16 de febrero de 2012

El valor de la santa Misa



Conferencia del padre Jorge Loring sj - septiembre 2009:



A veces se oye decir: «Yo no voy a Misa porque no siento nada. Es que a mí la Misa no me dice nada. Es que, no le veo sentido a la Misa. Yo, es que me aburro en Misa». Vamos a reflexionar un poco sobre este tema: Primero. El cristianismo no es cuestión de sentimientos. Es cuestión de valores. Yo no voy a Misa porque sienta algo. Puede ser que sí, que yo sienta y me emocione. Pero la necesidad de ir a Misa no depende de lo que yo sienta, sino del valor intrínseco de la Misa. Porque el cristianismo es cuestión de valores. Lo mismo que una madre puede ser que no tenga ganas de atender al niño enfermo. Pero si su hijo es un valor para ella, la madre se desvive por el niño, y lo atiende con gusto, aunque no tenga ganas; porque el hijo es un valor. Cuando obramos por valores, los valores son superiores a los sentimientos.

Segundo: «Es que a mí la Misa no me dice nada, yo no le veo sentido a la Misa» Bien. Esto es lógico que lo diga una persona que no tenga cultura religiosa. No sabe lo que es una Misa. Por eso no sabe apreciar lo que es una Misa.Para saber apreciar un museo, hace falta tener cultura. El que no tiene cultura, llega a un museo y se aburre soberanamente; porque no sabe apreciar lo que valen los cuadros o las esculturas de un museo. Pero una joya no pierde valor porque haya personas que no saben apreciar lo que vale esa joya. Tercero: «Es que yo me aburro en la Misa». Bueno. Nadie ha dicho que la Misa sea una diversión. Cuando se trata de una diversión, si me gusta, voy; y si no me gusta, no voy. Porque se trata de divertirme. Al que no le gustan los toros, no va a los toros. No hay ninguna obligación de ir a los toros. Al que no le gusta el fútbol, no va al fútbol. No tiene ninguna obligación de ir al fútbol. Cuando se trata de divertirme, yo voy si me gusta, y no voy si no me gusta. Pero cuando se trata de una obligación, no se trata de que me divierta o me deje de divertir. Se trata de que es una obligación que tengo que cumplir. Me divierta o no me divierta Hay muchas cosas que las tenemos que hacer porque son obligatorias. Yo voy a clase, no porque me divierta ir a clase, sino porque tengo obligación de ir a clase. Yo voy a trabajar, no porque me divierta trabajar, sino porque tengo obligación de trabajar. Porque si sólo voy a clase cuando tenga ganas: me suspenden. Si sólo voy a trabajar cuando tenga ganas: no cobro. Lo que es obligatorio no depende de las ganas. No depende de que me divierta. No depende de que me apetezca. Depende de que es obligatorio. Y tengo que hacer lo que es obligatorio, tenga ganas o no tenga ganas. La santa Misa es una obligación. Todos tenemos obligación de dar culto a Dios. Porque somos personas. Las personas podemos conocer a Dios, y tenemos obligación de dar culto a ese Dios que podemos conocer. Las piedras no conocen a Dios, no tienen que dar culto a Dios. Las plantas no conocen a Dios, no tienen que dar culto a Dios. Los animales no conocen a Dios, no tienen obligación de dar culto a Dios. Nosotros somos personas que podemos conocer a Dios, y tenemos obligación de dar culto a Dios, a quien conocemos. Y no basta el culto privado: «Yo rezo Yo rezo todas las noches.» Muy bien. Tú rezas por la noche. Das culto privado a Dios. Muy bien. Pero es que además del culto privado, tenemos obligación de dar culto público. Porque todos formamos parte de la comunidad cristiana. Somos miembros del pueblo de Dios. Tenemos obligación de unirnos al pueblo de Dios para dar culto a Dios. Y el acto oficial de culto comunitario a Dios es la Misa. Es el acto donde todos nos reunimos. Toda la Iglesia se reúne para, comunitariamente, dar culto a Dios. Y en este culto colectivo que da el pueblo de Dios, yo tengo obligación de participar. La misa es el acto oficial comunitario de culto a Dios. Y lo lógico es que esto lo hagas voluntariamente, aunque no tengas ganas. A veces las ganas no coinciden con la voluntad. Yo puedo ir de buena voluntad a Misa. Quizás no tenga ganas, pero voy de buena voluntad; porque sé que es una cosa buena que debo hacer. Lo mismo que a veces no te apetece ir al dentista, pero vas voluntariamente al dentista. Necesitas ir al dentista, comprendes que debes ir al dentista, y vas al dentista. Y no vas de buena gana; pero vas voluntariamente; porque vas a hacer una cosa que crees que tienes que hacer. Lo mismo: a lo mejor no tengo ganas de ir a Misa, pero voy voluntariamente. Voy a gusto, aunque no tenga ganas, pero sé que es una cosa que debo hacer. Ahora, lo lógico, es ir a Misa de buena gana, porque cuando uno va a mostrar su amor al Padre, lo lógico es que lo haga de buena gana. Si yo voy a Misa, es para manifestar a Dios que le quiero. Y cuando un hijo da una muestra de amor a su padre, lo lógico, es que lo haga de buena gana. Me acuerdo de una vez, lo que tuve que luchar para conseguir que una chica le diera un beso a su madre. Habían tenido un problema, un disgusto. Bien, de acuerdo. Y la chica, hacía algún tiempo le había negado toda muestra de cariño a su madre. Y no le quería dar un beso. Por fin, ya al final, accedió, y le dio un beso a su madre. Pero esto no es lógico. Un hijo no puede discutirle un beso a su madre o a su padre. Son nuestros padres. Lo lógico es que todo hijo normal le dé de buena gana un beso a su madre. Eso es lo lógico y lo normal ¿Que ha habido un problema? Pues se superan los problemas. Se superan los disgustos. Se superan las dificultades. Pero no es normal que a un hijo se le tenga que forzar a que dé un beso a su madre. Pues lo mismo. ¿Qué es la Misa? Un acto de amor al Padre. Yo vengo a Misa para manifestar al Padre que le amo, que para mí Dios es un valor. Que yo con gusto le tributo un acto de adoración. Y como «obras son amores y no buenas razones», ¿cómo demuestro que yo amo a Dios? Viniendo a Misa y dándole una muestra a Dios de cariño. Pero esto, además, lo haré de buena gana si sé lo que vale una Misa. El padre dominico Antonio Royo Marín expresa refiriendose al valor infinito de una Misa:«Una sola misa glorifica a Dios más que toda la gloria que le dan todos los santos del cielo, incluida la Santísima Virgen, durante toda la eternidad.» Parece una exageración. Pues esto es teología. Razón: porque toda la gloria que le dan todos los santos del cielo, incluida la Santísima Virgen, es gloria de criatura. Son criaturas. Los santos, la Virgen, son criaturas. La Virgen, la primera de las criaturas. Pero criatura, al fin y al cabo. Y la gloria que da a Dios Padre su Hijo Unigénito sacrificado en la cruz, es más que lo que le puedan dar sus criaturas. Porque, ¿qué es la Misa ? La repetición de la muerte de Cristo en la cruz. Una repetición de la redención de la humanidad. Se repite en la Misa lo mismo que se hizo en el Calvario. Luego, si en la Santa Misa estamos repitiendo la redención de la humanidad por Cristo en la cruz, esta oblación de Cristo por la humanidad vale mucho más que todo lo que puedan hacer todas las criaturas. Porque la diferencia de la criatura a Cristo-Dios es infinita. Por eso, como en la Santa Misa repetimos la redención de la humanidad por Cristo-Dios en la cruz, por eso la Misa tiene un valor infinito: es lo que más vale en el mundo. Y una Misa en la que participamos, que nosotros ofrecemos, es lo más grande que podemos hacer en la vida. Por eso, cuando uno sabe lo que vale una Misa,no la deja por nada. Por nada del mundo. No podemos hacer nada, cada día, más grande que participar en una Misa. Voy a contar una anécdota. Alguna vez en la vida yo me he quedado sin comer. Algún viaje que he hecho. Alguna vez. Pero no recuerdo haber hecho nunca un ayuno tan largo, como en una ocasión para poder celebrar la Misa. Ya sabéis que ahora basta con una hora de ayuno antes de comulgar, o antes de decir misa. Pero antes había que guardar ayuno desde las doce de la noche hasta después de haber comulgado o haber dicho Misa. Pues cuando había aquella normativa, una vez hice yo un viaje en tren de Barcelona a Sevilla. Pues en ese expreso Barcelona-Sevilla, sales de Barcelona la noche anterior y llegas a Sevilla a las seis de la tarde del día siguiente. Yo, si quería celebrar Misa y no podía tomar ni una gota de agua. Pues iba en el tren y, claro, los compañeros del departamento desayunaron. Y vieron que yo no desayunaba. Llegó la hora de comer, y todo el mundo sacó su sandwich. Y yo, nada. -Padre, ¿quiere Vd..? -No. No, gracias. -Pero, Padre, ¡si no ha desayunado Vd.! -No, no. Yo no. -Pero, ¿no va a tomar nada hasta Sevilla? -Es que quiero celebrar Misa hoy.-¡Pero si vamos a llegar a las seis de la tarde! -Ah, no importa. Yo no me quedo sin Misa.-¿Pero va a estar Vd. en ayunas hasta las seis de la tarde? -Desde luego. Yo no me quedo sin Misa.Y la gente extrañada de que yo no probara bocado hasta llegar a Sevilla. Pero yo prefería llegar a Sevilla a las seis de la tarde en ayunas para celebrar la Misa que, por comer un sandwich, quedarme sin Misa. Porque cuando sabes lo que vale una Misa no te pasa nada porque no desayunes o no comas. Llegamos a Sevilla con retraso, y mientras llegué a la residencia, me duché y me preparé... ¡Y a las nueve celebre la Misa Y a las diez de la noche: desayuné, comí y cené. Todo junto. Y no me pasó nada. Aquí estoy. Pero yo sin Misa no me quedo. ¿Que me quedo sin comer? No importa. No pasa nada por un día de ayuno. Esto no hace daño a nadie. Pero, ¿dejar yo la Misa? ¡Por nada del mundo! Porque la Misa es lo más grande que podemos hacer en el día. Puede que una obligación indispensable no me permita oír Misa. Quizás. Pero pudiendo, yo no dejo la misa por nada. Cuando sabes lo que vale una misa. No hay nada que valga más para la Gloria de Dios y bien de la humanidad. Por eso digo: hay que saber valorar las cosas. Y cuando tú sabes valorar una cosa, sabes que merece la pena hacerla, y dejar lo que haya que dejar; pero no te quedas sin misa. ¡Cuánta gente se queda sin Misa por tonterías! Por eso he querido dedicar estos minutos a potenciar, a motivar, la asistencia a Misa. Porque hoy por desgracia oyes por la calle muchas expresiones que menosprecian a la Misa Y mucha gente encuentra dificultades sin valor, pero que les priva de ir a Misa. Y esto es una pena. Porque nada podemos hacer, cada día, más grande que ir a Misa.Espero que después de oír todo esto nunca perdáis la Misa sin razón suficiente.

14 de febrero de 2012

Exaltación de la sagrada Eucaristía: el más grande de todos los milagros

SANTO TOMÁS DE AQUINO
INTRODUCCIÓN AL OFICIO DIVINO DEL CORPUS CHRISTI

«Las inmensas bondades que la dadivosidad de Dios ha derramado sobre el pueblo cristiano han enaltecido a éste con una dignidad inestimable. “Jamás hubo nación tan grande que tuviera a sus dioses tan cercanos así como lo está a nosotros Yaveh, Dios nuestro” (Deuteronomio 4,7). En efecto, el Hijo Único de Dios, decidido a hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza de modo que haciéndose Él hombre consiguiera divinizar a los hombres. Pero hay más; todo lo que Él tomó de lo nuestro lo empleó totalmente para nuestro bien. Aquel Cuerpo suyo se lo ofreció como Víctima a Dios su Padre sobre el altar de la Cruz para reconciliación nuestra con Él. Y aquella Sangre suya la derramó como precio de rescate, y al mismo tiempo como baño purificador nuestro, de modo que, liberados de nuestra miserable esclavitud, nos viéramos limpios de nuestros pecados.
Y para que jamás olvidáramos beneficio tan insigne, llegó a dejarnos su Cuerpo como alimento, y su Sangre como bebida, bajo las apariencias de pan y vino, para que pudieran recibirlos sus fieles.
¡Qué rico y admirable convite! ¡Qué banquete de salvación saturado de toda clase de dulzuras! Pero es que ¿podría imaginarse manjar más excelso? Aquí no se trata de la carne de novillos o de machos cabríos como en la Antigua Ley; aquí se nos ofrece en manjar Cristo mismo, Dios verdadero.
¿Puede existir, pues, algo más admirable que este Sacramento? Efectivamente, aquí el pan y el vino se convierten sustancialmente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, de tal manera que Cristo, perfecto Dios y Hombre, se encierra bajo las apariencias de un poco de pan y un poco de vino.
Y así es como los fieles lo comen o reciben, pero jamás lo trituran o laceran. Todo lo contrario, si se divide o fracciona el Sacramento, Cristo permanece entero bajo cualquier partecita desmenuzada.
Y es que los accidentes perduran en el Sacramento pero sin apoyarse en su primera sustancia y así se ejercita nuestra fe cuando recibimos lo invisible visiblemente ocultado por unas apariencias que no son las suyas, y queden por la fe inmunizados de engaño estos nuestros sentidos, acostumbrados a juzgar por apariencias familiares.
No hay sacramento más provechoso que éste, donde se lavan las culpas, se acrecientan las virtudes y se robustece el alma con la abundancia de todos los carismas del Espíritu.
Esta Eucaristía se ofrece en la Iglesia tanto por los vivos como por los difuntos. De este modo, lo que fue instituido para el bien de todos, a todos aprovecha.
Y finalmente, no hay nadie en el mundo capaz de expresar la suavidad de este Sacramento donde se saborean en su propia fuente las dulzuras del Espíritu; donde se aviva el recuerdo de aquel inefable amor que Cristo nos demostrara en su Pasión.
Por Amor y para que se clavara en nuestras almas la inmensidad de ese amor, Cristo instituyó este Sacramento en la Última Cena, celebrada ya la Pascua con sus discípulos, y a punto ya de pasar de este mundo al Padre, y nos lo dejó como memorial perpetuo de su Pasión, culminación de los antiguos símbolos.
Es el más grande milagro de todos los milagros por Él realizados. Y así legó el consuelo más insigne a los que, al alejarse Él, iban a quedar sumidos en la tristeza.”

12 de febrero de 2012

Conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia

“Para nosotros, Dios no es sólo una palabra. En los sacramentos, Él se nos da en persona, a través de realidades corporales.

La Eucaristía es el centro de nuestra relación con Dios y de la configuración de nuestra vida. Celebrarla con participación interior y encontrar de esta manera a Cristo en persona, debe ser el centro de cada una de nuestras jornadas.

San Cipriano ha interpretado la petición del Evangelio: "Danos hoy nuestro pan de cada día", diciendo, entre otras cosas, que "nuestro" pan, el pan que como cristianos recibimos en la Iglesia, es el mismo Señor Sacramentado.

En la petición del Padrenuestro pedimos, por tanto, que Él nos dé cada día este pan "nuestro"; que éste sea siempre el alimento de nuestra vida.

Que Cristo resucitado, que se nos da en la Eucaristía, modele de verdad toda nuestra vida con el esplendor de su amor divino.

Para celebrar bien la Eucaristía, es necesario también que aprendamos a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia en su expresión concreta. En la liturgia rezamos con los fieles de todos los tiempos: pasado, presente y futuro se suman a un único y gran coro de oración. Por mi experiencia personal puedo afirmar que es entusiasmante aprender a entender poco a poco cómo todo esto ha ido creciendo, cuánta experiencia de fe hay en la estructura de la liturgia de la Misa, cuántas generaciones con su oración la han ido formando”.

(De la carta de S.S. Benedicto XVI a los seminaristas, al concluir el Año Sacerdotal, número 2, 18 de octubre de 2010)

9 de febrero de 2012

La Eucaristía como viático, plenitud de la verdadera salud

El Viático es la culminación de la vida. La Eucaristía es la fuente total de la vida, ya que es la presencia simultánea de todo el misterio de Cristo.

Se trata de la nueva creación, de la nueva criatura. En la Eucaristía siempre se participa en la medicina de la inmortalidad; sin embargo, en el Viático, al borde de la muerte, se da la contemporaneidad de la muerte con la plenitud de la vida, se recibe la medicina para vencer la muerte con la irrupción máxima de la vida.

Nuestra muerte es el término último, pero, al contacto con el Viático, deja de ser la meta final para convertirse de túmulo en cuna, en un auténtico nacimiento. Cristo en la cruz se abandona en manos del Padre y le entrega su Espíritu; y esta entrega de Amor, el Espíritu, es la fuerza con la que el Padre convierte la muerte de Cristo en fuente de vida, y lo resucita. Nuestro abandono en manos del Padre en el momento final es como un abrazo total, amoroso, en el Espíritu; es un abrazo con los brazos de Cristo clavados en la cruz; y con Cristo, en el Viático, nuestro abrazo mortal se convierte en la especial inmortalidad de la resurrección. Cristo habló de su hora como la hora de su glorificación.

Así, en el Viático, Cristo hace que nuestra hora final sea también la hora de nuestra glorificación. En el Viático nuestra muerte se une a la muerte de Cristo y así completa lo que falta a la pasión de Cristo para la salvación de todo el mundo. El acontecimiento máximo de nuestra existencia llega a esta cumbre cuando nos encontramos en sintonía con Cristo, y con Cristo ofrecemos nuestra vida por la salvación del mundo. Así llegamos a dar un sentido pleno al sufrimiento, a la enfermedad y al dolor, que se aceptan para completar en nuestro cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo, para darles su sentido pleno, propio de nuestra muerte. Se trata de una paradoja por la cual el sufrimiento, la enfermedad y el dolor dejan de ser el cortejo fúnebre que nos acompaña toda la vida, y se convierten en una procesión triunfal de los méritos que por el único verdadero mérito, el de Cristo, nos obtiene la nueva vida imperecedera.

Esta unión entre los precedentes dolorosos que preludian la muerte y la muerte misma con todos los sufrimientos, pero juntamente con la poderosísima muerte de Cristo, constituye la que llamamos Eucaristía como Viático.

En definitiva, el Viático nos ofrece la contemporaneidad del conjunto de toda nuestra vida con el conjunto de la vida de Cristo, y nos hace herederos de la verdadera vida eterna.

Se habla de la tremenda soledad de la muerte, ya que nadie puede sustituir a nadie y todos debemos morir individualmente. Es verdad, pero para un cristiano, gracias al Viático, esta soledad no es tan terrible como parecería a primera vista.

En la Eucaristía recibida como Viático nos encontramos en plena e íntima unión con Cristo que muere en nuestra muerte, no en las tinieblas del aniquilamiento, sino en la luminosidad de la resurrección. Esta luminosidad significa la compañía de la Verdad personal de toda la existencia que, vivida en Cristo, lleva consigo el juicio misericordioso y benigno de nuestro Salvador; significa el amor misericordioso del Padre eterno, que vive en el que muere, en virtud de la Eucaristía, y que es el Amor todopoderoso del Espíritu Santo.

En el Viático entramos en la comunión trinitaria como en el último peldaño de la subida a la perfección de nuestra existencia terrena, para abrirnos a la perfección máxima del cielo. En Cristo, cabeza del Cristo total, entramos en la comunión de los santos con la santísima Virgen María, con san José, con todos los santos, con todos los que se encuentran en el estado purgatorio y con todos los cristianos con los que estamos en comunión. Todos nos acompañan en el momento definitivo de la muerte y nos ayudan a realizar el paso fundamental a la felicidad absoluta.

En Cristo, alfa y omega, primogénito del universo, se encuentra virtualmente la creación entera. Y en el momento de la muerte, con la Eucaristía recibida en el Viático, toda la creación espera su redención a través del moribundo. Este es el momento de entrar en la herencia de todo el universo, uniéndose cada uno a Cristo, centro del universo, primogénito de toda la creación. Especialmente en este instante, cada uno participa en este carácter central de Cristo y también él se convierte, en Cristo, en centro del universo y primogénito de toda la creación (cf. Col 1, 15-20).

Así, con el Viático, para todo cristiano llega el momento culminante del que habla san Pablo en la carta a los Efesios: el Señor nos ha llamado "dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo" (Ef 1, 9-12).

Sólo experimentan la soledad de la muerte los que no tienen fe. En el Viático la fe nos sostiene por la presencia definitiva de Cristo. El Viático es la coronación del triunfo individual, solidario, de comunión, de fraternidad, de amistad, de amor total, de entrega, que consistirá en la felicidad futura. La proporción entre la soledad y la fe en el momento de la muerte es inversa, es decir, cuanto mayor es la fe tanto menor es la soledad, y cuanto mayor es la soledad tanto menor es la fe.

La presencia definitiva de Cristo en las especies eucarísticas nos brinda ya una anticipación de la eternidad. Cristo se presenta como independiente de las condiciones de espacio y tiempo. Su dimensión trasciende cualquier imaginación, siempre condicionada por las medidas materiales. Esta realidad, que se da en todos los actos eucarísticos, se verifica de una manera muy especial al cruzar el umbral de la eternidad con el Viático.

La vida eterna es la comunión máxima de amor, que constituye la verdadera salud, que ordinariamente se llama salud eterna.La Eucaristía realiza esta maravilla. Por eso, Cristo dice: "El que come de este pan, vivirá para siempre. (...) El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. (...) El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 51. 54-57). Como sabemos, se trata del pan eucarístico que se nos entrega y de la sangre que se derrama en la cruz (cf. Lc 22, 14-20). El Viático consiste en participar en el Cuerpo de Cristo, que se entrega a la muerte, y en su Sangre, que se derrama en la cruz, para entrar así en la eternidad. La frontera de la mutabilidad de la criatura se supera en la muerte con el Viático. Porque la frontera entre la divinidad y la creaturalidad se cruza a través del puente que es la cruz.

El Viático es Cristo muerto y resucitado, como plenitud de los tiempos de la vida de cada uno de nosotros. Así, la muerte ya no es la oscuridad temida y rechazada, sino el abrazo amoroso que nos identifica con el Señor Jesús. En el Viático nuestra muerte se transforma en plena donación al Padre, a través del amor total del Espíritu, en el Señor Jesús. Esta donación es la suma de todas las donaciones diarias con las que queremos demostrar al Señor Dios nuestra entrega en la vida, porque en esta donación no entregamos algo al Señor, lo entregamos todo; ponemos en las manos de Dios la vida en sí misma, en su totalidad.

Entonces comenzaremos a vivir verdaderamente y se resolverá la paradoja de la muerte en la vida. Enunciamos la paradoja: la plenitud de la salud es la muerte; pero no cualquier muerte, sino sólo la muerte en Cristo y con Cristo, es decir, la muerte vivida íntimamente unida a la muerte de Cristo y, por consiguiente, a su resurrección. La realización de esa muerte es el Viático.

Por eso decíamos, al inicio, que el Viático es lo que especifica plenamente la pastoral de la salud, ya que es el único horizonte válido hacia el cual puede avanzar verdaderamente la salud de la humanidad. Con el Papa Juan Pablo II se definió la salud como "la tensión hacia la armonía física, psíquica, social y espiritual". El Viático ya no es la tensión hacia la armonía, sino la consecución de la armonía, donde la disonancia de la muerte se transforma en la armonía de la resurrección. En el Viático el desorden de la muerte se convierte en el máximo orden, la angustia en la máxima serenidad; finalmente, se llega a la anhelada paz al morir, ya que la paz consiste precisamente en esto: "La tranquilidad en el orden".

(intervención del Cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del pontificio Consejo para la pastoral de la salud, en el Simposio en Roma sobre: "El Viático, plenitud de la salud", 21-5-2005)


7 de febrero de 2012

La Sagrada Eucaristía y el enfermo

La conformación con el misterio pascual de Cristo, realizada también mediante la práctica de la comunión espiritual, asume un significado muy particular cuando la eucaristía se administra y se recibe como viático. En ese momento de la existencia, resuenan de modo aún más incisivo las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). En efecto, la eucaristía, sobre todo como viático, es – según la definición de san Ignacio de Antioquia – «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte» (Carta a los Efesios, 20: PG 5, 661), sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre, que a todos espera en la Jerusalén celeste.
(del Mensaje papal de S.S. Benedicto XVI para la XX jornada mundial del enfermo del 11-2-2012

4 de febrero de 2012

La Eucaristía y la vida consagrada

La Eucaristía ilumina el camino y da vitalidad al itinerario de santidad de la Iglesia y de todos los cristianos. A través de la Eucaristía el sacrificio de Jesús se hace presente en todos los tiempos y lugares; es su acto de abandono en manos del Padre, su entrega total a la humanidad para indicarnos el camino de la santidad. La Eucaristía vuelve a proponer a toda la humanidad y a cada uno de nosotros el modelo según el cual Jesús se "entregó" a los hombres y el modo como se "abandonó" en manos del Padre en su muerte. En la Eucaristía es Él quien eternamente "se entrega", se dona a la humanidad como gracia. En ella las personas consagradas aprenden a decir con san Pablo: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Ga 2, 20). En la celebración eucarística, según las características propias de las personas y de las instituciones, Jesús enseña a ofrecer, en el tiempo presente, su sufrimiento y su muerte por la salvación de la humanidad. Su pasión y su muerte se convierten en acontecimiento fundamental e inspirador del modo de vivir y de actuar de las personas consagradas, haciendo que todo instante se transforme en momento de gracia. Así se cumple la exhortación de san Pablo a llevar "en toda ocasión y por todas partes, en el cuerpo, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 10). En la Eucaristía se crea una íntima relación entre nuestro cuerpo y el Cuerpo de Jesús, Cuerpo puesto en manos de pecadores y entregado a la muerte, para que la gloria eterna del Padre resplandezca en el rostro del Hijo. Del mismo modo, nuestro cuerpo, configurado con el de Jesús, da su contribución al designio de amor y salvación del Padre, sacrificándose por amor y mostrando el camino de la salvación. Este es el rostro auténtico de la santidad que la vida consagrada y todos los cristianos están llamados a hacer presente hoy.

(de una Reflexión de MONS. FRANC RODÉ, C.M. Prefecto de la Congregación PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA)

26 de enero de 2012

El Bautismo y la Eucaristía: sacramentos de vida nueva

EL AGUA Y LA SANGRE
QUE BROTAN DEL COSTADO TRASPASADO DE CRISTO CRUCIFICADO

La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34)
son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8):
desde entonces, es posible "nacer del agua y del Espíritu" para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).
(Catecismo de la Iglesia Católica, n.1225)
Los Santos Padres vieron en el agua y la sangre, que brotaron del costado traspasado de Jesucristo crucificado, un símbolo de los dos sacramentos, el bautismo y la Eucaristía, que edifican la Iglesia. Reconocen allí el nacimiento de la Iglesia: así como Eva "nació" del costado del durmiente Adán, así la nueva Eva, la Iglesia, "nació" del costado del nuevo Adán, "durmiendo" en la cruz.Estos dos sacramentos edifican la Iglesia, y nos edifican a nosotros mismos espiritualmente. A través el bautismo nacemos a la vida cristiana y a través de la Eucaristía crecemos en esta misma vida. Si queremos asegurar la calidad de nuestra vida cristiana, tenemos que tener una vida eucarística fuerte.En la celebración de la santa misa, cada uno de los bautizados está llamado a unirse a la Iglesia y a Jesucristo para ofrecer, haciéndolo suyo, el sacrificio de Cristo. Más aún, está llamado a participar en esa oblación, ofreciéndose a sí mismo, junto con Jesucristo, a Dios y a los hombres. Cuando el sacerdote eleva la sagrada forma, está poniendo allí la vida de cada uno de los fieles que participan; de este modo, el cristiano hace de su vida y de cada uno de sus actos, ofrecidos en la Eucaristía, una ofrenda viviente que agrada a Dios; participa así en la misión redentora de Jesucristo, y obtiene de Dios gracias especiales de santificación personal y para toda la Iglesia.