11 de noviembre de 2010

El Hijo de Dios en mi vida y en la Eucaristia

Hemos sido creados a imagen del Hijo. Somos hijos y herederos.

Cuando uno nace la primera experiencia que tenemos es la de ser hijos, y por lo tanto de depender de otro, del que nos dio la vida. El bebe al principio tiene intacta esta capacidad que lo lleva a confiar ciegamente en el padre y en la madre. Y esto no solo nosotros, los seres humanos, también los animales. Naturalmente estamos llamados a confiar en el que nos dio la vida. Quizás los animales no necesitan depender demasiado tiempo de los que lo engendraron, pero nosotros sí. Nuestra dependencia es mucho más grande: tenemos que aprender de todo. Lo cual exige confianza absoluta. Y eso hace que establezcamos una relación tan profunda con quienes me han dado la vida, que podré llamarlos. Papa y Mama.

Saber que siempre va a ser mi padre, que siempre voy a poder acudir a él: somos esencialmente hijos. Siendo hijos es que hemos aprendido a ser personas. Y esto nos hace parecidos al Hijo de Dios: somos hijos, en este sentido, a la manera de la segunda Persona de la santísima Trinidad.

Ser hijos entonces trae de manera innata en nosotros, la virtud de la confianza. Esto es lo que llamamos la FE.

La actitud fundamental del hijo es confiar, escuchar, aprender, ser discípulo, ser dócil a lo que me dice mi padre, confiar en él. Cuando me tocan vivir y pasar por caminos difíciles agarrarse de esa manazo del padre que me conduce, que me hace sentir que no me va a pasar nada por que él está conmigo: eso es ser hijo.

De hecho está condición, aún cuando crecemos la seguimos teniendo, seguimos ejercitando la virtud de la confianza, de la escucha, del ser discípulo.

¿Qué significa que hemos sido creados a imagen del Hijo de Dios? Significa que todo esto que veo que está en mi condición natural, que vivo naturalmente en mi vida, o que debería vivir. Esta condición de hijo la puedo y la tengo que vivir con respecto a Dios: SOY SU HIJO. Y ser hijo de Dios significa vivir con esta fe y confianza. Pero en serio, como la cananea del evangelio.

Y esta actitud de hijo para con Dios estoy llamado a vivirla también con respecto a la Iglesia. Amor y entrega profunda a la Iglesia (bien concretita), es un índice también de mi conciencia de ser hijo de Dios, en el fondo de mi confianza en Dios. Nadie puede tener a Dios como Padre, sino tiene a la Iglesia como Madre (decía un gran santo). De hecho, bien sabemos, que el Papa viene de Abba, de Padre.

Miremos a Jesús, al Hijo de Dios y pidamos vivir como Él.

Es cierto que esta condición de hijo de Dios la vivimos en la oscuridad de la fe. Es decir tenemos que esforzarnos por despertar esta confianza.

Pero lo mismo pasa algunas veces en nuestra vida natural. ¿cuándo empezamos a gozar en plenitud de una profesión? ¿cúando somos estudiantes o cuando empezamos a ejercer la profesión?

Lo mismo en nuestra condición de discípulo, de alumnos, de hijos frente a Dios. Ahora en este mundo es tiempo de confianza. Pero estemos seguros que Dios nos quiere llevar a recibir, a obtener el diploma más lindo que podamos recibir en nuestra vida: EL DIPLOMA DE HIJO DE DIOS en plenitud en el cielo.

Mientras tanto debemos vivir en el camino de Santa Teresita: el caminito de la confianza.

Tenemos que confiar, abandonarnos. Aún cuando no veamos, no sintamos, no entendamos, aún cuando estemos sufriendo. Jesús, el Hijo de Dios a imagen del cual hemos sido creados, también tuvo que soportar el abandono: ¿“Dios mío, porque me has abandonado?. Y CONFIÓ. Confió plenamente en Getsemaní.

Confiemos nosotros también en la mano del Padre que maneja absolutamente todo para el bien de sus hijos amados.

Y esto posible si nos unimos al HIJO en la Eucaristía. En la Eucaristía nos unimos a Jesús para vivir como verdaderos hijos de Dios.

MI VIDA ES UNA MISA PROLONGADA - Alberto Hurtado SJ

- Por la Eucaristía, esta tierra de la encarnación se hizo el centro del mundo. Por ella, el Hijo permanecerá entre nosotros no por unos cuantos años fugitivos, sino para siempre. Mediante la Eucaristía Cristo permanece siempre presente en medio de su pueblo.
- La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Por ella tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes.
- “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él...”. Comulgar es vivir en Jesús, y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida: de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación.
- Jesús se hace presente y permanece en la eucaristía, para vivir con nosotros y que nosotros vivamos con Él. Jesús espera nuestras visitas. En Él hallaremos al amigo leal, al consejero fiel, al consolador amoroso, al confidente de nuestras penas y alegrías. Jesús recibe nuestras visitas como de un amigo con otro amigo querido. Aunque invisiblemente, quiere comunicarse con nosotros, nos atiende, nos habla...
- El que comulga se va despojando de sí mismo y llega a no tener otra vida que la de Jesús, la vida divina y nada hay más grande que eso. El que llega a vivir la vida de Jesús plenamente 'dará mucho fruto' como lo decía el mismo Jesús.
- El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!
- Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera.
- El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.
- Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos como Cristo se dio a nosotros.
- A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo, con Él y en Él” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestra aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad... Después de la comunión queda fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo ser Cristo para nosotros y para los demás. ¡Eso es comulgar!
- Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin de mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él. “Vivo yo, ya no yo, Cristo vive en mí”, decía S. Pablo, y vive en mi hermano que comulga junto a mí, y vive en todos lo que participamos de Él. Formamos todos un solo Cristo. Vivimos su vida, realizamos su misión. Somos una nueva humanidad, la humanidad en Cristo. Estrechamente unidos, más que por la sangre de familia, por la sangre de Cristo, y en Cristo, por Cristo, y para Cristo vivimos en este mundo.
- ¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.
- ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

18 de octubre de 2010

Amar a Jesús con el corazón de María


Mes del Rosario

Estamos invitados a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, muy apreciada por ella porque nos conduce directamente a Jesús. (Benedicto XVI, Ángelus 11/10/2010)

Meditaciones del Rosario de la Madre Teresa de Calcuta

PRIMER MISTERIO GOZOSO

LA ANUNCIACION DE LA BUENA NUEVA DE LA SALVACION
“La voluntad de Dios es que sean santos" (1 Ts. 4, 3)


LA ALEGRIA DE DECIRLE SI A DIOS
"Hágase en mí según tu Palabra" (Lc. 1, 38).

En este misterio nos unimos a la obediencia de María a la Palabra de Dios, y a su disponibilidad interior de abandono en aceptar que se hiciera en ella la voluntad de Dios.
"Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican " (Lc 11, 28).
Pidámosle a Dios que podamos tener en nuestra vida personal la misma disponibilidad con que María aceptó Su voluntad, que le permitió a ella cooperar con la gracia en cada momento de su vida, aunque no siempre entendió lo que Dios estaba haciendo en ella, ni cómo, ni porqué.
Cada “Avemaría” de este misterio expresa y aumenta nuestro deseo de decirle ‘si’ a Dios en todo lo que El quiere que hagamos y seamos. "Dichosos los que guardan sus mandamientos y buscan a Dios de todo corazón". (Sal 119, 2)
Lo que Dios quiere es que seamos santos y felices, porque la santidad y la felicidad van juntas. Todo lo que El quiere para nosotros en esta vida tiene por objeto nuestra felicidad eterna y nuestra amistad con El ahora y en la eternidad.
Cada 'Avemaría' que rezamos en este misterio es nuestro ‘fiat’ con el cual, como María, le decimos SI a Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).
La santidad es sencillamente el deseo de complacer a Jesús.
El ‘si’ de María nos dio la Sagrada Eucaristía porque el cuerpo de Jesús se formó del Inmaculado Corazón de Su madre, de cuya carne tomó Jesús la carne que nos da en el Santísimo Sacramento.
"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mt 1,23) Hoy nos alegramos como en el día de la Anunciación, porque Jesús escogió el nombre de ‘Emmanuel' por su infinito deseo de permanecer siempre con nosotros en el Santísimo Sacramento como prueba absoluta de Su amor eterno y constante benevolencia hacia cada uno de nosotros.

SEGUNDO MISTERIO GOZOSO

LA VISITACION DE JESUS Y MARIA
“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente” (Lc 1, 78).

LA ALEGR1A DE CONFIAR EN DIOS
“Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado por parte del Señor” (Lc.1, 45).

En la visitación Isabel llamó a María “feliz” por su perfecta confianza en Dios. "Feliz de ti por haber creído" (Lc. 1, 45). La perfecta confianza no se basa en confiar en nosotros mismos, sino en las Infinitas Perfecciones de Dios: Su infinita misericordia, Su infinita justicia, Su infinita bondad, Su compasión infinita, Su poder infinito Su amor infinito. "Demos gracias a Dios, porque es bueno, porque es eterno Su amor'' (Salmo118, 1).
María fue a visitar a Isabel cuando ésta la necesitaba, y así ahora Ella se acerca a nosotros con su Divino Hijo, en el Santísimo Sacramento. En todas nuestras necesidades, grandes o pequeñas, El nos dice: "Coma la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano” (Jr 18, 6). "Reconozcan que yo soy Dios" (Sal 46, 11).

Jesús te ama infinitamente más de lo que puedes pensar, imaginarte o desear; y puede hacer por ti infinitamente más de lo que te atreverías a pedir. "Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús” (Flp. 4, 19).
La alegría del Misterio de la Visitación es saber que "gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios" (Lc 1, 78) Él sigue visitándonos en la Sagrada Eucaristía y quiere que vengamos a Él con confianza. “Nos atrevemos a acercarnos a Dios con toda confianza, mediante la fe en él” (Ef. 3, 12).
Dios quiere que tengamos confianza total en Su misericordia que no se acaba nunca.
Jesús nos visita hoy en el Santísimo Sacramento para darnos confianza total en la sabiduría de Su voluntad.
Mientras más confiamos en Jesús, más lo complacemos.
Así como Juan Bautista reconoció a Jesús oculto en el seno de María, que fue el primer Sagrario del Señor, así nosotros lo reconocemos oculto en el Santísimo Sacramento que es “El misterio de nuestra fe”. Isabel fue llena del Espíritu Santo y Juan Bautista saltó de gozo en Su santa presencia, porque Él derrama Su Espíritu sobren nosotros en este sacramento de amor infinito.
El Señor es tan humilde que se deleita con nuestra presencia. Nos ama tanto que recibe nuestra visita como si fuera un honor que le hacemos. ¡Qué humilde es Dios! ¡Qué fácil es amar a Jesús! “Mi dicha es estar cerca de Dios: yo he puesto mi refugio en ti, Señor” (Salmo 73, 28)
La Eucaristía es "el trono de gracia" donde Jesús nos pide que pongamos todas nuestras preocupaciones y ansiedades. Su Corazón Eucarístico está lleno de ardiente amor por nosotros. Podemos ser felices como María, si tenemos confianza perfecta en El, quien nos dice: “Todo es posible para el que cree.” (Mc 9, 23)

TERCER MISTERIO GOZOSO

EL NACIMIENTO DE JESUS EN BELEN
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

LA ALEGRÍA DE ADORAR A JESUS
"Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador" (Lc. 1, 47).

La Sagrada Eucaristía es la prolongación de la Encarnación de Cristo en la tierra, y gracias a este misterio podemos sentir la alegría de la navidad todos los días.
Cuando venimos al Santísimo Sacramento, venimos a Belén, cuyo nombre significa "casa de pan".
Jesús quiso nacer en Belén porque quería quedarse para siempre con nosotros como el "Pan Vivo" (Jn 6, 51) bajado del cielo.
Es un gran privilegio el ser llamados para adorar a Jesús aquí donde se prolonga Su Encarnación, como lo adoraron María, José, los pastores y los magos en Belén.
Jesús nos ama con todo Su Corazón y en la Eucaristía expresa este amor infinito, totalmente desinteresado y perfecto por el hombre.
De nuevo la Palabra se hace carne y habita entre nosotros, velada bajo las especies de la Sagrada Hostia, en la que el mismo Jesús, que nació hace dos mil años como un tierno niño en Belén, se hace presente a nosotros, real y verdaderamente, con Su cuerpo, sangre, alma y divinidad en el Santísimo Sacramento.
Pidámosle a Dios que nos de pobreza de espíritu como la de María, a quien no le importo la pobreza material ni las humillantes circunstancias del nacimiento de su divino Hijo. Tampoco le importó el rechazo del mundo porque ello encontró toda su riqueza en el Amor Divino y todos sus tesoros en la presencia real de Jesús. "Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti… El Señor es la parte de mi herencia… Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado… Por eso mi corazón se alegra…” (Sal 16).

¡Esto es vivir las bienaventuranzas, esto es la alegría de la adoración a Cristo!
La historia de amor más grande que ha existido está en la Hostia Santa. En ella contemplamos la gloria del Señor en lo más profundo de Su humildad.
Aquí Dios, que creó el mundo entero, y a quien el mundo no puede contener, se contiene a Sí mismo en el Santísimo Sacramento por amor a nosotros.
En el Santísimo Sacramento Jesús se hace pobre “despojándose de Sí mismo " (Flp 2, 7), de Su gloria y majestad para hacernos ricos con la abundancia de Su gracia, "transformándonos en esa misma imagen, cada vez más gloriosos " (2 Co 3, 18)

La Eucaristía es el amor divino hecho visible en la Sagrada Hostia.
Por eso los ángeles cantan hoy aquí lo mismo que en Belén: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él” (Lc. 2, 14)
Venid adorémosle, porque aquí Jesús continúa viniendo a nosotros "lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1, 14).
Él es la Palabra que se hace carne en la Sagrada Eucaristía y pone Su morada entre nosotros. "Él es nuestra Paz”. (Ef 1,14).

CUARTO MISTERIO GOZOSO

LA PRESENTACIÓN DE JESUS EN EL TEMPLO
“Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestará claramente los pensamientos de muchos” (Lc 2, 34-35)

LA ALEGRÍA DE CONSAGRARSE A DIOS
“No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes” (Ne 8, 10)

Pidámosle a María que nos presente y nos consagre al Sagrado Corazón de Jesús, como ella presentó y consagró a Jesús en el templo, y renovemos hoy nuestra consagración total a María.
Dios nos da todo lo que necesitamos para santificarnos; no sólo nos da el deseo de amarlo, sino el mismo amor con que debemos amarlo. “Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer” (Filipenses 2,13) El amor eucarístico de Jesús nos da “consuelo y nos afianza” (2Ts 2,17) a tener en nuestra vida diaria la misma actitud de Él que es hacer la voluntad de Su Padre, complacer a Su Padre y buscar Su Gloria.
Jesús “es el mediador de una nueva Alianza” (Hb. 12, 24). La Eucaristía es la nueva Alianza. María llevó a Jesús al templo, porque Él mismo se iba a convertir en el Nuevo Templo que hace santa y sagrada la Casa de Dios por Su presencia eucarística sobre la tierra. El deseo de Su corazón es que éste sea el lugar donde será honrado día y noche. “¿Es posible que Dios habite realmente en la tierra?” (1R 8,27). “Que tus ojos estén siempre abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del que dijiste: en él estará Mi nombre” (1R8, 29)
Nosotros compartimos hoy la misma alegría de Simeón, cuando en el Santísimo Sacramento contemplamos lo que Él proclamó en la Presentación: “mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.” (Lc 2, 30-32).
María nos ayuda a tener “fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,2) para que la alegría que encontramos en Él sea nuestra fuerza, y Su amor eucarístico consuma todas nuestras miserias y repare todas nuestras deficiencias. Jesús le dijo a Santa Margarita María: “Si crees en Mi amor, si verdaderamente crees en Mi amor, entonces verás milagros de Mi amor”.
Jesús vive con nosotros porque somos los muy amados de Su corazón. Él nos demuestra Su amor y quiere que le demostremos el nuestro.
Cuando nos consagramos totalmente a María, ella toma nuestros pensamientos, palabras y obras, y los hace agradables a Jesús purificándolos con su amor y se los presenta a Su Corazón Eucarístico, para que Él vea y ame en nosotros lo que ve y ama en Su Madre.
¡Esta es la alegría de la consagración!

QUINTO MISTERIO GOZOSO

EL HALLAZGO DE JESUS EN EL TEMPLO
“El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10)

LA ALEGRÍA DE LA REDENCIÓN
“Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.” (Flp 4,4)

María encontró a Jesús después de haberlo buscado por tres días. ¡Qué dolor tan terrible sintió al perderlo y qué indecible alegría experimentó al encontrarlo!
María encontró a su hijo durante la fiesta de la Pascua. Este hecho es muy significativo porque Jesús escogió esta misma fiesta, la noche del Jueves Santo, para darnos el don de sí mismo en la Eucaristía. Hoy está aquí en el Santísimo Sacramento donde todos podemos encontrarlo. “Cuando me busquen, me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón.” (Jr 29,13)
María vive ahora ayudando a toda la humanidad a encontrar a Jesús en el Santísimo Sacramento donde siempre nos alegramos en el Señor “pues el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”(Lc 19,10) Él no viene para los que se creen justos, ni para los santos, sino para los pecadores y los enfermos.
Podemos ponernos en Sus santas manos con todos nuestros problemas, porque el Santísimo Sacramento es el Sagrado Corazón de Jesús vivo entre nosotros “cuidándonos como a la niña de sus ojos (Dt 32,10) y atrayéndonos a Él.
María nos enseña a alegrarnos siempre en el Señor, porque Su amor personal por cada uno de nosotros es infinito e inmutable. María nos enseña también a dejar de pensar en nosotros mismos y disfrutar de la alegría constante que proviene de Su misericordia que nos infunde valor, de la compasión de Su corazón, de la sabiduría de Su voluntad, y de la plenitud de Su amor que con el poder de Su gracia redentora restaura todo lo que estaba perdido. “No temas, que yo te he rescatado” (Is 43,1)
En el misterio de la Eucaristía, Dios revela el sentido de la vida: quienes somos, porque estamos aquí y adónde iremos. “El agua, unida al vino, sea un signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”
En la Eucaristía Jesús nos santifica y nos hace uno con Él. La Sagrada Eucaristía es “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios.”(Ef 3 ,18-19)
Como la gota de agua que puesta en el cáliz de vino en la consagración se convierte en la Sangre Preciosa de Jesús, así nosotros somos renovados y transformados por el poder de Su amor redentor que “lo puede todo…renueva el universo” (Sb 7,27) “En Él hemos sido redimidos por Su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados” (Ef 1,7)


(Extraído del libro que entregada la Madre Teresa de Calcuta a cada una de las hermanas misioneras de la caridad: “Amando a Jesús con el corazón de María. Meditaciones Eucarísticas de los Quince Misterios del Rosario.” Martin Lucia s.s.c.c.)

16 de octubre de 2010

Santa Margarita María de Alacoque

Jesús Eucaristía era el centro de su vida, pues allí se le manifestaba Jesús con su Corazón, ardiendo en llamas de amor. Y era extremadamente grande su deseo de unirse a Él en la comunión.
“Mi mayor contento es estar en presencia del Santísimo Sacramento donde mi corazón se halla como en su centro. Yo le digo: “Jesús mío y amor mío, toma cuanto tengo y cuanto soy y poséeme según tu beneplácito, puesto que todo lo que tengo es tuyo sin reserva. Transfórmame por completo en Ti a fin de que no pueda separarme de Ti ni un solo instante, ni obre sino impulsada por tu puro amor.”

Para Margarita María era poco la misa cotidiana y hubiera querido asistir a todas las misas que se celebraban en el mundo entero. Por ello, se unía en espíritu a todas las misas del día y les decía a sus novicias: “Ofrezcan a Dios todas las misas que se celebran en la Iglesia. Rueguen a sus santos ángeles que las oigan y las ofrezcan en su lugar para reparar tantas ofensas que Nuestro Señor recibe de los pecadores en el mundo entero.”

Ella misma nos dice sobre su amor a Jesús Eucaristía:
“No podía rezar oraciones vocales delante del Santísimo Sacramento, donde me sentía tan absorta que nunca me cansaba. Y hubiera pasado allí los días y las noches sin beber ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia como un cirio ardiente para pagarle amor por amor. No podía quedarme en la parte baja de la iglesia y, por mucha confusión que sintiera en mí misma, no dejaba de ponerme lo más cerca posible del Santísimo Sacramento.”

“Cuando me despierto, me parece hallar a mi Dios presente, al cual se une mi corazón como a su principio y plenitud. Esto produce en mí tan ardiente sed de estar ante el Santísimo Sacramento que los momentos que empleo en vestirme me parecen horas.”

“Tengo tan gran deseo de la santa comunión que, aún cuando tuviera que pasar por un campo de llamas con los pies desnudos, me parece que nada me costaría este trabajo, comparado con la privación de aquel bien. Nada es capaz de darme gozo tan grande como este pan de amor.”

Cuando iba a rezar ante Jesús Eucaristía, pedía a los ángeles que adoraran con ella a Jesús. Se había asociado a los serafines para estar unidos para siempre como hermanos. Ella ofrecía a Dios sus sufrimientos, que ellos no podían ofrecer; y ellos ofrecían su adoración a Dios en todo momento en su lugar, como sus representantes perpetuos ante Jesús sacramentado.

Extraído de “Santa Margarita María de Alacoque y el Corazón de Jesús”, P. Ángel Peña O.A.R.

Para leer más: http://www.autorescatolicos.org/AAAUTORES01778.pdf

8 de octubre de 2010

Mi segunda Primera Comunión


Tengo 54 años y hace ahora 46 desde la mañana en que, por vez primera, yo recibí tu Cuerpo.
¿Dónde queda el niño que yo era? ¿Qué se hizo de aquellos labios míos de chiquillo que temblando se abrieron para tomar tu cuerpo?
Vestíamos de blanco, lo recuerdo. Vestíamos de sueños y de gozo, inaugurábamos el continente de tu amor, por vez primera pisábamos conscientes la tierra firme de tu santa Iglesia.
Tú entrabas en nosotros, poseías aquellas almas limpias e inocentes que te juraban un amor eterno y, con ingenua lengua, te decían: «No pecaremos nunca».
¿Dónde quedan hoy tales promesas? ¿Qué se hizo de aquel vestido blanco y de aquella alma blanca? ¿Dónde enterraron al niño que fuimos en el día de la primera comunión?
Hoy vuelvo hasta tus plantas con el alma cansada, mas con el mismo hambre de aquel día. Ya no me atrevo a prometerte nada, pero sí a decirte que te sigo hambreando.
Repetiré más fuerte que nunca el «no soy digno», mas te diré también que no he hallado en el mundo otro alimento igual que el de aquella mañana.
Y te diré que vengo, que hoy venimos muchos a mendigar tu cuerpo, porque tu pan sostiene lo mejor de mi alma, porque tu pan construye la más intensa de las fraternidades que quedan en la tierra, porque tú eres la fuerza que levanta mi vida e ilumina mi muerte, porque Tú eres lo único que no me falló nunca.
¿Sabrás resucitar dentro de mí aquel niño? Tú eres experto en resurrecciones, Tú tienes que saber borrarme mis arrugas, esas cien mil arrugas que el tiempo y el pecado hicieron en mi alma.
Déjame que hoy comulgue como si fuera el mismo niño de ocho años que te juró aquel día una amistad eterna. Déjame que hoy reciba -ya que no con idéntica pureza, con la misma pasión que entonces tuve- mi segunda primera comunión.

José Luis Martín Descalzo, sacerdote.

4 de octubre de 2010

EL centro de la Iglesia es la Eucaristía


4 de Octubre San Francisco de Asís

"Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!" (Francisco de Asís)

CATEQUESIS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI - Audiencia General del 27 de enero de 2010

Francisco de Asís “sabía que el centro de la Iglesia es la Eucaristía, donde el Cuerpo de Cristo y su Sangre se hacen presentes. A través del Sacerdocio, la Eucaristía es la Iglesia. Donde sacerdocio y Cristo y comunión de la Iglesia van juntos, sólo aquí habita también la Palabra de Dios.”


“En Francisco el amor a Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: "¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!" (Francisco de Asís, Escritos, Editrici Francescane, Padua 2002, p. 401).”

“Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. También fue denominado "el hermano de Jesús". De hecho, este era su ideal: ser como Jesús; contemplar el Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera Bienaventuranza en el Sermón de la montaña -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3)- encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Queridos amigos, los santos son realmente los mejores intérpretes de la Biblia; encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, de manera que verdaderamente habla con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con entrega y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo asimismo un estilo de vida sobrio y un desprendimiento de los bienes materiales.

“En este Año sacerdotal me complace recordar también una recomendación que Francisco dirigió a los sacerdotes: "Siempre que quieran celebrar la misa ofrezcan purificados, con pureza y reverencia, el verdadero sacrificio del santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo" (ib., 399). Francisco siempre mostraba una gran deferencia hacia los sacerdotes, y recomendaba que se les respetara siempre, incluso en el caso de que personalmente fueran poco dignos. Como motivación de este profundo respeto señalaba el hecho de que han recibido el don de consagrar la Eucaristía. Queridos hermanos en el sacerdocio, no olvidemos nunca esta enseñanza: la santidad de la Eucaristía nos pide ser puros, vivir de modo coherente con el Misterio que celebramos.”
“Querido amigos, Francisco fue un gran santo y un hombre alegre. Su sencillez, su humildad, su fe, su amor a Cristo, su bondad con todo hombre y toda mujer lo hicieron alegre en cualquier situación. En efecto, entre la santidad y la alegría existe una relación íntima e indisoluble. Un escritor francés dijo que en el mundo sólo existe una tristeza: la de no ser santos, es decir, no estar cerca de Dios. Mirando el testimonio de san Francisco, comprendemos que el secreto de la verdadera felicidad es precisamente: llegar a ser santos, cercanos a Dios.”

“Que la Virgen, a la que Francisco amó tiernamente, nos obtenga este don. Nos encomendamos a ella con las mismas palabras del "Poverello" de Asís: "Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros... ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro" (Francisco de Asís, Escritos, 163).”
Para leer más: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2010/documents/hf_ben-xvi_aud_20100127_sp.html

2 de octubre de 2010

Al pie del Sagrario

Mis deseos al pie del Sagrario

Poesía compuesta por Santa Teresita, 1896

Llavecita, yo te envidio,
porque puedes cada día
abrir y cerrar la puerta
de la cárcel donde mora
el Dios hecho Eucaristía.
Mas ¡oh dichoso milagro!,
por la virtud de mi fe
y de mi amor también puedo
el sagrario abrir
y en él esconderme yo
cerca de mi amado Rey.

Quisiera en el santuario
junto a mi Dios consumirme,
y, como tú, lamparita,
brillar siempre en el misterio.
¡Oh qué dicha!, yo también
unas llamas tengo en mí,
y con ellas ganar puedo
para Jesús muchas almas
y abrasarlas en su amor...
En cada aurora te envidio,
piedra santa del altar.
Como un día en el establo,
veo en ti nacer a Dios.
Atiende mi humilde ruego,
ven a mi alma, mi Señor.
Lejos de hallar piedra fría,
en ella hallarás el eco
de tu propio corazón.

Corporales, rodeados
de ángeles blancos,
también envidia les tengo yo.
Como los limpios pañales,
envuelven a mi Jesús,
mi único y solo tesoro.

Mi corazón cambia, ¡oh Virgen!,
en corporal puro y bello,
para poder recibir
la hostia blanca donde se esconde
tu amado y dulce Cordero.


Patena santa, te envidio…
En ti viene a reposar
Jesús, el Verbo hecho carne.
¡Que su infinita grandeza
se digne abajarse a mí...!
Jesús colma mi esperanza
sin esperar a que llegue
la tarde de mi destierro.
¡Viene a mí! Con su presencia
me hace su custodia viva...

Yo quisiera ser el cáliz
en el que adoro la sangre
de un Dios hecho cuerpo humano.
Mas puedo en la santa Misa
recogerla cada día.
A Jesús le gusta mi alma
más que los vasos de oro.
El altar es un Calvario
donde por mí y para mí
se derrama gota a gota
toda su sangre divina.

¡Oh Jesús, viña sagrada!,
lo sabes, mi Rey divino:
soy un racimo dorado
que han de arrancar para ti.

Exprimida en el lagar
del oscuro sufrimiento,
yo te probaré mi amor.
Mi único gozo será
inmolarme cada día.

¡Oh qué suerte para mí!
Fui contada entre los granos
de maduro y puro trigo
destinados a perder
por Jesús su ser y vida.
¡Oh exquisito arrobamiento!
Tu esposa querida soy,
ven, mi Amado, vive en mí.
¡Ven, tu belleza me encanta,
ven a transformarme en ti!