30 de mayo de 2012

Eucaristía e Iglesia


La Eucaristía: fuente y cumbre de toda la evangelización

El Concilio Vaticano II ha recordado que la celebración eucarística es el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia. En efecto, después de haber dicho que "la Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios", como queriendo responder a la pregunta: ¿Cómo crece?, añade: "Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado (1 Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención. El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un sólo cuerpo en Cristo (cf. 1 Co 10, 17)".

Hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia. Los evangelistas precisan que fueron los Doce, los Apóstoles, quienes se reunieron con Jesús en la Última Cena (cf. Mt 26, 20; Mc 14, 17; Lc 22, 14). Es un detalle de notable importancia, porque los Apóstoles "fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada".

Al ofrecerles como alimento su cuerpo y su sangre, Cristo los implicó misteriosamente en el sacrificio que habría de consumarse pocas horas después en el Calvario. Análogamente a la alianza del Sinaí, sellada con el sacrificio y la aspersión con la sangre,los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la nueva Alianza.

Los Apóstoles, aceptando la invitación de Jesús en el Cenáculo: "Tomad, comed... Bebed de ella todos..." (Mt 26, 26.27), entraron por vez primera en comunión sacramental con Él. Desde aquel momento, y hasta al final de los siglos, la Iglesia se edifica a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros: "Haced esto en recuerdo mío... Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío" (1 Co 11, 24-25; cf. Lc 22, 19).

29 de mayo de 2012

Eucaristía y Santísima Trinidad




San Gregorio Nacianceno debería haber suscitado en nosotros un deseo ardiente hacia la Trinidad: hacer de ella “nuestra” Trinidad, la “querida” Trinidad, la “amada” Trinidad. Algunos de estos acentos de conmovida adoración y asombro, resuenan en los textos de la solemnidad de la Santísima Trinidad. Debemos hacerla pasar de la liturgia a la vida. Hay algo más dichoso que podemos hacer en relación a la Trinidad que tratar de entenderla, ¡y es entrar en ella! No podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestras mentes, ¡pero podemos entrar en ella!

La “puerta” para entrar en la Trinidad es una sola, Jesucristo. Con su muerte y resurrección, él nos ha abierto un camino nuevo para entrar en el santo de los santos que es la Trinidad (cf. Hb. 10,19-20) y nos dejó los medios para seguirlo en este camino de retorno. El primero y más universal es la iglesia. Cuando se quiere cruzar un estrecho, dijo Agustín, lo más importante no consiste en sentarse en la orilla y agudizar la vista para ver lo que hay en la orilla opuesta, sino subirse sobre la barca que lleva a aquella orilla. Y para nosotros lo más importante no es especular sobre la Trinidad, sino permanecer en la fe de la Iglesia que se dirige hacia ella.

En la Iglesia, la Eucaristía es el medio por excelencia. La misa es una acción trinitaria de principio a fin; comienza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y termina con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esa es la oferta que Jesús, cabeza y cuerpo místico, hace de sí mismo al Padre en el Espíritu Santo. A través de ella entramos verdaderamente en el corazón mismo de la Trinidad.

Extraído de escritos del P. Raniero Cantalamessa

28 de mayo de 2012

Semana de Oración por la unidad de los Cristianos: para rezar frente al sagrario


Señor que en la Eucaristía nos regalas el Pan de la Unidad,

que dijiste quien quiera ser primero
debe hacerse el último y el servidor de todos,
sabemos que tu victoria se gana por la debilidad de la Cruz.
Te rogamos para que la Iglesia pueda ser una.
Enséñanos a aceptar que esta unidad
es un don de tu Espíritu.
Perdón Señor
porque a pesar de la unidad
que recibimos en Cristo,
persistimos en la desunión.
Te pedimos por los responsables de nuestras Iglesias,
vela sobre los que tú has llamado a pastorear tu rebaño
para que sean fieles a la unidad.
Que podamos ser transformados por Cristo Salvador,
por la espera paciente del Señor,
por el siervo doliente,
por la victoria del Señor sobre el mal,
por la paz de Cristo Resucitado,
por el amor inconmovible de Dios.
Que el Señor esté con nosotros
y nos conceda la unidad y la paz.
Amén



25 de mayo de 2012

La Eucaristía y la acción del Espíritu Santo






La Eucaristía y el don del Espíritu Santo

Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu Santo existe, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía renueva místicamente el sacrificio redentor de Cristo, es fácil, por lo demás, entender el vínculo intrínseco que existe entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la Iglesia mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu Santo la constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía y la orienta hacia la Eucaristía.

Jesús había dicho en una de sus parábolas: ´El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo´ (Mt 22, 2). La Eucaristía constituye la anticipación sacramental y en cierto sentido una ´pregustación´ de aquel banquete real que el Apocalipsis llama ´el banquete del Cordero´ (Cfr. Ap 19, 9). El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de su prefiguración y anticipación eucarística, es el Cordero que ´borró los pecados del mundo´, el Redentor.

En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando los Apóstoles, y junto con ellos los demás discípulos y confesores de Cristo, son ´bautizados en Espíritu´, la Eucaristía es y permanece hasta el fin de los tiempos el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo.

En Ella está presente ´la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios´ (Hb 9, 14); la sangre ´derramada por muchos´ (Mc 14, 24) ´para perdón de los pecados´ (Mt 26, 28); la sangre que ´purificará de las obras muertas nuestra conciencia´ (Cfr. Hb 9, 14); la ´sangre de la alianza´ (Mt 26, 28). Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara: ´Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre´ (Lc 22, 20; cfr. 1 Cor 11, 25), y recomienda a los Apóstoles: ´haced esto en recuerdo mío´ (Lc 22, 19). En la Eucaristía (cada vez) se renueva (es decir, se realiza nuevamente) el sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo una sola vez al Padre en la cruz para la redención del mundo. Dice la Encíclica Dominum et Vivificantem que ´en el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción... que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico´ (n. 40).

24 de mayo de 2012

El Espíritu y la Eucaristía




“TODOS HEMOS BEBIDO DE UN SOLO ESPÍRITU”

San Pablo dice que Dios ha predestinado a Jesús para que sirva como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe. Podría parecer, pues, que la fe, y no el sacramento, es el medio para entrar en contacto con el misterioso poder de la sangre de Cristo. La verdad es que ambas cosas son necesarias y no hay que contraponerlas, sino unirlas. Es verdad que el medio es la fe, pero encuentra su actuación plena y concreta en el sacramento, esto es, en la Eucaristía. Es aquí donde se renueva cada vez el prodigio de la “justificación gratuita mediante la fe”. Es consagrada y elevada ante ti la sangre de la nueva alianza, como fue elevada la serpiente en el desierto. Tú crees que ésta es la misma sangre que fue derramada por ti sobre la cruz; recuerdas las palabras: La sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. Por eso arrojas en ella todos tus pecados, igual que se arrojan piedras en un horno de cal viva para que sean trituradas, y vuelves cada vez a casa, como el publicano, “justificado”, esto es, perdonado, hecho una criatura nueva.

A veces, al elevar el cáliz después de la consagración, siento la necesidad de demorarme algunos instantes en esa posición. Si soy consciente de situaciones de lucha o de pecado particularmente duras, proclamo mentalmente sobre ellas el poder de la sangre de Cristo, seguro de que no hay nada más eficaz que oponer al frente amenazador de las tinieblas y del mal. Si el ángel exterminador – decía Juan Crisóstomo - al ver tan sólo la figura de la sangre en las puertas de los judíos sintió temor y no se atrevió a entrar para herir, ¿no emprenderá la huida el diablo, con mayor razón, al ver la realidad? Los pecados se depositan en el fondo de nuestra conciencia como cuerpos muertos. ¡Qué descanso poder descubrir que hay un medio para liberarse de estos pesos muertos que nos oprimen, y que está siempre a tu disposición en el sacramento eucarístico! “Si cuantas veces se derrama su sangre, se derrama en remisión de los pecados, debo recibirla siempre, para que siempre se me perdonen los pecados. Yo, que continuamente peco, continuamente debo tener la medicina”

La Eucaristía y la Paz

El evangelio nos muestra a Jesús que después de haber resucitado se presenta ante los apóstoles que están en la casa con las puertas cerradas por temor, y le dice a Tomás que toque sus llagas, el evangelio nos muestra a Jesús glorioso y llagado; esa mezcla tan misteriosa, que se ve tan clarito en este evangelio. Un Señor glorioso que quiso llevarse al cielo las llagas como memoria, recuerdo de la pasión.

En la Eucaristía está el resucitado que nos da la Paz.

Es un Cristo resucitado, pero es un Cristo llagado que se empecina en buscar a sus discípulos. Es un peregrino herido que mientras va caminando y buscando los corazones de los suyos, va dando a través de sus heridas y especialmente la herida de su corazón, toda la gracia, todo el consuelo, toda la fuerza que necesitan nuestras llagas y nuestras heridas.

Cuando uno ve este empecinamiento de Dios, por andar buscando los corazones de sus hijos, hay que tener un corazón demasiado duro para no darnos cuenta que es el tiempo de entregarle el corazón por medio de la adoración al Santísimo Sacramento.

22 de mayo de 2012

Juan Pablo II: " El Santísimo Sacramento era el sol que iluminaba su vida"



Presentamos parte del testimonio del ceremoniero pontificio monseñor  Konrad Krajewski sobre Juan  Pablo II, publicado en "L'Osservatore Romano" el 2 de abril de 2011:

Cuando rezaba, tuve la impresión de que se echaba a los pies de Jesús.  Cuando rezaba, sobre su rostro era visible la entrega total a Dios. Era realmente transparente: era, por usar una imagen poética, como el arco iris que une el cielo con la tierra, y su alma corría por las escaleras de la tierra al cielo. Vuelvo ahora a la pregunta: "¿Dónde está el centro del mundo?".
 Poco a poco comencé a darme cuenta de que el centro del mundo estaba siempre donde yo me encontraba con el Papa: no porque estaba con Juan Pablo II sino porque él, en cualquier lugar que se encontrase, rezaba. Entendí que el centro del mundo está donde yo rezo, donde yo estoy junto a Dios, en la más íntima unión que existe: la oración. Estoy en el centro del mundo cuando camino en la presencia de Dios, cuando "en él vivo, me muevo y existo" (cfr. Hechos de los Apóstoles 17, 28). Cuando celebro o participo en la Eucaristía estoy en el centro del mundo; cuando confieso y cuando me confieso, en el confesionario está el centro del mundo; el lugar y el tiempo de mi oración constituyen el centro del mundo porque, cuando rezo, Dios respira dentro de mí. El Papa permitió a Dios respirar a través de él: cada día pasaba mucho tiempo frente al tabernáculo. El Santísimo Sacramento era el sol que iluminaba su vida. Y él, frente a aquel sol, iba a calentarse con la luz de Dios. La vida de  Juan Pablo II estaba entretejida de oración. Tenía siempre entre los dedos la coronilla del rosario, con la cual se dirigía a María confirmando su Totus tuus.