16 de octubre de 2011

Cada domingo somos vivificados con el santo Cuerpo de Cristo

Enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia sobre la Eucaristía

EUSEBIO DE CESAREA
“Los seguidores de Moisés inmolaban el cordero pascual una vez al año, el día catorce del primer mes, al atardecer. En cambio, nosotros, los hombres de la nueva Alianza, que todos los domingos celebramos nuestra Pascua, constantemente somos saciados con el cuerpo del Salvador, constantemente participamos de la sangre del Cordero; constantemente llevamos ceñida la cintura de nuestra alma con la castidad y la modestia, constantemente están nuestros pies dispuestos a caminar según el evangelio, constantemente tenemos el bastón en la mano y descansamos apoyados en la vara que brota de la raíz de Jesé, constantemente nos vamos alejando de Egipto, constantemente vamos en busca de la soledad de la vida humana, constantemente caminamos al encuentro con Dios, constantemente celebramos la fiesta del “paso” (Pascua).
Nosotros celebramos a lo largo del año unos mismos misterios, conmemorando con el ayuno la pasión del Salvador el Sábado precedente, como primero lo hicieron los apóstoles cuando se les llevaron el Esposo. Cada domingo somos vivificados con el santo Cuerpo de su Pascua de salvación, y recibimos en el alma el sello de su preciosa sangre.”

15 de octubre de 2011

Santa Teresa de Jesús y la importancia de la Eucaristía


Santa Teresa de Jesús, fundadora de tantos conventos carmelitas, tenía la firme convicción de que una nueva casa religiosa sólo quedaba erigida y fundada, cuando se celebraba en ella la primera Misa, y quedaba reservado en la capilla el Santísimo Sacramento.
Tal convicción se debía a la idea que ella tenía de la centralidad del Sacramento de la Eucaristía en la buena marcha de la casa religiosa y de la vida fraterna en comunidad. El centro de la vida de la Iglesia es la Eucaristía. En torno a esa convicción vive su drama de fundadora con episodios emocionantes, como se puede ver en la fundación de Medina del Campo (cfr. Fundaciones, capítulo 3). Esta fundación es del año 1567.
Episodios parecidos a los de Medina del Campo se repetirán prácticamente en cada fundación: Toledo, Segovia... Hasta la fundación de Burgos, la más penosa de todas, sin duda. El Arzobispo de la ciudad de Burgos no consiente que la casa de Dª Catalina, (en la que reside la pequeña comunidad que acompaña a la Santa Madre fundadora), rehabilite su antigua capilla para celebrar la Misa cada día. Por ello tendrán que madrugar cada mañana, atravesar la plaza de Huerto del Rey, subir una de las escalinatas de la iglesia de San Gil, y asistir a la primera Misa que se celebraba en la ciudad en la capilla de Nuestra Señora de la Buena Mañana, para regresar de nuevo, en silencio y a oscuras todavía, a la casa de Dª Catalina. La misma Teresa de Jesús, al hacer balance de su tarea de fundadora, percibe dicho quehacer, ante todo como implantación de la Eucaristía en un templo más, o como colaboración a la difusión de la presencia eucarística del Señor en medio de los hombres: "porque para mí es grandísimo consuelo ver una Iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento" (Fundaciones, capítulo 3,10).

Toda la Iglesia vive de la Eucaristía

El Sacerdocio ha de tener “forma eucarística”


Carta de Juan Pablo II a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 2005

Queridos sacerdotes:

1. En el Año de la Eucaristía, me es particularmente grato el anual encuentro espiritual con vosotros con ocasión del Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado «hasta el extremo» (Jn 13, 1), día de la Eucaristía, día de nuestro sacerdocio.

Os envío mi mensaje desde el hospital, donde estoy algún tiempo con tratamiento médico y ejercicios de rehabilitación, enfermo entre los enfermos, uniendo en la Eucaristía mi sufrimiento al de Cristo. Con este espíritu deseo reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de nuestra espiritualidad sacerdotal.

Lo haré dejándome guiar por las palabras de la institución de la Eucaristía, las que pronunciamos cada día in persona Christi, para hacer presente sobre nuestros altares el sacrificio realizado de una vez por todas en el Calvario. De ellas surgen indicaciones iluminadoras para la espiritualidad sacerdotal: puesto que toda la Iglesia vive de la Eucaristía, la existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, «forma eucarística». Por tanto, las palabras de la institución de la Eucaristía no deben ser para nosotros únicamente una fórmula consagratoria, sino también una «fórmula de vida».
Una existencia profundamente «agradecida»
2. «Tibi gratias agens benedixit...». En cada Santa Misa recordamos y revivimos el primer sentimiento expresado por Jesús en el momento de partir el pan, el de dar gracias. El agradecimiento es la actitud que está en la base del nombre mismo de «Eucaristía». En esta expresión de gratitud confluye toda la espiritualidad bíblica de la alabanza por los mirabilia Dei. Dios nos ama, se anticipa con su Providencia, nos acompaña con intervenciones continuas de salvación.
En la Eucaristía Jesús da gracias al Padre con nosotros y por nosotros. Esta acción de gracias de Jesús ¿cómo no ha de plasmar la vida del sacerdote? Él sabe que debe fomentar constantemente un espíritu de gratitud por tantos dones recibidos a lo largo de su existencia y, en particular, por el don de la fe, que ahora tiene el ministerio de anunciar, y por el del sacerdocio, que lo consagra completamente al servicio del Reino de Dios. Tenemos ciertamente nuestras cruces —y ¡no somos los únicos que las tienen!—, pero los dones recibidos son tan grandes que no podemos dejar de cantar desde lo más profundo del corazón nuestro Magnificat.

Una existencia «entregada»


3. «Accipite et manducate... Accipite et bibite...». La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena. No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed». En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados.
Precisamente esto es lo que Jesús esperaba de sus apóstoles, como lo subraya el evangelista Juan al narrar el lavatorio de los pies. Es también lo que el Pueblo de Dios espera del sacerdote. Pensándolo bien, la obediencia a la que se ha comprometido el día de la ordenación y la promesa que se le invita a renovar en la Misa crismal, se ilumina por esta relación con la Eucaristía. Al obedecer por amor, renunciando tal vez a un legítimo margen de libertad, cuando se trata de su adhesión a las disposiciones de los Obispos, el sacerdote pone en práctica en su propia carne aquel « tomad y comed », con el que Cristo, en la última Cena, se entregó a sí mismo a la Iglesia.

Una existencia «salvada» para salvar


4. «Hoc est enim corpus meum quod pro vobis tradetur». El cuerpo y la sangre de Cristo se han entregado para la salvación del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Es una salvación integral y al mismo tiempo universal, porque nadie, a menos que lo rechace libremente, es excluido del poder salvador de la sangre de Cristo: «qui pro vobis et pro multis effundetur». Se trata de un sacrificio ofrecido por «muchos», como dice el texto bíblico (Mc 14, 24; Mt 26, 28; cf. Is 53, 11-12), con una expresión típicamente semítica, que indica la multitud a la que llega la salvación lograda por el único Cristo y, al mismo tiempo, la totalidad de los seres humanos a los que ha sido ofrecida: es sangre «derramada por vosotros y por todos», como explicitan acertadamente algunas traducciones. En efecto, la carne de Cristo se da « para la vida del mundo » (Jn 6, 51; cf. 1 Jn 2, 2).

Cuando repetimos en el recogimiento silencioso de la asamblea litúrgica las palabras venerables de Cristo, nosotros, sacerdotes, nos convertimos en anunciadores privilegiados de este misterio de salvación. Pero ¿cómo serlo eficazmente sin sentirnos salvados nosotros mismos? Somos los primeros a quienes llega en lo más íntimo la gracia que, superando nuestras fragilidades, nos hace clamar «Abba, Padre» con la confianza propia de los hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15). Y esto nos compromete a progresar en el camino de perfección. En efecto, la santidad es la expresión plena de la salvación. Sólo viviendo como salvados podemos ser anunciadores creíbles de la salvación. Por otro lado, tomar conciencia cada vez de la voluntad de Cristo de ofrecer a todos la salvación obliga a reavivar en nuestro ánimo el ardor misionero, estimulando a cada uno de nosotros a hacerse « todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos » (1 Co 9, 22).

Una existencia que «recuerda»


5. «Hoc facite in meam commemorationem». Estas palabras de Jesús nos han llegado, tanto a través de Lucas (22, 19) como de Pablo (1 Co 11, 24). El contexto en el que fueron pronunciadas —hay que tenerlo bien presente— es el de la cena pascual, que para los judíos era un « memorial » (zikkarôn, en hebreo). En dicha ocasión los hebreos revivían ante todo el Éxodo, pero también los demás acontecimientos importantes de su historia: la vocación de Abraham, el sacrificio de Isaac, la alianza del Sinaí y tantas otras intervenciones de Dios en favor de su pueblo. También para los cristianos la Eucaristía es el «memorial», pero lo es de un modo único: no sólo es un recuerdo, sino que actualiza sacramentalmente la muerte y resurrección del Señor.

Quisiera subrayar también que Jesús ha dicho: «Haced esto en memoria mía». La Eucaristía no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él! Para el sacerdote, repetir cada día, in persona Christi, las palabras del «memorial» es una invitación a desarrollar una «espiritualidad de la memoria». En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, el sacerdote está llamado a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo fiel de Cristo y todo su misterio: su prefiguración en el Antiguo Testamento, su realización en el Nuevo y su progresiva profundización bajo la guía del Espíritu Santo, en virtud de aquella promesa explícita: «Él será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26).

Una existencia «consagrada»


6. «Mysterium fidei!». Con esta exclamación el sacerdote manifiesta, después de la consagración del pan y el vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y del vino; pero su sustancia, por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente «verdadera, real, sustancialmente» Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad. Así pues, es una realidad eminentemente sagrada. Por este motivo la Iglesia trata este Misterio con suma reverencia, y vigila atentamente para que se observen las normas litúrgicas, establecidas para tutelar la santidad de un Sacramento tan grande.

Nosotros, sacerdotes, somos los celebrantes, pero también los custodios de este sacrosanto Misterio. De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición «sagrada» de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar. ¡Acudamos para ello a la escuela de los Santos! El Año de la Eucaristía nos invita a fijarnos en los Santos que con mayor vigor han manifestado la devoción a la Eucaristía (cf. Mane nobiscum Domine, 31). En esto, muchos sacerdotes beatificados y canonizados han dado un testimonio ejemplar, suscitando fervor en los fieles que participaban en sus Misas. Muchos se han distinguido por la prolongada adoración eucarística. Estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

Una existencia orientada a Cristo


7. «Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias». Cada vez que celebramos la Eucaristía, la memoria de Cristo en su misterio pascual se convierte en deseo del encuentro pleno y definitivo con Él. Nosotros vivimos en espera de su venida. En la espiritualidad sacerdotal, esta tensión se ha de vivir en la forma propia de la caridad pastoral que nos compromete a vivir en medio del Pueblo de Dios para orientar su camino y alimentar su esperanza. Ésta es una tarea que exige del sacerdote una actitud interior similar a la que el apóstol Pablo vivió en sí mismo: «Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta» (Flp 3, 13-14). El sacerdote es alguien que, no obstante el paso de los años, continua irradiando juventud y como «contagiándola» a las personas que encuentra en su camino. Su secreto reside en la « pasión » que tiene por Cristo. Como decía san Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).

Sobre todo en el contexto de la nueva evangelización, la gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de « ver » en ellos a Cristo (cf. Jn 12, 21). Tienen necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote «conquistado» por Cristo (cf. Flp 3, 12) «conquista» más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura.

Una existencia «eucarística» aprendida de María


8. Como he recordado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf. nn. 53-58), la Santísima Virgen tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía. Lo subrayan, aun en la sobriedad del lenguaje litúrgico, todas las Plegarias eucarísticas. Así, en el Canon romano se dice: «Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor». En las otras Plegarias eucarísticas, la veneración se transforma en imploración, como, por ejemplo, en la Anáfora II: «Con María, la Virgen Madre de Dios [...], merezcamos [...] compartir la vida eterna».

Al insistir en estos años, especialmente en la Novo millennio ineunte (cf. nn. 23 ss.) y en la Rosarium Virginis Mariae (cf. nn. 9 ss.), sobre la contemplación del rostro de Cristo, he indicado a María como la gran maestra. En la encíclica sobre la Eucaristía la he presentado también como «Mujer eucarística» (cf. n. 53). ¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie cómo ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo hemos estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas. Así pues, la imploro por todos vosotros, confiándole especialmente a los más ancianos, a los enfermos y a cuantos se encuentran en dificultad. En esta Pascua del Año de la Eucaristía me complace hacerme eco para todos vosotros de aquellas palabras dulces y confortantes de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).

Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón, deseándoos una intensa alegría pascual.

Policlínico Gemelli, Roma, 13 de marzo, V domingo de Cuaresma, de 2005, vigésimo séptimo de Pontificado.

14 de octubre de 2011

Él es un alimento y una bebida absolutamente inagotable

Enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia sobre la Eucaristía





San Columbano
Queridos hermanos, si su alma tiene sed de la fuente divina de que les voy a hablar, aviven esta sed y no la apaguen. Beban pero sin hartarse. Porque la fuente viva nos llama, la fuente de vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí y beba. ¿Beber qué? Escúchenlo. El profeta nos lo dice, la misma fuente lo declara: Me han abandonado a mí, que soy la fuente de vida, dice el Señor (Jr 2, 13). El mismo Señor, Jesucristo nuestro Señor, es la fuente de vida, y por eso nos invita para que lo bebamos. Lo bebe el que lo ama; lo bebe el que se sacia con la Palabra de Dios, la ama y la desea; lo bebe el que arde de amor por la sabiduría...

Vean de dónde brota esta fuente: viene del lugar de donde descendió el Pan; porque el Pan y la fuente son uno: el Hijo único, nuestro Dios, Jesucristo el Señor, del que siempre hemos de tener sed. Aunque lo comemos y lo devoramos con nuestro amor, nuestro deseo nos produce todavía más sed de Él. Como el agua de una fuente, bebámoslo sin cesar con un inmenso amor, bebámoslo con toda nuestra avidez, y deleitémonos con su dulzura. Porque el Señor es dulce y es bueno. Que lo comamos o lo bebamos, siempre tendremos hambre y sed de él, porque él es un alimento y una bebida absolutamente Inagotables. Cuando se lo come, no se consume; cuando se lo bebe, no desaparece; porque nuestro Pan es eterno y perpetúa nuestra fuente, nuestra dulce fuente.




De ahí lo que dice el profeta: Los que tienen sed acudan a la fuente (Is 55, 1). En efecto, es la fuente de los sedientos, no la de los satisfechos. A los sedientos, que en otra parte los declara bienaventurados (Mt 5, 6), los invita: los que no tienen bastante para beber, pero que cuanto más beben más sed tienen.

Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.

13 de octubre de 2011

La oración más querida por la Madre de Dios


Octubre: Mes del Rosario

El Papa Benedicto XVI en el rezo del Ángelus dominical se refirió al mes de octubre como el "mes del Rosario", en el que "se trata de una entonación espiritual dada por la memoria litúrgica de Nuestra Señora del Rosario, que se celebra el día 7" y señaló a los presentes la importancia del rezo del Rosario: la oración más querida por la Madre de Dios y que conduce directamente a Cristo.

Así mismo recordó que "estamos invitados a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, muy apreciada por ella porque nos conduce directamente a Jesús, contemplado en sus misterios de salvación: de gozo, de luz, de dolor y gloriosos".

"El Rosario –continuó el Papa recordando al venerable Juan Pablo II– es la oración bíblica, totalmente tejida por la Sagrada Escritura. Es una oración del corazón, en la que la repetición del 'Ave María' orienta el pensamiento y el afecto hacia Cristo. Es la oración que ayuda a meditar la Palabra de Dios bajo el modelo de María que custodiaba en su corazón todo lo que Jesús hacía y decía, y su misma presencia".

www.aica.org.ar

12 de octubre de 2011

Santuario eucarístico bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar

El Santuario Eucarístico, en donde se dinamiza la Espiritualidad Eucarística, con actitudes de REPARACION - AMOR – CONFIANZA según lo expresó la Beata Madre Caridad, integrando la religiosidad popular, como iglesia universal para realizar una pastoral profética, misericordiosa, solidaria y de oración Eucarística, a semejanza de María quien nos invita a escuchar y hacer lo que Jesús nos diga. Jn. 2,5
El Santuario está ubicado en la ciudad de Pasto, Parroquia San Andrés. Calle 18 Nº 32A-01 Barrio Maridíaz. Para las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, Maridíaz es la Casa Madre de la Congregación. Está bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar.
Para la Madre Caridad, el SANTISIMO fue el centro de su vida, era asidua en la Adoración a Jesús Sacramentado.
Cuando en el Instituto se introdujo la Adoración Perpetua, dijo la Madre Caridad, que el fin principal de la Adoración era orar por los Sacerdotes" (V.VII)
La Madre Fundadora en su carta de agradecimiento al Santo Padre por la Adoración Perpetua, expresó: "Las intenciones de vuestra Santidad y el triunfo de la Santa Madre Iglesia son nuestras intenciones que incesantemente ponemos al pie de su Divina Majestad".
Todo bautizado necesita cultivar y alimentar su fe por medio de la Palabra de Dios y de los Sacramentos; las personas que diariamente visitan el Santuario, encuentran un espacio privilegiado para orar, alabar y dar gracias individualmente o en comunidad, realizan este encuentro con Jesucristo vivo, para madurar su fe.
Particularmente la sociedad de Pasto, Nariño y Colombia valoran la gracia de tener este Santuario Eucarístico. Lo justifican con su presencia, colaboración y amor a Jesús Sacramentado.
Merece la atención en la Provincia y aún en la CongregEación, la participación de los seglares en la Adoración diurna y nocturna. La nocturna debido a la iniciativa y entusiasmo de la Hermana Deifilia Insuasty Muñoz, apostolado que se inaguró el 1° de febrero de 1977 con la aprobación del Gobierno Provincial, el que se ha mantenido hasta el día hoy. Monseñor Arturo Salazar Mejía, condecoró a la Hermana Deifilia Insuasty Muñoz, por la organización de este apostolado el 16 de octubre de 1977.


MISION
El Santuario Eucarístico es el lugar que permite el encuentro del hombre con Dios, mediante la experiencia vivificante del misterio proclamado y celebrado, la profundización de su Palabra y el fomento de la vida litúrgica, para dinamizar la espiritualidad eucarística integrando la religiosidad popular con una pastoral profética, misericordiosa y solidaria.
VISION
El Santuario Eucarístico es el lugar de la alianza, donde se expresa y se regenera siempre de forma nueva la comunidad del pacto. Donde el creyente orienta y expresa su fe desarrollando su compromiso pastoral, y traduce en su vida personal y eclesial, la experiencia del encuentro con Dios, siendo testigo de la múltiple riqueza de su acción salvífica.
OBJETIVO
Revitalizar la fuerza evangelizadora con audacia, ardor apostólico y espíritu misionero en la pastoral del Santuario donde se adora perpetuamente a JESÚS EUCARISTÍA mediante el compromiso de sacerdotes, Hermanas y laicos, como discípulos(as) misioneros(as) de Jesucristo, en comunión y participación eclesial para ser testigos de la esperanza y el amor misericordioso de Dios con los pobres y necesitados de hoy.
OBJETIVOS ESPECIFICOS
1- Orar por la Iglesia y la santificación de los sacerdotes.
2- Preparar agentes de pastoral para los diferentes servicios: lectores, acólitos, ministros de la eucaristía, canto y música.
3- Realizar celebraciones apropiadas para niños, jóvenes, ancianos, enfermos, parejas y familias.
4- Trabajar la pastoral del Santuario Eucarístico en comunión y participación con la Iglesia Particular y Local.
5- Revitalizar la fe de nuestro pueblo, promoviendo una mayor organización y participación de los laicos en el movimiento MIFRAMI, en la animación de la liturgia, en la adoración del Santísimo, en la práctica de: la solidaridad y la justicia manifestadas en acciones concretas a favor de los más necesitados.
6- Proyectar la vivencia Eucarística, por medio de la Palabra de Dios, celebración de los sacramentos de Reconciliación y la Eucaristía, a través de nuestra vida comunitaria, familiar, y social, llevando la Buena Noticia del Reino de manera que transforme la realidad.


11 de octubre de 2011

Encuentro del Papa con las Familias y con los Sacerdotes

Queridos sacerdotes y queridos esposos:
El monte sobre el que está construida esta catedral nos ha permitido una bellísima vista sobre la ciudad y sobre el mar; pero al cruzar el majestuoso portal, el ánimo queda fascinado por la armonía del estilo románico, enriquecido por una trama de influencias bizantinas y elementos góticos. También en vuestra presencia —sacerdotes y esposos procedentes de las diversas diócesis italianas— se percibe la belleza de la armonía y de la complementariedad de vuestras diferentes vocaciones. El conocimiento mutuo y la estima recíproca, al compartir la misma fe, llevan a apreciar el carisma del otro y a reconocerse dentro del único «edificio espiritual» (1 P 2, 5) que, teniendo como piedra angular al propio Jesucristo, crece bien ordenado para ser templo santo en el Señor (cf. Ef 2, 20-21). Gracias, pues, por este encuentro: al querido arzobispo, monseñor Edoardo Menichelli —también por las expresiones con las que lo ha introducido—, y a cada uno de vosotros.
Deseo detenerme brevemente en la necesidad de reconducir orden sagrado y matrimonio hacia la única fuente eucarística. Los dos estados de vida tienen, en efecto, en el amor de Cristo —que se da a sí mismo para la salvación de la humanidad—, la misma raíz; están llamados a una misión común: la de testimoniar y hacer presente este amor al servicio de la comunidad, para la edificación del Pueblo de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1534). Esta perspectiva permite ante todo superar una visión reductiva de la familia, que la considera como mera destinataria de la acción pastoral. Es cierto que, en esta época difícil, la familia necesita particulares atenciones. Pero no por ello hay que disminuir su identidad ni mortificar su responsabilidad específica. La familia es riqueza para los esposos, bien insustituible para los hijos, fundamento indispensable de la sociedad, comunidad vital para el camino de la Iglesia.
En el plano eclesial, valorar a la familia significa reconocer su relevancia en la acción pastoral. El ministerio que nace del sacramento del matrimonio es importante para la vida de la Iglesia: la familia es lugar privilegiado de educación humana y cristiana, y permanece, por esta finalidad, como la mejor aliada del ministerio sacerdotal; ella es un don valioso para la edificación de la comunidad. La cercanía del sacerdote a la familia, a su vez, la ayuda a tomar conciencia de la propia realidad profunda y de la propia misión, favoreciendo el desarrollo de una fuerte sensibilidad eclesial. Ninguna vocación es una cuestión privada; tampoco aquella al matrimonio, porque su horizonte es la Iglesia entera. Se trata, por lo tanto, de saber integrar y armonizar, en la acción pastoral, el ministerio sacerdotal con «el auténtico Evangelio del matrimonio y de la familia» (Directorio de pastoral familiar, Conferencia episcopal italiana, 25 de julio de 1993, n. 8) para una comunión eficaz y fraterna. Y la Eucaristía es el centro y la fuente de esta unidad que anima toda la acción de la Iglesia.

Queridos sacerdotes, por el don que habéis recibido en la ordenación, estáis llamados a servir como pastores a la comunidad eclesial, que es «familia de familias», y, por lo tanto, a amar a cada uno con corazón paterno, con auténtico desprendimiento de vosotros mismos, con entrega plena, continua y fiel: vosotros sois signo vivo que remite a Jesucristo, el único Buen Pastor. Conformaos a él, a su estilo de vida, con ese servicio total y exclusivo del que el celibato es expresión. También el sacerdote tiene una dimensión esponsal; es identificarse con el corazón de Cristo Esposo que da la vida por la Iglesia, su esposa (cf. Exhort. ap. postsin. Sacramentum caritatis, 24). Cultivad una profunda familiaridad con la Palabra de Dios, luz en vuestro camino. Que la celebración cotidiana y fiel de la Eucaristía sea el lugar donde se obtenga la fuerza para donaros vosotros mismos cada día en el ministerio y vivir constantemente en la presencia de Dios: es él vuestra morada y vuestra herencia. De esto debéis ser testigos para la familia y para cada persona que el Señor pone en vuestro camino, también en las circunstancias más difíciles (cf. ib., 80). Alentad a los cónyuges, compartid sus responsabilidades educativas, ayudadles a renovar continuamente la gracia de su matrimonio. Haced a la familia protagonista en la acción pastoral. Sed acogedores y misericordiosos, también con quienes les cuesta más cumplir con los compromisos asumidos con el vínculo matrimonial y con cuantos, lamentablemente, han faltado a ellos.
Queridos esposos, vuestro matrimonio se arraiga en la fe de que «Dios es amor» (1 Jn 4, 8) y que seguir a Cristo significa «permanecer en el amor» (cf. Jn 15, 9-10). Vuestra unión —como enseña el apóstol san Pablo— es signo sacramental del amor de Cristo por la Iglesia (cf. Ef 5, 32), amor que culmina en la Cruz y que «se significa y se actualiza en la Eucaristía» (Exhort. ap. postsin.Sacramentum caritatis, 29). Que el misterio eucarístico incida cada vez con mayor profundidad en vuestra vida diaria: sacad inspiración y fuerza de este sacramento para vuestra relación conyugal y para la misión educativa a la que estáis llamados; construid vuestras familias en la unidad, don que viene de lo alto y que alimenta vuestro compromiso en la Iglesia y en la promoción de un mundo justo y fraterno. Amad a vuestros sacerdotes, expresadles aprecio por el generoso servicio que realizan. Sabed soportar también sus limitaciones, sin renuncia jamás a pedirles que sean entre vosotros ministros ejemplares que os hablan de Dios y que os conducen a Dios. Vuestra fraternidad es para ellos una ayuda espiritual valiosa y un apoyo en las pruebas de la vida.
Queridos sacerdotes y queridos esposos, que sepáis encontrar siempre en la santa misa la fuerza para vivir la pertenencia a Cristo y a su Iglesia, en el perdón, en el don de uno mismo y en la gratitud. Que vuestro hacer cotidiano tenga en la comunión sacramental su origen y su centro, a fin de que todo se realice para la gloria de Dios. De este modo, el sacrificio de amor de Cristo os transformará, hasta haceros en él «un solo cuerpo y un solo espíritu» (cf. Ef 4, 4-6). La educación de las nuevas generaciones en la fe pasa también a través de vuestra coherencia. Dadles testimonio de la belleza exigente de la vida cristiana, con la confianza y la paciencia de quien conoce el poder de la semilla sembrada en la tierra. Como en el episodio evangélico que hemos escuchado (Mc 5, 21-24.35-43), sed, para cuantos están encomendados a vuestra responsabilidad, signo de la benevolencia y de la ternura de Jesús: en él se hace visible cómo el Dios que ama la vida no es ajeno o distante de las vicisitudes humanas, sino que es el Amigo que nunca abandona. Y en los momentos en que se insinúe la tentación de que todo esfuerzo educativo es vano, sacad de la Eucaristía la luz para reforzar la fe, seguros de que la gracia y el poder de Jesucristo pueden alcanzar al hombre en cualquier situación, incluso la más difícil.
Queridos amigos, os encomiendo a todos a la protección de María, venerada en esta catedral con el título de «Reina de todos los santos». La tradición vincula su imagen al exvoto de un marinero, en agradecimiento por la salvación del hijo, sano y salvo de una tempestad marina. Que la mirada materna de la Madre acompañe también vuestros pasos en la santidad hacia un arribo de paz. Gracias.