Adoremos a Cristo en la
Eucaristía, como prenda y anticipo de la vida celeste. La celebración
eucarística es «fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura»
(Vat.II: UR 15a). Por eso el culto eucarístico tiene como gracia propia mantener al cristiano en una continua tensión
escatológica.
Ante el sagrario o la custodia, en la más pura esperanza
teologal, el discípulo de Cristo permanece día a día ante Aquél que es la
puerta del cielo: «yo soy la puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10,9).
Ante el sagrario, ante la custodia, el discípulo persevera un día y otro ante
Aquél «que es, que era, que vendrá» (Ap 1,4.8). Persevera adorando al Hijo de
Dios, que vino en la encarnación; que viene en la Eucaristía, en la
inhabitación, en la gracia; que vendrá glorioso al final de los tiempos.






