14 de junio de 2012

Sagrado Corazón: Guión litúrgico para la Misa


GUIÓN DE MISA:  SOLEMNIDAD SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS



ANTES DE COMENZAR:

Hoy la Iglesia celebra, con toda alegría y mucha devoción, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

Nos unimos a esta celebración, recordando tantas veces que hemos recurrido a la ayuda de nuestro Dios, en la advocación de su Sagrado Corazón.

Agradecidos por todos los bienes y consuelos recibido de Jesús, como Iglesia que somos, nos unimos en ésta solemne celebración, cantando…

13 de junio de 2012

Hora santa: Rosario sacerdotal por la jornada de oración para la santificación del clero


Recibimos a Jesús Eucaristía cantando…



Alabe todo el mundo,

alabe al Señor.

Alabe todo el mundo,

alabe a nuestro Dios.


Rezamos el Rosario sacerdotal

1º Misterio:

“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?
Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

12 de junio de 2012

Triduo al Sagrado Corazón


TRIDUO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

PARA REZAR EN LA VISITA DIARIA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO


JESÚS NOS DIJO: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”
Y a ese Jesús, que prometió aliviarnos de nuestro cansancio, le entregamos hoy nuestro pobre corazón, para purificarlo en su Sagrado Corazón.
Recordamos las promesas que Jesús le hizo a Santa Margarita María de Alacoque, religiosa francesa del siglo XVII:
-les daré todas las GRACIAS que necesiten

-estableceré mi PAZ en sus familias

-los ALIVIARÉ en todas sus preocupaciones

-seré su PROTECCIÓN en la vida, y su CONSUELO en la muerte

-PROTEGERÉ sus trabajos y empresas

-los pecadores descubrirán mi MISERICORDIA

-los tibios se harán FERVOROSOS

-los fervorosos PROGRESARÁN en la perfección

-BENDECIRÉ los hogares donde mi imagen se venere

-daré a los SACERDOTES el poder de llegar a los corazones

-no me OLVIDARÉ de las personas que propaguen el culto a mi CORAZÓN.

Rezamos con Fe:

-Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.

-Santa Margarita María de Alacoque, ruega por nosotros.

 Jesús, manso y humilde de Corazón:  Haz nuestro corazón semejante al tuyo.

Oración Final:

Oh Dios que en el corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados,

has depositado infinitos tesoros de caridad,

te pedimos que al rendirle el homenaje de nuestro amor

le ofrezcamos una cumplida reparación.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.







11 de junio de 2012

La Eucaristía y el testimonio de un laico




Del diario del Beato Manuel Lozano Garrido (1920-1971) periodista y escritor español. Miembro de la Acción católica, beatificado el 12 de junio de 2010:

Los males del siglo radican esencialmente en un egoísmo concentrado y en el tremebundo distanciamiento de la Eucaristía. Para salvarse es preciso que la humanidad dé marcha atrás en su elección de un camino ficticio.

Hay que aclarar los ojos, vidriados por la soberbia, para fijarlos en ese rincón tan cercano -¡y tan lejos, Dios mío!- donde campea la Espiga Eterna de la Paz, Cristo Eucaristía, única meta capaz de saciar por toda una eternidad la sed y el hambre del mundo. Lo dijo Él con su verbo: “Yo soy el pan de la vida; quien viene a mi no sentirá hambre y quien cree en mí no sentirá sed jamás”.

Hay, pues, que rendir los corazones con la actitud y la súplica del poeta: “Como ciervos sedientos que van hacia la fuente, vamos hacia tu encuentro sabiendo que vendrás”. Porque Cristo –y con Él la Paz- vendrá y se nos dará ineludiblemente. Está ya ahí, a sólo un paso de la declinación humilde de nuestro egoísmo, en la encrucijada de nuestra sed y nuestra hambre, salvando la infinita distancia de un Dios todopoderoso y justo, bajo los humildes ropajes de un Dios escondido.

Sí. Estás ya ahí, Señor, con la paz inédita, el gozo latente, la felicidad a punto, eternizando en la Eucaristía ese tu gesto secular de amor crucificado para que, por tu "tomad y comed… tomad y bebed”, sea posible la purificación y divinización de nuestra pobre existencia.

¿Para cuándo, Jesús nuestro, para cuándo esa gotita ínfima –primicias del gran retorno- de nuestro yo en el océano sin límites de tu poderío?



10 de junio de 2012

Corpus Christi: meditación sobre el Adorote Devote V


Præsta meæ menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere

Vivir de Cristo

«La carne de Cristo, en virtud de su unión con el Verbo, es vivificante» . San Lucas escribe: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 19). También el Pan eucarístico es no sólo pan vivo, sino vivificante, que da la vida divina en Cristo. Al recibirlo, cada uno puede decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20).

Præsta meæ menti de te vivere... Esta estrofa nos invita a que todo en nosotros se alimente de vivir siempre de Cristo, a asumir una conducta completamente fiel a su amor, a gustar perseverantemente de sus dulzuras: que nuestro gozo y nuestro "gusto" estén en Cristo, que vayamos a Él «como el hierro atraído por la fuerza del imán» .

Este deseo sincero, esta petición, ayuda poderosamente a anhelar y a cuidar la unidad de vida; con otras palabras: no tener más que un Señor en el alma (cfr. Mt 6, 24); no buscar más que una cosa (cfr. Lc 10, 42), y someterse totalmente a un solo Amor, que es Él; no querer sino lo que quiere Dios, y acoger lo demás porque Dios lo quiere y en el modo y medida que Él lo dispone; estar tan identificado con Cristo, que el cumplimiento de su Voluntad se revele en la criatura como característica esencial de la propia personalidad. Significa poseer «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2, 5); y, para lograrlo, pidámoselo a Él, como San Josemaría: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma» .

Los cristianos no hemos de olvidar que, con el Señor, omnia sancta, todo es santo; sin Él, mundana omnia, todo es mundano. No nos dejemos engañar por la falta de amor, que se oculta tras una apariencia de naturalidad, para no arrostrar con decisión —por amor— las consecuencias de la fidelidad a Cristo. Nuestra relación con Dios sólo puede construirse sobre el único modelo que es Cristo; y debemos ver con claridad que la relación de Jesús con su Padre brilla por su total unidad: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30).

9 de junio de 2012

Corpus Christi: meditación sobre el Adorote Devote IV


Ambo tamen credens atque confitens, peto quod petivit latro pœnitens

Al ritmo de la contrición

Volvamos a la escena del Calvario, para escuchar la petición del buen ladrón, que tanto removía a San Josemaría cuando meditaba el Adoro te devote. «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: "Peto quod petivit latro pœnitens", y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!

»Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se "abrió" las puertas del Cielo» .

Especialmente en los últimos años, ante las dificultades de la Iglesia, nuestro Padre se acogía con toda su alma a la misericordia divina, pidiendo esta comprensión, este amor de Dios para sí y para todos. No exhibía méritos, que pensaba no tener; «todo lo ha hecho el Señor», aseguraba convencido. No se apelaba a motivos de justicia para conseguir del Señor la ayuda en la tribulación y en la prueba; buscaba el refugio de su compasión. Así, de la fe en Cristo pasaba a la contrición: a la conversión constante y alegre. Con esta lógica actuaba nuestro Padre, bien seguro de que cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies (Sal 50 [51], 19), no desprecia Dios un corazón contrito y humillado.

Ahora, con su intercesión en el Cielo, hemos de asimilar ese ritmo de fe y dolor que constituye la señal inequívoca de auténtica vida interior. El trato eucarístico reforzará nuestra esperanza, nuestra confianza en la misericordia del Señor, de muchos modos; entre otros, ayudándonos a descubrir nuestras miserias para que las llevemos al pie de la Cruz y así, con la lucha contra los defectos, alcemos victoriosa la Cruz del Señor sobre nuestras vidas, sobre nuestras debilidades.

8 de junio de 2012

Corpus Christi: meditación sobre el Adorote Devote III


Credo quidquid dixit Dei Filius; nil hoc verbo veritatis verius

Palabras de vida

Nuestra fe se funda en las palabras mismas del Señor, que la Iglesia ha entendido siempre como son, es decir, en sentido plenamente real. Después de haber multiplicado los panes y los peces, el Señor declaró: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51). No hablaba en términos figurados; si hubiera sido así, al comprobar que muchos —incluidos algunos discípulos— se escandalizaban ante esos vocablos, los habría explicado de otro modo. Pero no lo hizo; al contrario, reafirmó con fuerza: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 54-55). Para que no pensaran que iba a ofrecérseles como alimento de forma material y sensible, añadió: «El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve de nada; las palabras que os he hablado son espíritu y son vida» (Jn 6, 63).

Son palabras del Verbum spirans amorem: palabras de amor, que llevan al amor, porque revelan el Amor de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva: «La Trinidad se ha enamorado del hombre» . ¿Cómo no van a importarle nuestras cosas? ¿Cómo no intervendrá en nuestro favor cuando sea necesario? «Dice Sión: "Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado". ¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella pudiera olvidarle, yo no te olvidaré» (Is 49, 14-15). Este interés, este cuidado de Dios por cada uno de nosotros, con la encarnación del Verbo nos llega a través de su Corazón humano. «Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia. "Vio Jesús la muchedumbre que le aguardaba, y enterneciéronsele con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y así se puso a instruirlos sobre muchas cosas" (Mc 6, 34)» .