Cantamos: "Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar"
Exposición...
"Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar"...
Adoramos en silencio...
Podríamos tranquilamente afirmar, sin temor a equivocarnos, que fue María, la primera adoradora de Cristo. Durante 30 años, María no hizo otra cosa que contemplar casi en exclusividad a Nuestro Señor. Años de Amor. Su mirada lo seguía atenta y amorosamente, sin saberlo estaba rezando, viendo al autor de la creación entera.
Lo sintió lleno de vida en su vientre: Lo vio apenas nació aquella noche oscura y fría que instantáneamente se transformó en una noche de luz y calor. Y desde allí, desde ese mismo momento, nunca más pudo sacar sus ojos de él.
Todo el tiempo lo miraba, lo veía crecer, pequeño y frágil. Dios hecho hombre, se amantaba de ella, se dormía en sus brazos, hallaba consuelo en ellos. Gateaba, caminaba y corría. Balbuceaba y hablaba. Sonreía, lloraba y reía. Imitaba a su padre con las herramientas, la imitaba a ella cuando rezaba.
Los años pasaban y María seguía contemplando asiduamente al Jesús que la abismaba y la superaba. Sus corazones eran uno sólo.
Durante los años de predicación de su hijo, María lo seguía atenta y guardaba en lo profundo de su corazón las lecciones de su Maestro. En el momento mismo de su muerte, ella seguía firme al pie de la cruz haciendo lo que había estado haciendo durante 33 años, contemplando, adorando y amando a su hijo.
Lo siguió haciendo en la noche oscura del sábado y luego de la resurrección. En la eucaristía María veía al mismo Jesús que había llevado en su vientre, al niño que corría y gritaba de alegría, al joven que hablaba de Dios, al hombre que curaba los corazones. Su alegría ahora era mayor aun, porque ahora todos los hombres tenían la gracia de poder vivir y experimentar aquello tan grande que la llenaba a ella desde hacía tanto tiempo.