15 de noviembre de 2011

Guia de los ritos iniciales de la Misa de Cristo Rey





Último Domingo del Tiempo « Durante el Año »
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO


SOLEMNIDAD


A. RITOS INICIALES: GUIÓN


1. Reunido el pueblo, el sacerdote se dirige al altar, con los ministros, mientras se entona el canto de entrada o se recita por G. y fieles



Antífona de entrada Ap 5, 12; 1, 6
G. y ASAMBLEA

El Cordero que ha sido inmolado*es digno de recibir el poder y la riqueza,


*la sabiduría, la fuerza y el honor. * A él pertenecen la gloria y el imperio para siempre.


G. o Coro o Grupo de Lectores


Tu trono está afianzado firmemente*en tu templo te glorifican los santos Señor


G. y ASAMBLEA


El Cordero que ha sido inmolado*es digno de recibir el poder y la riqueza,


*la sabiduría, la fuerza y el honor. * A él pertenecen la gloria y el imperio para siempre.



Cuando llega al altar, habiendo hecho con los ministros una inclinación profunda, o la genuflexión si el sagrario está en el presbiterio, venera el altar con un beso y, si es oportuno, inciensa la cruz y el altar, e imágenes o reliquias expuestas que están dentro del presbiterio. Después se dirige con los ministros a la sede con sus manos juntas. Nunca se queda en el altar.

Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras el sacerdote,
vuelto hacia el pueblo, porque se supone celebra ad orientem, dice:



G: Notemos cuál debe ser la postura tradicional de las manos y dedos al signarnos.
En el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo.

El pueblo responde: Amén.


2. Después el sacerdote, extendiendo y cerrando a tiempo las manos, saluda al pueblo, diciendo: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo


estén con todos ustedes


O bien:


G: No descuidemos el saludo tradicional del Rito Romano para uso de presbíteros y diáconos El Señor esté con ustedes. _______________________________________________________

El obispo, en vez de las anteriores fórmulas, en este primer saludo dice:


Este es el saludo tradicional del Rito Romano para uso de obispos
La paz esté con ustedes.


______________________________________________________


El pueblo responde: Y con tu espíritu.


3. El sacerdote o el diácono, u otro ministro, puede hacer una monición muy breve para introducir a los fieles en la Misa del día.


Mis Hermanos: Hoy es el último domingo del año litúrgico. Que Cristo Rey del Universo nos transforme para que podamos consagrarle todo lo que somos, hacemos y tenemos. Así Jesucristo llegará a ser realmente “todo en todos”.

Acto penitencial


El domingo, especialmente en el tiempo pascual, en lugar del acto penitencial habitual, en algunas ocasiones puede hacerse la bendición y aspersión del agua en memoria del Bautismo, como aparece en el Apéndice II.


4. A continuación se hace el acto penitencial, al que el sacerdote invita a los fieles, diciendo: FÓRM. I


Hermanos:
Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.

Se hace una breve pausa de real oración en silencio. Después, todos hacen en común la fórmula de la confesión general:
Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante ustedes, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión;


Y, golpeándose el pecho 3 veces con las puntas juntas de todos los dedos, dicen:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.


Luego, prosiguen:
Por eso ruego a santa
María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos
y a ustedes, hermanos,
que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.



Sigue la absolución del sacerdote nunca destinada a nuestros pecados mortales.



Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.


El pueblo responde: Amén.


7. Siguen las invocaciones: Señor, ten piedad (Kyrie eléison), si no se han dicho ya en alguna de las fór-mulas del acto penitencial. La tradición romana las ha conservado, sin traducirlas al latín, en el griego de la 1ª comunidad cristiana. Por tanto, también pueden conservarse en griego para la misa en castellano.


G. Señor, ten piedad o Kyrie eleison R. Señor, ten piedad o Kyrie eleison
G. Cristo, ten piedad o Christe eleison R. Cristo, ten piedad o Christe eleison
G. Señor, ten piedad o Kyrie eleison R. Señor, ten piedad o Kyrie eleison

8. A continuación, cuando está prescripto, se canta o se dice el himno angélico “antiquísimo y venerable”, cuya letra es INALTERABLE en cuanto perteneciente al Ordinario:


G: Notemos que, como siempre, al nombre de “Jesús” se hará inclinación de cabeza cuando la forma es recitada (pero también de hombros cuando la forma es cantada). Este himno habitualmente debería cantarse y tanto en el canto como en la recitación puede ejecutarse por todos o alternándolo a 2 coros.



Gloria a Dios en el Cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos,
te bendecimos, te adoramos,
te glorificamos, te damos gracias.
Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso.
Señor Hijo único
, Jesucristo,
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre:
Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros:
porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo
, Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén.


9. Acabado el himno, el sacerdote, con las manos juntas, dice: Oremos.
Y todos, junto con el sacerdote, oran
realmente en silencio durante un breve espacio de tiempo.
Entonces, el sacerdote, con las manos extendidas
pero cerrándolas para la conclusión, dice la oración colecta, que cierra los Ritos Iniciales y desde la primera reforma del Misal es siempre única.



Oremos.

Dios todopoderoso y eterno,
que quisiste restaurar todas las cosas por tu amado Hijo, Rey del universo,
te pedimos que la creación entera, liberada de la esclavitud del pecado,
te sirva y te alabe eternamente.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo


en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.


Al final de la cual, el pueblo aclama: Amén.



14 de noviembre de 2011

La Eucaristía en el pensamiento de San Francisco de Asís


“AL SERVICIO DE UN REY PERENNE”
por Constantino Koser, o.f.m. (1918-2000) que fuera Ministro General de la orden de Franciscanos Menores (1965-1979) y Padre Conciliar en el Concilio Vaticano II

San Francisco, en su caballería seráfica, no sirvió a un Rey distante, ante el cual no podía comparecer con frecuencia. Por el contrario, púsose al servicio de un Rey perennemente presente. Dios Uno y Trino está siempre presente. Es una de las verdades fundamentales de la fe cristiana. Pero esta presencia no es "sentida" de la misma manera por todos. Parece como que para San Francisco no existían los velos que encubren la presencia de Dios, sino que eran absorbidos por los ardores de la caridad más inflamada en la fe más perspicaz.

Esta misma fe y esta misma caridad hacían que San Francisco se dirigiese con especial cariño al sacramento del altar, ya que en él se concreta una presencia especialísima de su Rey. Es principalmente una presencia de la santa humanidad de Cristo, unida inseparablemente a la segunda persona de la Santísima Trinidad. De acuerdo con las verdades que había descubierto en los planes divinos, San Francisco consagraba al Hombre-Cristo todo el ardor de su alma. No habría sido coherente si no hubiese tenido una devoción especialísima a la Eucaristía. Y no le faltó esa coherencia en su fe, en su amor, en su devoción, en su consagración.


Su actividad para con la Eucaristía traduce de un modo elocuentísimo su fe eucarística verdaderamente católica. Tener fe en esa época en que mal empezaban a esbozarse herejías sobre la presencia real, no era algo muy difícil. El Serafín de Asís se singularizó, por tanto, en la actividad coherente con la fe y en la profundización de las verdades eucarísticas, profundización esta que se tornó en fuente de una concepción teológica propia y especial de este misterio. Bien evolucionada y bien fundamentada, viene a encontrarse ya en Duns Escoto.

Para San Francisco -como para todo hombre que quiera considerar objetivamente la Eucaristía-, estaba en primer plano y con preeminencia absoluta el dogma de la presencia real. A la fe vivísima en esta presencia unía un recuerdo intensísimo e ininterrumpido, y de esta fe, unida a este recuerdo, es de donde brotan las actitudes que tomó. La fe no era solamente vivísima sino también muy esclarecida, como se ve por este pasaje en donde explica la insignificancia de los velos que esconden a las miradas corporales el Cristo Eucarístico: «Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). El Padre habita en una luz inaccesible, y Dios es espíritu, y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). Por eso no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). Pero ni el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra manera que el Espíritu Santo. De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan, como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55)» (Adm 1,11). Los velos del misterio eucarístico no son una barrera para los ojos penetrantes de la fe y del amor del Serafín de Asís: como ve espiritualmente el sacramento, de la misma manera ve realmente el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, ve al Rey a quien juró fidelidad caballeresca.

Esta viveza de la fe fue una de las características más evidentes del espíritu de San Francisco. Fruto de ella fue el dedicarse en cuerpo y alma, todo por entero, al servicio de la Eucaristía. Aún en el Testamento renueva la profesión de esta misma fe viva e intensa, hablando de la honra y veneración tributada a los sacerdotes: «Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros» (Test 10). En su fe veía "corporalmente" a su Rey, Cristo-Hombre y Cristo-Dios, presente en los tabernáculos, y como caballero consagrado le presentaba las más altas honras. En la Eucaristía concentraba los más altos arrobos de su amor, haciendo verdaderamente de ella un centro de toda su vida, de todo su apostolado y de toda santidad. Mandó que de manera semejante fuese el centro de la Orden que dejaba en el mundo.

Cuando meditaba en la razón de ser de la Eucaristía se abismaba con grandes ardores del alma en el amor de Cristo Jesús. Este amor de Cristo a las almas fue tan grande que hizo del Sacramento del Altar una de las condiciones necesarias para la salvación de las mismas. San Francisco se lo decía a todos y principalmente a sus hermanos, y no se cansaba de repetir las palabras con que el mismo Jesús, junto al lago de Genesaret, insistió sobre la necesidad de la comunión (cf. Jn 6). A sus hermanos y hermanas de las tres Ordenes prescribió rigurosamente que comulgasen varias veces en el año, no contentándose con el mínimo de comuniones que fueron disminuyendo siempre más en la época en que él vivió, hasta el punto de que la Iglesia se vio obligada a señalar como ley explícita la Comunión Pascual (Denz. 437). Con tan poco no se podía satisfacer el amor caballeresco de San Francisco, por lo cual prescribió tres comuniones por lo menos a los hermanos y hermanas de la Tercera Orden. Para los hermanos de la Primera Orden no señaló el número de comuniones, pero quiso que fuese grande (1 R 20).

Veía en la comunión el alimento por excelencia de toda santidad. Sin comunión no hay santidad posible. Con la comunión no hay ninguna que no pueda ser alcanzada. La preparación para recibir la comunión, la vida apta para recibirla muchas veces y, principalmente, una vida digna de la comunión recibida, son en realidad los medios más eficaces de la santidad y constituyen la cooperación debida a las gracias del sacramento. Tanto estimaba San Francisco la comunión, tanto creía en la necesidad de este sacramento para la salvación y la santidad, que su falta le parecía equivalente a una perniciosísima ceguera: «Pero todos aquellos que... no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo... están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 63-66).

Lo que de manera especialísima impresionaba su alma caballeresca fueron el amor y la humildad de Cristo, al ponerse así a la disposición de los hombres. Él, el Rey y Señor, vienen para ser el alimento de los suyos, un medio de santificación, una de las condiciones de la salvación. «¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él» (CtaO 26-28). Así escribía él a sus hermanos de hábito reunidos en capítulo. Toda esta maravilla de la condescendencia de Dios y de la humildad de Cristo era para San Francisco tanto más admirable cuanto que era una maravilla de amor. Fue por amor por lo que Dios se rebajó tanto; por lo que Cristo se transformó en alimento; por lo que se hizo medio de salvación; por lo que está presente día y noche en tantos tabernáculos. ¿Cómo, pues, hubiera podido permanecer insensible el sensibilísimo y ardoroso corazón del Caballero de Asís?

La Orden heredó de San Francisco la concentración del alma en la Eucaristía como punto central de fe, de piedad, de todo. Si la teología franciscana, de la misma manera que lo hacía San Francisco, da el primer lugar, entre sus misterios esenciales y nocionales, a Dios Uno y Trino, a Cristo con las maravillas del plan divino, así también enseguida en la escala de valores coloca los misterios de la Eucaristía. Asimismo tiene como característico de la teología eucarística el partir de los propios datos de la revelación, procurando una profundización teológica y una sistematización, no partiendo de principios filosóficos, sino mediante una filosofía construida a partir de los misterios. En esta forma la teología eucarística de la Orden Franciscana, tal como se encuentra, por ejemplo, en Duns Escoto, significa un avance notable en la penetración del misterio. Percíbese también así la caballerosidad seráfica, que, sin temor a las dificultades, entra resueltamente en el terreno difícil y laborioso de estos misterios y consigue conquistar trofeos maravillosos, que son otros tantos incendios para el amor seráfico.

Una de las principales conquistas de este caballerismo teológico-eucarístico fue un concepto más profundo y más exacto acerca de la misma presencia de Cristo. Duns Escoto rompió con los principios demasiado estrechos de Aristóteles sobre la posibilidad de las multiplicaciones sustanciales de los cuerpos, y con distinciones sutilísimas, pero admirablemente acomodadas al asunto, ideó un modo según el cual se puede por lo menos entrever la posibilidad de que Cristo se haga realmente presente sin asumir una nueva materia: un modo de entrever la posibilidad de que en la Eucaristía se haga presente el mismísimo e idéntico Cristo que está sentado a la derecha del Padre. La identidad del Cristo Eucarístico con el Cristo de la Gloria no es un problema en la teología de Duns Escoto, sino un trofeo firmemente conquistado. Además de esto, el doctor Sutil excogitó aún una doctrina mediante la cual resulta de algún modo inteligible el hecho de que todo Cristo-Hombre esté presente con todo su Cuerpo y con todos sus accidentes cuantitativos y en una forma tal que pueda ejercer su actividad connatural. En esta forma es posible aproximarse muchísimo a la realidad eucarística en comprensión y en relación vivida. En la Eucaristía no se entiende que esté presente un Cristo resultante de la transubstanciación, sino el mismo Cristo que está en el cielo; lo cual es ciertamente un dogma, pero para otros sistemas teológicos constituye también un problema. Ni está presente un Cristo disminuido y coartado por el solo modo sustancial de la presencia, sino el Cristo en el modo normal de sus accidentes de extensión interna, aunque sin extensión externa de conmensuración. De esta suerte se sabe que Él está allí con su corazón palpitante, con su alma henchida de amor, con sus ojos amorosos para contemplar a los que se acercan devotamente a su tabernáculo. Se sabe que este Jesús, tal cual y en cuanto está presente en la Eucaristía, no está condenado a la inactividad, sino que puede obrar y obra de hecho sobre los hombres, los ama, prodiga a las almas sus riquezas, las auxilia, las ve, las ama, les habla, y todo esto exactamente en cuanto está presente de modo eucarístico. Todo esto, sin embargo, aunque no sea visto con los ojos corporales.

Los teólogos franciscanos no se cansan de contemplar y escudriñar los milagros sin cuento que Cristo realiza en su Eucaristía, haciendo de ella verdaderamente un maravilloso palacio, aunque sirviéndose de las más imperceptibles e insignificantes apariencias. La fe, ayudada por el amor, no contempla tanto las insignificancias, cuanto las grandezas eucarísticas realizadas por el amor.

Además de ser un medio de salvación y de santidad, la Eucaristía es una anticipación de la consumación propia, es la propia finalidad, es el mismo cielo. El cielo no es sino Dios mismo Uno y Trino en posesión de amor, y en la Eucaristía, al menos durante los instantes de la presencia sacramental en el alma, se posee a Dios Uno y Trino. Esta anticipación pasajera del cielo, que es uno de los más estupendos milagros del amor de Cristo, debe conducir a los afectos más fervorosos. Hay que meditar en estos misterios, para que así se desvanezcan más y más los velos de la fe. Cuanto más se medite y contemple, más se conseguirá en la imitación de San Francisco por lo que hace a su fe viva y a su encendida caridad.

Tan profunda y viva teología no podía dejar de producir, tanto en San Francisco como en la Orden Franciscana, una piedad eucarística muy intensa. Y realmente sucedió así. El santo Patriarca vio que la forma de piedad eucarística más conforme con los designios de Cristo era la asistencia piadosa y activa a la misa mediante la comunión. Por eso no dejaba pasar un solo día sin asistir a una o varias misas, comulgando siempre que podía. Así lo atestiguan las antiguas crónicas franciscanas. Quería que no pasase ningún día en los conventos sin que se celebrara el santo sacrificio, aunque se atuvo a la costumbre entonces vigente en la Iglesia de celebrar diariamente una sola misa en comunidad, comulgando los demás sacerdotes more laicorum: «Amonesto por eso y exhorto en el Señor que, en los lugares en que moran los hermanos, se celebre solamente una misa por día, según la forma de la santa Iglesia. Y si en un lugar hubiera muchos sacerdotes, que el uno se contente, por amor de la caridad, con oír la celebración del otro sacerdote; porque el Señor Jesucristo colma a los presentes y a los ausentes que son dignos de él» (CtaO 30-32).

Si por una parte recomendaba la comunión frecuente, por otra no dejaba de encarecer la necesidad de la comunión digna. Esto, por lo demás, no es sino una consecuencia de su amor caballeresco a Cristo. Porque, ¿cómo podía un caballero de Cristo presentarse a la comunión, a recibir al Rey y Señor Jesús, teniendo en su alma la infidelidad de la traición y de la deserción? ¡Y cuánto no deberá esmerarse en tener un amor ardiente quien siendo caballero se acerca a la sagrada mesa! San Francisco sabía muy bien que el amor reside en la voluntad y que los sentimientos de por sí no valen nada. Por eso, cuando exigía un amor ardiente en los corazones, pensaba en un amor de consagración y de fidelidad comprobada con hechos, o sea, el amor que depende de la voluntad.

San Francisco insistía más que todo en la celebración digna del santo sacrificio de la misa. A los sacerdotes de su Orden les escribió estas maravillosas palabras: «Ruego también en el Señor a todos mis hermanos sacerdotes, los que son y serán y desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre que quieran celebrar la misa, puros y puramente hagan con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres (cf. Ef 6,6); sino que toda la voluntad, en cuanto la gracia la ayude, se dirija a Dios, deseando agradar al solo sumo Señor en persona, porque allí solo él mismo obra como le place» (CtaO 14-15).

A todo esto San Francisco unía además el culto eucarístico que pudiera llamarse "secundario": la adoración del Santísimo fuera de la misa y con ocasión de la comunión. Con toda el alma y con todo el ardor se postraba delante de los tabernáculos y rendía su homenaje de fidelísimo y devotísimo vasallo al altísimo Señor del cielo y de la tierra. Y para que esta su devoción eucarística fuese tanto más fervorosa y tanto más constante, procuraba conocer bien los misterios de la Eucaristía y recomendaba insistentemente a los frailes y a todos los hombres la frecuente meditación y contemplación de los mismos. Su devoción se manifestaba de modo particularmente caballeresco y delicado en cuanto emprendía para conservar y guardar bien los vasos sagrados y todo lo que estuviese en relación con el Santísimo. En sus jornadas apostólicas, por ejemplo, yendo de aldea en aldea, visitaba las iglesias y capillas abandonadas, barriéndolas y embelleciéndolas (EP 56). Él, el pobre de los pobres y que a la pobreza la había hecho su esposa, adquiría y enviaba copones preciosos y ornamentados a las iglesias pobres, e instrumentos bien construidos y bellos trazados para confeccionar hostias bellas y blancas (EP 65). Recomendaba que se conservasen escrupulosamente limpios los manteles de los altares, y de esto hablaba discreta pero insistentemente a los sacerdotes. No predicaba al pueblo sin antes haber tenido cuidado, según sus fuerzas y los bienes de que disponía y que le habían sido dados para este fin, acerca de la morada del altísimo Señor en la Eucaristía. Todo cuidado le parecía poco y toda riqueza le parecía pobre por demás para alojar decentemente en palacio precioso y artístico al Rey de Reyes. Que los vasos empleados en la misa fueran buenos y preciosos, lo mismo que aquellos en los cuales se hacía la reserva. Lloraba amargamente el desprecio de los cristianos, y mucho más el de tantos sacerdotes, para con el adorable sacramento, y cuando veía a su Señor abandonado y en la miseria de capillas en ruinas, de tabernáculos inmundos, de vasos indignos, de lugares impropios, entonces permanecía inconsolable en su presencia. Hacía cuanto podía, en todas partes y con el máximo empeño, no sin ingentes sacrificios, para que el Santísimo fuese dignamente conservado, recibido con ardor y adorado con profunda humildad.

En todas las iglesias y donde quiera que encontraba la Eucaristía, este juglar caballeresco de Cristo se detenía a adorar y a cantar con el corazón inflamado las alabanzas y las glorias, la magnificencia, la humildad y la cortesía de su Rey y Señor. Escogía con preferencia las iglesias pobres y abandonadas, en donde la Eucaristía era menos adorada, a fin de pagar de este modo a Cristo el amor que le negaban los hombres. Con el ardiente celo de su corazón pretendía abarcar todos los tabernáculos de una vez, rezando esta oración, que directamente se dirige a la santa cruz: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (Test 5).

Así desarrolló San Francisco un enorme apostolado eucarístico. Casi todas las cartas que quedan de él se refieren a este tema, y con ternura e insistencia delicadas y corteses aconseja que se ame, se alabe, y se reciba dignamente a Cristo en la Eucaristía. Estas cartas fueron escritas cuando ya el santo no podía viajar y predicar a los hombres y a sus frailes. Quería entonces hablarles al menos mediante la palabra escrita. De estas cartas puede deducirse que tampoco en sus predicaciones faltaron estos puntos: la insistencia de recibir dignamente el Sacramento del Altar, de que se respetaran y adornaran los tabernáculos, de que se pusiese todo cuidado a todo lo que hacía referencia al Santísimo.

Lo que caracteriza la actuación de San Francisco en relación con la Eucaristía no es una doctrina nueva, ni tampoco el haber profundizado en doctrinas antiguas. Es simplemente la coherencia perfecta de la vida con la fe, dentro de la mentalidad de la caballería seráfica. Siendo caballero de Cristo Rey, y caballero más que todo de amor, no podía dejar de tomar actitudes de caballero dondequiera que encontrase a su Rey. Y de una manera especial e intensa, maravillosa y delicada, lo encontró en la Eucaristía, en todos los sagrarios esparcidos profusamente sobre el haz de la tierra. Lo encontró en la comunión y lo encontró en la misa. Pero lo encontró de hecho... Para San Francisco el dogma eucarístico no fue únicamente una verdad profesada como verdad, sino que fue un elemento de fe viva que irrumpió intensísimamente en su vida, con la fuerza inmensa de su voluntad y de su emotividad fácil de inflamarse.

De esto nos convencen sus palabras: «Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al útero de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos (cf. Mt 28,20)» (Adm 1,14-22).

[Constantino Koser, O.F.M., El pensamiento franciscano. Madrid, Ediciones Marova, 1972, págs. 183-193]

10 de noviembre de 2011

10 de Noviembre: San León Magno, Papa y Doctor de la Iglesia

La Eucaristía es a la vez la “comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo” (Sermón 54) y el verdadero holocausto ofrecido a Dios (Sermón 58), el Sacramento, o signo sensible de la Pasión y de la muerte del divino Salvador Sermones 59, 9l; Carta 9).

El pontificado de San León Magno (440-461 ) se desarrolló durante un periodo histórico turbulento. Dos eran los peligros que acechaban principalmente a la Iglesia: uno externo, la presión de los pueblos germánicos, en su mayoría paganos—que resquebrajaban el Imperio; y otro interno, el peligro de cisma por la influencia del monofisismo. San León fue quien detuvo a Atila y a sus huestes a las puertas de Roma, convenciéndoles a retirarse; sin embargo, poco pudo lograr
frente a las violencias de los vándalos. En el campo eclesial, su
Epístola a Flaviano, dirigida al Patriarca de Constantinopla, tuvo
una importancia decisiva en las definiciones del Concilio de
Calcedonia (451), donde se condenó la herejía monofisita, que
había llegado a difundirse mucho por Oriente. Además de esta
larga carta dogmática (una de las más famosas en la historia de
la Iglesia), San León redactó otras muchas. Su epistolario
comprende 173 cartas, en su mayor parte escritos dogmáticos,
disciplinares y de gobierno. Es característico de sus su estilo
conciso y elegante, que une a la brevedad una gran riqueza de
imágenes.

Esta misma preocupación por exponer la verdadera doctrina
cristiana se refleja en sus Homilías, predicadas al clero y al
pueblo romano con ocasión de las principales fiestas del año
litúrgico. Para San León, el ciclo litúrgico tiene una importancia
capital en la vida cristiana. La liturgia es como una prolongación
de la vida salvífica de Cristo en la Iglesia, su Cuerpo Místico.
Los cristianos, configurados con el Señor por medio de los
sacramentos, deben imitar la vida de Jesucristo en el ciclo anual
de las celebraciones. De las noventa y siete homilías que nos
han llegado, nueve corresponden al ayuno de las témporas de
diciembre, que más tarde formarían parte del Adviento, y doce a
la Cuaresma. El resto se centran en los principales
acontecimientos del año litúrgico: Navidad, Epifanía, Semana
Santa, Pascua, Ascensión y Pentecostés. No faltan algunas
predicadas en la fiesta de los Santos Pedro y Pablo y de San
Lorenzo.


9 de noviembre de 2011

Hasta el 8 de Diciembre: Mes de María

A lo largo de este mes mariano estamos invitados a ofrecer el santo sacrificio de la Misa en honor a nuestra Madre. La Iglesia tiene la sagrada costumbre de ofrecer Misas en honor de la santísima Virgen María. Es una práctica que se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se ofrecían Misas por los mártires en los aniversarios de su muerte. Nos damos perfecta cuenta que no puede ofrecerse la Misa a una criatura, que sólo puede ofrecerse a Dios. Pero es grato a Dios que honremos a su Madre, haciendo una conmemoración especial a Ella. Damos gloria a Dios honrando la obra maestra de su gracia: LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. Cuando ofrecemos la Misa en honor a la Virgen María, pedimos a Ella que se una a nosotros para dar Gloria a Dios, y pedimos a Dios que nos conceda las gracias que solicitamos por la intercesión de nuestra Madre celestial.

Meditación de San Juan de Avila (1500 - 1569)

Del beneficio que nos hizo el Señor en el Pan eucarístico

¡Oh manjar divino, por quien los hijos de los hombres se hacen hijos de Dios y por quién vuestra humanidad se mortifica para que Dios en el alma permanezca!

¡Oh pan dulcísimo, digno de ser adorado y deseado, que mantienes el alma y no el vientre; confortas el corazón del hombre y no le cargas el cuerpo; alegras el espíritu y no embotas el entendimiento; con cuya virtud muere nuestra sensualidad, y la voluntad propia es degollada, para que tenga lugar la voluntad divina y pueda obrar en nosotros sin impedimento!

¡Oh maravillosa bondad que tales gracias quiso hacer a nosotros, miserables hombres! ¡Oh maravilloso poder de Dios, que así puso, debajo de especie de pan, su divinidad y humanidad y partirse él en tantas partes, sin padecer él detrimento en sí!

¡Oh maravillosa sabiduría de Dios, que tan conveniente y tan saludable medio halló para nuestra salud! Convenía, sin duda, que por una comida habíamos perdido la vida, por otra la recobrásemos, y que así como el fruto de un árbol nos destruyó a todos, así el fruto de otro árbol precioso nos reparase a todos. Venid, pues, los amadores de Dios y acercaos a esta Mesa sagrada.

5 de noviembre de 2011

Hora Santa: YO SOY LA VIDA



“Yo soy la Vida”

“¡No tengan miedo de mirarlo a Él! ¿Qué ven? Miren al Señor: ¿qué ven? ¿Es solo un hombre sabio? ¡No! Es más que eso. ¿Es un profeta? ¡Sí! Pero más aún. ¿Es un reformador social? Mucho más que un reformador, mucho más. Miren al Señor con ojos atentos y descubrirán en Él el Rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia. La de cada uno. Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de El sólo hay oscuridad y muerte. Ustedes tienen sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Búsquenla y hállenla quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma. Este es, amigos míos, el mensaje de vida que el Papa quiere transmitir: ¡Busquen a Cristo! ¡Miren a Cristo! ¡Vivan en Cristo!” (Beato Juan Pablo II)

La contemplación Eucarística no es otra cosa que la capacidad, o mejor aún, el don de saber establecer un contacto de corazón a corazón con Jesús presente realmente en la hostia, y a través de Él, elevarse hasta el Padre en el Espíritu Santo. Son dos miradas que se cruzan, que se encuentran: nuestra mirada sobre Dios y la mirada de Dios sobre nosotros. Si a veces se baja nuestra mirada o desaparece, nunca ocurre lo mismo con la mirada de Dios. Adorar no es simplemente hacerle compañía a Jesús, estar bajo su mirada: ¡Él nos mira! ¡Él me mira!
Recordemos que es la Virgen quien nos trae la Presencia de Jesús para cada uno de nosotros. María nos trae a Jesús: para que Él esté en medio nuestro, para que podamos mirarlo, para que sea nuestro Rey, el Señor de nuestra vida, para que el mismo Hijo de Dios sea nuestra vida. Y así como el ángel le hizo a María el mejor de los saludos, “El Señor está contigo”, así ahora Dios estará con nosotros. ¡El Señor estará con nosotros! Demos ahora ese salto de fe y creámosle a Dios, creamos en las palabras que Él dijo por medio de un sacerdote al consagrar el Santísimo Sacramento que ahora vamos a adorar: “Esto es mi Cuerpo. Estas es mi Sangre”. Los invito, entonces, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él nuestras preguntas y a escucharlo. Confiados hasta la audacia en la Misericordia y Providencia de Dios, digámosle juntos a Jesús:
“Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
“Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
“Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
Recibimos a Jesús Eucaristía cantando...

Alabanza
Se podría decir que nuestra vida espiritual vale lo que vale nuestra piedad eucarística, nuestra vida eucarística. O sea, la Eucaristía es, sin ninguna duda, el centro, la raíz (lo dice el Concilio Vaticano II), el culmen de la vida cristiana. En la Eucaristía recibimos todos los dones, es pura gratuidad, se nos da, no se nos quita nada, se nos regala. A veces creemos que por ir a Misa tenemos que dar, perder, media hora, una hora. Y no, no es perder algo, es que Todo se te da. Jesús no pide nada. Nos da. La Eucaristía es pura gratuidad.
En la Eucaristía, Jesús sigue dándonos su misma Vida; con casi nada, pan y vino, nos lo da Todo, porque se da a Él mismo. Aquella noche de la última cena es la noche en la que queda sellado para siempre el amor de Dios entre nosotros, para siempre. El Amor al hombre empujó a Dios a encarnarse, es decir, a nacer entre nosotros en el vientre de María. Jesús se olvidó de su condición divina y se hizo hombre. El Amor es así: no tiene en cuenta más que el ser amado. Incluye un olvido de sí mismo que va mucho más allá de lo pensable. Y esta inmolación por amor que empezó en la Encarnación, culmina en la Cruz y, por la Resurrección, trasciende lo temporal llegando a todos los hombres gracias a la Eucaristía. Es que la Eucaristía sintetiza la totalidad del don de Dios, es Jesús que se nos entrega, que nos da su Vida, es Él mismo, es Jesús personalmente. La Eucaristía es Jesús. Es la Presencia de Jesús para nosotros, para mí, ya que el amor exige la presencia del ser amado; por eso Jesús se queda en la Eucaristía, para amarnos y para amarlo. Jesús se queda en la Eucaristía porque quiere salvarnos también a nosotros. Es la presencia de Dios que nos acompaña, que nos sana, que nos salva y nosotros también necesitamos esa presencia en el caminar de nuestra vida.
Nosotros ya conocemos a Jesús, por eso estamos acá, porque Él nos acompaña a lo largo de nuestra vida y lo seguirá haciendo. Porque Él es Jesús, nuestro Buen Pastor, Él es nuestra Salvador, Él es el Camino y la Verdad y Él es nuestra VIDA. Los invito a que lo alabemos en la Eucaristía con ese nombre que más nos lleva a alabarlo:
(Vamos proclamando en vos alta y espontáneamente los nombres de Jesús con que lo queremos adorar)
Cantamos con fe...

Perdón
Al acercarnos al Santísimo Sacramento expuesto podemos pensar que debemos hacer un gran esfuerzo por encontrarnos con el Señor, que debemos disponer todas nuestras capacidades para hacer de ese rato de oración algo magnífico. Y, sin embargo, cuando nos acercamos a la Eucaristía, no nos damos cuenta de que ya hay Alguien orando. Porque la Eucaristía en sí es oración. Ante la Eucaristía nos vemos casi obligados a hacer silencio. Nosotros no tenemos más que unirnos a esa oración, sin ningún esfuerzo. La Eucaristía es Jesús y Jesús es nuestro sumo y eterno Sacerdote, Aquel que vive para interceder por nosotros ante el Padre. En la Eucaristía ya hay alguien rezando: Jesús. ¡Qué lindo es descansar en la oración de Jesús, sobre todo en aquellos días en los que estamos más cansados o distraídos y en los que creemos que no estamos rezando! Y otra vez en nuestra debilidad triunfa su grandeza, porque ¿qué más lindo y agradable para el Padre que la oración de Jesús?
Es difícil no temerle a la propia debilidad, pero el misterio de la Eucaristía nos invita a eso. Dios se hace frágil para que ya no temamos la pobreza de sabernos necesitados del cuidado del Padre. No tengamos miedo de mirar nuestra debilidad ahora, porque estamos delante de Jesús. Aunque el Señor lo sabe todo, quiere que, con la misma confianza de Marta, que cuenta la gravedad del estado de su hermano: “Señor, el que tú amas, está enfermo”, le digamos cuáles son nuestros pecados, todo lo que nos hace no estar firme en Él. Y el Señor espera que tengamos la misma fe de esta mujer: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Por eso ahora los invito a mirarnos con los ojos de Jesús y reconocer nuestro propio pecado, las ofensas concretas a Dios y también la necesidad que tenemos de Él. Creamos que Él es la resurrección para nuestras zonas de muerte y de pecado. Creámosle que Él es la Vida.
(Tiempo personal en silencio)



Una Palabra
En el Evangelio según san Juan se narra la resurrección de Lázaro, donde Jesús se manifiesta como la verdadera Vida. Todos los gestos y palabras del Señor expresan ese Amor que Él siente por los hombres. Él es el Señor de la Vida que sale a nuestro encuentro en el momento oportuno. Por eso, meditando este pasaje del Evangelio, roguemos al Señor que nos salga al encuentro con una Palabra, pidámosle a Jesús una palabra para nuestra vida hoy:

“Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo». Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?». Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!». Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?». Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y le dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: « ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.”

Intercesión
Quizás muchos de nosotros hayamos tenido que renunciar a ciertas cosas para estar hoy acá y optar por Jesús. Pero qué lindo es descubrir que, en realidad, es Jesús quien planeó este encuentro entre Él y cada uno de nosotros; descubrir que es Él quien nos eligió y amó primero. Pero, como todo don de Dios, no es solamente para nosotros mismos; porque, como la Virgen, cuando recibió en su seno a Jesús, la verdadera Vida, nos vemos necesitados de darlo a los demás para que Dios sea Todo en todos, para que sean muchos los que en Él tengan Vida.
Nos dice nuestro querido Benedicto: “El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios”. Y hoy, concretamente, ¿cómo podemos entregar a Dios al mundo; hoy, desde este retiro? Cada domingo, cuando profesamos nuestra fe, decimos que creemos en la comunión de los santos. Esto se refiere no solamente a la unión que tenemos con nuestros hermanos mayores (los santos canonizados, que ya están en el Cielo, contemplando al mismo Jesús presente en la Eucaristía que nosotros estamos adorando), sino que también se refiere a la unión con nuestros hermanos con los que aún peregrinamos en esta tierra. Por eso, adentrémonos en la comunión de los santos, un verdadero misterio, pero también una realidad en la que creemos, y pongamos a los pies de Jesús todas nuestras intenciones y acciones de gracias, presentándole nuestra vida y la de tantos que Él puso en nuestro camino, respondiendo a cada intención: “Escucha, Señor, nuestra oración”


Tantum Ergo

Tantum ergo Sacramentum
Veneremur cernui:
Et antiquum documentum
Novo cedat ritui:
Praestet fides supplementum
Sensuum defectui.
Genitori, Genitoque
Laus et jubilatio,
Salus, honor, virtus quoque
Sit et benedictio:
Procedenti ab utroque
Compar sit laudatio.
Amen.
Tan sublime Sacramento
adoremos en verdad,
que los ritos ya pasados
den al nuevo su lugar.
Que la fe preste a los ojos
la visión con que mirar.
Bendición y gloria eterna
a Dios Padre creador,
a su Hijo Jesucristo,
y al Espíritu de Amor,
demos siempre igual
gloria, alabanza y honor.
Amén.




Cantamos a la Virgen…

3 de noviembre de 2011

El núcleo del Misterio de la Iglesia

De la Carta Encíclica “ECCLESIA DE EUCHARISTIA VIVIT”
del Papa Juan Pablo II, beato.

“La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.
Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ». « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ». Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.”