20 de julio de 2011

"El sembrador salió a sembrar"


Comentario del santo Cura de Ars al Evangelio de hoy:
"Si me preguntáis ahora lo que quiere decir Jesucristo por este sembrador, que salió de madrugada para ir a sembrar la simiente en el campo, hermanos míos, el sembrador es Dios mismo, que empezó a trabajar en nuestra salvación desde el comienzo del mundo, enviándonos a sus profetas antes de la venida del Mesías, para que aprendamos lo que se necesitaba para salvarse; no se ha contentado con enviarnos a sus servidores, vino él mismo, y nos ha trazado el camino que debemos seguir, ha venido a anunciarnos la santa palabra.

¿Sabéis lo que supone que una persona no se alimente de esta palabra santa o abuse? Es similar a un enfermo sin médico, a un viajero perdido y sin guía, a un pobre sin recursos; digamos mejor, hermanos míos, que es imposible amar a Dios y complacerle sin ser alimentado por esta palabra divina. ¿Qué es lo que nos mueve a acercarnos a él, si no porque lo conocemos? Y ¿quién nos lo hace conocer con todas sus perfecciones, bondades y su amor para con nosotros, si no la Palabra de Dios, que nos enseña todo lo que ha hecho por nosotros y los bienes que nos prepara en la otra vida, si queremos complacerle?"

Vayamos entonces a adorar a la Palabra Viva en la Eucaristía

15 de julio de 2011

Adoradores en Espíritu y en Verdad





Presentamos a continuación un texto que nos puede ayudar a en la Lectio Divina del Evangelio según san Juan donde se relata el encuentro de Jesús con la mujer de Samaría. Para muchos, este pasaje es el texto cumbre sobre la adoración.


Juan 4:


v. 19 «La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta”»: La Samaritana abre su corazón a Jesús, al comprobar que es un profeta. Este hombre ha tenido la capacidad de conocer su vida por dentro, y eso es señal de que es un hombre de Dios. Pues bien, ante los hombres de Dios, se suele abrir el corazón, planteando las dudas y cuestiones determinantes de la existencia.


v. 20 «Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén»: La Samaritana le propone al “profeta” la vieja controversia entre samaritanos y judíos acerca del verdadero lugar de adoración a Dios. Desde la fuente de Jacob se contempla el monte Garizim, por lo que la pregunta estaba servida: ¿Era en Garizim o en Jerusalén donde se había de dar culto a Dios?


v. 21 «Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”»: Jesús responde a la Samaritana con unas palabras de revelación que remiten al futuro: “Se acerca la hora” en que ambos santuarios perderán su significado. Este giro de San Juan (“se acerca la hora”), lo podemos encontrar también en otros pasajes de su Evangelio (Jn 5, 25.28), y tiene un matiz escatológico: la luz alborea con la persona misma de Jesús; en Él se anuncia la nueva forma de adoración a Dios, para la cual es irrelevante el lugar del culto.
Llegado ese momento, también los samaritanos adorarán al Padre. He aquí una velada promesa de que todos –judíos, samaritanos, paganos- están llamados al conocimiento y a la adoración del Dios verdadero. En la cumbre de la revelación, no será la pertenencia a un pueblo determinado el factor que distinga a los verdaderos adoradores de los falsos, sino la disposición personal a acoger la luz de la revelación que se dirige a todos los pueblos.


v. 22 «Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos»: Ahora bien, Jesús hace constar que la salvación ha tenido un camino histórico establecido por Dios, a través del pueblo judío. El culto de los samaritanos tuvo su origen en ambiciones y enfrentamientos políticos. Por ello, el Mesías esperado viene de los judíos.
El papel de Israel ha sido importantísimo en la Historia de la Salvación, pero ha llegado ya a su final (v. 17 «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo»). Llegado ahora Cristo, los samaritanos y todos los demás pueblos estarán en igualdad de condiciones para acoger la plenitud de la revelación.


v. 23 «Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le adoren así»: Con una concisión y densidad insuperables, Jesús formula la siguiente expresión: “Los verdaderos adoradores del Padre, le adorarán en espíritu y en verdad”. Algunos han interpretado esta doble adoración de forma equivocada o insuficiente:


+ Por la “adoración en espíritu” se entendería la actitud moral interior, en contraste con el mero culto exterior ritualista del Antiguo Testamento que era reprochado por los profetas.


+ Y la “adoración en verdad” se interpretaría en referencia a la novedad de Cristo, en contraste con las “sombras” del Antiguo Testamento. Por ejemplo, los sacrificios de animales eran sombra del sacrificio de Cristo, la circuncisión era sombra del bautismo (cfr. Col 2, 11-12), etc.
Pero no parecen aceptables dichas interpretaciones… El término “pneuma” (espíritu) no puede entenderse en el sentido moral o antropológico; sino más bien en el sentido de “espíritu divino”, como por norma general es utilizado en San Juan. Además, en esta ocasión no hay duda alguna, puesto que en el versículo siguiente (v. 24) especificará: “Dios es pneuma”.
Por lo tanto, en el caso presente Jesucristo no estaba contraponiendo el culto meramente ritualista al culto espiritual, sino que va mucho más allá: “espíritu” y “verdad” se refieren al “Espíritu Santo” y al “Verbo”. Es decir, los auténticos adoradores adorarán al Padre, en el Espíritu Santo y en Jesucristo. La segunda y la tercera persona de la Santísima Trinidad, nos introducen en su escuela de adoración… Adoramos por Ellos, con Ellos y en Ellos.
En el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 3-8), queda claro que el hombre necesita nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Jn 3, 3-8) para acoger el don de Dios. El hombre terreno no tiene por sí mismo acceso a Dios, sino que esa intimidad con Dios le es regalada gratuitamente. Dios capacita al hombre para poder relacionarse con Él. El encuentro del hombre con Dios es un regalo de este último, que le eleva gratuitamente a la condición de “hijo”. Somos “hijos” en el Hijo, por el Espíritu Santo. La adoración en “espíritu” tiene lugar en el único templo agradable al Padre, el Cuerpo de Cristo resucitado (Jn 2, 19-22).


v. 24 «Dios es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»: Jesús da como razón profunda de esta adoración, precisamente el ser o la naturaleza de Dios: “Dios es espíritu”, lo cual trae a la memoria que Dios es inaccesible para los que somos seres carnales y materiales. Para encontrarse con Dios se requiere una elevación del hombre, a la condición de “hombre espiritual”. Por ello, lo decisivo no es el lugar donde se realice la adoración externa (en Jerusalén o en Garizim), sino nuestro acceso a la divinización, en Cristo, por el Espíritu Santo.
Este episodio de la samaritana deja claras las distancias entre la soteriología cristiana y la soteriología gnóstica: frente a la concepción de que el ser divino no es accesible más que para los sabios o los puros (cfr. Escritos de Nag-Hammadi), el Evangelio de San Juan se centra en la clave de la Revelación misericordiosa de Dios a todas las naciones, manifestada en el mediador entre Dios y los hombres –el Salvador del mundo- que es Jesucristo.


v. 25 «La mujer le dice: “Sé que ha de venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”»: La Samaritana no entiende las palabras de Cristo, y mira al futuro esperando al Mesías, que lo anunciará todo. Jesús le quiere hacer entender que el futuro ha llegado: ¡es el presente!


v. 26 «Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”»: Jesús se da a conocer a la mujer como el Mesías esperado, mediante la fórmula de revelación “Ego Eimí”. Resuena aquí, de forma evidente, la expresión joánea que refiere a Cristo el “Yo Soy” (Yahvé) del Antiguo Testamento.
Se alcanza aquí el punto culminante del diálogo entre Jesús y la Samaritana: Él es el dador del agua viva, así como el “lugar” del nuevo culto a Dios. Los samaritanos, imagen de cada uno de nosotros, llegan por fin a la fe en Jesucristo, el Salvador del mundo.
La conclusión de este pasaje evangélico de San Juan, auténtica cumbre de la pedagogía con la que la Sagrada Escritura nos introduce en la escuela de la adoración, es la siguiente: La adoración no es otra cosa que la expresión de la espiritualidad bautismal; la consecuencia lógica de haber sido introducidos en el seno de la Trinidad. Somos hijos en el Hijo, y en Él, por el Espíritu Santo, somos adoradores del Padre.


Ésta es -en la vida presente- y será -por toda la eternidad- nuestra vocación: ser adoradores del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Llegados a este punto, ¿cómo no traer a colación aquellas palabras de mi querido paisano y santo patrón, Ignacio de Loyola: «El hombre ha sido creado para dar Gloria a Dios». San Pablo lo refleja en un bello himno de la Carta a los Efesios: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya» (Ef 1, 3-6).

4 de julio de 2011

Eucaristía y Caridad

A veces se afirma equivocadamente que la adoración eucarística subraya unilateralmente la dimensión vertical de la espiritualidad católica, en detrimento de la dimensión horizontal, social o caritativa. ¡Nada más lejos de la realidad! Bastaría citar tantas experiencias de sanación de los “pobres de Yahvé”, que están teniendo lugar en torno a las capillas de Adoración Perpetua.
El reconocimiento de que Dios se hace uno de nosotros, poniéndose en nuestras manos, dándose como alimento para la vida del mundo; fundamenta el modelo cristiano de la solidaridad y de la caridad. En la noche de la institución de la Eucaristía, Jesús se ciñó la toalla a la cintura y se arrodilló ante nosotros, realizando el gesto del lavatorio de los pies. La adoración eucarística alimenta en nosotros los mismos sentimientos del Corazón de Cristo; «el cual no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos» (Flp 2, 6-7).

Para que el prójimo, y de forma especial los pobres, ocupen el lugar central que deben ocupar en nuestra vida, es indispensable que nuestro “yo” sea destronado. Y para que nuestro “yo” sea destronado, es necesario que la adoración ponga a Cristo en el centro de nuestra existencia. Cuando Cristo ocupa el lugar debido, el resto de las preocupaciones y ocupaciones (muy especialmente nuestra relación con el prójimo), como consecuencia se ven ordenadas.

Imaginemos una chaqueta caída en el suelo… Si alguien recogiese esa prenda de vestir sujetándola desde el extremo de una de sus mangas, o desde uno de sus bolsillos, el resultado sería un notable desbarajuste. Hay que coger la chaqueta desde los hombros, para colgarla adecuadamente en su percha.

Con la adoración ocurre algo similar: adorar es coger la vida “por los hombros”, y no “por la manga”. Quien pone a Dios en la cumbre de los valores de su existencia, observa que “todo lo demás” pasa a ocupar el lugar que le corresponde. Adorando a Dios se aprende a relativizar todas las cosas que, aún siendo importantes, no deben ocupar el lugar central, que no les corresponde. La educación en la adoración es totalmente necesaria para el vencimiento de las tentaciones de idolatría, en todas sus versiones y facetas: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto» (Mt 4, 10).

En la escuela de Jesús -el verdadero adorador del Padre-, aprendemos que la adoración no se reduce a un momento puntual realizado en la capilla, sino que es una dimensión esencial de la vida del creyente. Se trata de una actitud de vida, la actitud de adoración, tal y como lo expresa San Pablo: «Así que, hermanos, os ruego por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Éste es vuestro culto espiritual (“latreia”, del verbo latreo –adorar-)» (Rm 12, 1).

En resumen, la Sagrada Escritura no sólo nos invita a “hacer” oración de adoración, sino a “ser” adoradores en espíritu y en verdad; viviendo nuestra existencia como una ocasión providencial de testimoniar la gloria de Dios. He aquí una buena definición del adorador: “el testigo de la gloria de Dios”.

En la Bula del Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II pronunciaba estas hermosas palabras: «Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos». Concluyamos invocando a la Santísima Virgen María, como aquella que nos entregó y nos sigue entregando el Cuerpo y la Sangre de su Hijo para la adoración.

¡¡De la mano de María, adoremos a Jesucristo!!

Extracto del discurso de monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de san Sebastián, en la Conferencia Internacional de Adoración Eucarística, celebrada en Roma del 20 al 24 de junio de 2011


27 de junio de 2011

Benedicto XVI: “Sin la Eucaristía, la Iglesia no existiría”




Sin la Eucaristía, la Iglesia no existiría, expresó este domingo el papa Benedicto XVI al introducir la oración del Ángelus con los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro para rezar con él. El Papa recordó que, aunque el Vaticano celebró el Corpus Christi el pasado jueves, manteniendo la tradición secular, esta fiesta se estaba celebrabando en muchos países ese domingo.

Por ello, quiso volver sobre el significado de esta “fiesta de la Eucaristía, la cual constituye el tesoro más precioso de la Iglesia”.

“La Eucaristía es como el corazón latiente que da vida a todo el cuerpo místico de la Iglesia: un organismo social basado totalmente en el vínculo espiritual pero concreto con Cristo”, afirmó, insistiendo en que “sin la Eucaristía, la Iglesia sencillamente no existiría”.

“La Eucaristía es, de hecho, la que hace de una comunidad humana un misterio de comunión, capaz de llevar a Dios al mundo y el mundo a Dios”.

“El Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, transforma también a cuantos lo reciben con fe en miembros del cuerpo de Cristo, para que la Iglesia sea realmente sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos”, añadió.

El Papa afirmó que “en una cultura cada vez más individualista, como lo es aquella en la que estamos inmersos en las sociedades occidentales, y que tiende a difundirse en todo el mundo, la Eucaristía constituye una especie de antídoto".

“El vacío producido por la falsa libertad puede ser muy peligroso, y ante eso, la comunión con el Cuerpo de Cristo es fármaco de la inteligencia y de la voluntad, para volver a encontrar el gusto de la verdad y del bien común”.

La Eucaristía “actúa en las mentes y en los corazones de los creyentes y siembra continuamente en ellos la lógica de la comunión, del servicio, del compartir, en resumen, la lógica del Evangelio”.

Ciudad del Vaticano, 27 Jun. 11 (AICA)

HOMILÍA BENEDICTO XVI - FIESTA DE CORPUS CHRISTI 2011

"Toda lengua proclame que Jesús es Señor"



“Es conocido cómo nuestro querido Papa, Benedicto XVI, introdujo la adoración al Santísimo Sacramento en la dinámica de las Jornadas Mundiales de la Juventud. ¡Difícilmente olvidaremos aquella imagen de la explanada de Marienfeld en Colonia, en la que se realizó este gran “signo” ante los ojos del mundo entero! En aquella estampa se veía cumplida la Palabra de Dios, tal y como es expresada en la Carta de San Pablo a los Filipenses: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).
Tres años más tarde, en el hipódromo de Randwick, en Sydney, se volvió a repetir el mismo acto de adoración; y, Dios mediante, en Madrid, en el aeródromo de Cuatro Vientos, jóvenes de todo el mundo se postrarán, nuevamente, ante Cristo nuestro Señor.

¿Quién dijo que los jóvenes son insensibles al lenguaje litúrgico? No son tiempos para ofertas difusas e inconsistentes… Como afirma Benedicto XVI: «Los jóvenes no buscan una Iglesia juvenil, sino joven de espíritu; una Iglesia en la que se transparenta Cristo, el Hombre nuevo».
En estos momentos está brotando un estilo de pastoral juvenil “fuerte”, que fue puesto en marcha por el Beato Juan Pablo II, y consolidado por su sucesor en la Cátedra de Pedro.

Pues bien, sin pretender aplicar de forma unívoca este axioma al estudio de la adoración en el Nuevo Testamento, sí que podemos hacerlo análogamente. En los Evangelios descubrimos diversos pasajes en los que Jesús es adorado, de lo cual se desprende una profesión de fe en su divinidad. Si Jesús es adorado, es señal inequívoca de que es confesado como verdadero Dios. No en vano, en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel había sido educado para adorar solamente a Yahvé: «No adorarás a otro dios» (Ex 23, 24), «No adorarás a dioses extranjeros» (Ex 34, 14), «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4, 10). Quiero exponer a continuación algunos pasajes del Nuevo Testamento, en los que Jesús es adorado:

+ Nacimiento de Jesús: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo (proskyneo)» (Mt 2, 2); «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11).

+ Curación del ciego de nacimiento: «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y le adoró (proskyneo) (y se postró ante él)» (Jn 9, 35-38).

+ Jesús camina sobre las aguas: «Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subió a la barca le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él) diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 31-33).

+ Aparición de Jesús resucitado: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él)» (Mt 28, 9).

+ Ascensión al Cielo: «Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado al cielo. Ellos le adoraron (proskyneo) y se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24, 50-52).

+ Misión de los discípulos: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él), pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28, 16-20).

+ Adoración expresada en las cartas paulinas: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).

+ La adoración a Jesús contrasta en el Nuevo Testamento, con el rechazo de la adoración a los apóstoles, a los emperadores romanos, e incluso a los ángeles. Obviamente, esto da una autoridad, mayor si cabe, a los pasajes evangélicos que hemos aducido, en los que Jesús es adorado. Veamos algunos textos:

a) Rechazo de la adoración a los apóstoles: «Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú”» (Hch 10, 25-26).

b) Rechazo de la adoración a los emperadores romanos (figurados por la bestia del Apocalipsis): «El que adore a la bestia y a su imagen y reciba su marca en la frente o en la mano, ése beberá del vino del furor de Dios, escanciado sin mezcla en la copa de su ira, y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero» (Ap 14, 9-10).

c) Rechazo de la adoración a los mismos ángeles: «Caí a los pies (del ángel) para adorarlo, pero él me dijo: “No lo hagas, yo soy como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús; a Dios has de adorar”. El testimonio de Jesús es el testimonio del profeta» (Ap 19, 10).
Tras examinar estos textos, en los que la postración ante Jesucristo es plenamente equiparable a la adoración a Yahvé, podemos y debemos hacer una aplicación a nuestros días y a nuestra situación eclesial.

En la escuela de la JMJ: Hacia una espiritualidad de la adoración
Las diversas reflexiones que el Papa Benedicto XVI nos brindó en torno a la adoración eucarística realizada en la JMJ de Colonia, son una buena referencia para extraer conclusiones y hacer aplicaciones en la espiritualidad del adorador.

Aprovechando el lema de aquella JMJ en Alemania –«Hemos venido a adorarlo»-, fijémonos en unas palabras del Papa, pronunciadas en vísperas de su viaje a Alemania, después del ángelus del domingo 7 de agosto:

«Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están en camino, hacia Colonia con motivo de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tiene como lema “Hemos venido a adorarlo” (Mateo 2, 2). Se puede decir que toda la Iglesia se está movilizando espiritualmente para vivir este evento extraordinario, contemplando a los magos como singulares modelos en la búsqueda de Cristo, ante el cual arrodillarse en adoración. Pero, ¿qué significa adorar? ¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No! Una conocida oración, que muchos rezan por la mañana y por la tarde, inicia precisamente con estas palabras: “Te adoro, Dios mío, te amo con todo el corazón...”. En la aurora y en el atardecer, el creyente renueva cada día su “adoración”, es decir su reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede realizarse plenamente.

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma San Pablo, “habita corporalmente
toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). (…) Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores del Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. Con el próximo encuentro de Colonia, la Iglesia quiere proponer a todos los jóvenes del tercer milenio esta santidad, que es la cumbre del amor.

¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo. Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega».

Ciertamente, esta cita que hemos leído, descubre un corazón enamorado de Dios; el corazón de Benedicto XVI, quien pasará a la historia por su invitación perseverante a la adoración. El Papa nos habla de los santos como los verdaderos adoradores del Dios vivo: Entre ellos los Magos de Oriente, que lo dejaron todo para salir al encuentro del Dios hecho hombre; pero sobre todo, nos propone el modelo de María, quien habiendo engendrado a su Hijo en la carne, le adoró en “espíritu y verdad”.

Si la santidad es la vocación a la que todos los cristianos estamos llamados; y si, como Benedicto XVI había subrayado, la santidad es la condición indispensable para que seamos verdaderos adoradores de Dios; entonces, la conclusión que se deriva es contundente: «La adoración no es un lujo, sino una prioridad» (cf. Benedicto XVI, ángelus del 28-8-2005, Castelgandolfo).

Es decir, Benedicto XVI había incluido la adoración eucarística en la JMJ, para coronar la invitación que su predecesor, el Beato Juan Pablo II, nos dirigió a todos: “No tengáis miedo a ser santos”. Santidad y adoración son conceptos íntimamente unidos. La santidad posibilita la auténtica adoración; al mismo tiempo que la adoración es fuente de santidad.”

Extractos del discurso de monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de San Sebastián, en la Conferencia internacional de Adoración Eucarística, celebrada en Roma, del 20-24 junio 2011.

Recomendamos también visitar la sigueinte página: http://www.adoratio2011.com/?lang=es

25 de junio de 2011

Fiesta de Corpus Christi




Corpus Christi: una procesión relanzada en Roma por Juan Pablo II

(testimonio extraído de Zenit)


Con ocasión de la fiesta del Santísimo Sacramento, ayer jueves 23 de junio, Benedicto XVI presidió la misa, en el atrio de su catedral, la basílica de San Juan de Letrán. Después presidió la procesión eucarística a lo largo de la Via Merulana hasta Santa María la Mayor. Una procesión relanzada en Roma por Juan Pablo II.


La tradición de esta procesión en el corazón de Roma fue retomada por Juan Pablo II en 1979.


En Roma, fue a finales del siglo XV, bajo Nicolás V, cuando empezó a celebrarse la fiesta del Santo Sacramento o "Corpus Christi" con una procesión desde San Juan de Letrán a Santa María la Mayor.


Pero la actual via Merulana no fue practicable hasta 1575, fecha de la conclusión de los trabajos queridos por Gregorio XIII. La tradición se mantuvo durante tres siglos. Pero desde 1870, año de la toma de Roma, la tradición cayó en el olvido.


La procesión reunió en torno al Papa y a la Eucaristía, el jueves por la noche, a la luz de las antorchas, a los caballeros del Santo Sepulcro, las confraternidades y asociaciones, sobre todo las eucarísticas, las religiosas y mujeres consagradas, niños de la primera comunión, seminaristas, religiosos, sacerdotes, obispos y numerosos fieles de la diócesis de Roma y de diferentes partes del mundo, especialmente los peregrinos presentes en la audiencia general del miércoles por la mañana.


Pudieron seguir la celebración a través de pantallas gigantes tanto en el interior del patio del palacio de Letrán como en la plaza de San Juan.


El vicario del papa para Roma, cardenal Agostino Vallini, vio en estas celebraciones "un importante testimonio de fe y de unidad de la comunidad eclesial de Roma reunida en torno a su obispo, el papa Benedicto XVI". Invitó a toda la diócesis a hacerse "peregrinos en seguimiento del resucitado" para manifestar "la belleza y la alegría de la fe en Cristo".


La institución del Corpus Christi se debe en gran parte a una religiosa de Bélgica cuyo confesor llegó a ser papa: santa Juliana de Mont-Cornillon (1192-1258). La procesión de Letrán a Santa María la Mayor data del siglo XV.


Hay que señalar que la fiesta del Corpus Domini, del "Santo sacramento" o Corpus Christi se ha mantenido en el Vaticano en su lugar original, el jueves después de la octava de Pentecostés, a pesar de que numerosas diócesis, se ha trasladado al domingo siguiente por razones pastorales.


La celebración eucarística es seguida en Roma, tradicionalmente, por la procesión bajo los plataneros de la Vía Merulana, la gran arteria que une San Juan de Letrán con Santa María la Mayor.


Cada año, miles de peregrinos de Roma y del mundo acuden a participar a esta manifestación pública de fe eucarística a la que el Papa ha invitado a los fieles en estos días.


Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Domini mediante la bula Transiturus de hoc mundo, y confió entonces a santo Tomás de Aquino la redacción de textos litúrgicos para esta solemnidad, que fue fijada el jueves después de la octava de Pentecostés. La fiesta fue confirmada por el papa Clemente V en 1314.


Pero anteriormente, el papa Urbano IV había sido, en Bélgica, el confesor de santa Juliana de Mont Cornillon: es a ella a quien hay que atribuir el mérito de haber pedido al papa la institución de esta fiesta.


Huérfana, había sido recogida, a la edad de cinco años, con su hermana Inés, un año mayor que ella, por las agustinas de Mont-Cornillon, cerca de Lieja. Como las religiosas se dedicaban a cuidar leprosos, ellas fueron alojadas al principio en una granja. Pero a los catorce años, Juliana fue admitida entre las monjas.


Una visión, con la que ella fue favorecida dos años más tarde, está en el origen de sus esfuerzos por hacer instituir el Corpus Christi en honor del Santo Sacramento.


Sin embargo, al convertirse en priora, Juliana se encontró con crueles incomprensiones: fue tratada de falsa visionaria. Sus visiones, y su interpretación rigurosa de la regla agustiniana, provocaron su expulsión por dos veces del monasterio.


La primera vez, el obispo la volvió a llamar. La segunda, en 1248, se refugió en Namur, en un monasterio cisterciense, antes de abrazar la vida de eremita reclusa, en Fosses.


La abadía cisterciense de Villers, entre Bruselas y Namur, le ofreció sepultura, por ello la iconografía la representa vestida con el hábito de los cistercienses.


Mientras tanto, transmitido por la beata Eva de Lieja (+ v. 1266), sus esfuerzos no fueron en vanos, pues la fiesta del Santo Sacramento fue introducida en la diócesis. Y fue extendida a toda la Iglesia por Urbano IV, seis años después de su muerte. Fue él quien celebró el primer Corpus en Orvieto, con gran solemnidad.


La solemnidad del Corpus Domini se remonta en efecto a 1264, cuando se acogieron las devociones eucarísticas nacidas en los siglos XII y XIII, en reacción contra las dostrinas que negaban la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados.


A esta época se remonta también el "milagro de Bolsena", ciudad junto al lago que lleva su nombre, en el Lacio, al norte de Roma. Un sacerdote de Bohemia, Pedro de Praga, dudó de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, mientras celebraba la misa: vio entonces gotas de sangre manar de la hostia, manchando el lienzo del altar y la piedra. Informado del hecho, el papa pidió que se le remitieran los lienzos sagrados y se desplazó él mismo a recibirlos, acompañado por toda la corte pontificia.


Los acontecimientos se relatan en los frescos de la catedral de Orvieto. Gran parte de las reliquias se conservan allí: la hostia, el corporal y los purificadores de lino.


En Bolsena se puede ver aún el altar del milagro en la basílica de Santa Cristina, así como las piedras manchadas de sangre.


Por Anita S. Bourdin