Es un sacrificio. Jesús
entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo
una Alianza Nueva, con plena libertad, «entrega su vida» –su cuerpo, su sangre–
para el rescate de todos los hombres (cf. Catecismo 1362-1372, 1544-1545). De
sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser el Cordero de
Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo. Que así lo
entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque así lo
entendieron sus apóstoles.
La enseñanza de San
Pablo es muy explícita: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y
sacrificio a Dios de suave aroma» (Ef 5,2; cf. Rm 3,25). Es el amor, en efecto,
lo que le lleva al sacrificio: «Dios probó su amor hacia nosotros en que,
siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; cf. Gál 2,20). Y por eso
ahora «en Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de
los pecados» (Ef 1,7; cf. Col 1,20). Por tanto, «nuestro Cordero pascual,
Cristo, ya ha sido inmolado» (1Cor 5,7). Es la misma doctrina que da San Pedro
(1Pe 1,2.9; 3,18).
Igualmente San Juan ve
en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte sacrificial
«quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.37). Según disponía la antigua ley mosaica
sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue quebrado en la cruz (19,37
= Ex 12,46). Los fieles son, pues, «los que lavaron sus túnicas y las
blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), es decir, «los que han vencido
por la sangre del Cordero» (12,11). Y ese Cordero degollado preside ahora para
siempre ante el Padre la liturgia celestial (5,6.9.12). Así pues, el sacrificio
de la vida humana de Jesús gana en la cruz la salvación para todos: «él es la
Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino
por los de todo el mundo» (1Jn 2,2).




