16 de abril de 2010

LOS CHICOS DE LA EUCARISTíA

Es increíble ver como niños adoran a Jesús presente en la Eucaristía.
Estamos llamados a ser como niños, y hoy ellos nos enseñan por donde podemos empezar a imitarlos.

Este video es de un nuevo movimiento, que busca dar esperanza a todas las familias del mundo, llamado chicos de la esperanza. Se llaman así porque ellos descubrieron la silenciosa y amorosa presencia real de Jesús a través de la adoración Eucarística.

Durante su vida en la tierra, los chicos fueron muy especiales para Jesús.

Le presentaban a los niños pequeños, para que los tocara; pero, al ver esto, los discípulos los reprendían. Entonces Jesús los hizo llamar y dijo: "Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él".(Lc 18,16-17)



14 de abril de 2010

EL SECRETO DE LOS SANTOS





LA EUCARISTíA

Maria Di Lorenzo afirma que el Año de la Eucaristía, convocado por Juan Pablo II, debería impulsarnos a reflexionar sobre la realidad, a menudo «desconocida» de muchas personas de a pie, que viven el «martirio silencioso» de la propia cotidianeidad, y en la Eucaristía encuentran «la fuerza de seguir adelante y testimoniar su ser cristiano sin titubeos».


En este año, el Santo Padre se ha propuesto suscitar una nueva «maravilla» ante la Eucaristía, incluso mediante el relato de testimonios por parte de santos eucarísticos, que llegaron a obtener del pan partido no sólo alimento espiritual sino incluso el único alimento para seguir viviendo. ¿Qué santos le vienen a la mente al escuchar estas palabras?

Es difícil responder a su pregunta porque los santos eucarísticos en la Iglesia son muchos, incluso diría que todos los santos lo son. Si miramos los testimonios de vida ofrecidos por todos los santos y beatos de la Iglesia, desde los primeros siglos hasta nuestro días, vemos que no hay un solo santo que no haya sido estado forjado por la Eucaristía, por la pasión eucarística, por el amor eucarístico.

Todos, por decirlo de alguna manera, «han nacido de la Hostia». Tomo prestada esta expresión del beato Giacomo Alberione, fundador de la familia paulina, que lo decía siempre a sus amadísimos hijos espirituales: «Habéis nacido de la Hostia...». Es verdad. Y esto vale para todos los santos y beatos de la bimilenaria historia del catolicismo.

Entre todos, la figura con la que quizá más simpatizo es la de la Madre Teresa de Calcuta. La Madre Teresa es una santa profundamente eucarística. La Eucaristía era el corazón de su vida, de su espiritualidad.

Decía a las religiosas: «Jesús en la Eucaristía y Jesús en los pobres, bajo las especies del pan y bajo las especies del pobre, eso es lo que hace de nosotras contemplativas en el corazón del mundo». En la base de la espiritualidad de la Madre Teresa estaba el sagrario.
Y no es por casualidad que se llama «sagrarios» a las comunidades abiertas en todo el mundo por las misioneras de la Caridad, porque son las casas de Jesús, decía la Madre Teresa. Las religiosas comulgan todos los días y todos los días hacen una hora de adoración eucarística, que ocupa un lugar muy importante en la vida espiritual de las misioneras de la Caridad.


Hasta 1973, la adoración al Santísimo Sacramento tenía una periodicidad semanal pero, tras el capítulo general del aquel año, se decidió realizarla todos los días. Desde entonces, la Madre Teresa pudo comprobar que la vida de su congregación obtenía un gran beneficio de la adoración cotidiana: más vocaciones, mayor intimidad con Dios, más amor misericordioso por los pobres.

¿Cómo puede hablarse de la Eucaristía a los niños?

Los padres cristianos deberían educar a sus hijos, desde que son muy pequeños, al amor eucarístico. Me viene a la mente, en concreto, una espléndida figura, como la de Antonietta Meo, «Nennolina», la niña romana que se fue al cielo a sólo siete años, pronto será beata, que había recibido de sus padres, profundamente cristianos, una educación religiosa sencilla y, al mismo tiempo, fuerte, capaz de hacerle afrontar el penoso calvario de su enfermedad, y que se alimentaba del amor a la Hostia.

A Nennolina apenas le dio tiempo para hacer su primera comunión seis meses antes de morir y lo deseaba tanto. Pero hay otro episodio de su vida, en mi opinión extraordinario, que hay que conocer: cuando Nennolina iba a la guardería dirigida por las religiosas de la Santa Cruz en Jerusalén, con frecuencia vieron y luego han testimoniado que la niña, antes de salir de su capilla para ir a jugar al patio con los otros niños, se acercaba al sagrario diciendo en voz alta: «!Jesús, ven a jugar conmigo!».
Esta frase es muy expresiva del grado de intimidad que la pequeña «Nennolina», tenía con Jesús Eucaristía. Una confianza sencilla y amorosa que aprendió sin duda de sus padres.

¿Cree que la comunión cotidiana pueda también guiar en el recto camino de vida conyugal, como han demostrado los dos cónyuges beatos Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, así como Celia Guérin y Louis Martin, padres de santa Teresa di Lisieux, que iban a misa juntos todos los días?

Para seguir con la respuesta a su pregunta anterior, afirmo que, sin duda, la comunión diaria y la adoración eucarística han forjado generaciones de santos y beatos, imprimiendo a su vida un dinamismo espiritual fuera de lo común.

Del mismo modo, han sido pilares de la vida espiritual de niños santos como Nennolina o, sólo por dar algún otro nombre, los beatos pastorcillos de Fátima; y de reflejo han marcado fuertemente el camino espiritual de numerosos matrimonios.

Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi han sido ya elevados por la Iglesia al honor de los altares; los padres de santa Teresita, Celia y Louis Martin, lo serán prontísimo, probablemente la próxima primavera, cuando el Papa visite Francia; y hay otros matrimonios candidatos a los altares. Todos ellos mantenían una intensa vida eucarística, desde un camino ascensional del alma que, en la propia y personal dinámica de la vida de pareja, de ella obtenía su alimento, la propia savia vital de la Eucaristía. Como las plantas viven de luz, ellos han bebido en la fuente del Amor.

La meditación sobre la Eucaristía, en efecto prepara el terreno espiritual al seguimiento de Cristo y a la experimentación del camino hecho a menudo de luces y sombras, de fe y duda, en el descubrimiento a veces desgarrador, de la propia fragilidad humana; pero en una perspectiva salvífica, en la que incluso el dolor adquiere un sentido, en el sacrificio incruento de Cristo que se repite cada día en el altar y en el que todo se cumple y se santifica en el encuentro cotidiano con la Hostia que nos genera a la vida cada día.

(entrevista A Di Lorenzo, escritora y periodista italiana, especializada en espiritualidad y cuestiones religiosas, ex redactora de la revista mensual «Madre di Dio»,ROMA, martes, 23 noviembre 2004 (ZENIT.org))

9 de abril de 2010

EUCARISTíA - La presencia de la Misericordia -


La Encarnación ansiaba que Jesús se quedara con nosotros hasta el fin de los tiempos en la Eucaristía. Por este milagro, el más grande de Su amor, Jesús permanece con nosotros bajo la forma de pan y vino, no solamente para nuestra alimentación espiritual, sino también para que nosotros le hagamos compañia a El.

En la Eucaristía, Cristo está totalmente presente, tal y como está en el cielo. La Eucaristía, explica el Papa León XIII, contiene "en una variedad de milagros, todas las realidades sobrenaturales" (Encíclica Mirae Caritatis).

La Eucaristía es lo esencial de la devoción a la Divina Misericordia y muchos de los elementos de la devoción son eucarísticos en su esencia (particularmente la imagen, la coronilla a la Divina Misericordia y la Fiesta de la Misericordia). La imagen, con sus rayos rojo y pálido, presenta al Señor Jesús Eucarístico, cuyo Corazón ha sido atravesado y que ahora derrama Sangre y Agua como una fuente de misericordia para nosotros. Es la imagen del regalo expiatorio de misericordia dado a nosotros por Dios y hecho presente en cada Santa Misa.

Varias veces en su Diario, Santa Faustina escribe haber visto los rayos rojo y pálido proceder no de la imagen, sino de la Santa Hostia. Y una vez, mientras el sacerdote exponía el Santísimo Sacramento, ella vio que los rayos de la imagen traspasaron la Hostia y de ahí se difundieron hasta que cubrieron al mundo entero (vea Diario, 441). Así mísmo, deberíamos ver con ojos de fe, en cada Hostia, al Salvador Misericordioso derramándose como una fuente de misericordia para nosotros.
Este concepto de la Eucaristía como una fuente de gracia y misericordia, se encuentra no solamente en el Diario de Santa Faustina, sino también en las enseñanzas de la Iglesia... La Iglesia enseña claramente que todos los demás sacramentos están dirigidos hacia la Eucaristía y sacan su fuerza de ella.

Por ejemplo, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, leemos: "Sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente". Y, en una nota en el Catecismo del Concilio de Trento, a los sacerdotes se les anima a que "comparen la Eucaristía a una fuente y los demás sacramentos a riachuelos. Porque verdadera y necesariamente se debe llamar a la Santa Eucaristía la fuente de todas las gracias, conteniendo de una manera admirable, la fuente misma de dones y gracias celestiales y al Autor de todos los sacramentos, a Cristo nuestro Señor, de quien, como de Su fuente, procede todo lo que hay de bueno y perfecto en los demás sacramentos".

No nos sorprende, entonces, que Sor Faustina le tuviera tanta devoción a la Eucaristía y en su Diario escribiera de ella de una forma muy poderosa:

-Un gran misterio se hace durante la Santa Misa... Un día sabremos lo que Dios hace por nosotros en cada Santa Misa y qué don prepara para nosotros en ella. Sólo Su amor divino puede permitir que nos sea dado tal regalo... Una fuente de vida que brota con tanta dulzura y fuerza... (Diario, 914).

-Todo lo bueno que hay en mí es gracias a la Santa Comunión (Diario, 1392). Aquí [en la Santa Comunión] está todo el secreto de mi santidad (Diario, 1489). Una sola cosa me sostiene y es la Santa Comunión.

-De ella tomo fuerza, en ella está mi fortaleza. Temo la vida si algún día no recibo la Santa Comunión... Jesús oculto en la Hostia es todo para mí... No sabría cómo glorificar a Dios si no tuviera la Eucaristía en mi corazón (Diario, 1037).

-Oh Hostia Viva, mi única Fortaleza, Fuente de Amor y de Misericordia, abraza al mundo entero, fortifica a las almas débiles. Oh, bendito sea el instante y el momento en que Jesús nos dejó Su misericordiosísimo Corazón (Diario, 223).

En la Misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad.
¡Sed testigos de la Misericordia!
(Juan Pablo II)

4 de abril de 2010

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


"EL SEÑOR ESTÁ CON NOSOTROS"

“Resucitó al tercer día según las Escrituras”. Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo.

Cada año, en el “santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado”, como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura.

Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

“La fe de los cristianos –afirma san Agustín- es la resurrección de Cristo”. Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: “Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos” (Hch 17,31). San Pablo escribe en la carta a los Romanos: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10, 9).

“Si Cristo no resucitó, -decía el apóstol san Pablo- es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe” (1 Co 15, 14). Pero ¡resucitó!

El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es “el que vive” (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

El evangelista san Lucas refiere: “Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los iba dando” (Lc 24, 30).

Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, “pero él desapareció de su lado” (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).

El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia.

Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.

Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón.

En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

PAPA BENEDICTO XVI.

(Extraído de la audiencia general concedida en la plaza de San Pedro por el Papa Benedicto XVI,26 de marzo de 2008)

31 de marzo de 2010

VIERNES SANTO VIA CRUCIS Y EUCARISTIA

"EL GRANO DE TRIGO QUE MUERE PARA VIVIR PARA SIEMPRE EN LA EUCARISTIA"



Lo que dijo Jesús el Domingo de Ramos, inmediatamente después de su ingreso en Jerusalén, respondiendo a la solicitud de algunos griegos que deseaban verle: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). De este modo, el Señor interpreta todo su itinerario terrenal como el proceso del grano de trigo, que solamente mediante la muerte llega a producir fruto. Interpreta su vida terrenal, su muerte y resurrección, en la perspectiva de la Santísima Eucaristía, en la cual se sintetiza todo su misterio.

Puesto que ha consumado su muerte como ofrecimiento de sí, como acto de amor, su cuerpo ha sido transformado en la nueva vida de la resurrección. Por eso él, el Verbo hecho carne, es ahora el alimento de la auténtica vida, de la vida eterna. El Verbo eterno –la fuerza creadora de la vida– ha bajado del cielo, convirtiéndose así en el verdadero maná, en el pan que se ofrece al hombre en la fe y en el sacramento. De este modo, el Vía crucis es un camino que se adentra en el misterio eucarístico: la devoción popular y la piedad sacramental de la Iglesia se enlazan y compenetran mutuamente. La oración del Vía crucis puede entenderse como un camino que conduce a la comunión profunda, espiritual, con Jesús, sin la cual la comunión sacramental quedaría vacía. El Vía crucis se muestra, pues, como recorrido «mistagógico».

No basta el simple sentimiento; el Vía crucis debería ser una escuela de fe, de esa fe que por su propia naturaleza «actúa por la caridad» (Ga 5, 6). Lo cual no quiere decir que se deba excluir el sentimiento. Para los Padres de la Iglesia, una carencia básica de los paganos era precisamente su insensibilidad; por eso les recuerdan la visión de Ezequiel, el cual anuncia al pueblo de Israel la promesa de Dios, que quitaría de su carne el corazón de piedra y les daría un corazón de carne (cf. Ez 11, 19).

El Vía crucis nos muestra un Dios que padece él mismo los sufrimientos de los hombres, y cuyo amor no permanece impasible y alejado, sino que viene a estar con nosotros, hasta su muerte en la cruz (cf. Flp 2, 8). El Dios que comparte nuestras amarguras, el Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra cruz, quiere transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir también el sufrimiento de los demás; quiere darnos un «corazón de carne» que no sea insensible ante la desgracia ajena, sino que sienta compasión y nos lleve al amor que cura y socorre.

Esto nos hace pensar de nuevo en la imagen de Jesús acerca del grano, que él mismo trasforma en la fórmula básica de la existencia cristiana: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25; cf. Mt 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; 17, 33: «El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará»). Así se explica también el significado de la frase que, en los Evangelios sinópticos, precede a estas palabras centrales de su mensaje: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24).

Con todas estas expresiones, Jesús mismo ofrece la interpretación del Vía crucis, nos enseña cómo hemos de rezarlo y seguirlo: es el camino del perderse a sí mismo, es decir, el camino del amor verdadero. Él ha ido por delante en este camino, el que nos quiere enseñar la oración del Vía crucis.

Volvemos así al grano de trigo, a la santísima Eucaristía, en la cual se hace continuamente presente entre nosotros el fruto de la muerte y resurrección de Jesús. En ella Jesús camina con nosotros, en cada momento de nuestra vida de hoy, como aquella vez con los discípulos de Emaús.

(Presentación del Vía Crucis del
Cardenal Joseph Ratzinger
para el Viernes Santo)

MISA CRISMAL - SACERDOCIO Y EUCARISTIA


EL SACERDOTE Y LA EUCARISTIA


Estamos celebrando hoy, Miércoles Santo, la Liturgia de la Misa Crismal del Jueves Santo. Cada año celebramos en este día el nacimiento de la Eucaristía; y, a la vez, el nacimiento de nuestro sacerdocio, que es ante todo ministerial, y al mismo tiempo, jerárquico.

Vínculo entre el orden sagrado y la Eucaristía

En esta Misa Crismal el presbiterio reunido en torno al obispo, en la persona de Cristo como cabeza, reafirmamos de manera visible el vínculo entre el orden sagrado y la Eucaristía.
Cuando Jesús dice a los apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, Él constituye a los ministros de este sacramento en la Iglesia y a estos mismos ministros les ordena obrar en virtud del sacerdocio sacramental, recibido in persona christi. Se desprende pues la relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del orden.
Muy querido hermanos, habiéndose publicado recientemente la exhortación post sinodal Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI, pienso que es una buena ocasión para que renovemos esa unión sacerdocio y Eucaristía, piedad eucarística, devoción eucarística, cuidado de la misa, conocimiento de la liturgia, unidad entre el misterio, liturgia y rito, que la palabra que expreso, que el gesto que haga, conduzca al misterio que represento.

Es una ocasión muy querida por el Santo Padre en continuidad con el Siervo de Dios, Juan Pablo II, que en esa encíclica Ecclesia de Eucharistia dejó una Iglesia ya orientada hacia el culmen, la Eucaristía, el centro, la razón de ser de la Iglesia, de la vida del sacerdote.
Y para decirlo de una manera muy sencilla, si damos un buen crecimiento personal en lo que es devoción a la Eucaristía, cuidado de la Eucaristía, cuidado de la Santa Misa, incorporar al pueblo de Dios en una participación fructuosa. Solo con ese propósito bien vivido surge definitivamente una Iglesia llena de frutos, de fuerzas, de sacerdotes, de santidad. Una iglesia que el mundo de hoy está reclamando su presencia con mucha fuerza.

Si no hay sacerdotes, no hay Eucaristía

Por eso, he querido resaltar esta unidad, esta relación tan intensa entre nuestro sacerdocio y la Eucaristía. Somos conscientes, pero vale la pena recordarlo. Si no hay sacerdotes, no hay Eucaristía. Por lo tanto, la presencia del sacerdote en la Iglesia es vital, está en el designio divino, el Señor jamás abandonará a su pueblo, pero debemos asumir esa responsabilidad para preguntarnos ¿Qué puedo hacer yo, sacerdote, para despertar estas vocaciones sacerdotales, para el pueblo de Dios crezca y se edifique alrededor de la Eucaristía?

La misión principal, primera y fundamental, que recibimos es dar testimonio de que nos convertimos por nuestra acciones, palabras y modos de ser, en testigos de otro; y, ese otro es Cristo. Actualicemos el asombro que nos debe conmover al celebrar cada Santa Misa cuando pronunciamos las palabras de la consagración in persona Christi; es decir, cuando por el infinito don de Dios le prestamos nuestra voz y nuestras manos para renovar el misterio de la transubstanciación.
Somos más que un testigo, pero faltan palabras para poder expresar este misterio de in persona Christi. No nos acostumbremos nunca a tocar el cuerpo de Cristo, al decir las palabras de la consagración. Es un don de Dios, pero conviene que en este tema hagamos un poco de examen personal.

Sacerdote, mediador para que el amor de Dios llegue a los hombres


Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. Palabras de la exhortación reciente, el testimonio, lo que yo muestre como testigo es el medio –yo- por el que la verdad del amor de Dios llega al hombre. El Señor se pone en nuestras manos como mediadores para que su amor llegue a los hombres.

¡Tiembla el corazón!, ¡tremenda responsabilidad! Queridos hermanos, respetemos al misterio del amor de Dios. No son tiempos de sueño, de tibieza o de un sacerdote funcional. Pidámosle al Señor que tenga la capacidad de asombrarme, de que el corazón ¡tiemble!, como tembló en alguna ocasión al inicio en nuestra ordenación. Cuando tembló nuestro corazón al despedir a nuestra madre cuando moría en este mundo.
¡Cuántos momentos de la vida recordamos en que ese temblor del amor, del dolor, del asombro, ha hecho que experimentemos que tenemos esa riqueza que el Señor ha querido poner en nosotros! Qué tremenda responsabilidad al haber querido Dios hacernos corredentores; y en cierta forma hacer depender la salvación de las almas de nuestra correspondencia a la gracia.

Hoy, lo recuerdo con recientes palabras del Papa “que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensación de un protagonismo inoportuno. Recomiendo –dice el Papa- al clero, profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia”.

El celibato sacerdotal, bendición para la Iglesia

Hermanos, la belleza, la importancia de que esta belleza de la vida sacerdotal vivida en el celibato, es testimonio, es signo que expresa la dedicación total y exclusiva de Cristo a la Iglesia y al reino de Dios.

El celibato sacerdotal vivido con madurez, alegría y dedicación es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma. El sacerdote enamorado de Cristo, el sacerdote en esa madurez afectiva, en esa serenidad de ánimo; y en esa vibración apasionada por el amor a la Iglesia y a las almas, es una maravilla.
El testigo de Cristo goza de una especial credibilidad y autoridad; es decir, de autoridad moral. Los fieles esperan de Cristo la verdad, ¡la verdad que buscan es Cristo! Verdad que en estos tiempos de manera especial es una verdad que obliga, que es exigente, que salva, que es bella, que no es nuestra. El camino de cada alma es un misterio de amor, cuya iniciativa la tomó el mismo Dios al darnos la vida y luego por el bautismo, al elevarnos a la condición de hijos suyos por adopción.

Sólo la verdad genera un clima cristiano en el mundo

Todo esto, en un mundo que tiene muchas verdades, pero que ha perdido la verdad. Más que nunca la Iglesia nos pide con caridad, pero ¡la verdad!, porque esa es la que da frutos, es la que trae vocaciones, es la que convierte a las almas, es la que renueva la comunidad parroquial, es la que genera un clima cristiano en el mundo. Las verdades particulares terminan en el tiempo de modo inmediato, aunque tengan gran acogida.

Por ello, también les animo a que la homilía sea un auténtico reflejo de la palabra de Dios, previamente meditada e incorporada a nuestra vida personal. Palabra de Dios, palabra breve, no podemos ni por un momento oscurecer a Dios, poniéndonos nosotros en primer plano; no podemos empañar a quien sólo Él es bueno, a quien representamos, defraudaríamos el sano juicio de la gente, si proponemos soluciones cómodas, fáciles e incompletas; aunque sea acogidas.

Todos sabemos que la vida cristiana cuesta. Arrancar la palabra y la vida de la cruz ¡mata a la Iglesia! Y me refiero especialmente de lo que es la moral matrimonial ¿qué sacamos defraudando cuando la doctrina cristiana, el Magisterio y la tradición de siglos que nos enseña con claridad cuál es el camino?

Deber del sacerdote: promover una espiritualidad cristiana eucarística

No podemos rebajar, no podemos invitar a la comunión a la Iglesia entera si tenemos conciencia que no hay oportunidad de confesarnos, ¡qué grave deber! Los invito a poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. Promuevan, hermanos, la exposición del Santísimo sacramento en todos los templos de la ciudad, ¡bien atendidos, con seguridad, con dignidad! Recemos al dueño de la míes para que mande obreros.

La pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos. En síntesis, hace falta -sobre todo- tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo. El mejor plan de promoción vocacional es el testimonio que dan los sacerdotes en su ministerio con su afán de santidad visible y lleno de ardor.
Acudo a nuestra Madre de la Misericordia, a nuestra señora de la Reconciliación, a la madre del sacerdote. Madre nuestra, coge nuestras manos débiles, coge nuestros corazones tantas veces inquietos y con ternura llévanos al encuentro de tu hijo Jesús. Allí escucharemos el latir de nuestro corazón sacerdotal. Míranos con compasión, no nos dejes, madre mía.

Con estas palabras, en este día solemne, me acerco a cada uno de ustedes para implorarles fidelidad, amor a la Eucaristía, unidad, afán de santidad. Vivamos ese misterio de la unidad del presbiterio con el obispo. ¡Que el Señor haga esos milagros! Que el mundo de hoy nos espera con un hambre ¡tremenda!

Estoy seguro que seguiremos este camino del Papa Benedicto XVI. Está impulsando la caridad, el amor, el auténtico. Solamente te pido, mantén ese corazón vivo para que el toque del perdón, del amor siga teniendo ese sacerdocio joven, vibrante, lleno de ilusión por cada Eucaristía.


(Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
Misa Crismal, Miércoles, 4 de abril de 2007
Basílica Catedral de Lima )

JUEVES SANTO - Institución de la Eucaristía



"Nos amó hasta el extremo en la Eucaristía"

Para comprender la fe cristiana será preciso repasar siempre este texto de San Juan: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Los suyos somos también nosotros por quienes ya rogó Jesús en el discurso de despedida: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra” (Jn 17, 20). Esta palabra, que procede de Jesús, ha sido transmitida por la Iglesia de generación en generación hasta nuestros días. Y esta transmisión, tradición, continuará hasta el fin del mundo.

La expresión “los amó hasta el extremo” hay que comprenderla en la realidad de Jesucristo, Dios y hombre. Es un amor que tiene toda la fuerza de Dios expresada al modo humano. Es un amor que se da sin medida, sin condiciones. Es el amor que llevó a Jesús a cargar sobre sí nuestros pecados para que quedaran destruidos con su muerte. Es la fuerza del amor infinito de Jesús para llevar la humanidad hasta Dios, de quien estábamos alejados por nuestros pecados. La realidad de este amor la expone San Pablo cuando nos dice que “cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8).

“Los amó [nos amó] hasta el extremo” queda reflejado en su permanencia entre nosotros instituyendo la Eucaristía. Nos amaba tanto que tenía prisa, anticipó sacramentalmente su entrega por nosotros en la Cruz. En la Ultima Cena instituyó la Eucaristía por la que Jesús perpetúa su presencia entre nosotros bajo las especies de pan y de vino en su sacrificio cruento del Viernes Santo: “Mi cuerpo que será entregado… mi sangre que será derramada”. Su amor “hasta el extremo” por la humanidad se hace presente en cada Misa. Sólo en el amor puede ser comprendida la fe cristiana, sólo en el amor “hasta el extremo” a Dios y, en El, a los demás, se puede vivir en cristiano. Corresponder a tanto amor con el nuestro, un amor sacrificado y alegre como el de Jesucristo, que vive para siempre en el Cielo intercediendo por nosotros. Amar la Eucaristía, por tanto, especialmente la de cada domingo, donde nos reunimos los hijos de Dios en torno a la mesa del altar, en la que Dios nos da a su propio Hijo para que tengamos vida abundante y alcancemos la vida eterna.

Para que entendamos mejor su amor hasta el extremo, realizó el lavatorio de los pies a sus discípulos, una acción que correspondía al menos importante de la reunión, impropia del más importante, en este caso Jesús. Como El, no tener otro deseo en relación con los demás que el de servirles, el olvidarse de sí mismo para hacer la vida amable a los demás, sean quienes sean. “En esto conocerán que son mis discípulos, si se tienen amor unos a otros” (Jn 13, 35). “Si comprenden esto y lo hacen nos dice Jesús, serán bienaventurados” (v. 17), felices. Sin duda que aquí está muchas veces la raíz de nuestras insatisfacciones e inquietudes, en que no amamos de verdad al prójimo. Amor con obras.

Amemos la participación en la Santa Misa, que tiene su punto culminante en la recepción de la Sagrada Comunión. Desear comulgar para ser fortalecidos en el amor, para amar cada vez más, para superar egoísmos, rencores o flojeras en relación con los demás. Amor “hasta el extremo” mirando sólo a Jesucristo en la Cruz, presente en cada Eucaristía, la “locura” de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. Gustar de la oración de su presencia ante el Sagrario.

Con María, quien, sin duda, estuvo atendiendo la mesa en la Ultima Cena. Ella nos hará partícipe de los sentimientos de Cristo en ese momento central de su obra redentora. Pongámonos junto a Ella especialmente en estos días de Semana Santa subiendo con Ella a la Cruz, a nuestra cruz, para alegrarnos con Ella contemplando a Jesús resucitado.


(Obispo de Chiclayo, 9 de abril de 2009)