3 de diciembre de 2010

Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera

San Francisco Javier – Patrono de las misiones

Sacerdote misionero Jesuita en el lejano Oriente, con razón ha sido llamado: "El gigante de la historia de las misiones" y el Papa Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. La oración del día de su fiesta dice así: "Señor, tú has querido que varias naciones llegaran al conocimiento de la verdadera religión por medio de la predicación de San Francisco Javier, concédenos el mismo ardor para difundir la fe, y que la santa Iglesia se alegre de ver crecer, en todas partes, el número de sus hijos."

Nació en el castillo de Javier (Navarra) el año 1506. Cuando estudiaba en París, se unió al grupo de san Ignacio. Fue ordenado sacerdote en Roma el año 1537, y se dedicó a obras de caridad. El año 1541 marchó al Oriente. Evangelizó incansablemente la India y el Japón durante diez años, y convirtió muchos a la fe. Murió el año 1552, a las puertas de China. Nada podía desanimar a Francisco. "Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando". Al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar comentó: "Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar". Deseaba contagiar a todos con su celo evangelizador.

De las Cartas de san Francisco Javier, presbítero, a san Ignacio:
“Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. \lo hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que es enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.
Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían distinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.
Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaría. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.
Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa. principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!» ¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que se les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»

Y, meditando un poco mas acerca de la necesaria dependencia entre la Eucaristía y la misión, tomemos algunos fragmentos de los textos del Magisterio:

- De Ecclesia et Eucharistia (Juan Pablo II):
“Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen. En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre.”

- Del Decreto Ad Gentes (Concilio Vaticano II):
“El tiempo de la actividad misional discurre entre la primera y la segunda venida del Señor, en que la Iglesia, como la mies, será recogida de los cuatro vientos en el Reino de Dios. Es, pues, necesario predicar el Evangelio a todas las gentes antes que venga el Señor (Cf. Mc., 13,10).
Por la palabra de la predicación y por la celebración de los sacramentos, cuyo centro y cumbre es la Sagrada Eucaristía, la actividad misionera hace presente a Cristo autor de la salvación.

- De la Exhortación apostólica post sinodal Sacramentum Caritatis sobre la Eucaristía fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia (Benedicto XVI):
“En la homilía durante la Celebración eucarística con la que he iniciado solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él”. Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: “Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera”. También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: “Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros” (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos.
Subrayar la relación intrínseca entre Eucaristía y misión nos ayuda a redescubrir también el contenido último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona.”

2 de diciembre de 2010

Primer Jueves - Recemos por los sacerdotes

La Virgen en un mensaje en Medjugorje nos dice:
"Los sacerdotes no necesitan sus críticas, ellos necesitan sus oraciones y su amor. Les pido que ayuden a sus sacerdotes. Hoy en día no es fácil para los sacerdotes mantenerse fieles. ¡Ustedes deben apoyarlos con oración!"

Decía el santo Cura de Ars: “Todas las buenas obras juntas no equivalen al sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios. No hay nada más grande que la Eucaristía.

¡Oh mis hijos!, ¿qué hace Nuestro Señor en el Sacramento de su amor? Ha tomado su corazón bueno para amarnos, y extrae de este corazón una transpiración de ternura y de misericordia para ahogar los pecados del mundo. ¡Allí está quien nos ama tanto! ¿Por qué no amarlo?

Venid a la comunión, venid a Jesús, venid a vivir de Él, para vivir por Él. Cuando hemos comulgado, si alguien nos dijera: “¿Qué os lleváis a casa"?, podríamos responder: “Me llevo el cielo.”"

María, madre de la Eucaristía, ruega a Dios que envíe operarios a su mies. Ruega para que tengamos sacerdotes que celebren los sacramentos, que nos expliquen el Evangelio de Cristo, que nos enseñen a convertirnos en verdaderos hijos de Dios. Virgen María, pide a Dios Padre por los sacerdotes, para que sean santos.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al Tuyo.
María, madre de los sacerdotes, ruega por nosotros.

1 de diciembre de 2010

“Hasta que venga”

La dimensión escatológica que estos primeros días del adviento tienen, nos ayudan a vivir de la Eucaristía como espera de la vuelta del Señor. “Cada vez que coman este pan y beban esta copa, anuncian la muerte del Señor, hasta que venga” (1Cor. 11,26). Estas palabras del apóstol Pablo resuenan en cada celebración eucarística; después de cada consagración decimos “Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección; ¡Ven, Señor Jesús!”. Intentemos volver a sentir y vivir concretamente, la espera de la vuelta de Cristo como la primitiva Iglesia lo sentía y vivía, en “tensión escatológica”.

- La Presencia de Jesús en la Eucaristía es una Presencia velada. Igual que en la Encarnación, así también en la Eucaristía, Dios se revela velándose. Sólo quien ama es capaz de comprender esto. Lo comprendió perfectamente aquel que escribió las palabras del Adoro te devote: “Jesús que ahora contemplo velado, te suplico que se realice mi ardiente deseo de verte cara a cara y ser así bienaventurado por la visión de tu gloria”. A quien ama no le basta una presencia escondida y parcial.

- Para la predicación escatológica lo que cuenta es el hecho que sucederá, que habrá un final, que este mundo viejo ha pasado. ¿Pero acaso esto lo hace menos serio o urgente? Qué tontería consolarse con el pensamiento de que, total, nadie sabe cuándo será el fin. Como si el fin para mí no pudiera ser mañana, o esta misma noche. Será para mí la Parusía del Señor, ni más ni menos. Jesús dice en el Apocalipsis: “Sí, vengo pronto” (Ap.22,20) y Jesús sabe lo que dice.

- El anuncio de la vuelta del Señor es la fuerza de la predicación cristiana. Entonces, ¿por qué callar, por qué tener escondida esta llama capaz de incendiar el mundo? Yo creo que este mandato de Dios que leemos en el libro del profeta Isaías, se
dirige a toda la Iglesia: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo, di a las ciudades de Judá: Ahí está vuestro Dios. Ahí viene el Señor Dios con poder” (Is. 40,9)

- Corramos, corramos, porque iremos a la casa del Señor. Corramos y no nos cansemos, porque llegaremos adonde no nos fatigaremos. Corramos hacia la casa del Señor. En esta carrera no se participa con los pasos del cuerpo, sino con los pasos del alma que son los santos deseos, las obras de la luz. Jesús nos ha adelantado en el camino hacia el santuario celeste. Él ha inaugurado para nosotros “un camino nuevo y vivo, a través del velo, es decir, de su propia carne” (cfr. Heb. 10, 20). Nosotros corremos sobre huellas marcadas; corremos hacia la fragancia de su perfume, que es el Espíritu Santo.

- En cada Eucaristía, el Espíritu y la Esposa dicen a Jesús: “¡Ven!” (Ap. 22,17). Y también nosotros, que hemos escuchado, le decimos a Jesús: ¡Ven!

(Adaptado de La Eucaristía, nuestra santificación de Raniero Cantalamessa)

25 de noviembre de 2010

Anuncio papal: En la Iglesia se advierte una "primavera eucarística"


AUMENTA LA ADORACIÓN AL SANTÍSIMO

Benedicto XVI afirmó que se incrementa el número de personas que, en silencio, se entretienen "en coloquio de amor con Jesús". Destacó en su audiencia general el creciente interés de los jóvenes por esta práctica.

"Quisiera afirmar con alegría que hoy en la Iglesia hay una ''primavera eucarística'', así lo afirmó este miércoles el Papa Benedicto XVI, durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro.

El Papa constató que "muchas personas se detienen silenciosas ante el Tabernáculo, para entretenerse en coloquio de amor con Jesús", y que "no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de rezar en adoración ante la Santísima Eucaristía".

Ante los miles de peregrinos congregados en la Plaza, el Papa habló sobre otra mujer de la Edad Media, santa Juliana de Cornillon, mística e impulsora de la fiesta del Corpus Christi o Corpus Domini en toda la Iglesia.

Benedicto XVI quiso subrayar la importancia de recuperar la adoración eucarística fuera de la Misa,: "la fidelidad al encuentro con el Cristo Eucarístico en la Santa Misa dominical es esencial para el camino de fe, pero intentemos también ir frecuentemente a visitar al Señor presente en el Tabernáculo".

Citando la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, constataba que "la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad".

"Mirando en adoración la Hostia consagrada, encontramos el don del amor de Dios, encontramos la Pasión y la Cruz de Jesús, como también su Resurrección. Precisamente a través de nuestra mirada en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino", afirmó el Papa.

El Papa mostró su deseo de que "esta ''primavera'' eucarística se difunda cada vez más en todas las parroquias, en particular en Bélgica, la patria de santa Juliana".

Corpus Domini

22 de noviembre de 2010

Oveja perdida

Oveja perdida ven,
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu Pastor soy,
sino tu Pasto también.

Por descubrirte mi amor
cuando balabas perdida,
dejé, en un Árbol la Vida
donde me subió el Amor;
si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
o el traerte Yo en el hombro
o el traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho
que aún los más ciegos las ven.
Luis de Góngora (siglo XVII)

19 de noviembre de 2010

Con la simplicidad de los santos


"Cuando oía a algunas personas decir que quisieran haber vivido en el tiempo que andaba Cristo en el mundo, me reía, pareciéndome que, teniéndole en el Santísimo Sacramento, que ¿qué más les daba?"
(Santa Teresa de Jesús - Vida, 3,6)

17 de noviembre de 2010

JULIANA, UNA MUJER ENAMORADA DE LA EUCARISTÍA


Benedicto XVI: una mujer, en el origen del "Corpus Christi"
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).-

Queridos hermanos y hermanas,

también esta mañana quisiera presentaros a una figura femenina, poco conocida, a la que la Iglesia sin embargo debe un gran reconocimiento, no sólo por su santidad de vida, sino también porque, con su gran fervor, ha contribuido a la institución de una de las solemnidades litúrgicas más importantes del año, la del Corpus Domini. [En español más conocida como “Corpus Christi”, n.d.t.]

Se trata de santa Juliana de Cornillón, conocida también como santa Juliana de Lieja. Poseemos algunos datos sobre su vida sobre todo a través de una biografía, escrita probablemente por un eclesiástico contemporáneo suyo, en el que se recogen varios testimonios de personas que conocieron directamente a la Santa.

Juliana nació entre 1191 o 1192 en las cercanías de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por así decirlo, un verdadero “cenáculo eucarístico”. Antes de Juliana, insignes teólogos habían ilustrado allí el valor supremo del Sacramento de la Eucaristía y, siempre en Lieja, había grupos femeninos generosamente dedicados al culto eucarístico y a la comunión ferviente. Guiados por sacerdotes ejemplares, estas vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras caritativas.

Huérfana a los 5 años de edad, Juliana, junto con su hermana Inés, fue confiada al cuidado de las monjas agustinas del convento-leprosería de Mont-Cornillon. Fue educada sobre todo por una monja, de nombre Sabiduría, que siguió su maduración espiritual, hasta cuando la propia Juliana recibió el hábito religioso y se convirtió también ella en monja agustina. Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en lengua latina, en particular a san Agustín y san Bernardo. Además de una vivaz inteligencia, Juliana mostraba, desde el principio, una propensión particular por la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el Sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: “He aquí que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

A los dieciséis años tuvo una primera visión, que después se repitió muchas veces en sus adoraciones eucarísticas. La visión presentaba la luna en su pleno esplendor, con una franja oscura que la atravesaba diametralmente. El Señor le hizo comprender el significado de lo que se le había aparecido. La luna simbolizaba la vida de la Iglesia en la tierra, la línea opaca representaba en cambio la ausencia de una fiesta litúrgica, para cuya institución se pedía a Juliana que trabajase de modo eficaz: es decir, una fiesta en la que los creyentes habrían podido adorar la Eucaristía para aumentar su fe, avanzar en la práctica de las virtudes y reparar las ofensas al Santísimo Sacramento.

Durante unos veinte años Juliana, que mientras tanto se había convertido en la priora del convento, conservó en secreto esta revelación, que había llenado de alegría su corazón. Después se confió con otras dos fervientes adoradoras de la Eucaristía, la beata Eva, que llevaba una vida eremítica, e Isabel, que la había seguido al monasterio de Mont-Cornillon. Las tres mujeres establecieron una especie de “alianza espiritual”, con el propósito de glorificar al Santísimo Sacramento. Quisieron implicar también a un sacerdote muy estimado, Juan de Lausana, canónigo de la iglesia de San Martín de Lieja, pidiéndole que interpelara a teólogos y eclesiásticos sobre lo que ellas llevaban en el corazón. Las respuestas fueron positivas y alentadoras.

Lo que le sucedió a Juliana de Cornillón se repite frecuentemente en la vida de los Santos: para tener la confirmación de que una inspiración viene de Dios, es necesario siempre sumirse en la oración, saber esperar con paciencia, buscar la amistad y el acercamiento con otras almas buenas, y someter todo al juicio de los Pastores de la Iglesia. Fue precisamente el Obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de las dudas iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Domini en su diócesis. Más tarde, otros obispos le imitaron, estableciendo la misma fiesta en los territorios confiados a sus cuidados pastorales.

A los Santos, con todo, el Señor les pide a menudo superar pruebas, para que su fe se incremente. Sucedió también a Juliana, que tuvo que sufrir la dura oposición de algunos miembros del clero y del mismo superior del que dependía su monasterio. Entonces, por voluntad propia, Juliana dejó el convento de Mont-Cornillon con algunas compañeras, y durante diez año, entre 1248 y 1258, fue huésped de varios monasterios de monjas cistercienses. Edificaba a todos con su humildad, no tenía nunca palabras de crítica o de reproche para sus adversarios, sino que seguía difundiendo con celo el culto eucarístico.

Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, en Bélgica. En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras de su biógrafo, Juliana murió contemplando con un último arrebato de amor a Jesús Eucaristía, a quien había siempre amado, honrado y adorado.

A la buena causa de la fiesta del Corpus Domini fue conquistado también Giacomo Pantaléon de Troyes, que había conocido a la Santa durante su ministerio de archidiácono en Lieja. Fue precisamente él quien, llegado a ser Papa con el nombre de Urbano IV, en 1264, quiso instituir la solemnidad del Corpus Domini como fiesta de precepto para la Iglesia universal, el jueves sucesivo a Pentecostés. En la Bula de institución, titulada Transiturus de hoc mundo (11 de agosto de 1264) el Papa Urbano reevoca con discreción también las experiencias místicas de Juliana, avalando su autenticidad, y escribe: “Aunque la Eucaristía cada día sea solemnemente celebrada, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga de ella más honrada y solemne memoria. Las demás cosas, de hecho, de las que hacemos memoria, las aferramos con el espíritu y con la mente, pero no obtenemos por ello su presencia real. En cambio, en esta conmemoración sacramental de Cristo, aunque bajo otra forma, Jesucristo está presente con nosotros en su propia sustancia. Mientras estaba de hecho a punto de ascender al cielo, dijo: 'He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt 28,20)”.

En Pontífice mismo quiso dar ejemplo, celebrando la solemnidad del Corpus Domini en Orvieto, ciudad en la que entonces vivía. Precisamente por orden suya en la catedral de la ciudad se conservaba – y se conserva aún ahora – el célebre corporal con las huellas del milagro eucarístico sucedido el año anterior, en 1263, en Bolsena. Un sacerdote, mientras consagraba el pan y el vino, había sido preso de fuertes dudas sobre la presencia real del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía. Milagrosamente, algunas gotas de sangre comenzaron a brotar de la Hostia consagrada, confirmando de esa forma lo que nuestra fe profesa.


Urbano IV pidió a uno de los más grandes teólogos de la historia, santo Tomás de Aquino – que en aquel tiempo acompañaba al Papa y se encontraba en Orvieto –, que compusiera los textos del oficio litúrgico de esta gran fiesta. Estos, aún hoy en uso en la Iglesia, son obras maestras, en las que se funden teología y poesía.
Son textos que hacen vibrar las cuerdas del corazón para expresar alabanza y gratitud al Santísimo Sacramento, mientras la inteligencia, adentrándose con estupor en el misterio, reconoce en la Eucaristía la presencia viva y verdadera de Jesús, de su Sacrificio de amor que nos reconcilia con el Padre, y nos da la salvación.

Aunque tras la muerte de Urbano IV la celebración de la fiesta del Corpus Domini se limitó a algunas regiones de Francia, de Alemania, de Hungría y de Italia septentrional, fue después un Pontífice, Juan XXII, quien en 1317 la restauró para toda la Iglesia. Desde entonces en adelante, la fiesta conoció un desarrollo maravilloso, y aún es muy sentida por el pueblo cristiano.

Quisiera afirmar con alegría que hoy en la Iglesia hay una “primavera eucarística”: ¡cuántas personas se detienen silenciosas ante el Tabernáculo, para entretenerse en coloquio de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de rezar en adoración ante la Santísima Eucaristía.
Rezo para que esta “primavera” eucarística se difunda cada vez más en todas las parroquias, en particular en Bélgica, la patria de santa Juliana. El Venerable Juan Pablo II, en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, constataba que “En muchos lugares [...] la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad.



la participación devota de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico”, dice el Papa (n. 10).

Recordando a santa Juliana de Cornillon renovemos también nosotros la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Como nos enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, “Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 282).

Queridísimos amigos, la fidelidad al encuentro con el Cristo Eucarístico en la Santa Misa dominical es esencial para el camino de fe, pero intentemos también ir frecuentemente a visitar al Señor presente en el Tabernáculo! Mirando en adoración la Hostia consagrada, encontramos el don del amor de Dios, encontramos la Pasión y la Cruz de Jesús, como también su Resurrección.

Precisamente a través de nuestra mirada en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino (cfr BENEDICTO XVI, Homilía en la Solemnidad del Corpus Domini, 15 de junio de 2006).
Los Santos siempre han encontrado fuerza, consuelo u alegría en el encuentro eucarístico. Con las palabras del Himno eucarístico Adoro te devote repitamos ante el Señor, presente en el Santísimo Sacramento: “¡Hazme crecer cada vez más en Ti, que en Ti yo tenga esperanza, que yo Te ame!”. Gracias.