30 de octubre de 2011

En la Eucaristía participamos de la Vida de Dios

 La comunión no es simplemente comer la hostia. Ése es sola el gesto exterior. Lo que se realiza en el sacramento de su cuerpo y de su sangre es entrar en comunión con Cristo recibiendo su vida.
Cuando Jesús nos da su vida y nos entrega su Cuerpo y su Sangre, no lo hace como lo haría un animalito del que nos alimentamos. Cuando comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre, la vida de Jesús toma posesión de nosotros y de nuestra vida.
Y llega a suceder lo que san Pablo decía: - ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. ¡Qué fuerte!: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Como podría decir la tierra en la que se ha sembrado un carozo: ya no vivo yo, es el árbol quien vive en mí. El árbol ha tomado posesión de este trozo de geografía y ahora es él el que vive en esa tierra que recibió.
Comulgar, queridos jóvenes, es participar de la Vida de Dios. Jesús llega a decir: quien no come mi cuerpo y no bebe mi sangre no tiene vida eterna. Está viviendo, sí, este trozo de vida que ama y no quiere perder. Pero no tiene la Vida que perdura. Si queremos que cuando termine, esta vida continúe, tenemos que aceptar en nosotros la vida de Dios. Vida que comenzó en el bautismo, la vida del Padre, que es la presencia del Espíritu Santo. Pero para que esa vida crezca y se desarrollo tenemos que alimentarla con la vida de Jesús.
Recibir en mí la vida de Dios tiene exigencias previas. Exigencias previas, como la de la tierra que debe estar medianamente preparada y cuidada para recibir la semilla. No hay que ser santos para recibir el Cuerpo de Cristo. Pero recibimos el cuerpo de Cristo para ser santos, y por eso tenemos que estar abiertos a esa realidad. Si tenemos una falta seria debemos arrepentirnos. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibir en nosotros la vida de Jesús, es una cosa exigente para todos. Si yo recibo la Vida de Dios, y por otro lado estoy viviendo a propósito en pecado, y sin deseos de cambiar ¿qué sentido tiene comulgar su Vida? Tenemos que estar preparados, abiertos, arrepentidos de nuestras faltas, y conscientes de que no somos dignos, y estamos necesitados de su vida. Amamos la vida y no queremos perderla, por eso aceptamos que Jesús nos dé su visa y que esa vida tome posesión de nosotros.
La Eucaristía es memoria, es sacrificio, es comunión, es una ofrenda al Padre y es a la vez una fuente de gracia que viene hacia nosotros. En ella nos apropiamos de la vida de Dios y la hacemos nuestra.
La Eucaristía es la fuente y la meta de todo lo que sucede en la Iglesia. De ella sacan su fuerza los demás sacramentos y la misma vida de la Iglesia. Todos los demás sacramentos nos capacitan para celebrarla dignamente a fin de que la Vida de Cristo vaya llevando a la plenitud la obra de Dios en nosotros. Hasta el día feliz en que podamos reunirnos todos en la casa del Tata Dios para el banquete de la Vida Eterna.

29 de octubre de 2011

La importancia del silencio

 CONDICIONES PERSONALES
PARA UNA PARTICIPACIÓN AUTÉNTICA EN LA SAGRADA EUCARISTÍA.



LA IMPORTANCIA DEL RECOGIMIENTO Y EL SILENCIO




Exhortación apostólica



SACRAMENTUM CARITATIS



DE S.S. BENEDICTO XVI (N.55)



Al considerar el tema de la actuosa participatio de los fieles en la Eucaristía, los Padres sinodales han resaltado también las condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación.
Una de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida.
Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación. En particular, es preciso persuadir a los fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad.
Sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión. No obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el solo hecho de encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual.

27 de octubre de 2011

Jornada Mundial por la Paz

La Eucaristía es la plenitud de diálogo que el hombre puede alcanzar con Dios. Por eso quien vive de la Euacristía también se capacita para dialogar con los hermanos. Compartimos esta intervención del Santo Padre Benedicto XVI para que nos sirva de meditación para adorar al santísimo sacramento:


Jornada de Reflexión, Diálogo y Oración por la Paz y la Justicia en el Mundo.
“Peregrinos de la Verdad, Peregrinos de la Paz”
Intervención del Santo Padre Benedicto XVI
Asís, Basílica de Santa María de los Ángeles
Jueves 27 de octubre de 2011


Queridos hermanos y hermanas,
Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales
y de las Religiones del mundo,
queridos amigos


Han pasado veinticinco años desde que el beato Papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos mundos. En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual. Apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz.
Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.
Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la discordia. A grandes líneas –según mi parecer– se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades. Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia.
A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir – y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza – que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso, se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos. Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.
Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente, poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión – como hemos dicho – ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.
Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado; quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo
La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero, ¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones que hemos hecho hasta ahora. He dicho que hay una concepción y un uso de la religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia.
Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible. Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas. Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para concluir, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».
www.vatica.va

26 de octubre de 2011

Mensaje de Benedicto XVI para la celebración de la XLIV Jornada Mundial de la Paz

Transcribimos el texto de nuestro pontífice sobre la celebración de la Paz. La Eucaristía nos trae a Jesús que es nuestra Paz. De ahí que es el santísimo sacramento del altar el camino privilegiado para alcanzar esto que nos propone el santo Padre:

LA LIBERTAD RELIGIOSA, CAMINO PARA LA PAZ




Vivir en el amor y en la verdad
En un mundo globalizado, caracterizado por sociedades cada vez más multiétnicas y multiconfesionales, las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la familia humana. Sobre la base de las respectivas convicciones religiosas y de la búsqueda racional del bien común, sus seguidores están llamados a vivir con responsabilidad su propio compromiso en un contexto de libertad religiosa. En las diversas culturas religiosas, a la vez que se debe rechazar todo aquello que va contra la dignidad del hombre y la mujer, se ha de tener en cuenta lo que resulta positivo para la convivencia civil. …
Los cristianos, por su parte, están llamados por la misma fe en Dios, Padre del Señor Jesucristo, a vivir como hermanos que se encuentran en la Iglesia y colaboran en la edificación de un mundo en el que las personas y los pueblos «no harán daño ni estrago […], porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar» (Is 11, 9).






La libertad religiosa, camino para la paz
El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social justo y pacífico, a nivel nacional e internacional.
La paz es un don de Dios y al mismo tiempo un proyecto que realizar, pero que nunca se cumplirá totalmente. Una sociedad reconciliada con Dios está más cerca de la paz, que no es la simple ausencia de la guerra, ni el mero fruto del predominio militar o económico, ni mucho menos de astucias engañosas o de hábiles manipulaciones. La paz, por el contrario, es el resultado de un proceso de purificación y elevación cultural, moral y espiritual de cada persona y cada pueblo, en el que la dignidad humana es respetada plenamente. Invito a todos los que desean ser constructores de paz, y sobre todo a los jóvenes, a escuchar la propia voz interior, para encontrar en Dios referencia segura para la conquista de una auténtica libertad, la fuerza inagotable para orientar el mundo con un espíritu nuevo, capaz de no repetir los errores del pasado. Como enseña el Siervo de Dios Pablo VI, a cuya sabiduría y clarividencia se debe la institución de la Jornada Mundial de la Paz: «Ante todo, hay que dar a la Paz otras armas que no sean las destinadas a matar y a exterminar a la humanidad. Son necesarias, sobre todo, las armas morales, que den fuerza y prestigio al derecho internacional; primeramente, la de observar los pactos». La libertad religiosa es un arma auténtica de la paz, con una misión histórica y profética. En efecto, ella valoriza y hace fructificar las más profundas cualidades y potencialidades de la persona humana, capaces de cambiar y mejorar el mundo. Ella permite alimentar la esperanza en un futuro de justicia y paz, también ante las graves injusticias y miserias materiales y morales. Que todos los hombres y las sociedades, en todos los ámbitos y ángulos de la Tierra, puedan experimentar pronto la libertad religiosa, camino para la paz.



24 de octubre de 2011

San Antonio María Claret

 La clave de toda la espiritualidad de San Antonio es el amor al Santísimo Sacramento, que devoró su corazón durante toda su vida. Este amor es el que le hace transformarse en Cristo, en Cristo paciente y sacrificado.

Desde niño acudía con frecuencia a la Santa Misa, reconociendo a Cristo realmente presente en la Eucaristía, fuente de toda su vida.
Dice San Antonio: "Sentía cómo el Señor me llamaba y me concedía el poder identificarme con Él. Le pedía que hiciese siempre su voluntad.”
La vivencia de la presencia de Jesús en la Eucaristía, en la celebración de la Misa o en la adoración de Jesús Sacramentado era tan profunda que no la sabía explicar. “Sentía y siento su presencia tan viva y cercana que me resulta violento separarme del Señor para continuar mis tareas ordinarias".
Un privilegio incomparable del que fue objeto fue la conservación de las especies sacramentales de una comunión a otra durante nueve años. Así lo escribió en su Autobiografía: "El día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la iglesia del Rosario de La Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre día y noche el santísimo sacramento en mi pecho. Desde entonces debía estar con mucho más devoción y recogimiento interior. También tenía que orar y hacer frente a todos los males de España, como así me lo manifestaba el Señor en otras oraciones."
Esta presencia, casi sensible, de Jesús en el P. Claret debió ser tan grande, que llegó a exclamar: "En ningún lugar me encuentro tan recogido como en medio de las muchedumbres".

23 de octubre de 2011

Contemplemos a Jesús con los ojos del espíritu

San Juan Crisóstomo

Enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia sobre la Eucaristía
Tomen y coman, dice Jesús, este es mi cuerpo que se da por ustedes (1 Co 11,24). ¿Cómo no se turbaron los discípulos al escuchar estas palabras? Porque Cristo les había hablado ya mucho sobre esta materia (cf. Jn 6). No insiste sobre ello, pues estima que les había hablado lo suficiente...
Confiemos también nosotros plenamente en Dios. No le pongamos dificultades, aunque lo que diga parezca ser contrario a nuestros razonamientos y a lo que vemos. Que más bien su palabra sea maestra de nuestra razón y de nuestra misma visión. Tengamos esta actitud frente a los misterios sagrados: no veamos en ellos solamente lo que se ofrece a nuestros sentidos, sino que tengamos sobre todo en cuenta las palabras del Señor. Su palabra no puede engañarnos, mientras que nuestros sentidos fácilmente nos equivocan; ella jamás comete un fallo, pero nuestros sentidos fallan a menudo. Cuando el Verbo dice: Esto es mi cuerpo, fiémonos de él, creamos y contemplémosle con los ojos del espíritu. Porque Cristo no nos ha dado nada puramente sensible: aun en las mismas realidades sensibles, todo es espiritual.
¡Cuántas personas dicen hoy: “Quisiera ver el rostro de Cristo, sus rasgos, sus vestidos, sus calzados!”. Pues bien, precisamente lo estás viendo a él, lo tocas, lo comes. Deseabas ver sus vestidos; y él mismo se te entrega no solamente para que lo veas, sino también para que lo toques, lo comas, lo recibas en tu corazón. Que nadie se acerque con indiferencia o con apatía; sino que todos vengan a él animados de un ardiente amor.

22 de octubre de 2011

22 de Octubre: Fiesta litúrgica del Beato Juan Pablo II

Oración de S.S. Juan Pablo II a Jesús Sacramentado antes de la bendición eucarística
Plaza de San Marcos, Venecia, 16 de junio de 1985;


Señor Jesús, estamos reunidos ante Ti, el Sucesor de tu Apóstol Pedro y la Iglesia que Tú has congregado en esta ciudad de Venecia. Tú eres el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado por nosotros y resucitado por el Padre. Tú, el viviente, realmente presente en medio de nosotros. Tú, el camino, la verdad y la vida: Tú, el único que tienes palabras de vida eterna. Tú, el único fundamento de nuestra salvación y el único nombre que podemos invocar para tener esperanza. Tú, el Amor: el Amor no amado. Señor Jesús, nosotros creemos en ti, te adoramos, te amamos con todo nuestro corazón, y proclamamos tu nombre por encima de todo otro nombre.
En este momento, grande y solemne, te pedimos por esta ciudad y por su territorio. Mírala, Cristo, desde tu cruz, y sálvala. Mira a los pobres, enfermos, ancianos, marginados, a los jóvenes y a las mujeres que se han metido por caminos desesperados, a tantas familias en dificultades y afectadas por las desgracias y los disturbios sociales. ¡Mira y ten piedad! Mira a los que no saben ya creer en el Padre que está en los cielos y no perciben ya su ternura, a los que no logran leer en tu rostro, oh Crucificado, su dolor, su promesa y sus angustias. Mira a cuantos yacen en el pecado, lejos de Ti, que eres la fuente del agua viva: el único que apaga la sed y aplaca el deseo y el ansia inquieta del corazón humano. Míralos y ten piedad.

Bendice a esta ciudad y a su territorio: desde Venecia a las islas, desde las Caorlas a Mira. Bendice a Mestre y Marghera, con las fábricas y el puerto. Bendice a todos los trabajadores que con la fatiga cotidiana proveen a las necesidades de la familia y al progreso de la sociedad. Bendice a los jóvenes, para que nunca se extinga en su corazón la esperanza de un mundo mejor, y la voluntad de gastarse generosamente para edificarlo. Bendice a los que nos gobiernan, para que sean agentes de justicia y de paz. Bendice a los sacerdotes que guían a las comunidades, a los religiosas y a las religiosas. Bendice al seminario, y concédenos a esta Iglesia, jóvenes y muchachas generosos, dispuestos a acoger la llamada al don total de sí en el servicio al Evangelio y a los hermanos.
Concede , Señor Jesús, a esta Iglesia, que se confirme en la fe del bautismo, para que tenga la alegría y la verdad, único camino que lleva a la vida. Concédele la gracia de la reconciliación que brota de tu costado abierto, oh Crucificado: a fin de que, reconciliada y unida, pueda convertirse en fuerza que supera las divisiones, en levadura de una mentalidad nueva de solidaridad y coparticipación, en viviente invitación a seguirte a ti que te has hecho hermano de todos. Concédele finalmente que sea una Iglesia mensajera de esperanza para todos los hombres, a fin de que por este testimonio de esperanza todos se sientan estimulados a comprometerse, trabajando por un mundo más solidario y pacífico conforme a la voluntad de tu Padre, nuestro Creador.
Señor Jesús, danos al paz, Tú que eres la paz y en tu cruz has vencido toda división. Y has de nosotros verdaderos realizadores de paz y de justicia: hombres y mujeres que se comprometan a construír un mundo más justo, más solidario y más fraterno. Señor Jesús, vuelve a nosotros y haznos vigilantes en la esperanza de tu venida. Amén.