Lo que existía desde un principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos Y lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida. ¿Quién podría tocar con sus manos a la Palabra, si no fuese porque la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros? Esta Palabra, que se hizo carne para que pudiera ser tocada, comenzó a ser carne en el seno de la Virgen María; pero no fue entonces cuando empezó a ser Palabra, ya que, como nos dice Juan, existía desde un principio. Ved cómo concuerda su carta con las palabras de su evangelio, que acabáis de escuchar: Ya al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios. Quizá alguien piense que hay que entender la expresión «la palabra de vida» como un modo de hablar que se refiere a Cristo, pero no al cuerpo de Cristo que podía ser tocado por nuestras manos. Atended a las palabras que siguen: Porque la vida se ha manifestado. Por tanto, Cristo es la Palabra de vida. ¿Y de dónde se ha manifestado esta vida? Existía desde un principio, pero no se había manifestado a los hombres; en cambio, sí se había manifestado a los ángeles, que la veían y se alimentaban de ella como de su propio pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles. Así, pues, en la encarnación se ha manifestado la misma Vida en persona, y se ha manifestado para que, al hacerse visible, ella, que sólo podía ser contemplada con los ojos del corazón, sanara los corazones. Porque la Palabra sólo puede ser contemplada con los ojos del corazón; en cambio, la carne puede ser contemplada también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la carne, pero no a la Palabra; por esto la Palabra se hizo carne, que puede ser vista por nosotros, para sanar en nosotros lo que nos hace capaces de ver a la Palabra. Y nosotros -continúa- testificamos y os anunciamos esta vida eterna, la que estaba con el Padre y se nos ha manifestado, esto es, se ha manifestado entre nosotros y, para decirlo con más claridad, se ha manifestado en nuestro interior. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos. Atended, queridos hermanos: Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos. Ellos vieron al mismo Señor presente en la carne y oyeron las palabras que salían de su boca, y nos lo han anunciado. Nosotros, por tanto, hemos oído, pero no hemos visto. ¿Somos por eso menos dichosos que ellos, que vieron y oyeron? Pero entonces, ¿por qué añade: A fin de que viváis en comunión con nosotros? Ellos vieron, nosotros no, y sin embargo vivimos en comunión con ellos, porque tenemos una fe común. Y esta nuestra comunión de vida es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos estas cosas -continúa- para que sea colmado vuestro gozo. Gozo colmado, dice, en una misma comunión de vida, en una misma caridad, en una misma unidad.
Ya a pocos días de celebrar el gran misterio de la Navidad, todas nuestras miradas se dirigen al pesebre. Pero este pesebre previo a la Nochebuena, parece faltarle lo esencial, el centro, el eje principal de la escena. María y José contemplan la cuna vacía; los pastores curiosos se asoman a ver a quien no está, al que nos llega, y se nos da naciendo: al Niño Jesús. Y esto nos puede hacer pensar en nuestra propia vida, en la que muchas veces parece faltar Aquel que es el centro de nuestras vidas. Pero, como los personajes del pesebre, nosotros también debemos aguardar su venida con deseosa esperanza. Como ellos, tenemos que contemplar el anunciado paso del Señor por nuestra vida. Mirar la cuna vacía. Mirarla y sabernos necesitados de la Salvación de Jesús. Mirarla y descubrir la grandeza de nuestra debilidad porque nos complacemos en nuestra condición de Hijos de Dios. Al acercarnos al pesebre, nos puede suceder lo mismo que al acercarnos al Santísimo Sacramento expuesto: podemos pensar que debemos hacer un gran esfuerzo por encontrarnos con el Señor, que debemos disponer todas nuestras capacidades para hacer de ese rato de oración algo magnífico. Y, sin embargo, cuando nos acercamos al pesebre o a la Eucaristía, no nos damos cuenta de que ya hay alguien orando. Porque el pesebre en sí es oración. Ante el pesebre nos vemos casi obligados a hacer silencio. Ante el pesebre nos trasladamos a Belén, desde donde fluye un caudal de oración desde María, desde José, desde los pastores, su oración, como su mirada, va a la cuna vacía. Y nosotros no tenemos más que unirnos a esa oración, sin ningún esfuerzo. La Eucaristía en sí también es oración. La Eucaristía es Jesús y Jesús es nuestro sumo y eterno sacerdote, Aquel que vive para interceder por nosotros ante el Padre. En la Eucaristía también ya hay alguien rezando: Jesús. Me gusta descansar en la oración de Jesús, sobre todo en aquellos días en los que estoy más cansado o distraído y en los que creo que no estoy rezando. Y otra vez en mi debilidad triunfa su grandeza, porque ¿qué más lindo y agradable para el Padre que la oración de Jesús? Es difícil no temerle a la propia debilidad, pero el misterio de la Navidad nos invita a eso. Dios se hace frágil para que ya no temamos la pobreza de sabernos necesitados del cuidado del Padre. Ojalá que esta Navidad nos renueve la alegría de nuestra vocación de Hijos de Dios. ¡Que tengamos todos una santa Navidad, la mejor de nuestras vidas! Nuestra Señora de Belén, ruega por nosotros. San José, ruega por nosotros.
Hoy, con la Iglesia, celebramos con alegría la memoria de san Juan de la Cruz, presbítero, enamorado de Jesús y de su Iglesia, alguien más que vivió de la Eucaristía, como nosotros lo intentamos. Recemos con una poesía suya sobre la Eucaristía:
"Cuando me pienso aliviar de verte en el Sacramento, háceme más sentimiento el no poderte gozar; todo es para más penar por no verte como quiero, y muero porque no muero."
Oh Jesús amantísimo mira hasta donde te ha llevado el exceso de tu amor: para darte todo a mí, me has preparado un banquete divino donde me sirves tu carne y tu sangre preciosa. ¿Quién te impulsó a esos transportes de amor? Nadie, con seguridad, sino tu corazón lleno de ternura. O adorable corazón de Jesús, horno ardiente del amor divino, recibe mi alma en tu llaga sagrada, para que en esta escuela de caridad, aprenda a amar en reciprocidad a un Dios que ha dado pruebas tan sorprendentes de su Amor. Amén.
Hoy celebramos, junto a toda la Iglesia, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Y, en verdad nos alegramos del gran regalo que Dios nos hizo en una Madre como la Virgen que, por su generosa entrega, nos dio al Redentor, a quien esperamos adorándolo en su Presencia Real. La sóla evocación del nombre de nuestra Madre, enciende en nosotros toda ternura. Y es esta fiesta, para nuestra fraternidad virtual, de especial alegría. ¡Salve, Cuerpo verdadero, nacido de María, la Virgen, inmolado en la cruz por los hombres! Al hilo de estas palabras, podemos recordar un uso eucarístico vigente en la iglesia de Roma. En la solemnidad del Corpus Domini, terminada la Misa que el Papa ha celebrado en la Basílica Mayor de san Juan de Letrán, la asamblea se encamina en procesión con el Santísimo Sacramento a través de la via Merulana. ¿Hacia dónde? la procesión concluye justamente en la Basílica de Santa Maria Maggiore, el santuario mariano mas antiguo de occidente. Se esconde aquí una rica significación: en efecto, la solemnidad del Corpus Christi se halla estrechamente unida al misterio de la Encarnación. El Verbo se hace carne en el seno purísimo de María por obra del Espíritu Santo. Así, María da a luz al Hijo de Dios hecho hombre. Cantemos junto a la Tradición de la Iglesia: Se dio, naciendo, como amigo; comiendo, se entregó como alimento.
San Ambrosio Fiesta: 7 de diciembre Obispo de Milán y mentor de San Agustín. (340-397). Uno de los cuatro tradicionales Doctores de la Iglesia latina. Combatió el Arrianismo en el Occidente. Ambrosio significa "Inmortal" Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía San Ambrosio, Tratado sobre los misterios 43.47-49
Los recién bautizados, enriquecidos con tales distintivos, se dirigen al altar de Cristo, diciendo: Me acercare al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. En efecto, despojados ya de todo resto de sus antiguos errores, renovada su juventud como un águila, se apresuran a participar del convite celestial. Llegan, pues, y, al ver preparado el sagrado altar, exclaman: Preparas una mesa ante mi. A ellos se aplican aquellas palabras del salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y más adelante: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mi, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.
Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que come de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.
Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.
Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían –dice el Apóstol– de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.
Con esta expresión se alude al Salvador que ha querido hacerse presente bajo las especies de pan y de vino con vistas a un Presencia mas amplia en el mundo. Lo vemos implícito en este versículo: “Vosotros anunciáis la muerte del Señor hasta que Él vuelva”. Aquí san Pablo no sólo alude al nexo que existe entre el anuncia de la Muerte de Cristo y una venida que señalaría el fin del mundo; se refiere también a que tras su muerte y resurrección, se ha iniciado una venida a suya renovación contribuye la ofrenda del sacrificio del Calvario. Una ofrenda que la Iglesia no cesa de realizar, favoreciendo así una santidad mas profunda de la Iglesia en crecimiento continuo de la obra de Cristo en el mundo, por medio del Espíritu Santo.
Las oraciones de la Misa de este segundo domingo de adviento, nos ayudan a profundizar en la necesaria relación que debemos vivir entre la Venida Eucarística y la Venida definitiva de Cristo: De la oración colecta: Dios todopoderoso y rico en misericordia, que nuestras ocupaciones cotidianas no nos impidan acudir presurosos al encuentro de tu Hijo, para que, guiados por tu sabiduría divina, podamos gozar siempre de su compañía.
De la oración post-comunión: Saciados con el alimento espiritual, te rogamos, Padre, que por la participación en este santo misterio, nos enseñes a valorar sabiamente las realidades terrenas con el corazón puesto en las celestiales.
Nos dice Benedicto XVI: “¿Cuáles son las actitudes fundamentales del cristiano hacia las realidades últimas: la muerte, el fin del mundo? La primera actitud es la certeza de que Jesús ha resucitado, está con el Padre, y por eso está con nosotros, para siempre. Y nadie es más fuerte que Cristo, porque Él está con el Padre, está con nosotros. Por eso estamos seguros, liberados del miedo. Este era un efecto esencial de la predicación cristiana. El miedo a los espíritus, a los dioses, estaba difundido en todo el mundo antiguo. Y también hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones naturales, encuentran el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos que nos amenazan. Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos estos poderes. Con esta certeza, con esta libertad, con esta alegría vivimos. Este es el primer aspecto de nuestro vivir hacia el futuro.
En segundo lugar, la certeza de que Cristo está conmigo. Y de que en Cristo el mundo futuro ya ha comenzado, esto da también certeza de la esperanza. El futuro no es una oscuridad en la que nadie se orienta. No es así. Sin Cristo, también hoy para el mundo el futuro está oscuro, hay miedo al futuro, mucho miedo al futuro. El cristiano sabe que la luz de Cristo es más fuerte y por eso vive en una esperanza que no es vaga, en una esperanza que da certeza y valor para afrontar el futuro. Finalmente, la tercera actitud. El Juez que vuelve -es juez y salvador a la vez- nos ha dejado la tarea de vivir en este mundo según su modo de vivir. Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra tercera actitud es: responsabilidad hacia el mundo, hacia los hermanos ante Cristo, y al mismo tiempo también certeza de su misericordia. Ambas cosas son importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios solo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, sea renovado. Pero incluso trabajando y sabiendo en nuestra responsabilidad que Dios es el juez verdadero, estamos seguros también de que este juez es bueno, conocemos su rostro, el rostro de Cristo resucitado, de Cristo crucificado por nosotros. Por eso podemos estar seguros de su bondad y seguir adelante con gran valor.
(…) El después se convierte en un antes para hacer evidente el estado de realización incipiente en que vivimos. Esto hace tolerables los sufrimientos del momento presente, que no son comparables a la gloria futura (cfr Rm 8,18). Se camina en la fe y no en la visión, y aunque fuese preferible exiliarse del cuerpo y habitar con el Señor, lo que cuenta en definitiva, morando en el cuerpo o saliendo de él, es ser agradable a Dios (cfr 2 Cor 5,7-9). Finalmente, un último punto que quizás parece un poco difícil para nosotros. San Pablo en la conclusión de su segunda Carta a los Corintios repite y pone en boca también a los Corintios una oración nacida en las primeras comunidades cristianas del área de Palestina: Maranà, thà! que literalmente significa "Señor nuestro, ¡ven!" (16,22). Era la oración de la primera comunidad cristiana, y también el último libro del Nuevo testamento, el Apocalipsis, se cierra con esta oración: "¡Señor, ven!". ¿Podemos rezar también nosotros así? Me parece que para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro mundo, es difícil rezar sinceramente para que perezca este mundo, para que venga la nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el juez, Cristo. Creo que si no nos atrevemos a rezar sinceramente así por muchos motivos, sin embargo de una forma justa y correcta podemos también decir con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!" (…)¡Ven, Señor! Ven a tu mundo, en la forma que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven a los campos de refugiados, en tantos lugares del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre esos ricos que te han olvidado, que viven solo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu mundo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestros corazones, ven y renueva nuestra vida, ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia suya. En este sentido rezamos con san Pablo: ¡Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y rezamos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve.”
(De la catequesis pronunciada el miércoles 12 de noviembre de 2008 por el Papa Benedicto XVI con ocasión de la Audiencia General)