26 de diciembre de 2011

Quedate con nostros, Pan Vivo bajado del Cielo, nacido de María Virgen en la humildad de Belén



Homilía del Beato JUAN PABLO II, papa
24 de diciembre de 2004

“Adoro Te devote, latens Deitas”.
En este día de Navidad resuenan en mi corazón las primeras palabras del célebre himno eucarístico.

En el Hijo de la Virgen, “envuelto en pañales” y “acostado en un pesebre” (cf. Lc 2,12), reconocemos y adoramos “el pan bajado del cielo” (Jn 6,41.51), el Redentor venido a la tierra para dar la vida al mundo.

¡Belén! La ciudad donde según las Escrituras nació Jesús, en lengua hebrea, significa “casa del pan”. Allí, pues, debía nacer el Mesías, que más tarde diría de sí mismo: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6,35.48).

En Belén nació Aquél que, bajo el signo del pan partido, dejaría el memorial de la Pascua. Por esto, la adoración del Niño Jesús, en esta Noche Santa, se convierte en adoración eucarística.

Te adoramos, Señor, presente realmente en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida al hombre. Te reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño que estás indefenso en el pesebre. “En la plenitud de los tiempos, te hiciste hombre entre los hombres para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios” (cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV,20,4).

Naciste en este día, divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino por los senderos del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.

¡Acuérdate de nosotros, Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada por tantas pruebas y dificultades.

¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre! Amén.

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24 de diciembre de 2011

Meditación ante el Señor que viene



Desde el 17 de diciembre y hasta la víspera de Navidad, en la Liturgia de las Horas (durante el canto del Magnificat) se rezan las llamadas ANTIFONAS “O”. Son un compendio riquísimo de espiritualidad que nos expresan la expectación de la Iglesia ante la llegada del Salvador.
Son ocho invocaciones muy propicias para rezar en estos días cercanos a la Navidad del Señor

Oh Sabiduría,
Oh Señor,
Oh Raíz de Jesé,
Oh Llave de David,
Oh sol del que naces de lo alto,
Oh Rey de las naciones
Oh Dios con nosotros.

O Sapientia, O Adonai, O Radix, O Clavis, O Oriens, O Rex, O Emmanuel.

Las letras iniciales de estas Antífonas, invertidas, forman dos palabras latinas que son un acróstico: ERO CRAS, que traducido significan: Estaré mañana o MAÑANA VENDRÉ. “Estaré mañana” es como la respuesta divina a la súplica de la Iglesia en cada una de estas Antífonas, y durante todo el tiempo del Adviento: VENI, ¡VEN! ¡Ven a enseñarnos, ven a rescatarnos, ven a salvarnos, ven, Señor!
Y en cada Antífona O, la Iglesia llama al Salvador prometido con un Nombre distinto. Estos títulos, estas invocaciones, no se pueden atribuir sino al Niño Dios que nacerá para nosotros dentro de pocos días, en la santísima noche de Navidad.


• O SAPIENTIA, ¡OH SABIDURÍA!: Nuestro Señor es el Verbo de Dios, su Palabra sapientísima y eterna que dispone todas las cosas con fuerza y con suavidad. Él es la expresión perfecta del Padre, igual a Él, verdadero Dios cuyos designios son sin falla. Por eso, al fin de esta Antífona Le pedimos que venga a enseñarnos el camino de la prudencia, para que no sigamos los caminos de este mundo, que son sumamente imprudentes, porque conducen a la perdición.

• O ADONAI ¡OH SEÑOR!: Nuestro Señor es el Jefe por excelencia, el Legislador, el Autor infalible de la ley natural, del decálogo que dio a Moisés sobre el monte Sinaí, antes de guiarlo con su poder divino para libertar a su pueblo. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos al Señor y Legislador, a Adonai, que venga a rescatarnos con el poder de su brazo.

• O RADIX JESSE, ¡OH RAÍZ DE JESÉ!: El tallo que sale de la raíz de Jesé es la Santísima Virgen María, a quien todas las generaciones proclaman bienaventurada, a quien los reyes consagraron sus reinos y a quien todos los pueblos que pasaron del paganismo al cristianismo veneran ahora como a su Reina. La Virgen María, nuestra Madre, a quien millones de almas deben su salvación, es la figura principal del Adviento, por ser Aquella de quien nacerá Jesús, Aquella que concibió por el Espíritu Santo, Aquella que es nuestra Estrella en este mundo peligroso para nuestras almas. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos a Nuestro Señor que venga y que no tarde en salvarnos por María.

• O CLAVIS DAVID, ¡OH LLAVE DE DAVID!: El Salvador prometido posee la única llave que abrirá las puertas de Cielo, cerradas por el pecado de Adán y Eva. Esta llave es la Cruz También esta llave las cerrará para los que no merecen la felicidad eterna. Ábrenos, gritaron desesperadamente las vírgenes necias de la parábola. En verdad, no os conozco, contestó Jesús. Por eso, al fin de esta cuarta Antífona, Le pediremos que venga y saque de su prisión a los cautivos sentados en tinieblas y en sombras de muerte.

• O ORIENS, ¡OH SOL QUE NACES DE LO ALTO!: El Salvador disipará las tinieblas del error y del pecado, como el sol naciente disipa las tinieblas de la noche. Tanta gente, hoy, está des-orientada porque está lejos de Nuestro Señor, de su Verdad y de su gracia. ¡Pobres almas, tan numerosas, que festejarán Navidad con glotonerías, embriagueces y sensualidades, con regalos corruptores y luces artificiales, y con un viejo y feísimo Papa Noel mundano, pero sin la paz del Niño Jesús! Por eso, al fin de esta Antífona, se pide a Nuestro Señor que venga y alumbre a los sumidos en tinieblas y en sombras de muerte.

• O REX GENTIUM, ¡OH REY DE LAS NACIONES!: Y la Antífona continua diciendo: Piedra angular que reúnes a los pueblos. El Niño Jesús es EL Salvador y será crucificado. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Hay solo un Dios y Salvador, como hay solo una criatura humana, creada por Dios y rescatada por Jesucristo. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos al único Salvador de las almas que venga y salve al hombre, al que formó del lodo, al pagano y al judío.

• O EMMANUEL: ¡OH DIOS CON NOSOTROS!En esta última gran Antífona, la Iglesia llama al Salvador Emmanuel, palabra que significa en hebreo: Dios con nosotros, Dios eligió a algunos pescadores de Galilea y habló, comió, caminó con ellos, les reveló los secretos de su Amor infinito; Nuestro Señor los hizo Apóstoles y columnas indestructibles de la Iglesia. La Iglesia, que hace a Jesucristo realmente presente entre nosotros, en la Santísima Eucaristía, presente en este sagrario, presente sacramentalmente en los que reciben la sagrada comunión, presente por su gracia en nuestras almas. El hombre sin Jesucristo está en la peor situación que se pueda imaginar: su alma nunca conocerá la verdadera felicidad porque nunca descansará en Jesucristo, su principio y su fin, ahora y por la eternidad. Por eso, al fin de esta Antífona se pide que nuestro Señor y Dios venga a salvarnos.

Estas magníficas Antífonas “O”, “encierran en si toda la médula del Adviento”; ojalá que ellas expresen nuestro deseo ardiente de recibir, en día de Navidad, al Niño Jesús: la Sabiduría infinita, EL Señor, el Hijo de María, la Llave del Cielo, el Sol naciente, el Rey de la naciones, el Emmanuel, sí, que Lo recibamos con un corazón purificado, maravillado, y sediento de santidad, con un corazón de niño.

22 de diciembre de 2011

El Padre nos confía a Jesús como se lo confió a María






Jesús Eucaristía cuando lo recibimos en comunión se confía a nosotros, como lo hizo al encarnarse, en María. Pensando en esto, nuestras manos deberían formar un trono de amor en el interior del cual Jesús pueda recostarse y nosotros deberíamos recibir la Eucaristía, tratando de tener en nuestro corazón una parte del amor que María tuvo hacia su Hijo cuando lo estrechó.
En la Eucaristía se reúne la debilidad aparente y la Omnipotencia de Dios: debilidad aparente porque por su voluntad se entrega a nosotros y Omnipotencia divina porque entrando en nosotros nos convierte en fervorosos, fuertes y generosos. Cristo, que está en nuestras manos, primero se ha colocado en las de su madre.
Para encarnarse Cristo ha elegido a María, ha querido una mujer como madre, por tanto donde está Jesús está María; donde está la Eucaristía está la Madre de la Eucaristía. En el documento está escrito: "Uno sólo es el Mediador, según la palabra del apóstol: "Porque hay un sólo Dios, y también uno solo el Mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús que se entregó a sí mismo como rescate por todos" (1 Tm 2, 5-6). La misión materna de María hacia los hombres, de ningún modo oscurece o disminuye esta única mediación de Cristo, sino mas bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen, no nace de una necesidad, sino del beneplácito de Dios, y nace de la superabundancia de los méritos de Cristo, se basa en Su mediación, depende totalmente de ésta y de la misma saca toda su eficacia". Aquí se afirma que es voluntad clara y expresa del Señor que la Virgen sea acogida por todos como Madre de la Iglesia. La maternidad de María que se extiende a cada hombre, es oficialmente ratificada y reconocida por Dios a los pies de la cruz, cuando Cristo que está a punto de morir, llama "mujer" a su madre, la mujer de la humanidad.
La Inmaculada Concepción de la Virgen en función de la divina maternidad es una verdad de fe y a ésta se le añadirá otra: María corredentora y mediadora. En María, Madre de la Eucaristía, están reunidos todos los dones y los privilegios que Dios ha dado a su madre.
Estos son faros luminosos que iluminan a la Iglesia. Cuando el hombre aduce dificultades y pone obstáculos impidiendo que la luz llegue a la Tierra, entonces cae en la confusión y en el pecado, pero sin embargo, si quita los obstáculos, la luz penetra en la Tierra y alcanza cada rincón suyo. Cuando el hombre ha dudado de la presencia eucarística, la Iglesia se ha empobrecido; cuando por el contrario ha ido hacia la Eucaristía, como finalmente está ocurriendo hoy, la Iglesia ha comenzado a estar verdaderamente fuerte y renovada. Debemos amar a la Madre de la Eucaristía, la que ha hecho posible este don infinito de Dios que se perpetúa en la Iglesia. En la sangre de Cristo surgido de la Eucaristía, traída por la Virgen, hay el perfume y el sabor de la sangre materna de María. Debemos amar a la Madre de la Eucaristía y a todos nuestros hermanos, los que están vivos y los que han muerto, porque la Eucaristía es presencia real de Dios y en Dios están presentes todas las criaturas.

18 de diciembre de 2011

Hora Santa: María en el tiempo de adviento


Reeditamos, en esta última semana de adviento, el texto del beato Juan Pablo II en la Carta Encíclica Ecclesia De Eucharistia sobre Analogía entre el “FIAT” de María y el “AMEN” que cada fiel pronuncia cuando recibe el Cuerpo del Señor. Es una bellísima meditación para hacer nuestra Hora santa frente al santísimo Sacramento perparándonos para la Solmenidad de la Navidad:





Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía. Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, « concordes en la oración » (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: « ¡Haced esto en conmemoración mía! », se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida” ».


En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

« Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en « tabernáculo » –el primer « tabernáculo » de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros » (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

« Haced esto en recuerdo mío » (Lc 22, 19). En el « memorial » del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.

En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con » Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».

Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza » de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos » y se « enaltece a los humildes » (cf. Lc 1, 52). María canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva » que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su 'diseño' programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!


12 de diciembre de 2011

"Jesús cogió los panes y después de dar gracias, se los repartió"


Señor, lavados y purificados en lo más profundo de nosotros mismos, vivificados por tu santo Espíritu, saciados por tu Eucaristía, haz que nosotros compartamos la gracia que ha sido parte de los santos apóstoles que han recibido el sacramento de tu mano. Desarrolla en nosotros el deseo y la voluntad de seguirte, como miembros tuyos (1Co 12,27) para que nosotros seamos dignos de recibir de ti la sabiduría y la experiencia de tu alimento espiritual.

Desarrolla en nosotros el celo de Pedro para rechazar toda voluntad contraria a la tuya, ese celo que Pedro demostró en la Cena... Desarrolla en nosotros la paz interior, la determinación y la alegría que gustó Juan, inclinado sobre tu hombro (Jn 13,25), que podamos adquirir tu sabiduría, que aprendamos el gusto de tu dulzura, de tu bondad. Desarrolla en nosotros una fe recta, una esperanza firme y una caridad perfecta.

Por intercesión de los santos apóstoles y de todos los discípulos bienaventurados, haznos recibir de tu mano el sacramento, haznos evitar sin dudar la traición de Judas e inspira en nuestro espíritu aquello que tu Espíritu ha revelado a los santos que están en el cielo. Haz todo esto, Tú que vives y reinas con el Padre, en la unidad de un mismo Espíritu desde el principio hasta el fin de los siglos. Amén.

San Alberto Magno (v. 1200-1280), dominico Libro sobre los sacramentos

11 de diciembre de 2011

Partes de la Plegaria Eucarística

De la INSTRUCCIÓN GENERAL DEL MISAL ROMANO (números 78-79)


El centro y la cumbre de toda la celebración Eucarística es la Plegaria Eucarística, que ciertamente es una oración de acción de gracias y de santificación.
El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo.
El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio.
La Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio.

Los principales elementos de que consta la Plegaria Eucarística pueden distinguirse de esta manera:

a) Acción de gracias (que se expresa especialmente en el Prefacio), en la cual el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por toda la obra de salvación o por algún aspecto particular de ella, de acuerdo con la índole del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico.

b) Aclamación: con la cual toda la asamblea, uniéndose a los coros celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que es parte de la misma Plegaria Eucarística, es proclamada por todo el pueblo juntamente con el sacerdote.

c) Epíclesis: con la cual la Iglesia, por medio de invocaciones especiales, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones ofrecidos por los hombres sean consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sirva para la salvación de quienes van a participar en ella.

d) Narración de la institución y consagración: por las palabras y por las acciones de Cristo se lleva a cabo el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando ofreció su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y vino, y los dio a los Apóstoles para que comieran y bebieran, dejándoles el mandato de perpetuar el mismo misterio.

e) Anámnesis: por la cual la Iglesia, al cumplir el mandato que recibió de Cristo por medio de los Apóstoles, realiza el memorial del mismo Cristo, renovando principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección y su ascensión al cielo.

f) Oblación: por la cual, en este mismo memorial, la Iglesia, principalmente la que se encuentra congregada aquí y ahora, ofrece al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia, por su parte, pretende que los fieles, no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que también aprendan a ofrecerse a sí mismos, y día a día se perfeccionen, por la mediación de Cristo, en la unidad con Dios y entre ellos, para que finalmente, Dios sea todo en todos.

g) Intercesiones: por las cuales se expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, tanto con la del cielo, como con la de la tierra; y que la oblación se ofrece por ella misma y por todos sus miembros, vivos y difuntos, llamados a participar de la redención y de la salvación adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

h) Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo.


10 de diciembre de 2011

Comentario a la liturgia de la Palabra: Tercer domingo de adviento

En estos domingos de adviento, la Iglesia dirige la atención a algunos personajes que nos ayudan a preparar esta fiesta de navidad que se acerca. Hoy ponemos la mirada en la figura de San Juan Bautista, el primo de Jesús, que tuvo como misión preparar al pueblo judío para la primera manifestación pública del salvador, tuvo la misión de prepararle el terreno a Jesús.
Hoy Juan le dice a los que se le acercan: En medio de ustedes hay alguien a quien no conocen: JESUS. Juan fue ungido (como dice el profeta Isaías en la primer lectura de hoy), fue ungido por Dios, fue consagrado, llamado para señalar a ese Jesús que estaba en medio de esa gente y que ellos no conocían, y él tenía que darlo a conocer.
¡Cuánto nos falta conocer a Jesús! Jesús todavía sigue siendo entre nosotros un desconocido. Dios está como ausente en el mundo de hoy, por eso falta alegría, por eso falta esperanza, por eso este mundo pareciera que sigue en tinieblas, sin Luz.
Y nosotros, como Juan el Bautista, también estamos consagrados por el bautismo, estamos llamados a decirle a la gente de nuestro tiempo: en medio de ustedes hay alguien a quien no conocen. Nosotros también estamos llamados a señalar a Jesús para que hoy sea conocido. Pero lo vamos a tener que dar conocer con nuestra vida. Tenemos que mostrar al Jesús que vive adentro nuestro, gracias a cada comunión eucarística

En el evangelio que acabamos de escuchar vemos que se le acercan a Juan unos judíos para preguntarle quién era él, cuál era su misión. Y Juan responde claramente que él es simplemente un testigo, está llamado a ser ni más ni menos que testigo de Jesús. Él no es la Luz sino testigo de la Luz. Es una voz que grita para que preparen el camino para recibir a Jesús.
Y esta preguntita nos la podrían hacer a cada uno de los que estamos ahora en esta Misa. Quizás, si hoy día, alguien viniera a nosotros y nos preguntase vos, ¿ quién sos ?, si nos preguntara: "Vos, ¿qué podrías decir de ti mismo?" ... Nosotros, ¿Qué responderíamos?... O dicho de otro modo, unidos a nuestra fe; si alguien viniera y nos preguntara como le preguntaron a Pedro, ¿ Tenés algo que ver con Jesús? Si la gente nos dijera : Tu vida, tus cosas, tu mentalidad, tus comportamientos prácticos, ¿tienen algo que ver con el Evangelio? ... NOSOTROS, ¿ QUE CONTESTARIAMOS ?
El evangelio de este domingo nos interpela sobre una realidad que nos cuesta aceptar, nos cuesta asumir, y más en estos tiempos que estamos viviendo: descubrir que por el bautismo, nuestra vocación más profunda es la de ser testigos.
Y hay que reconocer que en este tema en seguida miramos para el costado: nos escandalizamos del pecado de los demás, ...empezamos a criticar a los otros diciendo como puede ir a Misa y después hacer tal o cual cosa, ... nos indignamos del antitestimonio de alguna autoridad de la Iglesia, y así miles de excusas.
Cuando la primer pregunta debería ser: ¿Somos NOSOTROS testigos de Jesús en el mundo? ¿Somos verdaderos testigos del amor de Dios en nuestra casa, con nuestros amigos, en el trabajo, en cada uno de los ambientes en que nos movemos? ¿O nos da vergüenza, o tenemos miedo de gritar a los cuatro vientos que Jesús es el salvador, por todo lo que implica ir contra la corriente, o simplemente quizas no nos damos cuenta de que nuestra vida es el único evangelio que leerán algunos de nuestros hermanos?
Cuentan que un grupo de periodistas, visitando Egipto para realizar varias filmaciones, fueron recibidos en El Cairo, por el director general de la Televisión egipcia. Y que éste, después de darles todas las facilidades para su trabajo, se despidió de ellos regalándoles un ejemplar del Corán, no sin antes besar respetuosamente la portada del libro. Y estos mismos periodistas cuentan como se admiraron de ese gesto religioso.
Quizas la pregunta que tendríamos que hacernos es porque se admiraron. Capaz porque acá, a los cristianos nos cuesta reconocernos como tales. No es que se trate de convertirnos en hinchas fanáticos de un equipo de fútbol, que sólo saben hablar de su propio equipo..., sino de convertirnos en gente a quien la fe le salga por las obras como la respiración sale de los pulmones.
Claro que para esto hay que empezar por tener el corazón muy en Dios,... para hablar bien de Él. Cuando la Fe haya crecido lo suficiente dentro nuestro, entonces nuestro testimonio empezará a salir espontáneamente en nuestros gestos y en nuestras palabras.
Eso es quizas lo que nos falta tener: el corazón muy unido a Dios. Porque sólo así seremos verdaderos testigos. El testigo es alguien que puede hablar de lo que ha visto y oído. El testigo no es solamente alguien que cree en Jesús, sino alguien que vive la propia vida de Jesús, es alguien que conoce a Jesús no sólo por lo que le enseñaron o por lo que estudió sino sobretodo por el contacto personal con el Señor en su vida interior. Es alguien que refleja en su propia vida la luz de Cristo que brilla en su interior, ... y con sólo vivir ya va transformando la vida de los que lo rodean.
... leyendo en un libro sobre San francisco de Asís, narra un autor la experiencia de un vendedor que pasaba cada 4 o 5 días por el pueblito que quedaba cerca de la cueva en la que estaba Francisco. Y este vendedor un buen día quedó asombrado de este pueblo al que visitaba todas las tardes San Francisco. Y entonces al llegar el vendedor a la posada del pueblo le pregunta al posadero: ¿que esta pasando en este pueblo? Ya que le llamaba la atención como habían cambiado algunas cosas. Por ejemplo había pasado por la casa del matrimonio de la esquina de la plaza que siempre se llevaban a las patadas, y esta vez ni se sentían los gritos. Y también en la misma plaza estaba Pedro fresquito, cuando siempre lo encontraba tirado en el piso de la borrachera. ...Y así otros tantos cambios... Entonces el posadero le dice: la culpa la tiene Francisco. Y este le pregunta ¿quien es Francisco?, ¿qué es alguien grande?, ¿llamativo?. ¡No!, le responde le posadero: es un hombre que vive en la montaña, es descarnado, es seco, y además no es alto, tiene el cuello flaco y los brazos cortos, va mal vestido, descalzo, y con una túnica toda remendada.
Pero.., dice.., anda siempre contento..., como si tuviera Luz en la cara..., en los ojos sobretodo... Y habla cosas claras que entiende todo el mundo... y sobretodo que parecen verdad..., cuando este hombre habla de Dios, sabe lo que dice, habla por experiencia, no sólo por lo aprendido en los libros.... Es como si lo estuviera viendo...., se le nota.
Ojalá Dios nos conceda esta gracia a cada uno de nosotros en esta navidad que se acerca. Que no sea una navidad más. Que nos preparemos bien, sobretodo a través de la adoración en estos 10 días que faltan para el 25, para que Jesús vuelva a nacer. Para que Él que es la Luz, vuelva a encender nuestro corazón, y así nosotros podamos iluminar a los que nos rodean.
Ojalá que podamos, ... como San Juan el Bautista, ... como San Francisco, ... como todos aquellos a quienes Cristo les transformó la vida, ... que nosotros también podamos decirle al mundo de hoy: en medio de ustedes hay alguien a quien todavía no conocen: JESUS. Y yo estoy dispuesto a darlo a conocer con el testimonio de mi vida.
Que la Virgen nos conceda esta gracia.