La fe y el amor de Clara a Jesús-Eucaristía era inmenso. El hecho que acabamos de reconstruir nos lo pone de manifiesto. En San Damián había costumbre de adorar al Señor en la reserva extrasacrificial, de acudir a Él para todo.
Hay rasgos y gestos que, en un momento dramático, no se improvisan, nos revelan. Ante el peligro de una avanzadilla de sarracenos desbocados, cuando no contaban con ninguna protección humana ni posibilidad de pedirla, no se pierde la serenidad. ¡Son pobres!... ahí está el secreto. Y pobre es el que se ha lanzado en el despojo existencial porque tiene puesta en Dios toda su confianza. El movimiento habitual de las Hermanas Pobres era cada día: esperarlo todo del Señor, esperar sólo de Él «el PAN nuestro de cada día», que de forma estereotipada en el lenguaje bíblico representa todas las necesidades del espíritu y del cuerpo.
No hay ningún rito de superstición, sino la fe convencida y familiar en la presencia de Jesús en la Eucaristía, cuando Clara hace poner ante ella la píxide de plata y marfil. ¡Con qué humildad, a pesar de su debilidad y la necesidad de ser ayudada, se postra rostro en tierra! «Los instantes de peligro inminente excluyen la reflexión: el corazón revela entonces sus impulsos íntimos. Si Clara acude tan espontáneamente a Cristo en el Santísimo Sacramento, si le pide ayuda y le confía el cuidado de defender a las hermanas, en vez de recogerse simplemente en Dios, es, sin duda, porque estaba habituada a buscar a su Señor en la hostia consagrada».





