2 de abril de 2011

El momento de la despedida

¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman!

Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de algún modo la presencia en la ausencia. Y nada más. El amor humano sólo es capaz de estos símbolos.

En testimonio y como lección de amor, en el momento de la despedida, "viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn. 13, l). Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, no deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria.

Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y su divinidad.

Juan Pablo II Fortaleza (Brasil), 9-VII-1980

23 de marzo de 2011

III Domingo de Cuaresma


«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría Agua Viva» (Jn 4, 10)
Monición de entrada:
Todos los seres humanos vivimos, a diario, la experiencia de la sed. Quien lleva horas sin beber, caminando en pleno verano o postrado en cama, parece que va a morir de sed.
La imagen del «sediento» le sirve a Jesús para dialogar con la samaritana (Jn 4). El mismo Jesús le pide: «Dame de beber». Tiene sed física. Había caminado y era alrededor del mediodía. Pero esa petición es mucho más honda. Tiene sed de conversión de esa mujer. «Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él», decía san Agustín. Ésta es la verdadera sed de Jesús: la salvación de todos los hombres. En la cruz lo gritará con mucha fuerza: «Tengo sed» (Jn 19,28).
En este tiempo de Cuaresma, camino de la Pascua, somos invitados a acudir a la Fuente de Agua Viva: Jesucristo, presente en la Eucaristía. Hoy, desde su presencia eucarística, el Señor te dice: «Tengo sed de ti». Deja resonar esa palabra, su Palabra para ti.
Canto de entrada:
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.
Proclamación de la Palabra:
«Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se hablan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva? ¿Eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí para sacarla”» (Jn 4, 7-15).
Puntos de oración ante Jesús Eucaristía:
• Jesús tiene sed y suscita la sed de aquella mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios». Es como si le dijera: «Si tuvieras experiencia del amor infinito que tengo por ti, si te abrieras a la gracia de mi Espíritu, si bebieras en la Fuente de Agua Viva, si te dejaras transformar por mi misericordia… serías una mujer nueva, saciarías esa sed que tienes de amor. Has buscado amores raquíticos, han abusado de ti, te han dejado a mitad de camino, te han engañado… y estás destrozada. Estás llena de “heridas” afectivas; estás desengañada de vanos proyectos amorosos. Si conocieras a quien es el Manantial eterno: “le pedirías tú, y Él te daría Agua Viva”» (cf. Jn 4,10).
• Jesús se descubre como «el surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». Ante esas palabras llenas de verdad, que le «tocan» el corazón, que le llena de luz en su interior, ella responde: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed» (Jn 4,15).
• Esta es nuestra realidad. Estamos sedientos de amor, de luz, de ternura, de paz, de consuelo, de justicia, de libertad y… sin saberlo, «sedientos de Dios». «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2).
Silencio meditativo.
• La Eucaristía es la Fuente del Agua Viva. En ella Jesucristo, Agua Viva, se nos da y nos da su Espíritu de Amor. Así lo proclamó en el templo de Jerusalén:
«El último día, el más solemne, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de Agua Viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39).
• Del corazón traspasado de Cristo en la cruz, por la lanzada del soldado, brotará «sangre y agua», brotará un torrente de Agua Viva, el único Agua que puede saciar la sed de amor y santidad que lleva dentro todo bautizado.
• En esa Fuente del costado abierto de Cristo nos ha invitado la Iglesia a beber el Agua viva, el único Agua que calma la sed, que nos adentra en el misterio de amor del Hijo de Dios entregado para siempre como Cordero que quita el pecado del mundo.
• Jesús, presente en el Sagrario, nos llama cada día a prolongar el diálogo íntimo con Él después de cada Eucaristía, en adoración, en alabanza continua. Ahí, actualizamos esa presencia amorosa y señalamos al resto: «Está ahí; venid a adorarlo. ¡Está tan solo! ¡Está tan insuficientemente correspondido! ¡Él es tu faro de luz, el único que puede iluminarte y transformarte! Ven y adórale».
Silencio meditativo.
Oración final:
Oh Buen Pastor, que nos llamas a permanecer largo tiempo junto a ti, en tu presencia eucarística, acompañándote en el Sagrario, en adoración, acrecienta en cada uno el amor a la Eucaristía, la vivencia honda y gozosa de cada celebración de la Santa Misa y la renovación ardiente de la adoración eucarística en las parroquias, para que sean muchos los cristianos que se dejen transformar por ti al contemplarte, y sean sal de la tierra y luz del mundo, con su testimonio, en cualquier ambiente social.

18 de marzo de 2011


Con gran alegría, comenzamos a celebrar como Iglesia, la solemnidad de san José y creo que hay dos aspectos de la figura de este gran santo que pueden iluminar nuestra propia vida eucarística.
José ante el misterio de Dios presente en María se sorprende. La manifestación de Dios siempre sorprende. Conoce que Dios le llama a ser el esposo de María y el custodio de Jesús y acepta el riesgo que siempre supone la fe con un corazón sencillo, abierto, disponible.

Su fe se tradujo en fidelidad. Cumple la misión sin ruidos. Habla el lenguaje que mejor conoce: El lenguaje de los hechos. Siempre al lado de Jesús y de María con sentimientos de asombro y de gratitud. A San José le podríamos calificar como “Custodio de la Eucaristía”. Así lo afirma la liturgia: “Confiaste los primeros misterios de la salvación a la fiel custodia de San José”. Él acoge a Jesús presente en seno de María, él asiste a la adoración de los pastores y de los magos, él le lleva a Egipto y lo trae, él le enseña a rezar, él le busca, él contempla su crecimiento, él acepta con agrado su trabajo en el taller de Nazaret.

La Iglesia imita a José cuando suscita en los fieles los sentimientos de asombro y gratitud ante el misterio de la Eucaristía. “Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística”, decía el Santo Padre Juan Pablo II en su Encíclica (n. 5). En el pan y vino consagrados se hace presente el Señor mismo. Él en persona. Vivo. Resucitado. Dios y hombre. Nuestro mejor amigo. Nuestro Salvador.

Estamos invitados como San José a creer y a adorar. A reconocer y bendecir, a confesar y a postrarnos. Asombrados, estremecidos. Agradecidos y gozosos.
Que la fiesta de San José este año nos ayude a crear actitudes de adoración, de agradecimiento, de estima hacia Cristo presente en la Eucaristía y hacia su fiel custodio san José.
José, hijo de David, no temas al insondable plan de Dios.
El Padre Eterno ha querido confiarte a su Hijo,
a su Único, su Todo, a la Luz de sus ojos;
ha querido que tú, pequeño artesano,
hagas las veces de Él,
y modeles con arte el barro que el Eterno tomó para Sí.

Tus ojos miran lejos, Varón del asombro.
Tu cabeza sobre el bastón parece buscar apoyo
a cuanto el hombre ha pensado desde siempre sobre Dios.
Mientras los hombres piensan cómo atrapar el Misterio,
tú piensas cómo preservarlo y custodiarlo.
Y el Dios escondido desde siglos se confía a que tú lo escondas
del indiscreto, del curioso y del mirón.
Y tú -experto en escondrijos- Lo escondes y te escondes con Él.

Levántate José y llévame contigo a Egipto o Nazaret,
inclúyeme en el encargo divino y cárgame con ellos.
También yo, aunque no bendito,
Fruto soy del vientre purísimo de tu Esposa, mi Madre.
Pequeño pastor del Oculto;
escóndeme en la hendidura de tus vínculos
y dame parte en el sueño que sueñas para los tuyos.

Orante absorto del Portal: ¿en qué traes tu oración?
¿Es agua serena, es fuego inquieto, es brisa suave o huracán?
Tu cargado silencio es escuela, es modelo, es refugio.
Tú miras, callas, crees, adoras, amas...
desde el umbral.

Cuando el Verbo se hizo Carne,
tu carne se hizo asombro.
Asombro que dilatara de tal modo tu ser,
que lo hizo capaz de portar y custodiar el Misterio.
Sin tocarla, ni pretender atraparla,
tú recoges y resguardas la Luz increada dada a luz en la carne.

Padre José: Dios te ha confiado su Tesoro más preciado,
y de tu fiat y amén vivimos los redimidos.
Tú le mostrarás al Arquitecto del cosmos cómo trabajar la madera;
a la Palabra eterna, le enseñarás hablar;
al Amigo del Hombre a forjar vínculos de amistad;
al Guardián de Israel a no temerle a la noche,
al que enseñó a caminar a Efraím, a dar primeros pasos,
al que juega desde siempre ante el Padre a decir: Shemmá...
al Bienamado del Padre, a refugiarse en tus besos.
Por eso Jesús no sólo te obedeció como padre y te llamó Abbá.
Copió tus gestos y expresiones
y trabó contigo un amor de amistad sin igual.

Amado Padre, callado Padre, Abbá José:
tu bastón me infunde confianza y seguridad.
Sé que eres experto en viajes nocturnos,
Y aunque nada entiendas,
lo emprendes todo, lo abarcas todo,
Sombra de la sombra del Altísimo;
condúceme en mi peregrinar a tientas y tropiezos.
Pues entre nostalgias, miedos e incertidumbres,
es bajo tus ramas frondosas que me refugio
y al amparo de tus alas que recobro confianza.
Inmenso José, padre José: tu cayado me calla y serena
y me conduce a los pastos
que en tus sueños vislumbraste. Amén.

12 de marzo de 2011

"Conviértanse a mí de todo corazón"


“La Eucaristía, celebrada y prolongada en la adoración humilde, es el sacramento de la muerte y resurrección del Señor, que asegura su eficacia y actualidad.” En cada Eucaristía celebrada con plena conciencia se actualiza este designio amoroso de Dios. El Padre nos regala a su Hijo, muerto y resucitado, para que por la fuerza del Espíritu Santo seamos todos sus hijos, más hermanos entre nosotros y miembros de su familia. Por ello al celebrar cada Eucaristía somos capacitados para corresponder al amor de Dios, en una creciente identificación con Cristo, obediente al Padre y servidor de los hermanos. Precisamente en esto consiste la conversión. Desde esta perspectiva de fe, nunca vivimos con tanta plenitud lo que nos propone la Cuaresma como cuando celebramos la Eucaristía. El camino de la conversión cuaresmal pasa necesariamente por la Eucaristía. Así vida cristiana, vida cuaresmal y vida eucarística son-de alguna manera- sinónimos.

Desgrabación de la homilía del Cardenal Jorge M. Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, al comenzar la Cuaresma 2011:
La práctica de la Cuaresma empieza con este rito de la imposición de la ceniza, recordándonos lo que fuimos: tierra… barro… Dios nos creó de ahí. Y lo que vamos a ser: ceniza. Pero sería muy triste considerar que eso es todo. Fuimos tierra tomada por manos amorosas y un Dios que nos sopló y nos dio vida; y al soplarnos puso su esperanza en nosotros porque Dios espera de nosotros. Y seremos ceniza pero ceniza que lleva huellas del amor que nosotros hayamos dado en la tierra. Entonces la Cuaresma, encuadrada con este principio, nos habla del amor con que fuimos creados y del amor que tenemos que llevarnos y dejar al final.

La penitencia más la oración, el ayuno. El despojo de manera de limosna que hagamos en la Cuaresma no es un masoquismo (“Señor, soy malo y me pellizco para ser mas bueno”) sino es desarrugarnos el corazón que el egoísmo nos va achicando, por eso todos los años la Iglesia nos dice: “Mirá mas allá, mirá al horizonte, Dios no te hizo para que tengas un corazón mas arrugado, Dios no te hizo para el egoísmo ni para vos sólo sino que te hizo para el amor”. Y por eso San Pablo empieza este sermón tan lindo, que es como el lema de la Cuaresma, diciendo: “Por eso les suplicamos en nombre de Cristo, déjense reconciliar con Dios”… es como el clamor cuaresmal… dejate reconciliar con Dios.

“Padre, pero yo no estoy peleado con Dios”… No, pero por ahí tenés el corazón arrugado porque al igual que los hipócritas a los que Jesús se refería en el Evangelio, quizá te estés mirando demasiado a vos mismo centrado en tus comodidades, en tus cosas y entonces Dios queda apartado… Dejate reconciliar con Dios! O el otro llamado tan lindo del profeta Joel que le dice a su pueblo: ”Dice el Señor, vuelvan a mí de todo corazón. Desgarren su corazón y no sus vestiduras. Vuelvan al Señor su Dios”. Es decir, éste es como el lema de la Cuaresma: Dejémonos reconciliar con Dios, es Jesús el que nos reconcilia ¡! Démosle lugar a Jesús para que nos reconcilie y volvamos al Señor con todo el corazón.

Esto por medio de una conducta un poco más acentuada que nos despegue del egoísmo, que nos desarruge el corazón, que nos abra el horizonte!. La Cuaresma no es para estar triste, con cara de lánguida (como dice Jesús en el Evangelio) sino es para mirar ese horizonte de amor y abrir nuestro corazón, dejar que surjan esas ansias de algo grande…

Hace un tiempo leí una parábola que escribió un monje y que me ilumina mucho sobre que es esto de arrugar el corazón y como a veces el mundo tiende a reprimirnos sobre nosotros mismos. La parábola dice así: Unos chicos subiendo una montaña encontraron un nido de águila con un huevo y lo bajaron. Después se preguntaron que hacer con el huevo y uno de los chicos propuso que lo llevaran a su casa ya que tenía una pava que estaba empollando. Y pusieron el huevo con los que la pava estaba empollando. Nacieron los pichones… todos iguales… fueron creciendo… pero el pichoncito de águila se comportaba distinto a los demás y cuando los pichones de la pava caminaban mirando el suelo, él miraba al cielo y sentía algo… y su vida que era para volar alto, como no tuvo quien le enseñara a volar, pasó en la pavada, entre los pavos…

Junto a este llamado de “Dejate reconciliar con Dios” y “Volvé a Dios con todo tu corazón” también podemos hacernos esta pregunta (que los porteños entendemos bien): Estoy en la pavada o tengo ansias de volar alto? Estoy atado a un rebaño que va ciego haciendo lo que todo el mundo hace, buscando solamente la propia satisfacción, concentrado en mí mismo o miro mas arriba para volar alto? Te aseguro que si en esta Cuaresma mirás más arriba, orando más, despojándote más de cosas que te entretienen mal, es decir ese ayuno de cosas que te permiten aprovechar ese tiempo para hacer una obra buena como visitar un enfermo, acompañar a los chicos, escuchar a tu papá o a tu abuelo que siempre repite lo mismo… Despojate del egoísmo y mirá a tu alrededor para ver de que te podés despojar para ayudar al que necesita la limosna. Si hacés esto en esta Cuaresma tu corazón va a mirar más arriba y te vas a encontrar con una gran sorpresa al final.

Que tu corazón arrugado, que ya prácticamente era una tumba, va a sentir como esa tumba fue testigo de alguien que resucitó para salvarte; te vas a encontrar con Jesús vivo. Así que iniciemos la Cuaresma con este sano optimismo, con esta gran esperanza: Dejate reconciliar con Dios, volvé al Señor con todo tu corazón, dejate desarrugar el corazón y mirá hacia arriba. El resto lo hace El. Tené confianza.

24 de febrero de 2011

San Pedro Julián Eymard y sus consejos espirituales sobre la adoración:


San Pedro Julián Eymard y sus consejos espirituales sobre la adoración:

“La adoración eucarística tiene como fin la persona divina de nuestro Señor Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento. Él está vivo, quiere que le hablemos, Él nos hablará. Y este coloquio que se establece entre el alma y el Señor es la verdadera meditación eucarística, es -precisamente- la adoración. Dichosa el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía y en la Eucaristía todas las cosas...”.

“Que la confianza, la simplicidad y el amor los lleven a la adoración”.

“Comiencen sus adoraciones con un acto de amor y abrirán sus almas deliciosamente a la acción divina. Es por el hecho de que comienzan por ustedes mismos que se detienen en el camino. Pues, si comienzan por otra virtud y no por el amor van por un falso camino… El amor es la única puerta del corazón”.

“Vean la hora de adoración que han escogido como una hora del paraíso: vayan como si fueran al cielo, al banquete divino, y esta hora será deseada, saludada con felicidad. Retengan dulcemente el deseo en su corazón. Digan: “Dentro de cuatro horas, dentro de dos horas, dentro de una hora iré a la audiencia de gracia y de amor de Nuestro Señor. Él me ha invitado, me espera, me desea”.


“Vayan a Nuestro Señor tal como son, vayan a Él con una meditación natural. Usen su propia piedad y amor antes de servirse de libros. Busquen la humildad del amor. Que un libro pío los acompañe para encauzarlos en el buen camino cuando el espíritu se vuelve pesado o cuando los sentidos se embotan, eso está bien; pero, recuerden, nuestro buen Maestro prefiere la pobreza de nuestros corazones a los más sublimes pensamientos y afecciones que pertenecen a otros”.

“El verdadero secreto del amor es olvidarse de sí mismo, como el Bautista, para exaltar y glorificar al Señor Jesús. El verdadero amor no mira lo que él da sino aquello que merece el Bienamado”.

“No querer llegarse a Nuestro Señor con la propia miseria o con la pobreza humillada es, muy a menudo, el fruto sutil del orgullo o de la impaciencia; y sin embargo, es esto que el Señor más prefiere, lo que Él ama, lo que Él bendice”.

“Como sus adoraciones son bastante imperfectas, únanlas a las adoraciones de la Santísima Virgen”.

“Se están con aridez, glorifiquen la gracia de Dios, sin la cual no pueden hacer nada; abran sus almas hacia el cielo como la flor abre su cáliz cuando se alza el sol para recibir el rocío benefactor. Y si ocurre que están en estado de tentación y de tristeza y todo los lleva a dejar la adoración bajo el pretexto de que ofenden a Dios, que lo deshonran más de lo que lo sirven, no escuchen esas tentaciones. En estos casos se trata de adorar con la adoración de combate, de fidelidad a Jesús contra ustedes mismos. No, de ninguna manera le disgustan. Ustedes alegran a Su Maestro que los contempla. Él espera nuestro homenaje de la perseverancia hasta el último minuto del tiempo que debemos consagrarle”.

“Oren en cuatro tiempos: Adoración, acción de gracias, reparación, súplicas”.

“El santo Sacrificio de la Misa es la más sublime de las oraciones. Jesucristo se ofrece a su Padre, lo adora, le da gracias, lo honra y le suplica a favor de su Iglesia, de los hombres, sus hermanos y de los pobres pecadores. Esta augusta oración Jesús la continúa por su estado de víctima en la Eucaristía. Unámonos entonces a la oración de Nuestro Señor; oremos como Él por los cuatro fines del sacrificio de la Misa: esta oración reasume toda la religión y encierra los actos de todas las virtudes...”:

“1. Adoración: Si comienzan por el amor terminarán por el amor. Ofrezcan su persona a Cristo, sus acciones, su vida. Adoren al Padre por medio del Corazón eucarístico de Jesús. Él es Dios y hombre, su Salvador, su hermano, todo junto. Adoren al Padre Celestial por su Hijo, objeto de todas sus complacencias, y su adoración tendrá el valor de la de Jesús: será la suya.

2. Acción de gracias: Es el acto de amor más dulce del alma, el más agradable a Dios; y el perfecto homenaje a su bondad infinita. La Eucaristía es, ella misma, el perfecto reconocimiento. Eucaristía quiere decir acción de gracias: Jesús da gracias al Padre por nosotros. Él es nuestro propio agradecimiento. Den gracias al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo...

3. Reparación: por todos los pecados cometidos contra su presencia eucarística. Cuánta tristeza es para Jesús la de permanecer ignorado, abandonado, menospreciado en los sagrarios. Son pocos los cristianos que creen en su presencia real, muchos son los que lo olvidan, y todo porque Él se hizo demasiado pequeño, demasiado humilde, para ofrecernos el testimonio de su amor. Pidan perdón, hagan descender la misericordia de Dios sobre el mundo por todos los crímenes...

4. Intercesión: súplicas: Oren para que venga su Reino, para que todos los hombres crean en su presencia eucarística. Oren por las intenciones del mundo, por sus propias intenciones. Y concluyan su adoración con actos de amor y de adoración. El Señor en su presencia eucarística oculta su gloria, divina y corporal, para no encandilarnos y enceguecernos. Él vela su majestad para que osen ir a Él y hablarle como lo hace un amigo con su amigo; mitiga también el ardor de su Corazón y su amor por ustedes, porque sino no podrían soportar la fuerza y la ternura. No los deja ver más que su bondad, que filtra y sustrae por medio de las santas especies, como los rayos del sol a través de una ligera nube.

El amor del Corazón se concentra; se lo encierra para hacerlo más fuerte, como el óptico que trabaja su cristal para reunir en un solo punto todo el calor y toda la luz de los rayos solares. Nuestro Señor, entonces, se comprime en el más pequeño espacio de la hostia, y como se enciende un gran incendio aplicando el fuego brillante de una lente sobre el material inflamable, así la Eucaristía hace brotar sus llamas sobre aquellos que participan en ella y los inflama de un fuego divino... Jesús dijo: «He venido a traer fuego sobre la tierra y cómo quisiera que este fuego inflamase el universo». «Y bien, este fuego divino es la Eucaristía», dice san Juan Crisóstomo. Los incendiarios de este fuego eucarístico son todos aquellos que aman a Jesús, porque el amor verdadero quiere el reino y la gloria de su Bienamado”.

¡Adoren ininterrumpidamente al Santísimo Sacramento del Altar!


Queridos hijos, adoren ininterrumpidamente al Santísimo Sacramento del Altar. Yo estoy siempre presente cuando los fieles están en adoración. En ese momento se obtienen gracias particulares (Mensaje del 15 de marzo de 1984, Medjugorge).



Queridos hijos, hoy los invito a enamorarse del Santísimo Sacramento del altar. Hijitos, ¡Adórenlo en sus parroquias! Así estarán unidos al mundo entero. Jesús será su Amigo y ustedes no hablarán de Él como de alguien a quien escasamente conocen. La unión con Él será alegría para ustedes y se convertirán en testigos del amor que Jesús tiene por cada criatura. Hijitos, cuando ustedes adoran a Jesús están también cerca mío. Gracias por haber respondido a mi llamado (Mensaje del 25 de setiembre de 1995, Medjugorge).
Contenido completo

13 de febrero de 2011

Adoración


Sí, Jesús tiene sed de vos, de estar con vos. Tiene sed de darte todo, TODO. Tiene sed de que seas inmensamente feliz, de que estés contento. Tiene sed de darte su PAZ. Tiene sed de acompañarte en tus luchas. Tiene sed de estar siempre, siempre al lado tuyo. Jesús tiene sed de que creas en su Corazón, de que creas realmente que su Corazón es tuyo… Jesús tiene sed que tu corazón sea grande como el suyo; tiene sed de que tu corazón unido al de Él en la Eucaristía, ame mucho. Jesús tiene sed de que sueñes con cosas grandes, tiene sed de que te animes a confiar ciegamente en Él… En realidad, tu sed de ser feliz, tu sed de Dios, es su sed, es su sed de que seas feliz, es su sed de amarte hasta la muerte. Tu sed es la de Jesús! Él tiene sed realmente de que tu corazón lata para siempre con el tuyo…

Dice Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.” (Jn 6, 54)

¿Qué esperás para abandonarte totalmente en Áquel que te dio todo, todo, hasta su propia Vida? No te digo que no tengas dudas o miedos, sino que lo mirés siempre a Él, que lo busques siempre a Él, que te apoyes siempre en Él, que te agarres bien fuerte de Él en la Eucaristía. Cada segundo, cada latido de tu corazón, dáselo, ofrecéselo, confiá… Él VIVE! Está enfrente tuyo, dejate tomar, envolver completamente por su Presencia real en la Eucaristía… Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo, el Señor, entregados para vos. Hasta la última gota, fue, y es para vos… Cristo es tuyo… Él se te dio, porque quiso, quiso y quiere seguir siendo tuyo… Ahí está. Alabémoslo, bendigámoslo, porque quiere hacer maravillas en nosotros…


“Bendito sea Dios,
Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bienes espirituales en el cielo,
y nos ha elegido en Él,
desde antes de la creación del mundo,
para que fuéramos santos e irreprochables
en su Presencia, por el amor.” (Ef 1,3)


Este tratadito -Déjate amar– es una carta. Una especie de carta-testamento que sor Isabel escribió para su priora, la Madre Germana, durante los últimos días de su vida. Lo hizo lentamente, conforme se lo permitía su debilidad física. Por expreso deseo de sor Isabel, la Madre Germana tenía que leerla ante su féretro.
Se diría que es una carta solemne. Escrita por alguien que es profundamente consciente de que la está escribiendo en un momento sumamente «grave y solemne» de su vida -a Ias puertas de la eternidad- y de que no puede «perder el tiempo». Es más, una carta escrita para decirle a su priora «lo que Dios, en horas de profundo recogimiento y de trato unificador, le ha hecho comprender». Al hacerlo, sor Isabel la humilde se siente «portavoz de Dios».

A la Madre Germana de Jesús
Priora de la comunidad
J.M. t J.T.
Madre querida, mi sacerdote santo:
Cuando lea estas líneas, su pequeña Alabanza de gloria ya no cantará en esta tierra, sino que vivirá en el inmenso Hogar del amor. Usted podrá, pues, creerla y escucharla como si fuese «el portavoz» de Dios.
Madre querida, yo quisiera decirle todo lo que usted ha sido para mi. Pero la hora es tan grave, tan solemne, que no quiero perder el tiempo diciéndole cosas que creo que las empequeñecería si quisiera expresarlas en palabras.
Lo que va a hacer su hija es revelarle lo que siente, o, para decirlo con mayor verdad: lo que su Dios, en horas de profundo recogimiento y de trato unificador, le ha hecho comprender

«El Señor la ama enormemente». La ama con aquel amor de predilección que el Maestro tuvo aquí en la tierra a algunas personas y que las llevó tan alto. El no le dice como a Pedro: «¿Me amas más que éstos?» [Jn 21,15]. Madre, escuche lo que a usted le dice: «Déjate amar más que éstos!». Es decir, sin temer que algún obstáculo pueda ser obstáculo para ello, pues yo soy libre de derramar mi amor sobre quien me plazca.
Déjate amar más que éstos»: ésta es tu vocación. Siendo fiel a ella, me harás feliz, pues así ensalzarás el poder de mi amor. Y ese amor podrá rehacer lo que tú hayas deshecho. «Déjate amar más que éstos».

Si usted supiera, Madre amadísima, con qué evidencia percibo los planes de Dios sobre su alma... Se me presentan con inmensa claridad, y comprendo también que allá en el cielo voy a ejercer a mi vez un sacerdocio sobre su alma. Es el Amor quien me asocia a la obra que El realiza en usted... ¡Qué grande, Madre, y qué adorable es esa obra por parte de Dios! ¡Y qué sencilla para usted! Y eso es precisamente lo que la hace más luminosa.
Madre, déjese amar más que los demás. Eso lo explica todo y evita que el alma se asombre...

Su pequeña hostia, si usted se lo permite, pasará su cielo en lo más hondo de su alma: la mantendrá a usted en comunión con el Amor y creyendo en el Amor, y ésa será la señal de que morará en usted. ¡En qué gran intimidad vamos a vivir!
Madre querida, que su vida transcurra también en el cielo, donde yo cantaré en nombre suyo el Sanctus eterno. Yo no haré nada sin usted ante el trono de Dios: usted sabe muy bien que yo llevo su impronta y que algo de usted ha comparecido con su hija ante el Rostro de Dios. Le pido también -usted me lo ha permitida- que no haga nada sin mi.
Vendré a vivir en usted, y entonces yo seré su madrecita: la instruirá, para que mi visión beatifica le sea de provecho, para que usted participe de ella y para que usted también viva la vida de los bienaventurados...

Madre adorada, Madre predestinada para mí desde toda la eternidad, al partir, yo le lego la que fue mi vocación en el seno de la Iglesia militante y que ejerceré en adelante sin cesar en la Iglesia triunfante: ser «Alabanza de gloria de la Santísima Trinidad».
Madre, «déjese amar más que éstos». Así quiere su Maestro que usted sea alabanza de gloria. Él se alegra de poder construir en usted, mediante Su amor, para Su gloria. Y quiere hacerlo Él solo, aunque usted no haga nada para merecer esa gracia, a no ser lo que sabe hacer la criatura: obras de pecado y de miseria... Él la ama así. Él la ama «más que a éstos». Él lo hará todo en usted y llegará hasta el final. Pues cuando Él ama a un alma hasta ese punto y de esa manera, cuando la ama con un amor inmutable y creador, con un amor libre que todo lo transforma según su beneplácito, ¡entonces esa alma volará muy alto!

Madre, la fidelidad que el Maestro le pide consiste en vivir en comunión con el Amor, en desaparecer y arraigarse en ese Amor que quiere sellar su alma con el sello de su poder y de su grandeza.
Usted nunca será una del montón si vive alerta al Amor. Y en las horas en que lo único que sienta sea abatimiento y cansancio, aún le seguirá agradando si permanece fiel en creer que Él sigue actuando, que Él la ama a pesar de todo, e incluso más, porque su amor es libre y es así como quiere ser ensalzado en usted. Y entonces usted se dejará amar «más que éstos».
Eso es, creo yo, lo que quieren decir esas palabras... ¡Viva en lo más hondo de su alma! Mi Maestro me hace comprender con toda claridad que ahí quiere hacer maravillas. Dios la ha llamado para rendir homenaje a la Simplicidad del Ser divino y para exaltar el poder de su Amor.
Crea a Su «portavoz» y lea estas líneas como venidas de Él.