8 de abril de 2011

"Sin dejarse ver"


Del Evangelio según san Juan: "Después de esto, Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas,
Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver."
Jesús dijo: « Mi tiempo no ha llegado todavía, el vuestro está siempre dispuesto...Subid vosotros a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta porque mi tiempo no se ha cumplido todavía » (Jn 7, 6-8). ¿Qué es exactamente esta fiesta a la que nuestro Señor nos dice de subir y cuyo tiempo es en cualquier momento?
La fiesta la más excelente y la más verdadera, la fiesta suprema, es la celebración de la vida eterna, es decir, la felicidad eterna donde estaremos realmente cara a cara con Dios. Esto es, no podemos verlo aquí abajo, pero la que podemos ver, es un anticipo de aquella, una experiencia de la presencia de Dios en el espíritu por la alegría interna que nos da un sentimiento tan íntimo.
El tiempo que sigue siendo nuestro, es para buscar a Dios y continuar el sentimiento de su presencia en todos nuestros trabajos, nuestra vida, nuestro querer y nuestro amor. Por lo tanto, nosotros debemos elevarnos por encima de nosotros mismos y todo lo que no es Dios, no queriendo y no amando más que a solo Dios, con toda pureza y ninguna otra cosa más. Este tiempo es todos los instantes.
Este verdadero tiempo de la fiesta de la vida eterna, todos lo desean, es un deseo natural, puesto que todos los hombres, naturalmente, quieren ser felices. Pero el deseo no es suficiente. Debemos seguir y buscar a Dios por sí mismo. El anticipo del verdadero y gran día de la fiesta, a mucha gente le encantaría tenerlo y se quejan de que no se les da. Cuando en la oración, no experimentan, en las profundidades de sí mismos, un día de fiesta y no sienten la presencia de Dios, les duele. Rezan menos y lo hacen con mal humor, diciendo que no sienten a Dios y que esta es la razón por la que la acción y la oración les contraría. Eso es lo que el hombre nunca debe hacer. Nunca debemos hacer cualquier trabajo con tibieza, porque Dios está siempre presente, incluso si no lo sentimos, porque Él ha entrado secretamente en la fiesta.
Juan Tauler (v. 1300-1361),
Dominico en Strasbourg

2 de abril de 2011

Jamás dejéis la misa dominical



Que vuestra fidelidad se manifieste especialmente en la participación litúrgica dominical y festiva: jamás dejéis la Santa Misa y, si os es posible, no dejéis jamás el encuentro con Cristo en la comunión eucarística.

Juan Pablo II. Velletri (Italia), 8-1X-1980

Adorar a Cristo en el Sagrario



Cristo se queda en medio de nosotros. No sólo durante la Misa, sino también después, bajo las especies reservadas en el Sagrario. Y el culto eucarístico se extiende a todo el día, sin que se limite a la celebración del Sacrificio. Es un Dios cercano, un Dios que nos espera, un Dios que ha querido permanecer con nosotros. Cuado se tiene fe en esa presencia real, ¡qué fácil resulta estar junto a Él, adorando al Amor de los amores!, ¡qué fácil es comprender las expresiones de amor con que a lo largo de los siglos los cristianos han rodeado la Eucaristía!

Juan Pablo II. Lima, 15-VI-1988

Jesús está presente en la Eucaristía.



¡No olvidéis que Jesús ha querido permanecer presente, personal y realmente, en la Eucaristía, misterio inmenso, pero realidad segura, para concretar de modo auténtico este amor suyo individual y salvífico!

Juan Pablo II, Roma, 11-III-1979

El momento de la despedida

¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman!

Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de algún modo la presencia en la ausencia. Y nada más. El amor humano sólo es capaz de estos símbolos.

En testimonio y como lección de amor, en el momento de la despedida, "viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn. 13, l). Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, no deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria.

Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y su divinidad.

Juan Pablo II Fortaleza (Brasil), 9-VII-1980

23 de marzo de 2011

III Domingo de Cuaresma


«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría Agua Viva» (Jn 4, 10)
Monición de entrada:
Todos los seres humanos vivimos, a diario, la experiencia de la sed. Quien lleva horas sin beber, caminando en pleno verano o postrado en cama, parece que va a morir de sed.
La imagen del «sediento» le sirve a Jesús para dialogar con la samaritana (Jn 4). El mismo Jesús le pide: «Dame de beber». Tiene sed física. Había caminado y era alrededor del mediodía. Pero esa petición es mucho más honda. Tiene sed de conversión de esa mujer. «Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él», decía san Agustín. Ésta es la verdadera sed de Jesús: la salvación de todos los hombres. En la cruz lo gritará con mucha fuerza: «Tengo sed» (Jn 19,28).
En este tiempo de Cuaresma, camino de la Pascua, somos invitados a acudir a la Fuente de Agua Viva: Jesucristo, presente en la Eucaristía. Hoy, desde su presencia eucarística, el Señor te dice: «Tengo sed de ti». Deja resonar esa palabra, su Palabra para ti.
Canto de entrada:
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.
Proclamación de la Palabra:
«Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se hablan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva? ¿Eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí para sacarla”» (Jn 4, 7-15).
Puntos de oración ante Jesús Eucaristía:
• Jesús tiene sed y suscita la sed de aquella mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios». Es como si le dijera: «Si tuvieras experiencia del amor infinito que tengo por ti, si te abrieras a la gracia de mi Espíritu, si bebieras en la Fuente de Agua Viva, si te dejaras transformar por mi misericordia… serías una mujer nueva, saciarías esa sed que tienes de amor. Has buscado amores raquíticos, han abusado de ti, te han dejado a mitad de camino, te han engañado… y estás destrozada. Estás llena de “heridas” afectivas; estás desengañada de vanos proyectos amorosos. Si conocieras a quien es el Manantial eterno: “le pedirías tú, y Él te daría Agua Viva”» (cf. Jn 4,10).
• Jesús se descubre como «el surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». Ante esas palabras llenas de verdad, que le «tocan» el corazón, que le llena de luz en su interior, ella responde: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed» (Jn 4,15).
• Esta es nuestra realidad. Estamos sedientos de amor, de luz, de ternura, de paz, de consuelo, de justicia, de libertad y… sin saberlo, «sedientos de Dios». «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2).
Silencio meditativo.
• La Eucaristía es la Fuente del Agua Viva. En ella Jesucristo, Agua Viva, se nos da y nos da su Espíritu de Amor. Así lo proclamó en el templo de Jerusalén:
«El último día, el más solemne, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de Agua Viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39).
• Del corazón traspasado de Cristo en la cruz, por la lanzada del soldado, brotará «sangre y agua», brotará un torrente de Agua Viva, el único Agua que puede saciar la sed de amor y santidad que lleva dentro todo bautizado.
• En esa Fuente del costado abierto de Cristo nos ha invitado la Iglesia a beber el Agua viva, el único Agua que calma la sed, que nos adentra en el misterio de amor del Hijo de Dios entregado para siempre como Cordero que quita el pecado del mundo.
• Jesús, presente en el Sagrario, nos llama cada día a prolongar el diálogo íntimo con Él después de cada Eucaristía, en adoración, en alabanza continua. Ahí, actualizamos esa presencia amorosa y señalamos al resto: «Está ahí; venid a adorarlo. ¡Está tan solo! ¡Está tan insuficientemente correspondido! ¡Él es tu faro de luz, el único que puede iluminarte y transformarte! Ven y adórale».
Silencio meditativo.
Oración final:
Oh Buen Pastor, que nos llamas a permanecer largo tiempo junto a ti, en tu presencia eucarística, acompañándote en el Sagrario, en adoración, acrecienta en cada uno el amor a la Eucaristía, la vivencia honda y gozosa de cada celebración de la Santa Misa y la renovación ardiente de la adoración eucarística en las parroquias, para que sean muchos los cristianos que se dejen transformar por ti al contemplarte, y sean sal de la tierra y luz del mundo, con su testimonio, en cualquier ambiente social.

18 de marzo de 2011


Con gran alegría, comenzamos a celebrar como Iglesia, la solemnidad de san José y creo que hay dos aspectos de la figura de este gran santo que pueden iluminar nuestra propia vida eucarística.
José ante el misterio de Dios presente en María se sorprende. La manifestación de Dios siempre sorprende. Conoce que Dios le llama a ser el esposo de María y el custodio de Jesús y acepta el riesgo que siempre supone la fe con un corazón sencillo, abierto, disponible.

Su fe se tradujo en fidelidad. Cumple la misión sin ruidos. Habla el lenguaje que mejor conoce: El lenguaje de los hechos. Siempre al lado de Jesús y de María con sentimientos de asombro y de gratitud. A San José le podríamos calificar como “Custodio de la Eucaristía”. Así lo afirma la liturgia: “Confiaste los primeros misterios de la salvación a la fiel custodia de San José”. Él acoge a Jesús presente en seno de María, él asiste a la adoración de los pastores y de los magos, él le lleva a Egipto y lo trae, él le enseña a rezar, él le busca, él contempla su crecimiento, él acepta con agrado su trabajo en el taller de Nazaret.

La Iglesia imita a José cuando suscita en los fieles los sentimientos de asombro y gratitud ante el misterio de la Eucaristía. “Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística”, decía el Santo Padre Juan Pablo II en su Encíclica (n. 5). En el pan y vino consagrados se hace presente el Señor mismo. Él en persona. Vivo. Resucitado. Dios y hombre. Nuestro mejor amigo. Nuestro Salvador.

Estamos invitados como San José a creer y a adorar. A reconocer y bendecir, a confesar y a postrarnos. Asombrados, estremecidos. Agradecidos y gozosos.
Que la fiesta de San José este año nos ayude a crear actitudes de adoración, de agradecimiento, de estima hacia Cristo presente en la Eucaristía y hacia su fiel custodio san José.
José, hijo de David, no temas al insondable plan de Dios.
El Padre Eterno ha querido confiarte a su Hijo,
a su Único, su Todo, a la Luz de sus ojos;
ha querido que tú, pequeño artesano,
hagas las veces de Él,
y modeles con arte el barro que el Eterno tomó para Sí.

Tus ojos miran lejos, Varón del asombro.
Tu cabeza sobre el bastón parece buscar apoyo
a cuanto el hombre ha pensado desde siempre sobre Dios.
Mientras los hombres piensan cómo atrapar el Misterio,
tú piensas cómo preservarlo y custodiarlo.
Y el Dios escondido desde siglos se confía a que tú lo escondas
del indiscreto, del curioso y del mirón.
Y tú -experto en escondrijos- Lo escondes y te escondes con Él.

Levántate José y llévame contigo a Egipto o Nazaret,
inclúyeme en el encargo divino y cárgame con ellos.
También yo, aunque no bendito,
Fruto soy del vientre purísimo de tu Esposa, mi Madre.
Pequeño pastor del Oculto;
escóndeme en la hendidura de tus vínculos
y dame parte en el sueño que sueñas para los tuyos.

Orante absorto del Portal: ¿en qué traes tu oración?
¿Es agua serena, es fuego inquieto, es brisa suave o huracán?
Tu cargado silencio es escuela, es modelo, es refugio.
Tú miras, callas, crees, adoras, amas...
desde el umbral.

Cuando el Verbo se hizo Carne,
tu carne se hizo asombro.
Asombro que dilatara de tal modo tu ser,
que lo hizo capaz de portar y custodiar el Misterio.
Sin tocarla, ni pretender atraparla,
tú recoges y resguardas la Luz increada dada a luz en la carne.

Padre José: Dios te ha confiado su Tesoro más preciado,
y de tu fiat y amén vivimos los redimidos.
Tú le mostrarás al Arquitecto del cosmos cómo trabajar la madera;
a la Palabra eterna, le enseñarás hablar;
al Amigo del Hombre a forjar vínculos de amistad;
al Guardián de Israel a no temerle a la noche,
al que enseñó a caminar a Efraím, a dar primeros pasos,
al que juega desde siempre ante el Padre a decir: Shemmá...
al Bienamado del Padre, a refugiarse en tus besos.
Por eso Jesús no sólo te obedeció como padre y te llamó Abbá.
Copió tus gestos y expresiones
y trabó contigo un amor de amistad sin igual.

Amado Padre, callado Padre, Abbá José:
tu bastón me infunde confianza y seguridad.
Sé que eres experto en viajes nocturnos,
Y aunque nada entiendas,
lo emprendes todo, lo abarcas todo,
Sombra de la sombra del Altísimo;
condúceme en mi peregrinar a tientas y tropiezos.
Pues entre nostalgias, miedos e incertidumbres,
es bajo tus ramas frondosas que me refugio
y al amparo de tus alas que recobro confianza.
Inmenso José, padre José: tu cayado me calla y serena
y me conduce a los pastos
que en tus sueños vislumbraste. Amén.