La Iglesia católica
rinde este culto latréutico al sacramento eucarístico, no sólo durante la misa,
sino también fuera de su celebración, conservando con la máxima diligencia las
hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos,
llevándolas en procesión con alegría de la multitud del pueblo cristiano.
De esta veneración
tenemos muchos testimonios en los antiguos documentos de la Iglesia. Pues los
Pastores de la Iglesia siempre exhortaban solícitamente a los fieles a que
conservaran con suma diligencia la Eucaristía que llevaban a su casa. En
verdad, el Cuerpo de Cristo debe ser comido y no despreciado por los fieles,
amonesta gravemente san Hipólito.
Consta que los fieles
creían, y con razón, que pecaban, según recuerda Orígenes, cuando, luego de
haber recibido [para llevarlo] el Cuerpo del Señor, aun conservándolo con todo
cuidado y veneración, se les caía algún fragmento suyo por negligencia.
Que los mismos Pastores
reprobaban fuertemente cualquier defecto de debida reverencia, lo atestigua
Novaciano digno de fe en esto, cuando juzga merecedor de reprobación a quien,
saliendo de la celebración dominical y llevando aún consigo, como se suele, la
Eucaristía..., lleva el Cuerpo Santo del Señor de acá para allá, corriendo a
los espectáculos y no a su casa.




