29 de julio de 2013
18 de junio de 2013
17 de junio de 2013
Fe en la Eucaristía
La fe y el amor de Clara a Jesús-Eucaristía era inmenso. El hecho que acabamos de reconstruir nos lo pone de manifiesto. En San Damián había costumbre de adorar al Señor en la reserva extrasacrificial, de acudir a Él para todo.
Hay rasgos y gestos que, en un momento dramático, no se improvisan, nos revelan. Ante el peligro de una avanzadilla de sarracenos desbocados, cuando no contaban con ninguna protección humana ni posibilidad de pedirla, no se pierde la serenidad. ¡Son pobres!... ahí está el secreto. Y pobre es el que se ha lanzado en el despojo existencial porque tiene puesta en Dios toda su confianza. El movimiento habitual de las Hermanas Pobres era cada día: esperarlo todo del Señor, esperar sólo de Él «el PAN nuestro de cada día», que de forma estereotipada en el lenguaje bíblico representa todas las necesidades del espíritu y del cuerpo.
No hay ningún rito de superstición, sino la fe convencida y familiar en la presencia de Jesús en la Eucaristía, cuando Clara hace poner ante ella la píxide de plata y marfil. ¡Con qué humildad, a pesar de su debilidad y la necesidad de ser ayudada, se postra rostro en tierra! «Los instantes de peligro inminente excluyen la reflexión: el corazón revela entonces sus impulsos íntimos. Si Clara acude tan espontáneamente a Cristo en el Santísimo Sacramento, si le pide ayuda y le confía el cuidado de defender a las hermanas, en vez de recogerse simplemente en Dios, es, sin duda, porque estaba habituada a buscar a su Señor en la hostia consagrada».
16 de junio de 2013
El amor hasta el extremo de Clara de Asís a la Eucaristía
Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo... (Jn 13,1).
I. El florecer eucarístico en los tiempos de Clara de Asís
1) Antes del siglo XIII
«Una es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie puede salvarse. En ella es a la vez sacerdote y sacrificio Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se contienen verdaderamente bajo las especies de pan y de vino en el sacramento del altar, por haberse transubstanciado, en virtud de la divina potencia, el pan en el cuerpo y el vino en la sangre».
13 de junio de 2013
El Padre, fuente y fin de la Eucaristía
La Eucaristía es revelación y comunicación del amor del Padre, es el gran abrazo en el que culmina ese gran misterio de su inmensa ternura hacia nosotros; ese gran amor sin «por qué» y sin límites del que hemos nacido y que constituye nuestra verdad última: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado» (Ef 1,3-6).
12 de junio de 2013
La Eucaristía, Banquete del Señor Jesús
«Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: --Esto es mi cuerpo entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo: --Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuantas veces bebáis de él, hacedlo en memoria mía» (1 Cor 11,23-25). La Eucaristía fue instituida por Jesús y sigue siendo presidida y realizada por él. Él es el novio: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9). Por eso la llamamos «cena o banquete del Señor».
Los cuatro relatos que tenemos de la institución de la Eucaristía, en tres Evangelios (Mt 26,17-30; Mc 14,12-25; Lc 22,7-20) y en la primera Carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 11,17-34), y las alusiones a la misma que nos trae el Evangelio de San Juan (Jn 6,51-59), nos ofrecen indicaciones preciosas sobre el significado que Jesús quiso darle a este banquete.
11 de junio de 2013
Fe y vida eucarísticas de Francisco de Asìs
«Fervor ardiente», «asombro»: tales son las palabras que afluyen a la mente de Tomás de Celano cuando evoca la actitud de Francisco para con la Eucaristía. «¡Ardía en fervor... admirando locamente...!» Las expresiones personales de Francisco confirman este testimonio. Pero sobre todo, al revelarnos su propia mirada sobre el «Sacramento del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo», nos muestran la fe sólida, amplia, profunda, viva, que está en el origen de un tal fervor y asombro.
Esforzarnos por penetrar en esa mirada de fe puede ser para nosotros una de las maneras de caminar hacia una mejor comprensión de la Eucaristía. Y esto nos puede llevar -¡ojalá que así sea!- a compartir el fervor y asombro de Francisco ante el «Misterio de la fe», que la Iglesia, siglo tras siglo, contempla y penetra cada vez más profundamente como el centro de su vida.
La fe de Francisco en la Eucaristía es asombrosa. Aunque muy marcada por su tiempo, no queda encerrada en él. Algunas de sus expresiones llevan el sello de las cuestiones que preocuparon a la Iglesia en el siglo XIII.1 Pero la mayor parte de ellas puede resistir, sin doblegarse ni distorsionarse, la confrontación con nuestra visión actual del «Sacramento pascual».2 ¿No es siempre mucho más rica y amplia la fe viva que la representación consciente que de ella propone el lenguaje de una época, influenciado por las circunstancias y necesidades del momento? En el corazón del creyente Francisco, la memoria de la Iglesia depositó sus tesoros... que las arcas del Concilio IV de Letrán no podían contener. En esa misma memoria viva beberá el Concilio Vaticano II... que tampoco la ha agotado. Porque esa memoria posee la riqueza de toda la Revelación, cuyo inventario jamás se cerrará, porque es inagotable.
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