9 de junio de 2010

JUNIO: mes del Sagrado Corazón


Santa Margarita escuchó a Nuestro Señor decir: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor."
Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.



Visitando al Santísimo Sacramento, vivo en cada sagrario, el Sagrado Corazón de Jesús recibe adoración y amor de nuestra parte.
La Eucaristía fue el regalo más bello y valioso del Sagrado Corazón de Jesús. La Eucaristía nos introduce directamente en el Corazón de Jesús y nos hace gustar sus delicias espirituales. En la eucaristía, como en la cruz, está el Corazón de Jesús abierto, dejando caer sobre nosotros torrentes de gracia y de amor.
En la Eucaristía está vivo el Corazón de Cristo y en una débil y blanca Hostia, parece dormir el sueño de la impotencia, pero su Corazón vela. Vela tanto si pensamos como si no pensamos en Él. No reposa. Día y noche vela por nosotros en todos los Sagrarios del mundo. Está pidiendo por nosotros, está pendiente de nosotros, nos espera a nosotros para consolarnos, para hacernos compañía, para intimar con nosotros.
Hay por lo tanto una relación estrechísima entre la Eucaristía y el Sagrado Corazón. ¿Cuál es el mejor culto, la mejor satisfacción, la mejor devoción que podemos dar al Sagrado Corazón?
Participando en la Eucaristía, Jesús recibe de nosotros el más noble culto de adoración, acción de gracias, reparación, expiación e impetración.
Visitando al Santísimo Sacramento, vivo en cada Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús recibe adoración y amor de nuestra parte. Por eso está encendida la lamparita, símbolo de la presencia viva de ese Corazón que palpita de amor por todos.
Damos culto al Corazón de Jesús, haciendo la comunión espiritual, ya sea que estemos en el trabajo, en el estudio, en la calle. Es ese recuerdo, que es deseo profundo de querer recibir a Cristo con aquella pureza, aquella humildad y devoción con que lo recibió la Santísima Virgen. Con el mismo espíritu y fervor de los santos.
Haciendo Hora Santa, Jesús recibe también reparación. Cada pecado nuestro le va destrozando e hiriendo su divino corazón. Con la Hora Santa vamos reparando nuestros pecados y los pecados de la humanidad. Así se lo pidió Cristo a santa Margarita María de Alacoque en 1673 en Paray-Le-Monial (Francia).
También los primeros viernes de cada mes son ocasión maravillosa para reparar a ese corazón que tanto ha amado a los suyos y que no recibe de ellos sino ingratitudes y desprecios.
El culto al Sagrado Corazón de Jesús es la respuesta del hombre y de cada uno de nosotros al infinito amor de Cristo que quiso quedarse en la eucaristía para siempre. Que mientras exista uno de nosotros no vuelva Jesús a quejarse: “He aquí el Corazón que tanto ha amado y ama al hombre y en respuesta no recibo sino olvido e ingratitud”.
Este culto eucarístico es la respuesta de correspondencia nuestra al amor del Corazón de Jesús, pues es en la Eucaristía donde ese corazón palpita de amor por nosotros.

http://blogs.clarin.com/ciencia-y-fe/2009/06/19/eucaristia-y-sagrado-corazon

8 de junio de 2010

El corazón de Jesús en el Sagrario tiene algo que decirte


Por el Obispo Manuel González †

“TENGO ALGO QUE DECIRTE....”
(Lc. 7,40.)

¡Él a ti! ¿Puedes medir toda la distancia que hay entre esos dos puntos? ¿No? Pues tampoco podrás apreciar cumplidamente todo el valor de ese interés que tiene Él en hablarte a ti. ¡Él a ti!
Nosotros tan insignificantes, pese a nuestro orgullo, en el mundo y ante los hombres; nosotros, para quienes ni los reyes, ni los sabios, ni los ricos, ni los poderosos, ni aun casi nadie en el mundo tienen ni una palabra ni un gesto de interés, sabemos, ¡bendito Evangelio que nos lo ha revelado!, que el Rey más sabio, rico, poderoso y alto nos espera a cualquier hora del día y de la noche en su Alcázar del Sagrario para decimos a cada uno con un interés revelador de un cariño infinito la palabra que en aquella hora nos hace falta. Y ¡que todavía haya aburridos, tristes, desesperados, despechados, desorientados por el mundo! ¿Qué hacen que no vuelan al Sagra­rio a recoger su palabra, la palabra que para esa hora suprema de aflicción y tinieblas les tiene reservada el Maestro bueno que allí mora?
Y ¡tiene tanto valor esa palabra! ¿No has visto cómo se calma el ansia del enfermo dudoso de la gravedad
(de su mal al oír al médico la palabra tranquilizadora y anunciadora de pronta mejoría? ¡Y la palabra del médico no cura! ¡La Palabra del Sagrario, si!
Alma creyente, lee en buena hora libros que te ilustren y alienten, busca predicadores y consejeros que con su palabra te iluminen y preparen el camino de tu santificación; pero más que la palabra del libro y del hombre, busca, busca la palabra que para ti, ¿lo oyes?, para ti sola tiene guardada en su Corazón para cada circunstancia de tu vida el Jesús de tu Sagrario.
Ve allí muchas veces para que te de tu oración, que unas veces será una palabra de la Sagrada Escritura o de los santos que tu conocías, pero con un relieve y un sentido nuevos, otras veces será un soplo, un impulso, una dirección, una firmeza, una rectificación, no tienes más que pronunciar con el alma estas dos palabras:
Maestro, di...
Y sumergida en un gran silencio, no sólo de ruidos exteriores, sino de tus potencias, sentidos y pasiones, espera la respuesta suya.
Que te la dará no lo dudes, ¡es más fino...!

Extraído del libro “Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario”


Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

6 de junio de 2010

Fiesta de Corpus Christi en Buenos Aires










El Cardenal Bergoglio presidió la misa de Corpus Christi frente a la Catedral de Buenos Aires.



En la homilía nos dijo: "Como pueblo Argentino, que sabe lo que es el verdadero pan, le decimos sí al Pan de Vida –Jesucristo- y le decimoe no a las sustancias de la muerte; le decimos sí al Pan de la Verdad, y le decimos no al palabrerío de los discursos huecos y banales; le decimos sí al Pan del Bien común, y le decimos no a toda exclusión y a toda inequidad; le decimos sí al Pan de la Gloria que parte para nosotros Jesús resucitado y le decimos no a la chabacanería pagana que deja vacío el corazón”


Tras explicar que el pueblo “le cree” a quien habla con la verdad y da testimonio de vida, por eso se acerca “con devoción” al Cura Brochero o a Ceferino Namuncurá, porque “obran al estilo de Jesús, con el pan de la mansedumbre y la santidad”, destacó la centralidad del sacramento de la Eucaristía como alimento y signo de vida para los cristianos y llamó a los argentinos a no reemplazar ese “pan” por otro no “verdadero”.



El cardenal Bergoglio recordó que “el Señor nos pide que lo ayudemos a repartirse como Pan, quiere estar cerca de la gente que lo necesita a través de nuestras manos. Jesucristo, Pan de vida quiere que lo ayudemos a darse, a partirse para estar, a ser pan para alimentar y a repartirse para unir, para unirnos a todos en torno a sí: a nuestras familias y a nuestro pueblo argentino”.




4 de junio de 2010

FIESTA DE CORPUS CHRISTI

Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarla".

BENEDICTO XVI
Algunos fragmentos de su Homilía en la Solemnidad del “Corpus Christi” ROMA, jueves 3 de junio de 2010


Queridos hermanos y hermanas:
El sacerdocio del Nuevo Testamento está estrechamente ligado a la Eucaristía. Por esto hoy, en la solemnidad del Corpus Domini y casi al término del Año Sacerdotal, somos invitados a meditar sobre la relación entre la Eucaristía y el Sacerdocio de Cristo. (…)
El salmo, contiene en la última estrofa una expresión solemne, un juramento de Dios mismo, que declara al Rey Mesías: “Tú eres sacerdote para siempre / a semejanza de Melquisedec" (Sal 110,4); así el Mesías es proclamado no sólo Rey, sino también Sacerdote. (…) "Tu eres sacerdote para siempre, Cristo Señor": casi una profesión de fe, que adquiere un particular significado en la fiesta de hoy. Es la alegría de la comunidad, la alegría de la Iglesia entera, que contemplando y adorando al Santísimo Sacramento, reconoce en él la presencia real y permanente de Jesús sumo y eterno Sacerdote. (…)
¿En qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos volver a partir de esas sencillas palabras que describen a Melquisedec: “ofreció pan y vino” (Gn 14,18). Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. (…) la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda. Jesús afronta su “hora”, que lo conduce a la muerte de cruz, inmerso en una profunda oración, que consiste en la unión de su propia voluntad con la del Padre. Esta doble y única voluntad es una voluntad de amor. Vivida en esta oración, la trágica prueba que Jesús afronta es transformada en ofrenda, en sacrificio viviente.
(…)“Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia”. El sacerdocio de Cristo comporta el sufrimiento. Jesús ha sufrido verdaderamente, y lo ha hecho por nosotros. (…) A través de este proceso Jesús ha sido “perfeccionado” , en griego teleiotheis. Éste indica el cumplimiento de un camino, es decir, precisamente el camino de educación y transformación del Hijo de Dios mediante el sufrimiento, mediante la pasión dolorosa. Es gracias a esta transformación que Jesucristo se ha convertido en "sumo sacerdote" y puede salvar a todos aquellos que se confían a Él.(…)
Volvamos, en nuestra meditación, a la Eucaristía, que dentro de poco estará en el centro de nuestra asamblea litúrgica. En ella Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. (…)Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarLa, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos! Amén.

Para leer la Homilía completa entrar en (
ZENIT.org)

29 de mayo de 2010

La gracia de la Eucaristía: "Dios con nosotros" - Charles de Foucauld

Textos tomados del libro "Legado Espiritual", de Charles de Foucauld, editorial Bonum, 2005.

En la Santa Comunión, Dios nos habita físicamente. Como lo hicieron María, José, Magdalena, tocamos con nuestros labios el cuerpo de Nuestro Señor...

La Eucaristía no es solamente el "beso" de Jesús, la consumación de nuestro "matrimonio" con él. La Eucaristía nos hace sagrarios vivos, portadores de Dios. Jesús está en la mesa de nuestros altares "todos los días hasta la consumación de los siglos" como un "Dios con nosotros" que se ofrece en todo momento en todos los lugares de la Tierra. Él se hace pan eucarístico para nuestra mirada, nuestra adoración y nuestro amor. Su permanente presencia ilumina con dulzura la noche de nuestra vida...

Dios con nosotros. Dios en nosotros. Eso es la Eucaristía. Dios que se da en todo momento para que lo amemos, lo adoremos, lo abracemos y lo poseamos. ¡A Él sea la gloria, la alabanza y el honor por los siglos de los siglos!

Nos dice Jesús: "Hijo mío, permanece a los pies de la hostia, allí donde la encuentres. Donde está la santa hostia, allí está presente Dios vivo, tu Salvador. Igual que cuando vivía y hablaba en Galilea y en Judea. El mismo que ahora está en el cielo".

¡Amemos a Jesús, que derramó su sangre para salvar nuestras almas y obtener nuestro amor! Amemos a Jesús obedeciéndolo, imitándolo, contemplándolo... Fortalezcamos nuestro amor uniéndonos a él en la Santa Eucaristía con la mayor frecuencia posible. Abandonémonos a él como la esposa al esposo, hagamos por él los mayores sacrificios: todo lo que él nos presente, todo lo que nos permita.

Y puesto que está siempre con nosotros en la Santa Eucaristía, estemos siempre con ella, hagámosle compañía en el sagrario, no perdamos un solo minuto de los que pasamos junto a ella. Dios está ahí. ¿Qué vamos a buscar a otra parte? El Bienamado está ahí todo para nosotros. ¿Por qué no nos arrojamos a sus tiernos brazos en vez de pasar de largo?

La Santa Eucaristía es Jesús ¡todo Jesús! Lo demás es cosa muerta. ¡No permanezcamos más lejos de la presencia eucarística! ¡Aprovechemos ese instante en el que Jesús nos permite quedarnos con él!

"Busco hacer cada día la voluntad de Jesús y siento una gran paz interior... No te atormentes al verme solo, sin amigos, sin ayuda espiritual: no sufro en absoluto la soledad. Por el contrario, la encuentro muy dulce; tengo al Santo Sacramento, el mejor de los amigos, con quien hablar día y noche; soy feliz y no me falta nada".

28 de mayo de 2010

De los sermones de san Agustín, padre de la Iglesia

Comer aquella comida y beber aquella bebida es permanecer en Cristo y tener a Cristo como huésped dentro de ti.

Acercate a Cristo con alegría. Con tal que te presentes con humildad, no serás rechazado.

Él bajó del cielo a la tierra no para hacer la voluntad propia, sino la de aquel que lo envió.

Descendió humilde, vino a enseñar la humildad, apareció como maestro de humildad. Si te acercas a Él, te incorporas a Él; acercándote, serás humilde; si te unes con Él, serás humilde, porque no haces tu voluntad, sino la de Dios.

Si te domina la soberbia, estás muy lejos de este pan del cielo y no puedes sentir hambre de él.

El soberbio tiene estragado el paladar del corazón. Aunque tiene los oídos abiertos, es sordo, y aunque tiene vista, permanece ciego. No entiende nada de este pan bajado del cielo, porque, harto de su justicia, no puede tener hambre de la justicia de Dios.

El humilde, desconfiado de sus fuerzas, es ayudado de la gracia, y la caridad se derrama en su corazón por medio del Espíritu Santo. El humilde cree, tiene hambre y come; el que místicamente renace, místicamente se robustece.

En su interior es como niño y en su interior se renueva; donde se renueva, allí recibe el alimento.

Acércate a comer, tú que comes, y a beber, tú que bebes. Ten hambre, ten sed; come la vida, bebe la vida.

Es un manjar que restaura. Restáurate, pues, de modo que jamás pierda su eficacia aquello con que te repararás.

Y beber aquella bebida, ¿qué otra cosa es más que vivir? Come la vida, bebe la vida. Así tendrás la vida, y la vida íntegra.

¡Oh, misterio de amor! ¡Oh, signo de unidad! ¡Oh, vínculo de caridad! El que quiera vivir, tiene dónde vivir, tiene de qué vivir. Me acercaré y creeré; me incorporaré para ser vivificado.

¡Ah! que no sea yo un miembro separado del organismo, ni un miembro enfermo que haya que cortar, ni un órgano desproporcionado que sirva de sonrojo a los demás, sea yo un miembro bello, bien constituido, sano y unido al cuerpo, y viva de ti y por ti, esforzándome ahora en la tierra para reinar después en el cielo.

Embriágame, Señor, de la abundancia de tu casa y dame de beber del torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de mi vida; no en parte alguna fuera de ti, sino en ti únicamente está la fuente de la vida. Quiero beber para vivir; no quiero vivir mi vida, que sería como perderme, ni alimentarme de mí mismo, que sería aridecer, sino que anhelo poner mi boca en el surtidor de la fuente, donde jamás disminuye el agua.

Quitaré de en medio todas las falsas y culpables excusas, y acudiré al banquete que debe interiormente nutrirme.

No me sirva de impedimento la arrogante soberbia. No, que no me haga altivo la soberbia. Ni siquiera me entretenga la ilícita curiosidad, y me aleje de ti. No me impida el placer carnal gustar el del corazón.

Haz que me acerque y me nutra; deja que me acerque, no obstante ser mendigo, débil, inválido y ciego. A nuestra cena no vienen los ricos sanos, los que creen caminar bien y tener bien despierta la vista; los que presumen mucho de sí mismos y son, por ende, tanto más incurables cuanto más soberbios.

Yo me acercaré como mendigo, porque me invitas tú, que por mí te hiciste pobre siendo rico, a fin de enriquecerme con tu pobreza. Me acercaré como débil, porque no son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los que han perdido la salud. Me acercaré como inválido y te diré: "Afianza mis pasos en tus caminos". Me acercaré como ciego, y te diré: "Ilumina mis ojos, para que yo no me duerma con sueño de muerte."

18 de mayo de 2010

Hora Santa de Mayo

Publicamos la hora santa de mayo, con textos del Beato Manuel González, el Padre R. Cantalamessa ofmcap, el Padre Molinié op, y la oración final de Santa Teresita:

Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración y en la contemplación llena de fe”.

Juan Pablo II

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él, y cenaré con él, y él conmigo".

Ap 3, 20

‘Quizá Dios quiere que te quedes con una sola palabra de estas líneas y que con esa sola palabra lo mires, y te quedes ahí: tu deber más estricto será entonces no preocuparte de las otras’.

El Corazón De Jesús Está Aquí

“Llamo tu atención, toda tu atención, lector, sobre la ocupación primera que he descubierto del Corazón de Jesús: estar.

Estar… y no añado ningún verbo que exprese un fin, una manera, un tiempo, una acción de estar.

No te fijes ahora en que está allí consolando, iluminando, curando, alimentando…, sino sólo en esto, en que está.

Pero ¿es una ocupación?, me argüirá alguno. ¡Si parece que estar es lo opuesto a hacer!

Y, sin embargo, te aseguro, después de haber meditado en ese verbo aplicado al Corazón de Jesús en su vida de Sagrario, que pocos, si hay alguno, expresarán más actividad, más laboriosidad, más amor en incendio que ese verbo estar.

¿Vamos a verlo?

Estar en la Hostia significa venir del cielo todo un Dios, hacer el milagro más estupendo de sabiduría, poder y amor para poder llegar hasta la ruindad del hombre, quedarse quieto, callado y hasta gustoso, lo traten bien o lo traten mal, lo pongan en casa rica o miserable, lo busquen o lo desprecien, lo alaben o lo maldigan, lo adoren como a Dios o lo desechen como mueble viejo… y repetir eso mañana, y pasado mañana, y el mes que viene, y un año, y un siglo, y hasta el fin de los siglos… y repetirlo en esta Hostia y en otras que haya en templos vecinos y en todos los pueblos… y repetir eso entre almas buenas, finas y agradecidas, y entre almas tibias, olvidadizas, inconstantes y almas frías, duras, pérfidas, sacrílegas…

Eso es estar el Corazón de Jesús en la Hostia, poner actividad infinita un amor, una paciencia, una condescendencia tan grandes por lo menos como el poder que se necesita para amarrar a todo un Dios al carro de tantas humillaciones.

¡Está Aquí!

¡Santa, deliciosa, arrebatadora palabra que dice a mi fe más que todas las maravillas de la tierra y todos los milagros del Evangelio, que da a mi esperanza la posesión anticipada de todas las promesas y que pone estremecimientos de placer divino en el amor de mi alma!

Está Aquí

Sabedlo, demonios que queréis perderme, que tratáis de molestarme, enfermedades que ponéis tristeza en mi vida, contrariedades, desengaños, que arrancáis lágrimas a mis ojos y gotas de sangre a mi corazón, pecados que me atormentáis con vuestros remordimientos, cosas malas que me asediáis, sabedlo, que el Vencedor, el Fuerte, el Médico, el Grande, el Buenísimo Corazón de Jesús está aquí, ¡aquí en el Sagrario mío!

Padre eterno, ¡bendita sea la hora en que los labios de Jesús se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: “¡Sabed que yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos!”.

Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada una de las Hostias y Sagrarios de la tierra.”

¿Cómo contemplarte, Señor? ¿Cómo mirar tu estar? ¿Cómo agradecerte el estar por mí ahí, ahora… siempre?

“…realizaba una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con su mirada fija en el sagrario y cuando el santo cura le pregunto por qué estaba así todo el día, respondió: “Nada, yo lo miro a él y él me mira a mí”… son siempre dos miradas que se encuentran: nuestra mirada sobre Dios y la mirada de Dios sobre nosotros. Si a veces se baja nuestra mirada o desaparece, nunca ocurre lo mismo con la mirada de Dios. La contemplación eucarística es reducida, en alguna ocasión, a hacerle compañía a Jesús simplemente, a estar bajo su mirada, dándole la alegría de contemplarnos a nosotros que, a pesar de ser criaturas insignificantes y pecadoras, somos sin embargo el fruto de su pasión, aquellos por los que dio su vida: “¡El me mira!”.

“Jesús sabe que podríamos marcharnos y hacer cientos de cosas mucho más gratificantes, mientras permanecemos allí quemando nuestro tiempo, perdiéndolo ‘miserablemente’”.

¿Cómo permanecer con Vos? ¿Cómo estar con Vos? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué puedo ofrecerte?

“Un santo es un ser que se consume en la llama de Dios, por nada. ‘Yo sueño con otra cosa: con deshojarme…’ (Teresa del Niño Jesús, La rosa deshojada). Perderse en Dios, perderse por Dios… proclamar que sólo Dios es importante…

Tal es la eucaristía: ‘Alegraos siempre, dando gracias por todo”. Damos gracias de ser tan preciosos, nosotros que somos inútiles. Entonces derramamos nuestras fuerzas en libación, es decir, para nada, para agradar a Dios, para que se gasten y se consuman en la llama de Dios.

Eso debe liberarnos de toda preocupación (no os preocupéis por nada, dice san Pablo)… el interés de nuestra vida es no tener preocupaciones: somos un canto a la gloria de Dios, y no somos más que eso.

Nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestros defectos, nuestros mismos pecados, todos esos días que tenemos la impresión de perder, si pudiéramos comprender que el problema no está en funcionar bien, sino en ofrecer, ¡cuánto más sencillo sería todo! La materia de un sacrificio no tiene necesidad de ser noble, basta que sea ofrecida. Entonces, en lugar de ofrecer una jornada ‘perfecta’ (pero ¿qué significa ‘perfecto’?), ofrecemos una jornada lamentable: ¡qué importa, si la ofrecemos!

¿Es, por tanto, un espíritu de despreocupación? Sí, y eso no quiere decir que no sea importante: el menor detalle de inquietud o de aspereza que ahogue en nosotros ese espíritu es importante y serio (en la medida en que es voluntario). La vida es seria, porque no se puede perder el tiempo. No hay que olvidar ni un solo instante estar despreocupado. Dios puede hacer de la menor gota de nuestra vida algo maravilloso si queremos ofrecérsela, pero tal como es. Para ser liberados de nuestros complejos, lo más sencillo es darlos como son: ¡no intentéis liberaros de ellos antes de presentaros a Dios! Los que se intentan embellecerlos antes de presentarse, demuestran que no quieren darlo todo, sólo quieren dar lo que es hermoso. Pero lo que desea Jesucristo… para curarnos es precisamente lo feo. No son los sanos los que tienen necesidad del médico…

Entonces, vamos allá decididos. No rehusemos nada, demos todo, sin separar nada ni siquiera hacer el inventario. Las cosas son creadas para ser quemadas, pulverizadas, arrojadas por la ventana. Para tal uso, importa poco que sean bonitas o feas: las cenizas serán las mismas…

Se comprende mejor, bajo esta luz, por qué Teresa del Niño Jesús decía a una de sus hermanas después de un pequeño sacrificio oscuro: ‘Lo que acabas de hacer es más importante que si hubieras obtenido la restauración de las órdenes religiosas en Francia’. Nosotros nos resistimos a creerlo, ‘encajamos’ mal una perspectiva semejante: es la lucha eterna entre el espíritu de Dios y el espíritu del hombre, que quisiera establecer unas moradas definitivas. Y, sin embargo, si nuestras moradas no son destruidas, no servirán a la gloria de Dios.

El mundo detesta a los que han comprendido esto, porque está animado por una concupiscencia de rendimiento, al que toda idea de gratuidad es insoportable. Hay puntos en los que debemos ser conciliadores y hacer concesiones. Pero en esto no podemos, y es eso lo que el mundo difícilmente nos perdonará: el no tomar la humanidad verdaderamente en serio…, precisamente porque conocemos su verdadero precio, que no es ser seria, sino animada (sólo Dios es serio).

Notad bien que a todo esto no he dicho todavía una palabra del sufrimiento. Pretendo separar lo que hay de difícil en la vida cristiana sin evocar el sufrimiento, porque no es el sufrimiento el que hace difícil la vida cristiana. El sufrimiento es doloroso, pero no peligroso: Dios no lo envía para ponernos en peligro, sino para salvarnos del peligro. No es por el sufrimiento por lo que corremos el riesgo de pasar al lado de la puerta estrecha. A Lucifer y a nuestros primeros padres, no fue el sufrimiento el que los hizo caer, sino el misterio mismo de Dios… y su libertad. El peligro no está en donde nosotros suponemos.

El día en que aceptemos totalmente juicios como el que acabo de citar (el de Teresa a su hermana), seremos reconciliados con Dios y la vida comenzará a hacerse dulce: intentemos comprenderlo…”

“No son los gobiernos, ni los genios, ni los hombres de acción los que sostienen la humanidad: son los adoradores. ¿Qué les pide Dios? Poca cosa: creer en El. Si ellos rehúsan un poco creer en El, de ahí se sigue todo lo demás: los gérmenes de los pecados ya no encuentran obstáculos y se desarrollan…

Frente a este mundo cuyos valores se vienen abajo, si buscáis con fiebre e inquietud lo que hay que hacer, no habéis comprendido que Dios quiere ser el único en salvarnos: va en ello su gloria. Cuando uno se apoya sobre la acción o sobre los valores naturales, ataca la gloria de Dios.

Dicho de otra manera, debemos aceptar ser místicos, en el sentido auténtico de la palabra, es decir, seres que han penetrado un secreto, el secreto de nuestro amigo, de nuestro salvador… para entrar en él es necesario llevar una vida en la que no hagamos pie… Esa es toda la sal de la vida mística.

Esta obligación (de no hacer pie) puede estar en el origen de un verdadero drama. Una historia verdadera os lo hará comprender. Una madre tenía dos hijos, uno de cuatro años y otro de siete. Ella jugaba a menudo a hacerles girar en torno a ella agarrándolos por las muñecas. Un día les dice: ‘Hace mucho tiempo que no jugamos a dar vueltas. ¿Vamos a jugar?’ El más pequeño responde inmediatamente: ‘Oh, ¡sí, sí!...’, pero el mayor: ‘De acuerdo, pero no irás más de prisa de lo que yo quiera’. El más pequeño era todavía un místico; el mayor había dejado de serlo. Había ‘rebasado’ el espíritu de infancia, quería ser ‘mayor y responsable’.

Debemos aceptar ser arrastrados en un movimiento donde estamos seguros de ser desbordados, de no poder hacer pie. Ahora bien, quizá me equivoque, pero tengo la impresión de que las llamadas del Corazón de Jesús y las apariciones de la santísima Virgen manifiestan bien eso que, por mi parte, siento a veces: que los mismos cristianos se niegan dejarse llevar más allá de todo. Quieren correr, pero no quieren volar… Pues bien, hay que cerrar los ojos, partir a la ventura, ‘perder la propia alma’, abandonar todo para seguir a Jesucristo.

Si los cristianos quisieran dejar ‘prender’ la llama de la vida divina, sería lo bastante violenta como para arrebatarlo todo: ‘Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, y ¿qué voy a querer sino que arda?’.”


Oración a Jesús en el Sagrario

Santa Teresita del Niño Jesús

¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...

¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a tus gracias... Si hubiese estado más unida a ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar contigo en la oración.

Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que "no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos". Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que "el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras..." Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia.

Después de haber venido así, cada noche, al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro... Amén.

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Oh Dios, que en este sacramento admirable
nos dejaste el memorial de Tú pasión;

Te pedimos nos concedas venerar de tal modo
los sagrados misterios de Tu Cuerpo y de Tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de Tu redención.

Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos.
Amen.