11 de noviembre de 2010

Nuevo documento de Benedicto XVI

Jueves 11 de Noviembre de 2010

Hoy se ha dado ha conocer la exhortación post sinodal sobre la Palabra de Dios de Benedicto XVI

Entre otros párrafos destacamos este en el que une Escritura y Liturgia:
"Exhorto a los Pastores de la Iglesia y a los agentes de pastoral a esforzarse en educar a todos los fieles a gustar el sentido profundo de la Palabra de Dios que se despliega en la liturgia a lo largo del año, mostrando los misterios fundamentales de nuestra fe" (52).
En los números 54 y 55 el santo Padre habla sobre la Escritura y la Eucaristía.
Un nuevo documento de la Iglesia que merece ser leído en su totalidad.

Benedicto XVI habla sobre la Eucaristía y los congresos eucarísticos


Jueves 11 de Noviembre de 1010


El Papa propone la celebración eucarística como centro y culmen de todas las manifestaciones y formas de piedad, porque “en la Eucaristía está encerrado el tesoro de la Iglesia”

Con gran alegría, Benedicto XVI ha recibido, al fin de esta mañana, a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Comité para los Congresos Eucarísticos Internacionales. Saludando a los delegados nacionales de las Conferencias Episcopales y, de manera especial, a la delegación irlandesa – encabezada por el arzobispo de Dublín, que acogerá el próximo Congreso Eucarístico Internacional, en junio de 2012 - y destacando la atención que esta Asamblea ha dedicado a tal evento - «que se inserta también en el programa de renovación de la Iglesia en Irlanda» - el Papa ha hecho hincapié en la importancia de la Eucaristía, en el camino de renovación:

«El tema, “La Eucaristía, comunión con Cristo y entre nosotros”, recuerda la centralidad del Misterio eucarístico para el crecimiento de la vida de fe y para cada auténtico camino de renovación eclesial. La Iglesia, mientras peregrina en la tierra, es sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre de ellos (cfr CONC. VAT. II, Cost. dogm. Lumen gentium, 1). Con este fin, ella ha recibido la Palabra y los Sacramentos - sobre todo la Eucaristía - de la cual “continuamente vive y crece” (ibid. 26) y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a sí misma».

Refiriéndose a la feliz coincidencia de este encuentro y de los trabajos de dicha plenaria con algunos aniversarios importantes, el Papa ha recordado el 50° aniversario del Congreso Eucarístico de Munich que marcó una etapa destacada en la comprensión de estos eventos eclesiales y en el que tuvo la alegría de participar, como joven profesor de teología. Además, el Congreso de Dublín del 2012 tendrá un carácter jubilar, de hecho será el 50°, y se llevará a cabo al cumplirse también 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, al que el tema hace explícita referencia, recordando el capítulo 7 de la Constitución dogmática Lumen gentium.

Recordando que los Congresos Eucarísticos Internacionales tienen una larga historia en la Iglesia y que mediante la forma característica de la “statio orbis”, resaltan la dimensión universal de la celebración, Benedicto XVI ha reiterado que se trata siempre de una fiesta de fe alrededor de Cristo Eucarístico, el Cristo del sacrificio supremo por la humanidad. Fiesta en la que participan fieles no solo de una Iglesia particular o de una nación, sino, en lo posible, de varias partes del la Tierra. Fiesta en la que «la Iglesia que se recoge alrededor de su Señor y su Dios».

Asimismo, el Santo Padre ha puesto de relieve la importante tarea evangelizadora de los Congresos Eucarísticos, sobre todo en el contexto actual, para impulsar la nueva evangelización y promover la evangelización mistagógica (cfr Esort. ap. postsinod. Sacramentum caritatis, 64), que se cumple a la escuela de la Iglesia en oración, a partir de la liturgia y a través de la liturgia. El Papa ha subrayado que el binomio ‘Eucaristía-misión’ ha entrado a formar parte de las líneas guía propuestas por la Santa Sede.

Benedicto XVI ha presentando también una indicación litúrgica y pastoral, alentando la celebración eucarística como centro y culmen de todas las manifestaciones y formas de piedad, según el espíritu de la reforma conciliar, la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (nn. 10; 47-52) y la Exhortación post-sinodal Sacramentum caritatis. Antes de terminar su denso discurso, el Papa ha alentado a perseverar en el apostolado eucarístico:

«Queridos hermanos y hermanas, el apostolado eucarístico al que dedicáis vuestros esfuerzos es muy importante. Perseverad en ello con compromiso y pasión, animando y difundiendo la devoción eucarística en todas sus expresiones. En la Eucaristía está encerrado el tesoro de la Iglesia, o sea el mismo Cristo, que en la Cruz se ha inmolado por la salvación de la humanidad. Acompaño vuestro apreciado servicio asegurándoos mi oración, por intercesión de María Santísima, y con la Bendición Apostólica, que de corazón os imparto a vosotros, a vuestros seres queridos y vuestros colaboradores».

La Eucaristía en mi vida


Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades... Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.
"La Iglesia vive de la Eucaristía. nº 8"

El Hijo de Dios en mi vida y en la Eucaristia

Hemos sido creados a imagen del Hijo. Somos hijos y herederos.

Cuando uno nace la primera experiencia que tenemos es la de ser hijos, y por lo tanto de depender de otro, del que nos dio la vida. El bebe al principio tiene intacta esta capacidad que lo lleva a confiar ciegamente en el padre y en la madre. Y esto no solo nosotros, los seres humanos, también los animales. Naturalmente estamos llamados a confiar en el que nos dio la vida. Quizás los animales no necesitan depender demasiado tiempo de los que lo engendraron, pero nosotros sí. Nuestra dependencia es mucho más grande: tenemos que aprender de todo. Lo cual exige confianza absoluta. Y eso hace que establezcamos una relación tan profunda con quienes me han dado la vida, que podré llamarlos. Papa y Mama.

Saber que siempre va a ser mi padre, que siempre voy a poder acudir a él: somos esencialmente hijos. Siendo hijos es que hemos aprendido a ser personas. Y esto nos hace parecidos al Hijo de Dios: somos hijos, en este sentido, a la manera de la segunda Persona de la santísima Trinidad.

Ser hijos entonces trae de manera innata en nosotros, la virtud de la confianza. Esto es lo que llamamos la FE.

La actitud fundamental del hijo es confiar, escuchar, aprender, ser discípulo, ser dócil a lo que me dice mi padre, confiar en él. Cuando me tocan vivir y pasar por caminos difíciles agarrarse de esa manazo del padre que me conduce, que me hace sentir que no me va a pasar nada por que él está conmigo: eso es ser hijo.

De hecho está condición, aún cuando crecemos la seguimos teniendo, seguimos ejercitando la virtud de la confianza, de la escucha, del ser discípulo.

¿Qué significa que hemos sido creados a imagen del Hijo de Dios? Significa que todo esto que veo que está en mi condición natural, que vivo naturalmente en mi vida, o que debería vivir. Esta condición de hijo la puedo y la tengo que vivir con respecto a Dios: SOY SU HIJO. Y ser hijo de Dios significa vivir con esta fe y confianza. Pero en serio, como la cananea del evangelio.

Y esta actitud de hijo para con Dios estoy llamado a vivirla también con respecto a la Iglesia. Amor y entrega profunda a la Iglesia (bien concretita), es un índice también de mi conciencia de ser hijo de Dios, en el fondo de mi confianza en Dios. Nadie puede tener a Dios como Padre, sino tiene a la Iglesia como Madre (decía un gran santo). De hecho, bien sabemos, que el Papa viene de Abba, de Padre.

Miremos a Jesús, al Hijo de Dios y pidamos vivir como Él.

Es cierto que esta condición de hijo de Dios la vivimos en la oscuridad de la fe. Es decir tenemos que esforzarnos por despertar esta confianza.

Pero lo mismo pasa algunas veces en nuestra vida natural. ¿cuándo empezamos a gozar en plenitud de una profesión? ¿cúando somos estudiantes o cuando empezamos a ejercer la profesión?

Lo mismo en nuestra condición de discípulo, de alumnos, de hijos frente a Dios. Ahora en este mundo es tiempo de confianza. Pero estemos seguros que Dios nos quiere llevar a recibir, a obtener el diploma más lindo que podamos recibir en nuestra vida: EL DIPLOMA DE HIJO DE DIOS en plenitud en el cielo.

Mientras tanto debemos vivir en el camino de Santa Teresita: el caminito de la confianza.

Tenemos que confiar, abandonarnos. Aún cuando no veamos, no sintamos, no entendamos, aún cuando estemos sufriendo. Jesús, el Hijo de Dios a imagen del cual hemos sido creados, también tuvo que soportar el abandono: ¿“Dios mío, porque me has abandonado?. Y CONFIÓ. Confió plenamente en Getsemaní.

Confiemos nosotros también en la mano del Padre que maneja absolutamente todo para el bien de sus hijos amados.

Y esto posible si nos unimos al HIJO en la Eucaristía. En la Eucaristía nos unimos a Jesús para vivir como verdaderos hijos de Dios.

MI VIDA ES UNA MISA PROLONGADA - Alberto Hurtado SJ

- Por la Eucaristía, esta tierra de la encarnación se hizo el centro del mundo. Por ella, el Hijo permanecerá entre nosotros no por unos cuantos años fugitivos, sino para siempre. Mediante la Eucaristía Cristo permanece siempre presente en medio de su pueblo.
- La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Por ella tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes.
- “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él...”. Comulgar es vivir en Jesús, y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida: de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación.
- Jesús se hace presente y permanece en la eucaristía, para vivir con nosotros y que nosotros vivamos con Él. Jesús espera nuestras visitas. En Él hallaremos al amigo leal, al consejero fiel, al consolador amoroso, al confidente de nuestras penas y alegrías. Jesús recibe nuestras visitas como de un amigo con otro amigo querido. Aunque invisiblemente, quiere comunicarse con nosotros, nos atiende, nos habla...
- El que comulga se va despojando de sí mismo y llega a no tener otra vida que la de Jesús, la vida divina y nada hay más grande que eso. El que llega a vivir la vida de Jesús plenamente 'dará mucho fruto' como lo decía el mismo Jesús.
- El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!
- Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera.
- El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.
- Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos como Cristo se dio a nosotros.
- A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo, con Él y en Él” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestra aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad... Después de la comunión queda fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo ser Cristo para nosotros y para los demás. ¡Eso es comulgar!
- Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin de mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él. “Vivo yo, ya no yo, Cristo vive en mí”, decía S. Pablo, y vive en mi hermano que comulga junto a mí, y vive en todos lo que participamos de Él. Formamos todos un solo Cristo. Vivimos su vida, realizamos su misión. Somos una nueva humanidad, la humanidad en Cristo. Estrechamente unidos, más que por la sangre de familia, por la sangre de Cristo, y en Cristo, por Cristo, y para Cristo vivimos en este mundo.
- ¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.
- ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

18 de octubre de 2010

Amar a Jesús con el corazón de María


Mes del Rosario

Estamos invitados a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, muy apreciada por ella porque nos conduce directamente a Jesús. (Benedicto XVI, Ángelus 11/10/2010)

Meditaciones del Rosario de la Madre Teresa de Calcuta

PRIMER MISTERIO GOZOSO

LA ANUNCIACION DE LA BUENA NUEVA DE LA SALVACION
“La voluntad de Dios es que sean santos" (1 Ts. 4, 3)


LA ALEGRIA DE DECIRLE SI A DIOS
"Hágase en mí según tu Palabra" (Lc. 1, 38).

En este misterio nos unimos a la obediencia de María a la Palabra de Dios, y a su disponibilidad interior de abandono en aceptar que se hiciera en ella la voluntad de Dios.
"Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican " (Lc 11, 28).
Pidámosle a Dios que podamos tener en nuestra vida personal la misma disponibilidad con que María aceptó Su voluntad, que le permitió a ella cooperar con la gracia en cada momento de su vida, aunque no siempre entendió lo que Dios estaba haciendo en ella, ni cómo, ni porqué.
Cada “Avemaría” de este misterio expresa y aumenta nuestro deseo de decirle ‘si’ a Dios en todo lo que El quiere que hagamos y seamos. "Dichosos los que guardan sus mandamientos y buscan a Dios de todo corazón". (Sal 119, 2)
Lo que Dios quiere es que seamos santos y felices, porque la santidad y la felicidad van juntas. Todo lo que El quiere para nosotros en esta vida tiene por objeto nuestra felicidad eterna y nuestra amistad con El ahora y en la eternidad.
Cada 'Avemaría' que rezamos en este misterio es nuestro ‘fiat’ con el cual, como María, le decimos SI a Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).
La santidad es sencillamente el deseo de complacer a Jesús.
El ‘si’ de María nos dio la Sagrada Eucaristía porque el cuerpo de Jesús se formó del Inmaculado Corazón de Su madre, de cuya carne tomó Jesús la carne que nos da en el Santísimo Sacramento.
"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mt 1,23) Hoy nos alegramos como en el día de la Anunciación, porque Jesús escogió el nombre de ‘Emmanuel' por su infinito deseo de permanecer siempre con nosotros en el Santísimo Sacramento como prueba absoluta de Su amor eterno y constante benevolencia hacia cada uno de nosotros.

SEGUNDO MISTERIO GOZOSO

LA VISITACION DE JESUS Y MARIA
“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente” (Lc 1, 78).

LA ALEGR1A DE CONFIAR EN DIOS
“Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado por parte del Señor” (Lc.1, 45).

En la visitación Isabel llamó a María “feliz” por su perfecta confianza en Dios. "Feliz de ti por haber creído" (Lc. 1, 45). La perfecta confianza no se basa en confiar en nosotros mismos, sino en las Infinitas Perfecciones de Dios: Su infinita misericordia, Su infinita justicia, Su infinita bondad, Su compasión infinita, Su poder infinito Su amor infinito. "Demos gracias a Dios, porque es bueno, porque es eterno Su amor'' (Salmo118, 1).
María fue a visitar a Isabel cuando ésta la necesitaba, y así ahora Ella se acerca a nosotros con su Divino Hijo, en el Santísimo Sacramento. En todas nuestras necesidades, grandes o pequeñas, El nos dice: "Coma la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano” (Jr 18, 6). "Reconozcan que yo soy Dios" (Sal 46, 11).

Jesús te ama infinitamente más de lo que puedes pensar, imaginarte o desear; y puede hacer por ti infinitamente más de lo que te atreverías a pedir. "Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús” (Flp. 4, 19).
La alegría del Misterio de la Visitación es saber que "gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios" (Lc 1, 78) Él sigue visitándonos en la Sagrada Eucaristía y quiere que vengamos a Él con confianza. “Nos atrevemos a acercarnos a Dios con toda confianza, mediante la fe en él” (Ef. 3, 12).
Dios quiere que tengamos confianza total en Su misericordia que no se acaba nunca.
Jesús nos visita hoy en el Santísimo Sacramento para darnos confianza total en la sabiduría de Su voluntad.
Mientras más confiamos en Jesús, más lo complacemos.
Así como Juan Bautista reconoció a Jesús oculto en el seno de María, que fue el primer Sagrario del Señor, así nosotros lo reconocemos oculto en el Santísimo Sacramento que es “El misterio de nuestra fe”. Isabel fue llena del Espíritu Santo y Juan Bautista saltó de gozo en Su santa presencia, porque Él derrama Su Espíritu sobren nosotros en este sacramento de amor infinito.
El Señor es tan humilde que se deleita con nuestra presencia. Nos ama tanto que recibe nuestra visita como si fuera un honor que le hacemos. ¡Qué humilde es Dios! ¡Qué fácil es amar a Jesús! “Mi dicha es estar cerca de Dios: yo he puesto mi refugio en ti, Señor” (Salmo 73, 28)
La Eucaristía es "el trono de gracia" donde Jesús nos pide que pongamos todas nuestras preocupaciones y ansiedades. Su Corazón Eucarístico está lleno de ardiente amor por nosotros. Podemos ser felices como María, si tenemos confianza perfecta en El, quien nos dice: “Todo es posible para el que cree.” (Mc 9, 23)

TERCER MISTERIO GOZOSO

EL NACIMIENTO DE JESUS EN BELEN
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

LA ALEGRÍA DE ADORAR A JESUS
"Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador" (Lc. 1, 47).

La Sagrada Eucaristía es la prolongación de la Encarnación de Cristo en la tierra, y gracias a este misterio podemos sentir la alegría de la navidad todos los días.
Cuando venimos al Santísimo Sacramento, venimos a Belén, cuyo nombre significa "casa de pan".
Jesús quiso nacer en Belén porque quería quedarse para siempre con nosotros como el "Pan Vivo" (Jn 6, 51) bajado del cielo.
Es un gran privilegio el ser llamados para adorar a Jesús aquí donde se prolonga Su Encarnación, como lo adoraron María, José, los pastores y los magos en Belén.
Jesús nos ama con todo Su Corazón y en la Eucaristía expresa este amor infinito, totalmente desinteresado y perfecto por el hombre.
De nuevo la Palabra se hace carne y habita entre nosotros, velada bajo las especies de la Sagrada Hostia, en la que el mismo Jesús, que nació hace dos mil años como un tierno niño en Belén, se hace presente a nosotros, real y verdaderamente, con Su cuerpo, sangre, alma y divinidad en el Santísimo Sacramento.
Pidámosle a Dios que nos de pobreza de espíritu como la de María, a quien no le importo la pobreza material ni las humillantes circunstancias del nacimiento de su divino Hijo. Tampoco le importó el rechazo del mundo porque ello encontró toda su riqueza en el Amor Divino y todos sus tesoros en la presencia real de Jesús. "Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti… El Señor es la parte de mi herencia… Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado… Por eso mi corazón se alegra…” (Sal 16).

¡Esto es vivir las bienaventuranzas, esto es la alegría de la adoración a Cristo!
La historia de amor más grande que ha existido está en la Hostia Santa. En ella contemplamos la gloria del Señor en lo más profundo de Su humildad.
Aquí Dios, que creó el mundo entero, y a quien el mundo no puede contener, se contiene a Sí mismo en el Santísimo Sacramento por amor a nosotros.
En el Santísimo Sacramento Jesús se hace pobre “despojándose de Sí mismo " (Flp 2, 7), de Su gloria y majestad para hacernos ricos con la abundancia de Su gracia, "transformándonos en esa misma imagen, cada vez más gloriosos " (2 Co 3, 18)

La Eucaristía es el amor divino hecho visible en la Sagrada Hostia.
Por eso los ángeles cantan hoy aquí lo mismo que en Belén: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él” (Lc. 2, 14)
Venid adorémosle, porque aquí Jesús continúa viniendo a nosotros "lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1, 14).
Él es la Palabra que se hace carne en la Sagrada Eucaristía y pone Su morada entre nosotros. "Él es nuestra Paz”. (Ef 1,14).

CUARTO MISTERIO GOZOSO

LA PRESENTACIÓN DE JESUS EN EL TEMPLO
“Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestará claramente los pensamientos de muchos” (Lc 2, 34-35)

LA ALEGRÍA DE CONSAGRARSE A DIOS
“No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes” (Ne 8, 10)

Pidámosle a María que nos presente y nos consagre al Sagrado Corazón de Jesús, como ella presentó y consagró a Jesús en el templo, y renovemos hoy nuestra consagración total a María.
Dios nos da todo lo que necesitamos para santificarnos; no sólo nos da el deseo de amarlo, sino el mismo amor con que debemos amarlo. “Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer” (Filipenses 2,13) El amor eucarístico de Jesús nos da “consuelo y nos afianza” (2Ts 2,17) a tener en nuestra vida diaria la misma actitud de Él que es hacer la voluntad de Su Padre, complacer a Su Padre y buscar Su Gloria.
Jesús “es el mediador de una nueva Alianza” (Hb. 12, 24). La Eucaristía es la nueva Alianza. María llevó a Jesús al templo, porque Él mismo se iba a convertir en el Nuevo Templo que hace santa y sagrada la Casa de Dios por Su presencia eucarística sobre la tierra. El deseo de Su corazón es que éste sea el lugar donde será honrado día y noche. “¿Es posible que Dios habite realmente en la tierra?” (1R 8,27). “Que tus ojos estén siempre abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del que dijiste: en él estará Mi nombre” (1R8, 29)
Nosotros compartimos hoy la misma alegría de Simeón, cuando en el Santísimo Sacramento contemplamos lo que Él proclamó en la Presentación: “mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.” (Lc 2, 30-32).
María nos ayuda a tener “fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,2) para que la alegría que encontramos en Él sea nuestra fuerza, y Su amor eucarístico consuma todas nuestras miserias y repare todas nuestras deficiencias. Jesús le dijo a Santa Margarita María: “Si crees en Mi amor, si verdaderamente crees en Mi amor, entonces verás milagros de Mi amor”.
Jesús vive con nosotros porque somos los muy amados de Su corazón. Él nos demuestra Su amor y quiere que le demostremos el nuestro.
Cuando nos consagramos totalmente a María, ella toma nuestros pensamientos, palabras y obras, y los hace agradables a Jesús purificándolos con su amor y se los presenta a Su Corazón Eucarístico, para que Él vea y ame en nosotros lo que ve y ama en Su Madre.
¡Esta es la alegría de la consagración!

QUINTO MISTERIO GOZOSO

EL HALLAZGO DE JESUS EN EL TEMPLO
“El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10)

LA ALEGRÍA DE LA REDENCIÓN
“Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.” (Flp 4,4)

María encontró a Jesús después de haberlo buscado por tres días. ¡Qué dolor tan terrible sintió al perderlo y qué indecible alegría experimentó al encontrarlo!
María encontró a su hijo durante la fiesta de la Pascua. Este hecho es muy significativo porque Jesús escogió esta misma fiesta, la noche del Jueves Santo, para darnos el don de sí mismo en la Eucaristía. Hoy está aquí en el Santísimo Sacramento donde todos podemos encontrarlo. “Cuando me busquen, me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón.” (Jr 29,13)
María vive ahora ayudando a toda la humanidad a encontrar a Jesús en el Santísimo Sacramento donde siempre nos alegramos en el Señor “pues el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”(Lc 19,10) Él no viene para los que se creen justos, ni para los santos, sino para los pecadores y los enfermos.
Podemos ponernos en Sus santas manos con todos nuestros problemas, porque el Santísimo Sacramento es el Sagrado Corazón de Jesús vivo entre nosotros “cuidándonos como a la niña de sus ojos (Dt 32,10) y atrayéndonos a Él.
María nos enseña a alegrarnos siempre en el Señor, porque Su amor personal por cada uno de nosotros es infinito e inmutable. María nos enseña también a dejar de pensar en nosotros mismos y disfrutar de la alegría constante que proviene de Su misericordia que nos infunde valor, de la compasión de Su corazón, de la sabiduría de Su voluntad, y de la plenitud de Su amor que con el poder de Su gracia redentora restaura todo lo que estaba perdido. “No temas, que yo te he rescatado” (Is 43,1)
En el misterio de la Eucaristía, Dios revela el sentido de la vida: quienes somos, porque estamos aquí y adónde iremos. “El agua, unida al vino, sea un signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”
En la Eucaristía Jesús nos santifica y nos hace uno con Él. La Sagrada Eucaristía es “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios.”(Ef 3 ,18-19)
Como la gota de agua que puesta en el cáliz de vino en la consagración se convierte en la Sangre Preciosa de Jesús, así nosotros somos renovados y transformados por el poder de Su amor redentor que “lo puede todo…renueva el universo” (Sb 7,27) “En Él hemos sido redimidos por Su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados” (Ef 1,7)


(Extraído del libro que entregada la Madre Teresa de Calcuta a cada una de las hermanas misioneras de la caridad: “Amando a Jesús con el corazón de María. Meditaciones Eucarísticas de los Quince Misterios del Rosario.” Martin Lucia s.s.c.c.)