16 de junio de 2011

Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Hoy, Jueves después de pentecostés, tenemos la alegría de celebrar junto a toda la Iglesia la fiesta de Jesucristo Sumo y eterno Sacerdote. Este día es motivo de alegría por el sacerdocio de Jesús y por el sacerdocio del que todos los bautizados participamos. Pero también es acción de gracias por el sacerdocio de aquellos que Él elige para que sean ministros suyos y administradores de sus sacramentos y de su Evangelio (como dice la oración colecta de esta fiesta). Roguemos a Jesús, nuestro intercesor, que quienes han sido sellados por el sublime carácter de su sacerdocio, sean fieles en el cumplimiento de su ministerio y demos gracias a Dios por la entrega diaria de cada uno.


Eres tú nuestro pontífice,
oh Siervo glorificado,
ungido por el Espíritu,
de entre los hombres llamado.

Eres tú nuestro pontífice,
el que tendiste la mano
a la mujer rechazada
y al ciego desamparado.

Eres tú nuestro pontífice;
el culto de los cristianos,
tu palabra que acontece
y el cuerpo santificado.

Eres tú nuestro pontífice;
morías en cruz clavado
y abrías la senda nueva
detrás del velo rasgado.

Eres tú nuestro pontífice,
hoy, junto al Padre, sentado;
hoy por la Iglesia intercedes,
nacida de tu costado

Eres tú nuestro pontífice;
¡Cristo, te glorificamos!
¡Que tu santo rostro encuentre
dignos de ti nuestros cantos! Amén.

"Es muy cierto que Jesucristo es sacerdote, pero no para sí mismo, sino para nosotros, porque presenta al Padre eterno las plegarias y los anhelos religiosos de todo el género humano; Jesucristo es también víctima, pero en favor nuestro, ya que sustituye al hombre pecador. Por esto, aquellas palabras del Apóstol: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» exigen de todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía nuestro Redentor cuando se ofrecía en sacrificio: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias a Dios.
Aquellas palabras exigen, además, a los cristianos que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los pecados. Exigen, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, para que podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo.»" De la encíclica Mediátor Dei del papa Pío XII

13 de junio de 2011

Recemos por el Papa en su 60 aniversario de Ordenación Sacerdotal frente a Jesús Eucaristía


Vaticano a 13 de mayo de 2011
CONGREGATIO PRO CLERICIS
Arzobispado de Buenos Aires

Festividad de la Virgen de Fátima
N. 2011 1477

Eminencia / Excelencia Reverendísima:
El próximo 29 de junio - Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo -coincide con el 60 aniversario de la Ordenación sacerdotal del amado Papa Benedicto XVI, que se celebró en dicho día del año 1951. Tal ocasión es particularmente propicia para estar junto al Sumo Pontífice y testimoniarle toda nuestra gratitud,afecto y comunión por el servicio, que está ofreciendo a Dios y a su Iglesia, pero, sobre todo, por aquel "resplandor de la Verdad sobre el mundo" mediante su constante y alta enseñanza.

En espíritu de sobrenatural sobriedad se ha pensado realizar una cosa apropiada a favor del Santo Padre, invitando a ella a cada circunscripción eclesiástica - con particular participación de los Sacerdotes - a fin de que se ofrezcan, en la circunstancia de este Aniversario, sesenta Horas de Adoración Eucarística (continuas o distribuidas) durante el próximo mes de Junio a favor de la santificación del Clero y para obtener el don de nuevas y santas vocaciones.
El culmen de este camino de oración podría hacerse coincidir con la Solemnidad
del Sagrado Corazón de Jesús (Jomada de santificación sacerdotal), el viernes 1 de julio. De este modo se podría homenajear al Pontífice con una extraordinaria corona de oración y de sobrenatural unidad, capaz de mostrar el real Centro de nuestra vida, del que proviene cualquier esfuerzo misionero y pastoral, como también el modo de hacer visible el verdadero rostro de la Iglesia y ele sus Sacerdotes.
Con la certeza de una cordial y solícita colaboración de cada Ordinario, en espíritu de profunda y permanente comunión, también en este importante Aniversario,quedo a la espera de una segura adhesión al mismo, y aprovecho la circunstancia para confirmarme con sentimientos de distinto obsequio, de Vuestra Eminencia / Excelencia Revdma.
affmo. en el Señor

Mauro Card. Piacenza
Prefecto

Celso Morga Iruzubieta
Arzob. Tit. De Alba marittima
Secretario

Lo que Cristo realizó en el altar de la Cruz y que antes instituyó como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu



Preseentamos a continuación una audiencia del beato Juan Pablo II sobre la relación entre el Espíritu Santo y la Eucaristía con motivo de la fiesta de Pentescostés.
1. La promesa de Jesús: 'seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días' (Hech 1, 5) significa que existe un vinculo entre el Espíritu Santo y el bautismo. Lo hemos visto en la anterior catequesis, en la que, partiendo del bautismo de penitencia que Juan impartía en el Jordán anunciando la venida de Cristo, nos hemos acercado a aquel que bautizará 'en Espíritu Santo y fuego'. Nos hemos acercado también a aquel único bautismo con que debía ser bautizado El mismo (Cfr. Mc 10, 38); el sacrificio de la cruz, que ofreció Cristo 'por el Espíritu Eterno' (Hb 9, 14) hasta el punto de hacerse 'el último Adán' y, como tal, 'espíritu que da vida', según lo que dice San Pablo (Cfr. 1 Cor 15, 45). Sabemos que Cristo 'dio a los Apóstoles el Espíritu que da vida el día de la Resurrección (Cfr. Jn 20, 22) y, a continuación, en la solemnidad de Pentecostés, cuando todos quedaron 'llenos del Espíritu Santo' (Hech 2, 4).

2. Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu existe, por tanto, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía renueva místicamente el sacrificio redentor de Cristo, es fácil, por lo demás, entender el vínculo intrínseco que existe entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la Iglesia mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu Santo la constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía y la orienta hacia la Eucaristía.

Jesús había dicho en una de sus parábolas: 'El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo' (Mt 22, 2). La Eucaristía constituye la anticipación sacramental y en cierto sentido una 'pregustación' de aquel banquete real que el Apocalipsis llama 'el banquete del Cordero' (Cfr. Ap 19, 9). El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de su prefiguración y anticipación eucarística, es el Cordero que 'borró los pecados del mundo', el Redentor.

3. En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando los Apóstoles, y junto con ellos los demás discípulos y confesores de Cristo, son 'bautizados en Espíritu', la Eucaristía es y permanece hasta el fin de los tiempos el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo.

En Ella está presente 'da sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios' (Hb 9, 14); la sangre 'derramada por muchos' (Mc 14, 24) 'para perdón de los pecados' (Mt 26, 28); la sangre que 'purificará de las obras muertas nuestra conciencia' (Cfr. Hb 9, 14); la 'sangre de la alianza' (Mt 26, 28). Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara: 'Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre' (Lc 22, 20; cfr. 1 Cor 11, 25), y recomienda a los Apóstoles: 'haced esto en recuerdo mío' (Lc 22, 19). En la Eucaristía (cada vez) se renueva (es decir, se realiza nuevamente) el sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo una sola vez al Padre en la cruz para la redención del mundo. Dice la Encíclica Dominum et Vivificantem que 'en el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción... que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico' (n. 40).

4. La Eucaristía es el sacramento de este amor redentor, estrechamente vinculado a la presencia del Espíritu Santo y a su acción. ¿Cómo no recordar, en este momento, las palabras pronunciadas por Jesús cuando, en la sinagoga de Cafarnaún, tras la multiplicación del pan (Cfr. Jn 6, 27), proclamaba la necesidad de alimentarse de su carne y de su sangre? A muchos de los que lo escuchaban, su lenguaje sobre el comer su cuerpo y beber su sangre (Cfr. Jn 6, 53) les pareció 'duro' (Jn 6, 60). Intuyendo esta dificultad Jesús les dijo ' Esto os escandaliza? 'cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?' (Jn 6, 61-62). Era una explícita alusión a la futura ascensión al cielo. Y precisamente en aquel momento añade una referencia al Espíritu Santo, que sólo tras la ascensión adquiriría plenitud de sentido. Dijo: 'El espíritu es el que da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida' (Jn 6, 63).

Los oyentes de Jesús entendieron de modo 'material' aquel primer anuncio eucarístico. El Maestro quiso en seguida precisar que su contenido sólo podía aclararse y entenderse por obra del 'Espíritu que da vida'. En la Eucaristía Cristo nos da su cuerpo y su sangre como alimento y bebida, bajo las especies del pan y del vino, como durante el banquete pascual de la última Cena. Solamente en virtud del Espíritu, que da vida, el alimento y la bebida eucarísticos pueden obrar en nosotros la 'comunión', es decir, la unión salvífica con el Cristo crucificado y glorificado.

5. Hay un hecho significativo, ligado al acontecimiento de Pentecostés: desde los primeros tiempos después de la venida del Espíritu Santo los Apóstoles y sus seguidores, convertidos y bautizados, 'acudían asiduamente... a la fracción del pan y a las oraciones' (Hech 2, 42), como si el mismo Espíritu Santo nos hubiera orientado a la Eucaristía. He subrayado en la Encíclica Dominum et Vivificantem que 'guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia desde el principio se manifestó y se confirmó a sí misma a través de la Eucaristía' (n.62).

La Iglesia primitiva era una comunidad fundada en la enseñanza de los Apóstoles (Hech 2, 42) y animada en su totalidad por el Espíritu Santo, el cual infundía luz a los creyentes para que comprendiesen la Palabra, y los congregaba en la caridad en torno a la Eucaristía. Así la Iglesia crecía y se propagaba en una muchedumbre de creyentes que 'no tenía sino un solo corazón y una sola alma' (Hech 4, 32).

6. En la Encíclica citada leemos también que 'mediante la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana' (n. 62). Es decir, descubren el valor de la vida interior, realizando en sí mismas la imagen de Dios Trinidad que siempre se nos ha presentado en los libros del Nuevo Testamento y especialmente en las Cartas de San Pablo, como Alfa y Omega de nuestra vida, o sea, el principio según el cual el hombre es creado y modelado, y el fin último al que está ordenado y es guiado según el designio y la voluntad del Padre, reflejados en el Hijo-Verbo y en el Espíritu-Amor. Es una hermosa y profunda interpretación que la tradición patrística, resumida y formulada en términos teológicos por Santo Tomás (Cfr. S.Th. I, q. 93, a. 8), ha dado de un principio clave de la espiritualidad y de la antropología cristiana, así expresado en la Carta a los Efesios: 'Por eso doblo mis rodillas ante el padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios' (Ef 3, 14-19)

7. Es Cristo quien nos da esta plenitud divina (Cfr. Col 2, 9 ss.) mediante la acción del Espíritu Santo. Así, colmados de vida divina, los cristianos entran y viven en la plenitud del Cristo total que es la Iglesia, y, a través de la Iglesia, en el nuevo universo que poco a poco se va construyendo (Cfr. Ef 1, 23; 4,12-13; Col 2, 10). En el centro de la Iglesia y del nuevo universo está la Eucaristía, donde se halla presente el Cristo que obra en los hombres y en el mundo entero mediante el Espíritu Santo.

17 de mayo de 2011

“No logramos darnos cuenta de cuánto nos ama Dios” Carlos de Jesús


En un mundo lleno de voces que gritan y nos distraen no es fácil escuchar una voz que habla muy desde arriba en nuestro interior, y que dice como en un murmullo: “Tú eres mi amado, en ti me complazco.” Muchas veces esta voz suave y amable que nos llama “mi amado” nos ha llegado por infinitos caminos. Nuestros padres, familia, amigos y personas ajenas a nosotros que se han cruzado en nuestro camino. Nos han ayudado, guiado, amado. Pero de alguna manera todos estos signos no han sido suficientes para convencernos de que somos amados. Siempre se nos viene a la cabeza la pregunta: si todos los que se preocupan tanto por mí pudieran verme en mí ser más íntimo, ¿seguirían amándome? Esta pregunta nos persigue, se enraíza en nuestro ser y nos hace alejarnos nuevamente de esa voz de Dios Padre casi susurrante que nos llama “Mi Amado”. Pero la realidad es que somos amados; hemos sido amados mucho antes de que nuestros padres, profesores y amigos nos hayan amado o herido.
Es cierto que somos amados, pero tenemos que convertirnos interiormente en amados; es cierto que somos hijos de Dios pero tenemos que llegar a serlo interiormente. Debemos llegar a ser. Debemos llegar a sentirnos amados en las situaciones comunes de nuestra existencia diaria y, poco a poco, llenar el vacío entre lo que debemos ser y las incontables y específicas realidades de nuestra vida. Cuando nuestra verdad más profunda es que somos amados, y cuando nuestro mayor gozo y nuestra paz provienen de aspirar a hacer plenamente nuestra esa verdad, está claro que eso llegará a tener un eco palpable en nuestro comer, beber, amar, divertirnos y trabajar.
Para llegar a ser los amados debemos primero afirmar y estar seguros de que hemos sido elegidos. Cuando sé que fui elegido soy consciente de que se me ha visto como una persona especial, alguien se ha fijado en mí, en mi calidad de persona única y ha expresado el deseo de conocerme y de amarme. Como amados de Dios nosotros somos sus elegidos. Es decir, fuimos vistos por Dios cómo únicos, especiales y valiosísimos.
“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.” (Jn. 3,16)
Desde toda la eternidad, antes de haber nacido y haberte convertido en parte de la historia, existías en el corazón de Dios, los ojos de Dios te habían visto cómo muy valioso, de una belleza infinita, de un valor eterno.
“La voluntad de Dios es que sean santos” (1 Tes. 4,3). Esa es nuestra vocación: la santidad. “Sean santos como es santo el Padre que está en el Cielo” (Mt. 5,48), nos dice Jesús. Sean santos o, lo que es lo mismo, sean amados. Que su esencia sea ser amados. La voluntad de Dios es que sean amados. Sean amados, como es amado el Padre que está en el Cielo. El Padre es amado por el Hijo y el Hijo es amado por el Padre, siendo el Amor que los une tan grande que es la tercera Persona de la Trinidad: el Espíritu Santo. Dios nos quiere introducir a nosotros en esa relación eterna de amor que es la Trinidad.
Pero, ¿es posible en esta generación frágil y de un humor tan cambiante, hablar de santidad, hablar de amados eternamente? ¿Es posible convencernos de una vez y para siempre que somos los amados de Dios? Porque si nos convencemos de esta verdad nuestra vida cambia radicalmente. Sí, es posible. Porque para ser los amados de Dios no hace falta hacer nada sino ser, y recibirlo todo de Dios. No se nos pide en primer lugar tal o cual virtud, tal o cual acción, tal o cual palabra o gesto, sino, ante que nada, recibir. Tenemos que recibir a Cristo para recibir su santidad, para recibir su capacidad de ser amado. Tenemos que estar ante Dios. Necesitamos estar ante Dios y dejarnos decir: “Vos sos mi amado”. Pero no una vez solamente, sino cada día en nuestra oración personal, frente a Jesús Eucaristía que no deja de decirnos: “Vos sos mi amado, por vos me hice Hombre y por Vos estoy acá en el Sagrario”. Recordando siempre lo que profetizó Isaías: “Él no gritará” y lo que nos pide Dios Padre: “Escúchenlo”.

13 de mayo de 2011

«Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre verdadera bebida»



Leemos en el evangelio de hoy:

"Jesús les dijo: Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.""

El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa? Pero hemos escuchado que, ante aquel primer anuncio, la gente, en vez de alegrarse, comenzó a discutir y a protestar: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52).

En realidad, esta actitud se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia. Se podría decir que, en el fondo, la gente no quiere tener a Dios tan cerca, tan a la mano, tan partícipe en sus acontecimientos. La gente quiere que sea grande y, en definitiva, también nosotros queremos que esté más bien lejos de nosotros. Entonces, se plantean cuestiones que quieren demostrar, al final, que esa cercanía sería imposible. Pero son muy claras las palabras que Cristo pronunció en esa circunstancia: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53). Realmente, tenemos necesidad de un Dios cercano.

Ante el murmullo de protesta, Jesús habría podido conformarse con palabras tranquilizadoras. Habría podido decir: «Amigos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se trata sólo de una profunda comunión de sentimientos». Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. Mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos de sus discípulos (Jn 6, 66). Más aún, se mostró dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos Apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia, hacemos nuestra: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).



Papa Benedicto XVI
Homilía para el Congreso Eucarístico italiano, 29/05/05

9 de mayo de 2011

Viva la Virgen de Lujan !


8 de Mayo es el día de la Virgen de Lujan, patrona de nuestra amada Patria Argentina. Nos unimos a la alegría de este día; que este año se celebra hoy (9 de mayo ya que ayer coincidía con el tercer domingo de Pascua; en el que honramos a la Madre de la Eucaristía bajo esta advocación que ha movido a tantas personas a ir peregrinando hasta el altar que se erigió en Luján y donde tantas Misas se han celebrado en su honor.

Gracias María, Madre nuestra, porque siempre nos llevas a Jesús Eucaristía.Desde el cielo donde moras junto al trono del Señor, no te olvides de tus hijos y danos tu bendición.

Himno a la Virgen de Lujan:

Gloria, gloria a la Virgen del Plata,
De los cielos la Estrella inmortal!
Ya la aclama su excelsa Patrona
La Argentina con himnos de paz.

Los anhelos del Pueblo Argentino,
De las almas la ardiente oración,
se difunden con voces de júbilo.
En un canto sublime de amor.

De la Patria los cielos hermosos
forman ya tu luciente dosel;
Tus altares adorna con flores
Del gran Pueblo Argentino la Fe.

2 de mayo de 2011

¡¡¡Juan Pablo II es BEATO!!!


¡Abrid, las puertas a Cristo,
no tengáis miedo!
Abrid de par en par
Vuestro corazón a Dios.

Testigo de esperanza
para quien espera la salvación,
peregrino por amor
en los caminos del mundo.

Verdadero padre para los jóvenes
a quienes enviaste al mundo,
centinelas de la mañana,
signo vivo de esperanza

Testigo de la fe
que anunciaste con la vida,
firme y fuerte en la prueba
confirmaste a tus hermanos.

Enseñaste a cada hombre
la belleza de la vida
indicando a la familia
como signo del amor

Portador de la paz
y heraldo de justicia,
te hiciste entre las gentes
nuncio de misericordia.

En el dolor revelaste
el poder de la Cruz.
Guía siempre a tus hermanos
en el camino del amor.

En la Madre del Señor
nos indicaste una guía,
en su intercesión
el poder de la gracia.

Padre de misericordia,
Hijo nuestro Redentor,
Santo Espíritu de Amor,
a ti, Trinidad, la gloria. Amén.

Extractos de la homilía de Benedicto XVI en la beatificación de Juan Pablo II:
“he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
«¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

[En el texto de la homilía:] ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bendícenos. Amén."