31 de octubre de 2014
30 de octubre de 2014
29 de octubre de 2014
EUCARISTÍA Y PENITENCIA: dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí.
La comunión invisible,
aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio
de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4), así
como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En
efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia
santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el
«cuerpo» y con el «corazón»; (72) es decir, hace falta, por decirlo con
palabras de san Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).
La integridad de los
vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera
participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de
Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia:
«Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11,
28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los
fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no
sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer
esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil
veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».(73)
Precisamente en este
sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia
de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes
de acercarse a comulgar».(74) Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo
estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha
concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para
recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados,
cuando uno es consciente de pecado mortal».(75)
28 de octubre de 2014
Eucaristía: fuente de nuestra vida cristiana
En
todo momento de gracia, el cristiano, «muriendo» al hombre viejo carnal, «vive»
el hombre nuevo espiritual. Si un
cristiano perdona, mata en sí el deseo de venganza y vive la misericordia de
Cristo. Si da una limosna, mata el egoísmo y vive la caridad del Espíritu
Santo. Si se priva de un placer pecaminoso, toma la cruz y sigue a Cristo,
muere y vive. Y así sucede «cada día», en todos y cada uno de los instantes de
la vida cristiana:muerte al hombre viejo, en
virtud de la pasión de Cristo, y vivificación del hombre nuevo en virtud de su
resurrección gloriosa. Es una vida continuamente eucarística y pascual. No
se puede participar de la vida divina sin inmolar al Señor sacrificialmente
toda la vida humana, en cuanto está marcada por el pecado: sentimientos y
afectos, memoria, entendimiento y voluntad.
De Cristo nos viene, pues,
juntamente, la capacidad de morir a la vida vieja, y la posibilidad de recibir
la vida nueva y santa. De Él nos viene esta gracia, y no sólo como ejemplo, sino como impulso que íntimamente nos mueve y vivifica.
Siendo la misa actualización del misterio pascual, es en ella fundamentalmente
donde participamos de la muerte y resurrección del Salvador. Por tanto, de la eucaristía fluye,
como de su fuente, toda la vida cristiana, la personal y la comunitaria.
27 de octubre de 2014
25 de octubre de 2014
Pueden ir en Paz
El sacerdote, extendiendo las
manos, saluda al pueblo diciendo: El
Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y
con tu espíritu.
Y como al principio de la Misa , el signo de la cruz, y
el nombre de la
Santísima Trinidad.
«En seguida el sacerdote añade: “la bendición de Dios todopoderoso –haciendo aquí
la señal + de la bendición–, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre
vosotros”. Y todos responden Amén».
Cristo,
por medio del sacerdote, con la eficacia y certeza de la liturgia, concede
finalmente a su pueblo una bendición. Así
como el Señor, en el momento de la
Ascensión , al despedirse de sus discípulos, «alzó sus manos y
los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al
cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le re-presenta, el
Señor bendice al pueblo
cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de
«su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión
al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (Pleg.
euc. III).
24 de octubre de 2014
NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
Virgen Inmaculada, Madre de Jesús y Madre nuestra,
te invocamos con el nombre de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento porque Tú
eres la Madre
del Salvador que vive en la
Eucaristía. De ti tomó la carne y sangre con las
que Él nos alimenta en la
Sagrada Hostia. Te invocamos también con este
nombre porque la gracia de la
Eucaristía nos viene por tu medio, pues Tú eres la mediadora,
el canal, por donde nos llegan las gracias de Dios. Y, por último,
te llamamos Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, porque Tú fuiste la
primera en vivir la vida Eucarística. Enséñanos a orar la Misa como Tú lo hiciste, a
recibir la Santa
Comunión de una manera digna y frecuente y de visitar a
Nuestro Señor devotamente en el Santísimo Sacramento.
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