en la comprensión de estos eventos eclesiales y en el que tuvo la alegría de participar, como joven profesor de teología. Además, el Congreso de Dublín del 2012 tendrá un carácter jubilar, de hecho será el 50°, y se llevará a cabo al cumplirse también 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, al que el tema hace explícita referencia, recordando el capítulo 7 de la Constitución dogmática Lumen gentium.

Recordando que los Congresos Eucarísticos Internacionales tienen una larga historia en la Iglesia y que mediante la forma característica de la “statio orbis”, resaltan la dimensión universal de la celebración, Benedicto XVI ha reiterado que se trata siempre de una fiesta de fe alrededor de Cristo Eucarístico, el Cristo del sacrificio supremo por la humanidad. Fiesta en la que participan fieles no solo de una Iglesia particular o de una nación, sino, en lo posible, de varias partes del la Tierra. Fiesta en la que «la Iglesia que se recoge alrededor de su Señor y su Dios».

Asimismo, el Santo Padre ha puesto de relieve la importante tarea evangelizadora de los Congresos Eucarísticos, sobre todo en el contexto actual, para impulsar la nueva evangelización y promover la evangelización mistagógica (cfr Esort. ap. postsinod. Sacramentum caritatis, 64), que se cumple a la escuela de la Iglesia en oración, a partir de la liturgia y a través de la liturgia. El Papa ha subrayado que el binomio ‘Eucaristía-misión’ ha entrado a formar parte de las líneas guía propuestas por la Santa Sede.

Benedicto XVI ha presentando también una indicación litúrgica y pastoral, alentando la celebración eucarística como centro y culmen de todas las manifestaciones y formas de piedad, según el espíritu de la reforma conciliar, la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (nn. 10; 47-52) y la Exhortación post-sinodal Sacramentum caritatis. Antes de terminar su denso discurso, el Papa ha alentado a perseverar en el apostolado eucarístico:

«Queridos hermanos y hermanas, el apostolado eucarístico al que dedicáis vuestros esfuerzos es muy importante. Perseverad en ello con compromiso y pasión, animando y difundiendo la devoción eucarística en todas sus expresiones. En la Eucaristía está encerrado el tesoro de la Iglesia, o sea el mismo Cristo, que en la Cruz se ha inmolado por la salvación de la humanidad. Acompaño vuestro apreciado servicio asegurándoos mi oración, por intercesión de María Santísima, y con la Bendición Apostólica, que de corazón os imparto a vosotros, a vuestros seres queridos y vuestros colaboradores».

La Eucaristía en mi vida


Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades... Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.
"La Iglesia vive de la Eucaristía. nº 8"

El Hijo de Dios en mi vida y en la Eucaristia

Hemos sido creados a imagen del Hijo. Somos hijos y herederos.

Cuando uno nace la primera experiencia que tenemos es la de ser hijos, y por lo tanto de depender de otro, del que nos dio la vida. El bebe al principio tiene intacta esta capacidad que lo lleva a confiar ciegamente en el padre y en la madre. Y esto no solo nosotros, los seres humanos, también los animales. Naturalmente estamos llamados a confiar en el que nos dio la vida. Quizás los animales no necesitan depender demasiado tiempo de los que lo engendraron, pero nosotros sí. Nuestra dependencia es mucho más grande: tenemos que aprender de todo. Lo cual exige confianza absoluta. Y eso hace que establezcamos una relación tan profunda con quienes me han dado la vida, que podré llamarlos. Papa y Mama.

Saber que siempre va a ser mi padre, que siempre voy a poder acudir a él: somos esencialmente hijos. Siendo hijos es que hemos aprendido a ser personas. Y esto nos hace parecidos al Hijo de Dios: somos hijos, en este sentido, a la manera de la segunda Persona de la santísima Trinidad.

Ser hijos entonces trae de manera innata en nosotros, la virtud de la confianza. Esto es lo que llamamos la FE.

La actitud fundamental del hijo es confiar, escuchar, aprender, ser discípulo, ser dócil a lo que me dice mi padre, confiar en él. Cuando me tocan vivir y pasar por caminos difíciles agarrarse de esa manazo del padre que me conduce, que me hace sentir que no me va a pasar nada por que él está conmigo: eso es ser hijo.

De hecho está condición, aún cuando crecemos la seguimos teniendo, seguimos ejercitando la virtud de la confianza, de la escucha, del ser discípulo.

¿Qué significa que hemos sido creados a imagen del Hijo de Dios? Significa que todo esto que veo que está en mi condición natural, que vivo naturalmente en mi vida, o que debería vivir. Esta condición de hijo la puedo y la tengo que vivir con respecto a Dios: SOY SU HIJO. Y ser hijo de Dios significa vivir con esta fe y confianza. Pero en serio, como la cananea del evangelio.

Y esta actitud de hijo para con Dios estoy llamado a vivirla también con respecto a la Iglesia. Amor y entrega profunda a la Iglesia (bien concretita), es un índice también de mi conciencia de ser hijo de Dios, en el fondo de mi confianza en Dios. Nadie puede tener a Dios como Padre, sino tiene a la Iglesia como Madre (decía un gran santo). De hecho, bien sabemos, que el Papa viene de Abba, de Padre.

Miremos a Jesús, al Hijo de Dios y pidamos vivir como Él.

Es cierto que esta condición de hijo de Dios la vivimos en la oscuridad de la fe. Es decir tenemos que esforzarnos por despertar esta confianza.

Pero lo mismo pasa algunas veces en nuestra vida natural. ¿cuándo empezamos a gozar en plenitud de una profesión? ¿cúando somos estudiantes o cuando empezamos a ejercer la profesión?

Lo mismo en nuestra condición de discípulo, de alumnos, de hijos frente a Dios. Ahora en este mundo es tiempo de confianza. Pero estemos seguros que Dios nos quiere llevar a recibir, a obtener el diploma más lindo que podamos recibir en nuestra vida: EL DIPLOMA DE HIJO DE DIOS en plenitud en el cielo.

Mientras tanto debemos vivir en el camino de Santa Teresita: el caminito de la confianza.

Tenemos que confiar, abandonarnos. Aún cuando no veamos, no sintamos, no entendamos, aún cuando estemos sufriendo. Jesús, el Hijo de Dios a imagen del cual hemos sido creados, también tuvo que soportar el abandono: ¿“Dios mío, porque me has abandonado?. Y CONFIÓ. Confió plenamente en Getsemaní.

Confiemos nosotros también en la mano del Padre que maneja absolutamente todo para el bien de sus hijos amados.

Y esto posible si nos unimos al HIJO en la Eucaristía. En la Eucaristía nos unimos a Jesús para vivir como verdaderos hijos de Dios.

MI VIDA ES UNA MISA PROLONGADA - Alberto Hurtado SJ

- Por la Eucaristía, esta tierra de la encarnación se hizo el centro del mundo. Por ella, el Hijo permanecerá entre nosotros no por unos cuantos años fugitivos, sino para siempre. Mediante la Eucaristía Cristo permanece siempre presente en medio de su pueblo.
- La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Por ella tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes.
- “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él...”. Comulgar es vivir en Jesús, y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida: de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación.
- Jesús se hace presente y permanece en la eucaristía, para vivir con nosotros y que nosotros vivamos con Él. Jesús espera nuestras visitas. En Él hallaremos al amigo leal, al consejero fiel, al consolador amoroso, al confidente de nuestras penas y alegrías. Jesús recibe nuestras visitas como de un amigo con otro amigo querido. Aunque invisiblemente, quiere comunicarse con nosotros, nos atiende, nos habla...
- El que comulga se va despojando de sí mismo y llega a no tener otra vida que la de Jesús, la vida divina y nada hay más grande que eso. El que llega a vivir la vida de Jesús plenamente 'dará mucho fruto' como lo decía el mismo Jesús.
- El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!
- Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera.
- El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.
- Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos como Cristo se dio a nosotros.
- A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo, con Él y en Él” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestra aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad... Después de la comunión queda fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo ser Cristo para nosotros y para los demás. ¡Eso es comulgar!
- Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin de mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él. “Vivo yo, ya no yo, Cristo vive en mí”, decía S. Pablo, y vive en mi hermano que comulga junto a mí, y vive en todos lo que participamos de Él. Formamos todos un solo Cristo. Vivimos su vida, realizamos su misión. Somos una nueva humanidad, la humanidad en Cristo. Estrechamente unidos, más que por la sangre de familia, por la sangre de Cristo, y en Cristo, por Cristo, y para Cristo vivimos en este mundo.
- ¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.
- ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!