SOBRE LA VENERACIÓN DEL
SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
A todos los
custodios de los hermanos menores a quienes lleguen estas letras, el hermano
Francisco, vuestro siervo y pequeñuelo en el Señor Dios, os desea salud con los
nuevos signos del cielo y de la tierra, que son grandes y muy excelentes ante
Dios, pero que son estimados en muy poco por muchos religiosos y por otros
hombres.
Os ruego, más que si se tratara de mí mismo, que, cuando os parezca
bien y veáis que conviene, supliquéis humildemente a los clérigos que veneren
sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo
y sus santos nombres y sus palabras escritas que consagran el cuerpo. Los
cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al
sacrificio, deben tenerlos preciosos. Y si el santísimo cuerpo del Señor
estuviera colocado en algún lugar paupérrimamente, que ellos lo pongan y lo
cierren en un lugar precioso según el mandato de la Iglesia, que lo lleven con
gran veneración y que lo administren a los otros con discernimiento.