16 de septiembre de 2011

Eucaristía y Sacrificio


De la Carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual —afirmó hace siglos la Iglesia griega— es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio». Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la «alianza nueva y eterna» de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.

Se sigue de ahí que el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo —en virtud del poder específico de la sagrada ordenación— el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar. Efectivamente, este acto litúrgico solemnizado por casi todas las liturgias, «tiene su valor y su significado espiritual». El pan y el vino se convierten en cierto sentido en símbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y que ofrece en espíritu.
Es importante que este primer momento de la liturgia eucarística, en sentido estricto, encuentre su expresión en el comportamiento de los participantes. A esto corresponde la llamada procesión de las ofrendas, prevista por la reciente reforma litúrgica, y acompañada, según la antigua tradición, por un salmo o un cántico. Es necesario un cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este acto, expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante.
La conciencia del acto de presentar las ofrendas, debería ser mantenida durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del momento del sacrificio. Para demostrar esto ayudan las palabras de la oración eucarística que el sacerdote pronuncia en alta voz. Parece útil repetir aquí algunas expresiones de la tercera oración eucarística, que manifiestan especialmente el carácter sacrificial de la Eucaristía y unen el ofrecimiento de nuestras personas al de Cristo: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente».
Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que «este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso». Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial.
Todos los que participan con fe en la Eucaristía se dan cuenta de que ella es «Sacrificium», es decir, una «Ofrenda consagrada». En efecto, el pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de Cristo mismo. Así, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino, «re-presentan», de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio ofrecido por El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. El solo, en efecto, ofreciéndose como víctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, «borrando el acta de los decretos que nos era contraria».
A este sacrificio, que es renovado de forma sacramental sobre el altar, las ofrendas del pan y del vino, unidas a la devoción de los fieles, dan además una contribución insustituible, ya que, mediante la consagración sacerdotal se convierten en las sagradas Especies. Esto se hace patente en el comportamiento del sacerdote durante la oración eucarística, sobre todo durante la consagración, y también cuando la celebración del Santo Sacrificio y la participación en él están acompañadas por la conciencia de que «el Maestro está ahí y te llama». Esta llamada del Señor, dirigida a nosotros mediante su Sacrificio, abre los corazones, a fin de que purificados en el Misterio de nuestra Redención se unan a El en la comunión eucarística, que da a la participación en la Misa un valor maduro, pleno, comprometedor para la existencia humana: «la Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen con la mediación de Cristo, la unión con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos».
Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva Liturgia. En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II ha dado al sacrificio eucarístico una mayor visibilidad. Entre otras cosas, contribuyen a ello las palabras de la oración eucarística recitadas por el celebrante en voz alta y, en especial, las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea inmediatamente después de la elevación.
Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos también recordar que estos cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante— sobre todo hoy que celebra «de cara al pueblo»— como por parte de los fieles. El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento.

14 de septiembre de 2011

"Sí, Dios amó tanto al mundo" - Fiesta de la Exaltación de la Cruz



Por la cruz, cuya fiesta celebramos hoy, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.
Por esto la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.
Cristo nos enseña que la cruz es su exaltación, cuando dice: “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí.”

Hoy, muchas congregaciones religiosas proponen que las hermanas renueven sus votos, sus promesas hechas a Jesús el día de su profesión. Por eso, proponemos un texto de Santa Teresa Benedicta de la Cruz escrito para un 14 de septiembre.

Meditemos desde los escritos de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)

AVE CRUX, SPES UNICA. “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”. La fiesta que toda la Iglesia celebra hoy, nos conduce hasta el pie de la Cruz donde el Crucificado nos contempla y nos pregunta si estamos todavía dispuestos a serle fieles en lo que le hemos prometido. Él tiene razón en preguntárnoslo, porque hoy, mas que nunca, se ha convertido la Cruz en un signo de contradicción. Por eso el Salvador nos contempla hoy, serio y examinante, y nos pregunta a cada uno de nosotros: ¿Quieres ser fiel al Crucificado? Piénsalo bien.
El Salvador cuelga en la Cruz, delante de ti, por haber sido obediente hasta la muerte y muerte Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad sino la voluntad del Padre.
Tu Salvador cuelga en la Cruz delante de ti, desnudo y abandonado, porque El ha elegido la pobreza y quien quiera seguirle habrá de renunciar a todos los bienes terrenos. Tu tienes que tomarlo también ahora muy en serio.
Tu Salvador cuelga delante de ti con el corazón traspasado. Él ha derramado la Sangre de su propio corazón para ganar el tuyo.
¿Te estremeces al pensar en responder a la grandeza de tanto amor? Pues no tienes por qué temer. Seguro que lo que tú prometiste esta por encima de tu debilidad, de tu humana fortaleza, pero no está por encima de la fuerza del Todopoderoso y ella será tuya si tú te confías a Él. Es el corazón amante de tu Salvador quien invita una vez mas a seguirle.
Los brazos del crucificado están extendidos para atraerte hacia su corazón. Él quiere tomar tu vida para ofrecerte la suya.
El mundo esta en llamas. El incendio puede hacer presa también en nuestra casa; pero en lo alto, por encima de todas las llamas, se elevará la Cruz. Ellas no pueden destruirla. Ella es el camino de la tierra al cielo y quien la abraza creyente, amante, esperanzado, se eleva hasta el seno mismo de la Trinidad.
Los ojos del Crucificado te contemplan interrogantes. ¿Quieres cerrar nuevamente tu alianza con el Crucificado? ¿Qué le responderás? “Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna.” ¡Salve, Cruz, única esperanza!

Los jóvenes de todo el mundo,en torno a la Eucaristía y junto al Papa

13 de septiembre de 2011

Frutos y beneficios de la adoración perpetua


- Las comunidades se vuelven verdaderas escuelas de oración y de meditación y escucha.
- Todos, aún los más alejados de Dios, pueden encontrar la iglesia siempre abierta, día y noche, que simboliza los brazos siempre abiertos del Señor dispuesto a acoger a todo hombre.
- Las personas son llamadas individualmente pero para construir una fraternidad, una comunidad eucarística que se reúne en torno a Jesús Eucaristía. Por este motivo la Adoración Perpetua permite descubrir la unidad en torno al Señor porque nos hace conscientes de formar parte de una comunidad adorante, como eslabones de una cadena, perfecta imagen de la Vid y los sarmientos.
- La Adoración Perpetua conforma una comunidad eucarística que reza sin cesar rindiendo al Señor grandísimo honor y gloria a su Presencia y a su Santo Nombre, para propio beneficio y de todo el mundo.
En efecto, los adoradores rezan por sus propias necesidades e interceden por otros, alabando y dando gracias al Señor por todos sus beneficios; reparando por todos los ultrajes, sacrilegios, indiferencias hacia su Divina Majestad y hacia todo aquello que es santo, y ofrecen, con esta máxima expresión de devoción, gran testimonio de fe y de amor hacia el Señor.
- El simple testimonio silencioso de los adoradores presentes a toda hora del día y de la noche y, sobre todo, la presencia divina expuesta en el Santísimo Sacramento, atrae a personas alejadas de Dios haciéndolas acercarse a Dios y a su gracia. Por ello, muchas son las conversiones que vienen de una capilla de Adoración Perpetua.
- El hecho de tener la posibilidad de adorar cuanto y cuando se quiera, promueve el crecimiento espiritual de las personas y la profundización de su fe y de su conversión a Dios.
- Donde hay una capilla de Adoración Perpetua unánime es el testimonio: allí hay paz, allí se encuentra la paz. La capilla ofrece a todos la posibilidad de detenerse en el camino frenético de la vida para encontrar la paz que sólo Dios puede darnos. También esto es evangelización del tiempo, es decir dar un nuevo valor al tiempo de la vida.
- Los adoradores inscritos por una hora semanal son los que aseguran la Adoración Perpetua, de modo que el Señor nunca queda solo. El beneficio de ellos es también extendido a los demás porque permiten que muchos otros puedan allegarse. Por ello, saben que por su disponiblidad las puertas de la iglesia puedan estar siempre accesibles para que quienquiera que sea pueda encontrar a Dios en cualquier momento.
-Asombra ver cómo en una silenciosa capilla de Adoración Perpetua tantas personas anónimas pasan y transcurren tiempo considerable inmersas en su mundo interior. Son personas venidas a veces de lugares distantes, personas que algunas no son ni siquiera católicas, atraídas por el poder invisible e irresistible del Señor.
-La Adoración Perpetua también permite ofrecer un servicio de escucha, de guía espiritual y confesiones además de orientación vocacional.
- Donde hay Adoración Perpetua hay testimonios de frutos de todo tipo: vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal, a formar familias santas, conversiones, sanaciones.

12 de septiembre de 2011

La sacralidad de la Eucaristía



De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
La celebración de la Eucaristía, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutada la esencia del «Mysterium», instituido por el Redentor del mundo, durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias; por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia eucarística.
Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de «sacrum» de la Eucaristía, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, «el Santo» de Dios,«ungido por el Espíritu Santo», «consagrado por el Padre», para dar libremente y recobrar su vida, «Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza». Es El, en efecto, quien, representado por el celebrante, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es El «el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado». Acción santa y sagrada, porque es constitutiva de las especies sagradas, del «Sancta sanctis», es decir, de las «cosas santas —Cristo el Santo— dadas a los santos», como cantan todas las liturgias de Oriente en el momento en que se alza el pan eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del Señor.
El «Sacrum» de la Misa no es por tanto una «sacralización», es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, El mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia, nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica completa, que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El «Sacrum» de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la asamblea eucarística, hacen eco a las del Jueves Santo.
El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi». Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.
Ese «Sacrum», actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y controladas por la Iglesia. Ese «Sacrum» no puede tampoco ser instrumentalizado para otros fines. El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación «profana», que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a borrar la distinción entre «sacrum» y «profanum», dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.
En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el «sacrum» de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana —fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe— garantiza a este «sacrum» el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.
La sacralidad de la Eucaristía ha encontrado y encuentra siempre expresión en la terminología teológica y litúrgica. Este sentido de la sacralidad objetiva del Misterio eucarístico es tan constitutivo de la fe del Pueblo de Dios que con ella se ha enriquecido y robustecido. Los ministros de la Eucaristía deben por tanto, sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.

9 de septiembre de 2011

HORA SANTA SEPTIEMBRE



“¡Quedate con nosotros, Señor!”

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (Lc. 24,13-35)
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: « ¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Leemos en silencio...
El sol ya se escondía en el horizonte, después de un día de mucho caminar desde Jerusalén. Ya estábamos llegando cerca de Emaús, el pueblo adonde íbamos. Aquel hombre que se había unido a nuestro caminar unos kilómetros atrás hizo ademán de seguir adelante. Pero Cleofás y yo le ofrecimos que se quedara en el pueblo a pasar la noche. Él no pareció muy convencido. Entonces fue cuando me di cuenta de que no podíamos dejarlo ir. Lo miré a Cleofás y supe que a él le pasaba lo mismo, pero el forastero ya se alejaba por el camino. Entonces, casi como si se escapara de mi boca, le grité: “Quedate con nosotros” y para que no se notara mi desesperación, agregué titubeando: “porque ya es tarde y el día se acaba”. Con el corazón detenido, esperaba su respuesta. Él se dio vuelta y nos miró. Y qué alivio sentí cuando comenzó a acercarse; la sonrisa se me escapaba de los labios.
El Hombre entró y se quedó con nosotros en la pequeña y oscura casa que conseguimos para pasar la noche. No habíamos comido mucho durante el día para poder caminar mejor y ya teníamos hambre. Por eso decidimos compartir un pedazo de pan que Cleofás traía en su alforja. Estando los tres sentados a la mesa, tomó el pan que íbamos a comer y pronunció la bendición; luego lo partió y nos lo dio. Entonces, como un resplandor, vi todo claro: ¡el Maestro! Claro, si nuestro corazón ardía en el camino de la misma manera que durante los viajes que hacíamos por Galilea. Era Él, ¡era Jesús! Y lo reconocimos justamente cuando se hizo Eucaristía.

Recibimos a Jesús Eucaristía cantando

Continuamos leyendo en silencio...
El mismo Jesús que un día nos había llamado, Aquel por el que habíamos decidido dejar todos nuestros sueños y proyectos personales, Aquel ante el cual nos habíamos admirado por los milagros que hacía y por la profundidad de sus enseñanzas, ese mismo Jesús, estaba ahí, con nosotros; nos había venido a buscar, saliendo a nuestro encuentro justamente cuando nos alejábamos de su Iglesia, decepcionados por la cruz. Ese mismo Jesús está hoy ahí para cada uno de ustedes, chicos. No hay diferencias. Cuando nosotros le pedimos que se quedara con nosotros, no sabíamos que se lo iba a tomar tan en serio como para quedarse para siempre y todos los días. Pero, por ese misterio que es la Eucaristía, ustedes tienen al mismo Jesús que cautivó mi corazón y el de los apóstoles.
Por eso hoy los invito a que no se les pase de largo esta oportunidad única que tienen de estar como grupo con el Señor; los invito a que frenen un ratito y se detengan a mirar su Corazón. Jesús está haciendo maravillas, ¿se dan cuenta? Sus corazones están ardiendo porque están con el Señor de la Vida, con el que creó esos corazones. Sus corazones arden; sea que se den cuenta, como el Apóstol san Juan, o sea que no se den cuenta, como Cleofás y yo. Sus corazones arden.
Y, ¿por qué arden? Arden ante tanto amor derramado por nuestro Dios que es Ternura; arden al ver el cuidado de nuestro Buen Pastor que está realmente vivo en la Eucaristía. Si nos cuesta ver que arden, los invito a que intenten abrir sus ojos ante tanto amor de Dios. A que vayan recorriendo sus vidas, sus historias, y vayan anotando en esos papelitos lo que les surja del corazón. Se van a ir dando cuenta de que sus corazones también arden. Porque Jesús está enamorado de nosotros. No logramos darnos cuenta de cuánto nos ama Dios, no nos alcanza la cabeza.

Silencio y tiempo para escribir

Ahora vamos a ir poniendo a los pies del Señor, en el turíbulo con incienso y carbones encendidos, nuestros papelitos, que son nuestra alabanza al Señor al descubrir que Él está vivo en cada una de nuestras vidas, que Él cuida de nosotros y que por eso, por su Presencia, nuestros corazones arden. Demos gracias al Señor porque es mucho lo que nos regaló y nos regala.

Cantamos juntos…

Y hay otra cosa que también les quiero compartir. Esa noche, cuando el Señor ya nos había abierto los ojos y lo habíamos reconocido al partir el Pan, realmente creí en su Resurrección. La verdad es que antes no podía creerlo. Ese viernes había pasado todo tan rápido. El arresto del Maestro, la flagelación que vi con mis propios ojos, el camino al Gólgota con la cruz. Ya ahí decidí alejarme. El final era evidente: la muerte. En ese momento pensé que era mejor que fuera sólo la de Él y no también la nuestra. Y después ese sábado y domingo interminables, tan vacíos. A pesar de lo que las mujeres que estaban con nosotros habían dicho, yo no podía creerlo. Yo lo había visto morir.
Por eso me fui de Jerusalén y Cleofás se sumó a mi peregrinar. Por supuesto que íbamos hablando de lo que había pasado, y lo hacíamos con una tristeza tan profunda, con la decepción que inundaba nuestros corazones que vivían un enorme sinsentido. Pero el consuelo llegó cuando Jesús se acercó y siguió caminando con nosotros. Realmente nos calentó el corazón que ya teníamos desentendidamente frío. Y se quedó con nosotros ese día. Qué alegría y qué pleno se sentían nuestros corazones. Nos mirábamos con Cleofás y no podíamos creerlo: ¡El Maestro está Vivo! ¡Hay que decírselo a Pedro y a los demás! Pero ya era de noche. Nos había llevado todo el día caminar hasta aquí desde Jerusalén, y ahora teníamos que volver si queríamos compartir esta maravillosa alegría.
Y, ¿por qué les cuento esto? Porque quizás a ustedes les pase un poco lo mismo: ya tuvieron y tienen experiencia del encuentro con el Señor resucitado. Ahora llega la parte de salir a contárselo a otros; algunos por primera vez, otros necesitando renovar el fervor. Lo cierto es que es ahí justamente donde empiezan los “peros”: “pero ya es de noche y es peligroso volver a Jerusalén”; “pero si yo ya tengo esta alegría y estoy feliz así”; “pero”, “pero”… y más “peros” que ustedes podrán ponerles nombre.
Hoy yo les quiero proponer que cambien el “pero” por el “porque”. Salir a anunciar que Jesús a los demás porque sin Él la vida es un desperdicio.
Salir a decirle a todos que Jesús está vivo porque es evidente que los apóstoles no inventaron su resurrección; si la hubieran inventado, no hubieran dado su vida por eso y nadie muere por un invento; no puede no ser verdad todo esto, porque uno puede inventar algo para tener fama, poder, pero nadie da la vida por una fábula.
Salir porque Jesús nos dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (Lc. 10,2). Porque Jesús “subió a un monte y llamó a los que quiso, vinieron a Él y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc. 3,13). Porque “hemos recibido la sublime misión de esparcir por todas partes la fragancia de Cristo” (cfr. 2Cor. 2,14).
Y sobre todo salgamos porque en nuestro corazón resuena como un eco la voz del Maestro: “Yo sé bien a quienes he elegido”(Jn. 13,18).
Porque no es humildad creer que no somos dignos, sino reconocer que Cristo nos ha elegido. Nos ha elegido para que seamos santos, no porque seamos mejores que los demás, sino que nos ha elegido por su Misericordia, su Amor y su compasión por la humanidad. Y es por esa Misericordia y Amor que el Señor quiere que lo hagamos presente.

Cantamos juntos…

Rezamos juntos...
Jesús, que dijiste: “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”; que enseñaste que si dos o más se reúnen en la tierra para pedir algo, el Padre del Cielo lo concederá; que dijiste que todo lo que se pida con fe en la oración será concedido; que todo el que pida el Espíritu Santo a Dios Padre le será dado porque es un Padre bueno; Vos, que enseñaste que el Padre Dios sabe cuáles son nuestras necesidades; que dijiste que hemos de orar en toda ocasión sin desanimarnos; que enseñaste a tus discípulos a orar dándoles la oración del Padre nuestro; Vos que rezaste durante tu vida terrena intimando con Dios, que oraste ante los grandes misterios de tu misión redentora, que te entregaste a la voluntad del Padre en la pasión y en la muerte y que en tu oración intercediste por tus discípulos para que fuesen fieles. Jesús, Vos que sos el Sumo y Eterno Sacerdote, escuchá esta oración que hoy te hacemos ante tu Presencia Real en la Eucaristía. Porque queremos vivir como los apóstoles después de Pentecostés en el “no podemos callar lo que vemos y oímos” (cfr.Hch.4, 20). Pero necesitamos tu unción y tu bendición.

Pongamos nuestra vida y el futuro de este grupo en manos de la Virgen. Ella que supo cuidar de Jesús y de la Iglesia en sus comienzos, sabrá cuidar de nosotros. Por eso le cantamos con fe…

8 de septiembre de 2011

Jornada de oración por la vida consagrada: "La Eucaristía y María, dos columnas de nuestra fe y espiritualidad"


Del Sr. Nuncio apostólico a hermanas carmelitas:

“Entonces Jesús, viendo a su madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, dijo a su Madre: ‘Mujer, aquí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Aquí tienes a tu madre’. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (Jn. 19, 26-27).

Reverendas Hermanas:

Es con gran alegría que hoy vuelvo a encontrarme entre ustedes para celebrar esta Eucaristía en el día de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen. Siempre es hermoso y significativo unir estas dos columnas de nuestra fe y espiritualidad: ¡la Eucaristía y María!

El trozo del Evangelio que acabamos de leer nos presenta a María como la “Madre de los Creyentes” o “Madre nuestra”: ¡el último regalo de Jesús a la humanidad! Cuando Jesús ya no tenía más nada para darnos, ¡nos entrega a su misma Madre!
Se trata indudablemente de una maternidad espiritual, la que análogamente a la física se realiza a través de dos momentos: ¡concepción y dar a luz!

- María nos ha concebido, es decir nos ha acogido en sí, en el mismo momento de la Anunciación y ciertamente a medida que Jesús avanzaba en su misión. Progresivamente ha ido descubriendo que su Hijo no era un hijo como los otros, sino un “primogénito entre muchos hermanos” (Rm. 8,29), que a su alrededor iban formando una comunidad.
Queriendo hacer una analogía, el pensamiento vuela espontáneamente hacia algunas grandes madres de sacerdotes fundadores de obras religiosas –como por ejemplo la madre de Don Bosco- que en cierto momento vio cómo su propio hijo llevaba a su casa escuadras de “pequeños amigos” y en silencio, sin necesidad de muchas explicaciones, comenzaron a organizarse de acuerdo a las nuevas exigencias, preparando también para ellos la comida y el lugar para dormir, como si todos fueran sus hijos.
Pero en el caso de María había algo más profundo. Cuando en aquellos años María escuchaba o llegaba a enterarse lo que el Hijo andaba diciendo: “...Venid a Mí, todos los que estáis cansados y oprimidos...” (Mt. 11,28), comprendió que ella no podía echarse atrás, rechazando el acoger como hijos suyos a los invitados por su Hijo, sin dejar, espiritualmente, de ser su madre.

- Cuanto hemos descrito corresponde al tiempo de la concepción, del “sí” del corazón. Ahora, bajo la cruz, es el momento penoso del parto.
Jesús se dirige, en este momento, a la Madre, llamándola “mujer”. No pudiéndolo afirmar con certeza, pero conociendo la costumbre de Juan de hablar también por alusiones y símbolos, esta palabra hace pensar en aquello que Jesús había dicho: “La mujer cuando está por dar a luz, se siente angustiada porque ha llegado su hora” (Jn. 16,21).
No sólo, sino que también hace pensar en lo que se lee en el Apocalipsis de la “Mujer encinta que gritaba por los dolores del parto” (Ap. 12, 1 ss.). Si bien esta Mujer es, en primer lugar, la Iglesia, la comunidad de la Nueva Alianza que da a luz al hombre nuevo y al mundo nuevo, María está comprometida igualmente en primera persona, como la iniciadora y representante de aquella comunidad creyente.
Esta aproximación entre María y la figura de la Mujer ha sido percibida rápidamente por la Iglesia (ya con San Ireneo) cuando ella vio en María a la nueva Eva, la nueva “madre de todos los vivientes”.

María encuentra así una nueva fecundidad. Si bien exteriormente su cuerpo no indica nada, Ella “siente” lo que ha sucedido no solamente en el espíritu , sino casi físicamente, en todo su ser. A más de treinta años de distancia, vuelve a ser Madre. Madre de la Iglesia. Madre de todos los creyentes en el Hijo, Made de todos los bautizados, Madre de todos nosotros.
Madre con una doble maternidad: Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.
María desciende del Calvario un oco encorvada, el paso ligeramente pesado. No puede tener más aquél ligero, rápido, con que se había dirigido muchos años antes de Nazareth a Ain-Karim, hasta la casa de su prima Isabel, con motivo del nacimiento del Bautista. Y se dispone a la plena realización de esta segunda maternidad que tendrá lugar plenamente en el Cenáculo, unos cincuenta días después con el descendimiento del Espíritu Santo.
He aquí a María, Madre de la Iglesia, Madre de una multitud innumerable de Hijos a lo largo de los siglos. He aquí de qué es capaz la virginidad!

Volviendo ahora al texto de Juan podemos observar que las palabras de Jesús a María “Mujer he ahí a tu Hijo” y a Juan “He ahí a tu Madre” tienen ciertamente un significado inmediato y concreto: Jesús confía María a Juan y Juan a María.

Sin embargo cuanto hemos dicho no agota el significado completo de la escena, es decir personal y ligado solamente a Juan. En efecto, si se lee, el trozo del Evangelio no únicamente en clave común, como si fueran las últimas disposiciones testamentarias, el significado que entiende darle Juan es más bien universal.
Para Juan el momento de la muerte es el momento de la glorificación de Jesús, del cumplimiento definitivo de las Escrituras y de todas las cosas.
En efecto, inmediatamente antes de las palabras referentes a María:
- se habla del título “Rey de los Judíos” con clara alusión al significado profético y pleno;
- se habla de la túnica sin costura (Jn. 19, 23), que parece referirse a la túnica del sumo sacerdote, que debía también ella ser tejida entera (Ez. 28, 31);
- inmediatamente después de aquellas palabras se dice que Jesús “entrega el espíritu”, es decir que murió, pero también que esparce el Espíritu Santo;
- como indica también el episodio que sigue sobre el agua y la sangre del costado, leído a la luz de lo que Juan escribe en su primera carta: “tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre (1 Jn. 5, 7-8);
- el costado abierto alude a la profecía de Ezequiel sobre el nuevo templo, de cuyo costado brota el río de agua viva (cfr. Ez. 47,1);
- Jesús mismo define su cuerpo destruido y reedificado como el nuevo templo (cfr. Jn. 2, 19).
Dado todo este contexto, no se puede no ver un significado más universal y eclesial, ligado de alguna manera a la “mujer” del Apocalipsis 12. Y este significado más universal y eclesial es que el discípulo no representa aquí sólo a Juan, es decir al discípulo predilecto, sino a todos los discípulos. Ellos son dados a María por Jesús moribundo, como sus hijos, del mismo modo que María es dada a ellos como Madre.

Todos nosotros, en cuanto bautizados y hermanos de Jesús, somos dados a María como hijos y tenemos a María como Madre.
He aquí una de las magníficas realidades de nuestra fe: María, nuestra Madre.
A cada uno de nosotros queda el compromiso de mostrarnos sus hijos... María no dejará de ser nuestra Madre.