7 de diciembre de 2011

Comentario a la liturgia de la Palabra: Solemnidad de la Inmaculada Concepción



En adviento celebramos esta fiesta de La Virgen, esta fiesta de la Inmaculada Concepción, por la cual creemos que María nació sin pecado original.

El adviento es el tiempo litúrgico mariano por excelencia, de hecho dentro de dos domingos volvemos a poner la mirada en la Virgen. Y este tiempo de adviento es el tiempo mariano por excelencia, ya que en María el adviento se hace Navidad, en María la promesa se convierte en realidad, en María la esperanza alcanza la plenitud, en María nació Jesús.

Quizas en un primer momento esta fiesta de la Inmaculada Concepción podría parecernos un problema teológico, podría parecernos un tema teórico, o, como máximo un privilegio de María como para que lo recordemos y que ella sea alabada.

Pero sería lindo que nos preguntemos: ¿qué buena noticia representa esta verdad para nosotros? ¿ Se trata tan sólo de un dogma que tenemos que creer, un honor de María que debemos celebrar, o más bien se trata de un acontecimiento que nos toca de lleno? ¿Qué significa en concreto para nosotros la Inmaculada Concepción de María?



Es cierto que en primer lugar esta fiesta significa que María fue la primer redimida por Jesús, la llena de gracia, la toda santa. En este sentido la fiesta de hoy reconoce la obra salvadora de Dios en María.

Pero la fiesta de la Inmaculada Concepción es mucho más que esto. Nos está diciendo lo que tendría que realizarse en cada uno de nosotros y en la Iglesia entera. María santa e inmaculada en su concepción, es una llamada y un modelo de aquella santidad en la que todos fuimos concebidos desde nuestro nacimiento a la vida cristiana por el bautismo.

Sin embargo dentro nuestro y en el mundo en el que estamos viviendo experimentamos todos lo contrario. Experimentamos que no todo es santidad sino que hay mucho pecado. Y esto es lo que escuchábamos en la primer lectura de hoy: existe una larga y constante lucha entre el amor y el egoísmo, entre la luz y las tinieblas. Además de esta semilla de santidad que Dios plantó en cada uno de nosotros, también experimentamos las consecuencias del pecado original, tambien experimentamos que existe la semilla del egoísmo, de la envidia, de la ambición, del poder, de la violencia, de la mentira. Es como si existiera una permanente guerra civil entre el bien y el mal.

Por eso celebrar la fiesta de la inmaculada concepción es ante todo un anuncio de esperanza para nosotros. Porque nos está marcando que Dios no se olvida de nosotros, nos está marcando que si permanecemos abiertos a la gracia de Dios: el bien va triunfar sobre el mal. Si permanecemos como María siempre dóciles a Dios, la victoria final va a ser la del amor sobre el odio.




De esto tenemos que estar seguros. Por que lo peor que hay es el cansancio de los buenos. Y no tenemos que permitir que el cansancio y el desánimo habiten dentro nuestro.

En medio de la confusión generalizada que estamos viviendo, donde se perdió la noción de pecado, donde parece que todo da lo mismo, donde los que tratan de ser buenas y honestas personas son vistas como tontas. En medio de una crisis donde ya no hay valores, donde todo se cuestiona, donde cada uno hace lo que le parece porque todo es relativo, tenemos que recordar que tarde o temprano el bien triunfa. Tenemos que recordar que ser santos en medio de este mundo no es el sueño de unos utópicos que se quedaron en el pasado y a los cuales la sociedad actual se los va a llevar por delante.

La fiesta de la inmaculada concepción nos recuerda que estamos llamados a ser santos. Por eso hoy podemos hacer nuestras las palabras de San Pablo: Dios nos eligió en la persona de Cristo... para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado a ser sus hijos. Y estas palabras no las debemos aplicar sólo a María sino también a cada uno de nosotros. Todos, nos dice San Pablo, hemos sido invitados desde siempre a la santidad, a ser santos e inmaculados.

La fiesta de hoy no sólo nos anuncia la buena noticia de que el bien triunfa sobre el mal, sino que además es una invitación para animarnos a vivir la santidad, es una invitación a unirnos también nosotros a esta lucha del bien sobre el mal, a no dejarnos arrastrar por la corriente del pecado.

Nosotros tambien estamos llamados a ser santos. A veces pensamos que esto es imposible para nosotros porque no tenemos el estilo de vida de los grandes santos. Pero la fiesta de hoy nos vuelve a llenar la esperanza, porque lo más grande que tuvo María fue la simpleza, la humildad, el sentirse pobre ante Dios. Y en ese camino todos nos podemos sentir identificados.

En general pensamos que como yo no tendré jamás el coraje de ser un San Francisco de Asís, entonces vamos a limitarnos a cumplir y a esperar que Dios nos meta al final en el cielo por la puerta de servicio. Entonces la santidad se nos presenta imposible no sólo para nosotros, sino incluso para cualquiera que viva en nuestras circunstancias.

Pero, si abrimos los ojos, vemos que además de los santos extraordinarios, hay muchos otros. Buena gente que ama a Dios, personas que cuando estamos con ellas, nos dan la sensación casi física de la presencia viva de Dios; almas sencillas pero entregadas, normales, pero muy fieles, como María.

Ojalá que el Buen Dios nos conceda que en esta fiesta de la Inmaculada Concepción de María que estamos celebrando hoy, se nos llene el corazón de esperanza y fortaleza, para descubrir que ser buenos en medio de lo que nos toca vivir, es posible.

Que así sea.

"Denles de comer ustedes mismos"

"El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo" (Jn 6,51). Con estas palabras el Señor revela el verdadero significado del don de su propia vida por todos los hombres, mostrándonos así la profunda compasión que siente hacia toda persona. En efecto, de muchas maneras y en diversos pasajes, los evangelios nos narran los sentimientos de Jesús hacia los hombres, particularmente hacia las personas que sufren y hacia los pecadores. A través de un profundo sentimiento humano, expresa la intención salvífica de Dios para toda persona humana con el fin de que alcance la verdadera vida.


Toda celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don que Jesús ha hecho de su propia vida en la cruz, por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la eucaristía, Jesús hace de nosotros los testigos de la compasión de Dios por cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Es alrededor del misterio eucarístico que nace el servicio de la caridad hacia el prójimo, el cual "consiste precisamente en el hecho de que yo amo también, en Dios y con Dios, a la persona que no aprecio e incluso que ni tan sólo conozco." Esto no se puede dar si no es a partir del encuentro íntimo con Dios, encuentro que llega a ser comunión de voluntad hasta llegar a tocar al sentimiento. Es entonces que aprendo a mirar a esta otra persona no sólo con mis ojos y mis sentimientos, sino según la mirada de Jesucristo». De esta manera reconozco, en las personas a las que me acerco, unos hermanos y hermanas por quienes el Señor ha dado su vida amándolos "hasta el extremo" (Jn 13, 1).

Por consiguiente, cuando nuestras comunidades celebran la eucaristía, deben hacerse cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos, y que la eucaristía urge a toda persona que cree en él a hacerse "pan partido" por los demás y, por tanto, a comprometerse por un mundo más justo y más fraterno. Reflexionando en la multiplicación de los panes y los peces, debemos reconocer que, todavía hoy, Cristo continua exhortando a sus discípulos a comprometerse personalmente: "Dadles vosotros de comer". La vocación de cada uno de nosotros consiste realmente en ser, con Jesús, pan partido para la vida del mundo.


Papa Benedicto XVI Sacramentum caritatis, 88

6 de diciembre de 2011

El divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero


“«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos.


Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado.


No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.



En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(cf. Mt 28,20).



La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste.”


Extractos de la CARTA APOSTÓLICA
“MANE NOBISCUM DOMINE” de JUAN PABLO II PARA EL AÑO DE LA EUCARISTÍA

5 de diciembre de 2011

¡Ven, Señor Jesús!


“Con esta celebración vespertina, el Señor nos da la gracia y la alegría de abrir el nuevo Año litúrgico iniciando con su primera etapa: el Adviento, el período que conmemora la venida de Dios entre nosotros. Todo inicio lleva consigo una gracia particular, porque está bendecido por el Señor. En este Adviento se nos concederá, una vez más, experimentar la cercanía de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha querido cuidar de nosotros hasta llegar al culmen de su condescendencia haciéndose hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de María santísima, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor que salva y consuela.
Mientras nuestros corazones se disponen a la celebración anual del nacimiento de Cristo, la liturgia de la Iglesia orienta nuestra mirada hacia la meta definitiva: el encuentro con el Señor que vendrá en el esplendor de la gloria. Por eso nosotros que en cada Eucaristía «anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección, a la espera de su venida», vigilamos en oración. La liturgia no se cansa de alentarnos y de sostenernos, poniendo en nuestros labios, en los días de Adviento, el grito con el cual se cierra toda la Sagrada Escritura, en la última página del Apocalipsis de san Juan: «¡Ven, Señor Jesús!» (22, 20).
Creer en Jesucristo conlleva también tener una mirada nueva sobre el hombre, una mirada de confianza, de esperanza. Por lo demás, la experiencia misma y la recta razón muestran que el ser humano es un sujeto capaz de inteligencia y voluntad, autoconsciente y libre, irrepetible e insustituible, vértice de todas las realidades terrenas, que exige que se le reconozca como valor en sí mismo y merece ser escuchado siempre con respeto y amor. Tiene derecho a que no se le trate como a un objeto que poseer o como a algo que se puede manipular a placer, que no se le reduzca a puro instrumento en favor de otros o de sus intereses. La persona es un bien en sí misma y es preciso buscar siempre su desarrollo integral.

”Extractos de la homilía de Benedicto Xvi al comenzar el Adviento (2010)

3 de diciembre de 2011

La Eucaristía nos consolida en la comunión eclesial


La comunión eucarística es causa y, a la vez, significa la comunión eclesial

Coherencia de fe en la Eucaristía

El hecho de que la Iglesia restrinja el acceso a la comunión sólo a los católicos y en determinadas condiciones, se ha convertido en materia de debate en algunos sectores de la opinión pública.

En ocasiones, ni siquiera los mismos católicos saben cuáles son los motivos por los que la Iglesia mantiene esta costumbre que hunde sus raíces en las primeras comunidades cristianas.

Para responder a la pregunta, Zenit ha entrevistado al sacerdote Philip Goyret, profesor de Teología Sacramental, Eclesiología y Ecumenismo de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma y director de Estudios de esa misma Universidad.


-¿Cuál es significado teológico y eclesiológico de la recepción de la comunión?

-Profesor Goyret: Los católicos, de la mano de los textos bíblicos (especialmente la primera carta de san Pablo a los Corintios), creemos en el profundo nexo existente entre el cuerpo de Cristo, el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial. El lenguaje del Nuevo Testamento pone de manifiesto esta realidad usando el mismo vocablo «cuerpo» para hablar sea del cuerpo histórico y luego glorioso del Señor, sea de su cuerpo eucarístico, sea de su cuerpo eclesial. No se trata de un simple juego de palabras, pues nutriéndonos con el cuerpo eucarístico del Señor, que contiene sustancialmente el cuerpo ahora glorioso de nuestro Señor en los cielos, nos consolidamos como miembros de su cuerpo eclesial. Al recibir la comunión eucarística, recibimos el cuerpo y sangre del Señor, lo que aumenta en nuestros corazones la unión íntima con Él: y estar unidos a Él implica también estar unidos con los que están unidos a Él. Llegamos así a la comunión eclesial. Esto es lo que la teología expresa con la frase «la Eucaristía edifica la Iglesia». Por la comunión eucarística entramos en comunión con el Señor y nos consolidamos en la comunión eclesial.

Vistas las cosas «en negativo», es interesante recordar el significado originario de la «excomunión». Antes de que se desarrollasen sus consecuencias jurídicas, ser excomulgado significaba -y significa también ahora- ser apartado de la comunión eucarística. Quien es excluido de la comunidad eclesial no puede tomar parte de la comunión eucarística.

Ahora bien, la Eucaristía no es «automática». Los efectos apenas mencionados no se seguirían si la comunión es recibida por un marciano que nunca escuchó hablar del Evangelio. Hay que comulgar recibiendo la Eucaristía como lo que es, o sea, como Cuerpo y Sangre de Cristo, con fe viva en su presencia real en las especies. Creer esto es algo muy comprometido, pues significa creer en la verdad completa revelada en Cristo, pues es el Cristo completo quien está presente en la Eucaristía. Y la verdad completa incluye todo lo que la Iglesia propone come dato revelado, incluyendo a ella misma. Significa además creer como lo hacemos los cristianos: no sólo aceptando intelectualmente un determinado conocimiento, sino también adecuando nuestra vida a este conocimiento. Por eso se habla de fe «viva».

De ahí que lo de «estar en regla» con la Iglesia católica como condición para recibir la Eucaristía en una celebración católica no es una simple cuestión «de reglamento» (como un club de tenis que no deja usar los campos a quienes no están al día con las cuotas), sino una exigencia interna del sacramento, según es entendido por la fe católica.

Entre la comunión eucarística y la comunión eclesial existe, por tanto, una relación que podríamos llamar «circular»: la Eucaristía nos consolida en la comunión eclesial, a la vez que la exige como condición previa. La comunión eucarística causa la comunión eclesial, a la vez que la significa.

-Negar la comunión a algunos católicos o a los protestantes ha sido algo criticado como una medida que genera divisiones.

-Profesor Goyret: Para entender esto, basta desarrollar las últimas líneas anteriores. La comunión eclesial como condición previa para acceder a la comunión eucarística consiste, sustancialmente, en la integridad de la fe y la ausencia de pecado grave. En la comunión católica, lo primero incluye, lógicamente, el ser católico. Implica también la ausencia de situaciones de pecado habitual (irregularidades familiares, posiciones ideológicas incompatibles con la fe católica, conductas profesionales opuestas a la moral católica, etc.), además de pecados ocasionales.

La norma moral y pastoral que siguen los sacerdotes al distribuir la comunión es la de negarla públicamente a quienes son públicamente conocidos como personas que no pueden recibirla. Proceder de otro modo implicaría echar por tierra el significado teológico y eclesiológico del que hablamos al principio de estas líneas. Para los católicos, una eventual distribución de la comunión a un no católico, dentro de una celebración católica de la Eucaristía, implica una contradicción: pues implicaría una comunión eclesial que no existe (en su plenitud).

Evidentemente, estas ideas suponen una afirmación fuerte en la fe en la Eucaristía: no como mera manifestación externa de un genérico sentimiento de fraternidad cristiana, sino como el sacramento que contiene verdaderamente el Cristo todo entero, con su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad. Es importante percibir que la necesidad de la unidad plena de la fe entre los participantes en la Eucaristía es algo exigido por el contenido específico de este sacramento, o sea la realidad sustancial del Cuerpo de Cristo: porque en ella está necesariamente implicada la fe en todo lo que Cristo ha revelado y la Iglesia enseña. No pueden, por tanto, separarse la comunión eucarística y la comunión en la verdad. En esta línea, la Iglesia católica niega la comunión eucarística a quien no participa plenamente de su comunión eclesial: pues no puede participar en el signo de la unidad plena quien no la posee enteramente.

En definitiva, el acceso a la comunión eucarística sin la plena comunión eclesial es, antes de nada, una acción absurda, pues no realiza el aspecto significativo característico de la dinámica sacramental; y al no significar, tampoco causa. Cabe agregar que el deseo y la necesidad espiritual de recibir la comunión es algo profundamente personal, pero nunca un acontecimiento «privado», justamente porque nos hallamos ante un bien eclesial (eclesial por excelencia), del que no somos dueños. No respetar esta disciplina constituye no sólo una contradicción en quien comulga, sino también en toda la comunidad eclesial.

-¿Cuáles son las preocupaciones de fondo de los obispos en el debate sobre el acceso a la comunión?

-Profesor Goyret: Cada Conferencia Episcopal tiene sus particulares situaciones. Me atrevería a decir, de todas maneras, que la preocupación de fondo es hacer entender que la negación de la comunión eucarística (sea a católicos en situaciones «públicas» que lo impiden, sea a no católicos) no se debe a una actitud de indolencia o de incomprensión, sino que simplemente se sigue de la coherencia con nuestra fe en la Eucaristía. Si vamos más a fondo, lo que no facilita entender este tema es la escasa formación en la fe, agravada por la pérdida del sentido del pecado y de sus consecuencias. Así como es muy difícil explicar el teorema de Pitágoras a quien no conoce las reglas de la multiplicación, lo mismo puede decirse de nuestro tema respecto a quien está alejado de Dios.

Podemos terminar estas consideraciones con un ejemplo, más didáctico que teológico, que en su simplicidad señala una útil moraleja. Me refiero al sentido del dolor corporal y a nuestra reacción ante él. Cuando lo experimentamos, nos está indicando que algo no funciona bien en nuestro cuerpo, que algo no está en armonía. Es la campanilla de alarma que nos lleva a la atención médica y eventualmente a un tratamiento. La simple eliminación del dolor no produce de por sí la curación. Puede conllevar sólo un cierto alivio, pero podría incluso hacernos olvidar la necesidad de un tratamiento médico serio... El dolor, en definitiva, tiene la función positiva de indicarnos una desarmonía que debe curarse.

La aplicación de la moraleja a nuestro caso es evidente. La imposibilidad de celebrar juntos la Eucaristía entre confesiones distintas es, efectivamente, una situación dolorosa, pero el ardor intenso de querer hacer algo juntos no siempre significa que sea eso lo más conveniente. La eliminación del dolor ante la división, sin la eliminación de sus causas, no hace sino empeorar las cosas. Es necesario no perder de vista que la disciplina de la Iglesia que prohíbe la inter-comunión no es la causa de la división, sino su consecuencia. Las causas se descubren y se remueven a través del diálogo de la verdad: un proceso ciertamente más largo y fatigoso, pero que recorrido con paciencia y perseverancia promete resultados más seguros.


28 de noviembre de 2011

Esclavo del Sacramento admirable

De Lope de Vega (1532-1635)

Los esclavos de la tierra,
muertos de sed y de hambre,
de ambiciones de gobiernos,
de oficios y dignidades,

ni están hartos ni contentos,
porque el mundo miserable
les da por sustento polvo,
y para bebida el aire.


Mas quien es esclavo vuestro,
Sacramento venerable,
anda tan harto y contento,
que puede el cielo envidiarle.

Sois pan que bajó del cielo
de bendición admirable,
que dio hartura y que cubrió
del mundo las cuatro partes.

Pan de leche que masaron
Las entrañas virginales
de una soberana Niña
de los ojos de su Padre.


Sois pan supersustancial,
y sois soberana carne
del Cordero de Sión,
que los siete sellos abre.

Cordero que asó el amor
aquel Viernes por la tarde
para su gran Padre Eterno,
que comen tarde los grandes.

Sois bebida en que les dio
tan divino oro potable,
que de sus entrañas Cristo
sus pelícanos los hace.

Sois confección de jacintos,
de perlas y de corales,
la humanidad son rubíes,
la divinidad diamantes.

Que aunque diamantes en polvo
por veneno suelen darse,
al que no le prueban bien,
bien puede ser que le maten.

Dichosos esclavos son
los que las cadenas traen
de vuestro amor, Pan de vida,
pues les dais hasta la Sangre.

Por amores de los hombres
forma de esclavo tomasteis,
profecía que nos dijo,
cuando lo fue, vuestra Madre.

Que era esclava del Señor
dijo la Virgen al Ángel;
pues si de esclava nacisteis,
tened por bien que os lo llamen.

No por serlo, porque sois
vos y vuestro Padre iguales,
que no habéis hurtado el ser
de vuestro Divino Padre,

sino porque vos quisisteis
que tanto se aniquilase,
que quien no pudo pecar
representase su imagen.

Pan de vida, pues, que sois
sello del Ser inmutable
de Dios y en cerco pequeño
su divina Esencia cabe,

selladnos de vuestras letras,
para que ellas nos aparten
de los esclavos del mundo
con diferencia notable.

Y porque cuando la muerte
las prisiones nos desate,
nos deis libertad en Vos,
que es la vida perdurable.

El pelícano y sus polluelos es un símbolo clásico de la Eucaristía, que se puede observar en muchas catedrales e iglesias desde la Edad Media.

“esta ave, que vive en las orillas de lagos y ríos en las regiones cálidas, da de comer a sus pequeños con el alimento que extrae con el pico de la bolsa de piel del pecho. Antiguas leyendas imaginaron que el pelícano nutre a sus pequeños con su propia carne. La tradición cristiana, precisamente por esto, a partir del medioevo, comenzó a utilizar el pelícano como símbolo eucarístico, viendo en su sangre vivificadora la figura de la sangre redentora de Cristo”.

Por esta misma razón, explica el comunicado, “Cristo eucarístico, en el himno ‘Adoro te devote’, atribuido a Santo Tomás de Aquino, es llamado ‘Pie pellicane’ (‘Pelícano santo’).


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26 de noviembre de 2011

Comentario a la liturgia de la Palabra: Primer domingo de adviento

Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico. Y lo hacemos con el tiempo de Adviento, que es el tiempo de preparación para la Navidad, es este mes que dedicamos para que la navidad no se nos vaya de las manos.
Adviento significa venida. Y comúnmente solemos hablar de tres venidas de Jesús, de tres advientos. La primer venida de Jesús es la histórica que ocurrió hace dos mil años en Belén. Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, habitó entre nosotros y resucitó para nosotros. Hoy lo recordamos, y en este tiempo de preparación para la navidad queremos imitar la esperanza y el hambre de Dios de los pueblos que suspiraron por el salvador.
El segundo adviento, o la segunda venida de Jesús será al final de los tiempos. Jesús vendrá a cerrar la historia. Será el triunfo definitivo del amor, del bien, de la verdad.
Pero hay un tercer tipo de adviento, que es la venida permanente de Jesús a mi corazón, a lo más íntimo de mi persona. Viene de mil modos. Hoy vivimos constantemente este adviento, y sobretodo para eso están estas semanas previas a la navidad, para intensificar nuestra apertura a ese Jesús presente entre nosotros, para intensificar nuestra apertura a ese Jesús que viene de nuevo a mi vida en esta navidad.

Porque puede sucedernos, y de hecho muchas veces nos sucede, que la Navidad pase de largo. Por eso, nos hace bien que, de entrada el evangelio de hoy nos diga ESTEN ATENTOS porque cuando menos se den cuenta se nos viene encima navidad y otra vez a pedir perdón por haber dejado pasar un tiempo de gracia. Y Adviento es tiempo de preparar el corazón en serio para la navidad.
Adviento es este mes para hacerle lugar a Dios que quiere hacerse carne en mi vida, es este mes de hacerle sitio al Niño Dios que quiere volver a nacer en mi corazón, adviento es este tiempo para preparar un lugar en nuestro corazón al Niño Dios que viene a nuestro encuentro.
Quizas una de las escenas más fuertes que tiene el evangelio, es aquella de María y José que van golpeando las puertas del pueblito de Belén y no hay sitio alguno para ellos y para el niño que está por nacer, no hay lugar para María que está por dar a luz a Jesús. Dios se hace carne buscando sitio entre los hombres y no hay lugar. Jesús, el hijo de Dios, el creador del mundo, busca un lugar entre sus creaturas y no lo encuentra.
Esta es una imagen que nos interpela fuertemente. Una vez con un grupo de jóvenes de una parroquia que vamos a misionar todos los sábados a una capillita en San Miguel, nos pasaba justamente en una casa que golpeábamos la puerta para dejarles una oración navideña, que la señora nos atendía desde adentro y antes que le dijéramos algo, nos decía que no tenía tiempo para nosotros, que ahora estaba ocupada... Quizas era cierto, además debía estar cansada que le golpearan la puerta para pedirle cosas.
Pero me hizo pensar en esta imagen de María y José tocando las puertas del pueblito y lo que habrán sentido. Nos vendría bien que al menos por un instante pensemos que nosotros podríamos ubicarnos entre los que sienten el golpe de Jose en la puerta. Es como si en esta navidad sucediera esto mismo. Imaginemonos en aquel momento..., imaginar que nos golpean nuestra puerta, imaginar que nosotros somos aquellos que ni siquiera les abren, imaginémonos entre los que después quizas de pispear por la ventana prefirieron dejarlo pasar para no meterse en problemas, imaginémonos quizas entre aquellos que salimos a darle una explicación muy educada, muy sensata de que en definitiva lo mejor es no quedarse en esta casa, pero que no lo entiendan mal, que no es por mala voluntad, que esta vez no va a poder ser pero que cuando quieran por supuesto, el año que viene sepan que acá está su casa, pero bueno de todos modos si pueden avisar antes mejor.
Esta posibilidad de abrir la puerta para explicarle que sería mejor que no se queden también puede darse en nosotros. Esto que sucedió históricamente, también hoy se repite espiritualmente en esta navidad y no se repite en un lugar geográfico, sino que se repite en mi propio corazón. Esta posibilidad de las puertas cerradas a Dios también se repite en nosotros.
El desafío en este mes de adviento es ese. Yo tengo que hacerle sitio al Señor en este tiempo, ya no en la posada, ya no en una casa física, sino ahora es hacerle sitio en mi vida, hacerle sitio en este momento de mi historia.
El desafío es ver como podemos ir preparando el corazón para esta navidad. Porque en general Navidad nos agarra con calor; nos agarra medio hartos de estudiar; nos agarra al final de un año muy cansador.
Y puede pasarnos que no le hagamos lugar a Jesús en esta navidad. Puede pasarnos que pasemos todo este mes sin escuchar como Dios nos está golpeando las puertas y nosotros le decimos que ahora no podemos, que estamos ocupados, que mejor empezamos el año que viene. Y entonces así nos pasemos este tiempo aceleradísmos en tantas cosas sin darnos cuenta que se nos escapa lo más importante.
Quizas cada uno podría preguntarse cuál va a ser el modo para prepararse de la mejor manera.
Por ejemplo alguno podrá asumir el compromiso de tener DIEZ MINUTOS DIARIOS DE ADORACIÓN AL SANTÍSIMO, de silencio. Y preguntarse dónde van a estar esos diez minutos. Van a estar al levantarse, al mediodía; a la noche, si es que a la noche se puede. Porque en general los últimos diez minutos del día no son los mejores. Que no vayamos a hablar con Dios cuando ya no podemos más. Primero, porque así nadie escucha; y segundo, porque es muy triste que justamente a quien más amamos, le estemos dedicando diariamente los restos de minutitos que nos quedan, para hablar con Aquel que nos creó, que nos salvó, que nos sostiene, de quien dependemos.
Otro podrá preparar el corazón para navidad asumiendo el compromiso de estar con un poquito de mejor humor en casa. Porque en general nos pasa, que: o porque estamos a mil estudiando, o porque tenemos muchísimos problemas en el trabajo, o por lo que sea..., pero lo cierto es que a veces estamos de tan pésimo humor que nadie nos puede pedir nada, que nadie se nos puede ni acercar porque ya es motivo de pelea. Entonces es un buen propósito el tratar mejor a quienes nos rodean; ya que justamente navidad es el nacimiento del Rey de la Paz, que muchas veces encuentra en nosotros tanta guerra, que no se siente en su sitio, no encuentra el pesebre que él necesita en nuestro propio corazón para nacer. Él, que viene a traer la paz… encuentra guerra, viene a traer la luz… nos encuentra llenos de tinieblas, viene a traer la ternura… nos encuentra agrediendo a todo el que se nos cruza,… y entonces, no encuentra el sitio.
Que la Virgen nos conceda la gracia de hacerle sitio a Dios en nuestro corazón para que pueda nacer. Cada uno verá como. Pero que ella no permita que dejemos pasar de nuevo al Señor, que ya empecemos a decirle a Jesús, hoy mismo, no esperemos hasta el 24 de diciembre, hoy mismo empecemos a decirle: Ven Señor Jesús, quedate con nosotros porque te necesitamos, quizas hoy más que nunca. Nuestro corazón quiere ser este año ese pesebre sencillo donde vos puedas nacer y llenarme el corazón de vida como siempre lo haces cuando te abrimos las puertas.
Que así sea.