30 de abril de 2012

Ireneo de Lión y la Eucaristía

Ireneo de Lión es, con mucho, el teólogo más importante de su siglo. No se sabe la fecha exacta de su nacimiento, pero fue probablemente entre los años 140 y 160. Su ciudad natal está en el Asia Menor, y probablemente es Esmirna.

Ireneo está tan convencido de la presencia real del cuerpo y de la sangre del Señor en la Eucaristía, que deduce la resurrección del cuerpo humano del hecho de haber sido alimentado por el cuerpo y la sangre de Cristo:

Si, pues, el cáliz con mezcla de agua y el pan elaborado reciben al Verbo de Dios (επιδέχεται τον λόγον του Θεου) y se hacen Eucaristía, cuerpo de Cristo, con los cuales la substancia de nuestra carne se aumenta y se va constituyendo, ¿cómo es posible que algunos afirmen que la carne no es capaz del don de Dios que es la vida eterna, la carne alimentada con el cuerpo y sangre del Señor, y hecho miembro de El? ... la carne que se nutre del cáliz que es su sangre, y recibe crecimiento del pan que es su cuerpo. Así como el esqueje de la viña plantado en la tierra da fruto a su debido tiempo, y así como el grano de trigo que cae al suelo y se descompone, brota y se multiplica gracias al Espíritu de Dios, y al recibir luego la palabra de Dios se convierte en la Eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo, así también nuestros cuerpos, alimentados por ella y depositados en la tierra, donde sufren la descomposición, se levantarán a la hora que les fuere señalada (5,2,3). ¿Y cómo dicen también que la carne que se alimenta con el cuerpo y la sangre del Señor se corrompe y no participa de la vida? Por lo tanto, que cambien de parecer o dejen de ofrecer las cosas que hemos mencionado. Nuestra opinión, en cambio, está en armonía con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez, confirma nuestra opinión. Pues le ofrecemos a El lo que es suyo, manifestando de ese modo la comunión y la unión y profesando la resurrección de la carne y del espíritu. Porque así como el pan, que es de la tierra, en recibiendo la invocación de Dios (προσλαβόμενος την έπίκλησιν του θεού) ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, que se compone de dos elementos, terreno y celestial, así también nuestros cuerpos, al recibir la Eucaristía, ya no son corruptibles, puesto que poseen la esperanza de la resurrección eterna (4,18,5).

28 de abril de 2012

San Francisco de Asís: Un enamorado de la Eucaristía

De la carta de San Francisco de Asís a los clerigos:
" "Todos aquellos, pues, que administran tan santos misterios reflexionen en su interior, especialmente los que administran sin discreción, cuán viles son los cálices, los corporales y los lienzos en donde se sacrifica el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Muchos dejan el santo Cuerpo en lugares despreciables, lo llevan con descuido, lo reciben indignamente y lo dan a otros sin discreción... Y, ¿no nos movemos a compasión y ternura pensando en estas cosas, siendo así que el mismo piadoso Señor se viene a nuestras manos, y lo manejamos, y todos los días lo recibimos por nuestra boca? ¿Por ventura ignoramos que hemos de caer en sus manos? Corrijamos, pues, prontamente y con esfuerzo  todas estas cosas y otras semejantes."

27 de abril de 2012

Oración de Consagración al Corazón Eucarístico de Jesús




Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, yo confío inmensamente en tu misericordia. Te pido humildemente que me des la fe que necesito para abandonarme a tu infinita misericordia, porque ya se han agotado mis recursos humanos y ahora sólo me cabe volverme con confianza a tu infinita compasión, porque sé que Tú no desoirás mi súplica.
Aquí estoy Señor a tus pies pidiendo con fervor arregles todas mis cosas y problemas, según tu amor y beneplácito divino, que será lo mejor para mí, concédeme lo que te estoy pidiendo sí es para bien de mi alma.
!Tomá Señor! Mi problema. !Tomá, mi corazón!
!Yo confío en Tí, Corazón Eucarístico de Jesús!
! Yo confío en Tí, Corazón Eucarístico de Jesús!
!Yo Confío en Tí, Corazón Eucarístico de Jesús!
Amén.

26 de abril de 2012

4º Domingo de Pascua: El Buen Pastor



El Buen Pastor


Jesús es mi Pastor, nada me falta;

en serenas praderas me apacienta,

me guía, me protege, al lobo ahuyenta

cuando -hambriento- al rebaño, fiero, asalta.


Su silbido y su voz no sobresalta,

no asusta a las ovejas ni amedrenta;

es silbido y es voz que las contenta,

porque al decir su nombre las exalta.


No sólo eres Pastor, sino Cordero,

y eres Tú mismo el pasto que da Vida

dejándote comer, vivo y entero,

pues tu Carne -dijiste- era comida;

y hasta llegar al redil verdadero

tú serás mi Pastor, pasto y bebida.

 
José Luis Martínez, sacerdote marianista español

25 de abril de 2012

Más información sobre el 50 Congreso Eucarístico internacional




Reflexiones teológicas y pastorales acerca del tema del Congreso

Para profundizar en la comprensión del tema del Congreso, se estableció una Comisión Teológica, compuesta por expertos en los campos de estudios bíblicos, liturgia, teología, antropología, teología pastoral y ecumenismo. A ella le fue confiada la tarea de desarrollar un documento que incorporara reflexiones teológicas y pastorales para proveer la base para una apropiada renovación espiritual. En octubre de 2010, luego de una amplia consulta, se publicó el documento teológico del Congreso. Este material se encuentra en el portal web del Congreso y está disponible en inglés, español, italiano, francés, portugués y chino.

El logo del Congreso

El Logo, titulado “Gente en Comunión”, fue diseñado por Martin Barlow, oriundo de Portadown, Condado de Armagh, para el comité organizativo del Congreso. El concepto del diseño se basa en la idea de gente “de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas” (Ap.7,9) siendo reunidos en comunión, en “Un Cuerpo” formado por la fe en la persona de Jesucristo, el Cordero de Dios, y su sacrificio ofrecido en la Cruz.

El Himno del Congreso

El himno del Congreso, titulado “Aunque somos muchos”, fue compuesto por Bernard Sexton como parte de un concurso en el cual participaron numerosos compositores irlandeses de música religiosa. Though we are Many se basa en las palabras de San Pablo, quien recordó a los hermanos de Corintios que: “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

24 de abril de 2012

Eucaristía, Encuentro y Servicio


La presencia del Señor en la Eucaristía es un misterio grande. El inmenso y bellísimo misterio de un Dios que ha querido encarnarse, anonadarse; que se dejó abrazar, tocar, y también comer, que se hizo palabra de consuelo, gesto de ternura y pan de vida.

El Omnipotente, el Innombrable, el Infinito, el Inalcanzable, el que era motivo de temor para el Antiguo Testamento, ante el cual había que taparse el rostro para no caer muerto al verlo cara a cara, este Dios Inmenso comete la "amorosa imprudencia" de quedarse entre nosotros y para nosotros bajo la forma de pan y vino.

Misterio de descalabro, de celebración gozosa para los pequeños y de escándalo para los fariseos: un Dios que se deja tomar entre las manos, que se deja pasar de mano en mano, con el riesgo de que no siempre ellas estén lo suficientemente limpias como el Señor merecería. y Ello sabe... e insiste en quedarse, y no se arrepiente ni quiere volver para atrás. No le interesa ser sólo un motivo de reverente y fría admiración, cuidadoso de no rozarse con nuestras miserias, para no ensuciarse. El nunca temió ni le escapó a las heridas del corazón, que como dicen "muchas veces supuran más que las del cuerpo", al contrario las ha venido a buscar, las ha asumido en su carne bendita y en ella las ha purificado llevándoselas a la cruz ya la Resurrección.

"Tus heridas nos han curado", nos dice bellamente la Liturgia de Semana Santa.

Nunca el Señor en el Evangelio es duro con el pecador que se reconoce pequeño, necesitado; en cambio sí lo es con los fariseos, los que la juegan de buenitos, los que intentan "tapar" con buenos modales -también religiosos-las malas costumbres. A ellos los llamará entre otras cosas nada lindas: "sepulcros blanqueados", que por más bonito que tengan el frente, adentro albergan un cadáver maloliente.

21 de abril de 2012

Los Discípulos de Emaús y la Eucaristía



«Les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura» (Lc 24,27)

El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?

Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.

La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29).

Los Padres del Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, establecieron que la «mesa de la Palabra» abriera más ampliamente los tesoros de la Escritura a los fieles.[9] Por eso permitieron que la Celebración litúrgica, especialmente las lecturas bíblicas, se hiciera en una lengua conocida por todos. Es Cristo mismo quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura. Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.