La fidelidad a la celebración diaria e íntegra de la Liturgia de las Horas en la vida del Sacerdote
“Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal y diaconal; queridos hermanos y hermanas en la vida consagrada: sé que se requiere disciplina; más aún, a veces también es preciso superarse a sí mismo para rezar fielmente el Breviario; pero mediante este officium recibimos al mismo tiempo muchas riquezas: ¡cuántas veces, al rezarlo, el cansancio y el abatimiento desaparecen! Y donde se alaba y se adora con fidelidad a Dios, no falta su bendición” (Benedicto XVI, Discurso en la visita a la Abadía de Heiligenkreuz, 9 de septiembre de 2007).
Bastarían estas vehementes palabras de Benedicto XVI para recordar cuán precioso es el don que la Iglesia pone en manos del sacerdote, cuando le pide que celebre diaria e íntegramente la Liturgia de las Horas. La Iglesia le da una tarea, le impone un trabajo (officium). Porque, en efecto, se trata de esto. La Liturgia de las Horas es el primer trabajo (officium) al cual está llamado el sacerdote. Un trabajo que debe desempeñar al servicio de toda la Iglesia y de aquellos que le son encomendados. Como tal lo debe percibir y vivir. El anhelo pastoral de su corazón consagrado comienza allí, en esa celebración fiel que marca el ritmo las horas de su jornada y con la cual lleva delante del Señor “el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres” (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 1), atrayendo hacia el mundo bendición y salvación, y recibiendo también él muchas riquezas.





