La Misericordia de Dios
se manifiesta en la Eucaristía.
¡Sí! En el Santísimo Sacramento del Altar Dios se
ha compadecido. Su misericordia es infinita.
El deseo inscrito en nuestro
corazón de ser amados plenamente (deseo de eternidad) no es expresión de un
deseo impotente, cual fruto de una sarcástica maldición o de un sueño
irrealizable. El deseo del hombre es más bien la intuición de un evento que ha
de cumplirse; de un evento para el que fuimos destinados desde toda la
eternidad. Un evento que en realidad ya se cumplió. Es la buena noticia: Dios
ha bajado a la tierra, porque el hombre es capaz de Dios. Dios baja, porque nos
ama. ¡Baja Dios! No para darnos una planta que rejuvenece o un nuevo alimento
que sacie nuestra hambre física, como aquel maná del cielo que solo puede
prolongar nuestra vida por algunos años más; baja en vez para dar cumplimiento
a lo imposible. Baja para darse a sí mismo como alimento. Para que comiéndolo
como dice San Agustín seamos asimilados y transformados en Él, en Dios:
“Manjar soy de grandes:
crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú
te mudarás en mí”.







