9 de abril de 2010

EUCARISTíA - La presencia de la Misericordia -


La Encarnación ansiaba que Jesús se quedara con nosotros hasta el fin de los tiempos en la Eucaristía. Por este milagro, el más grande de Su amor, Jesús permanece con nosotros bajo la forma de pan y vino, no solamente para nuestra alimentación espiritual, sino también para que nosotros le hagamos compañia a El.

En la Eucaristía, Cristo está totalmente presente, tal y como está en el cielo. La Eucaristía, explica el Papa León XIII, contiene "en una variedad de milagros, todas las realidades sobrenaturales" (Encíclica Mirae Caritatis).

La Eucaristía es lo esencial de la devoción a la Divina Misericordia y muchos de los elementos de la devoción son eucarísticos en su esencia (particularmente la imagen, la coronilla a la Divina Misericordia y la Fiesta de la Misericordia). La imagen, con sus rayos rojo y pálido, presenta al Señor Jesús Eucarístico, cuyo Corazón ha sido atravesado y que ahora derrama Sangre y Agua como una fuente de misericordia para nosotros. Es la imagen del regalo expiatorio de misericordia dado a nosotros por Dios y hecho presente en cada Santa Misa.

Varias veces en su Diario, Santa Faustina escribe haber visto los rayos rojo y pálido proceder no de la imagen, sino de la Santa Hostia. Y una vez, mientras el sacerdote exponía el Santísimo Sacramento, ella vio que los rayos de la imagen traspasaron la Hostia y de ahí se difundieron hasta que cubrieron al mundo entero (vea Diario, 441). Así mísmo, deberíamos ver con ojos de fe, en cada Hostia, al Salvador Misericordioso derramándose como una fuente de misericordia para nosotros.
Este concepto de la Eucaristía como una fuente de gracia y misericordia, se encuentra no solamente en el Diario de Santa Faustina, sino también en las enseñanzas de la Iglesia... La Iglesia enseña claramente que todos los demás sacramentos están dirigidos hacia la Eucaristía y sacan su fuerza de ella.

Por ejemplo, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, leemos: "Sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente". Y, en una nota en el Catecismo del Concilio de Trento, a los sacerdotes se les anima a que "comparen la Eucaristía a una fuente y los demás sacramentos a riachuelos. Porque verdadera y necesariamente se debe llamar a la Santa Eucaristía la fuente de todas las gracias, conteniendo de una manera admirable, la fuente misma de dones y gracias celestiales y al Autor de todos los sacramentos, a Cristo nuestro Señor, de quien, como de Su fuente, procede todo lo que hay de bueno y perfecto en los demás sacramentos".

No nos sorprende, entonces, que Sor Faustina le tuviera tanta devoción a la Eucaristía y en su Diario escribiera de ella de una forma muy poderosa:

-Un gran misterio se hace durante la Santa Misa... Un día sabremos lo que Dios hace por nosotros en cada Santa Misa y qué don prepara para nosotros en ella. Sólo Su amor divino puede permitir que nos sea dado tal regalo... Una fuente de vida que brota con tanta dulzura y fuerza... (Diario, 914).

-Todo lo bueno que hay en mí es gracias a la Santa Comunión (Diario, 1392). Aquí [en la Santa Comunión] está todo el secreto de mi santidad (Diario, 1489). Una sola cosa me sostiene y es la Santa Comunión.

-De ella tomo fuerza, en ella está mi fortaleza. Temo la vida si algún día no recibo la Santa Comunión... Jesús oculto en la Hostia es todo para mí... No sabría cómo glorificar a Dios si no tuviera la Eucaristía en mi corazón (Diario, 1037).

-Oh Hostia Viva, mi única Fortaleza, Fuente de Amor y de Misericordia, abraza al mundo entero, fortifica a las almas débiles. Oh, bendito sea el instante y el momento en que Jesús nos dejó Su misericordiosísimo Corazón (Diario, 223).

En la Misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad.
¡Sed testigos de la Misericordia!
(Juan Pablo II)

4 de abril de 2010

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


"EL SEÑOR ESTÁ CON NOSOTROS"

“Resucitó al tercer día según las Escrituras”. Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo.

Cada año, en el “santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado”, como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura.

Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

“La fe de los cristianos –afirma san Agustín- es la resurrección de Cristo”. Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: “Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos” (Hch 17,31). San Pablo escribe en la carta a los Romanos: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10, 9).

“Si Cristo no resucitó, -decía el apóstol san Pablo- es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe” (1 Co 15, 14). Pero ¡resucitó!

El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es “el que vive” (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

El evangelista san Lucas refiere: “Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los iba dando” (Lc 24, 30).

Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, “pero él desapareció de su lado” (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).

El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia.

Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.

Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón.

En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.

De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

PAPA BENEDICTO XVI.

(Extraído de la audiencia general concedida en la plaza de San Pedro por el Papa Benedicto XVI,26 de marzo de 2008)

31 de marzo de 2010

VIERNES SANTO VIA CRUCIS Y EUCARISTIA

"EL GRANO DE TRIGO QUE MUERE PARA VIVIR PARA SIEMPRE EN LA EUCARISTIA"



Lo que dijo Jesús el Domingo de Ramos, inmediatamente después de su ingreso en Jerusalén, respondiendo a la solicitud de algunos griegos que deseaban verle: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). De este modo, el Señor interpreta todo su itinerario terrenal como el proceso del grano de trigo, que solamente mediante la muerte llega a producir fruto. Interpreta su vida terrenal, su muerte y resurrección, en la perspectiva de la Santísima Eucaristía, en la cual se sintetiza todo su misterio.

Puesto que ha consumado su muerte como ofrecimiento de sí, como acto de amor, su cuerpo ha sido transformado en la nueva vida de la resurrección. Por eso él, el Verbo hecho carne, es ahora el alimento de la auténtica vida, de la vida eterna. El Verbo eterno –la fuerza creadora de la vida– ha bajado del cielo, convirtiéndose así en el verdadero maná, en el pan que se ofrece al hombre en la fe y en el sacramento. De este modo, el Vía crucis es un camino que se adentra en el misterio eucarístico: la devoción popular y la piedad sacramental de la Iglesia se enlazan y compenetran mutuamente. La oración del Vía crucis puede entenderse como un camino que conduce a la comunión profunda, espiritual, con Jesús, sin la cual la comunión sacramental quedaría vacía. El Vía crucis se muestra, pues, como recorrido «mistagógico».

No basta el simple sentimiento; el Vía crucis debería ser una escuela de fe, de esa fe que por su propia naturaleza «actúa por la caridad» (Ga 5, 6). Lo cual no quiere decir que se deba excluir el sentimiento. Para los Padres de la Iglesia, una carencia básica de los paganos era precisamente su insensibilidad; por eso les recuerdan la visión de Ezequiel, el cual anuncia al pueblo de Israel la promesa de Dios, que quitaría de su carne el corazón de piedra y les daría un corazón de carne (cf. Ez 11, 19).

El Vía crucis nos muestra un Dios que padece él mismo los sufrimientos de los hombres, y cuyo amor no permanece impasible y alejado, sino que viene a estar con nosotros, hasta su muerte en la cruz (cf. Flp 2, 8). El Dios que comparte nuestras amarguras, el Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra cruz, quiere transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir también el sufrimiento de los demás; quiere darnos un «corazón de carne» que no sea insensible ante la desgracia ajena, sino que sienta compasión y nos lleve al amor que cura y socorre.

Esto nos hace pensar de nuevo en la imagen de Jesús acerca del grano, que él mismo trasforma en la fórmula básica de la existencia cristiana: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25; cf. Mt 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; 17, 33: «El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará»). Así se explica también el significado de la frase que, en los Evangelios sinópticos, precede a estas palabras centrales de su mensaje: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24).

Con todas estas expresiones, Jesús mismo ofrece la interpretación del Vía crucis, nos enseña cómo hemos de rezarlo y seguirlo: es el camino del perderse a sí mismo, es decir, el camino del amor verdadero. Él ha ido por delante en este camino, el que nos quiere enseñar la oración del Vía crucis.

Volvemos así al grano de trigo, a la santísima Eucaristía, en la cual se hace continuamente presente entre nosotros el fruto de la muerte y resurrección de Jesús. En ella Jesús camina con nosotros, en cada momento de nuestra vida de hoy, como aquella vez con los discípulos de Emaús.

(Presentación del Vía Crucis del
Cardenal Joseph Ratzinger
para el Viernes Santo)

MISA CRISMAL - SACERDOCIO Y EUCARISTIA


EL SACERDOTE Y LA EUCARISTIA


Estamos celebrando hoy, Miércoles Santo, la Liturgia de la Misa Crismal del Jueves Santo. Cada año celebramos en este día el nacimiento de la Eucaristía; y, a la vez, el nacimiento de nuestro sacerdocio, que es ante todo ministerial, y al mismo tiempo, jerárquico.

Vínculo entre el orden sagrado y la Eucaristía

En esta Misa Crismal el presbiterio reunido en torno al obispo, en la persona de Cristo como cabeza, reafirmamos de manera visible el vínculo entre el orden sagrado y la Eucaristía.
Cuando Jesús dice a los apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, Él constituye a los ministros de este sacramento en la Iglesia y a estos mismos ministros les ordena obrar en virtud del sacerdocio sacramental, recibido in persona christi. Se desprende pues la relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del orden.
Muy querido hermanos, habiéndose publicado recientemente la exhortación post sinodal Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI, pienso que es una buena ocasión para que renovemos esa unión sacerdocio y Eucaristía, piedad eucarística, devoción eucarística, cuidado de la misa, conocimiento de la liturgia, unidad entre el misterio, liturgia y rito, que la palabra que expreso, que el gesto que haga, conduzca al misterio que represento.

Es una ocasión muy querida por el Santo Padre en continuidad con el Siervo de Dios, Juan Pablo II, que en esa encíclica Ecclesia de Eucharistia dejó una Iglesia ya orientada hacia el culmen, la Eucaristía, el centro, la razón de ser de la Iglesia, de la vida del sacerdote.
Y para decirlo de una manera muy sencilla, si damos un buen crecimiento personal en lo que es devoción a la Eucaristía, cuidado de la Eucaristía, cuidado de la Santa Misa, incorporar al pueblo de Dios en una participación fructuosa. Solo con ese propósito bien vivido surge definitivamente una Iglesia llena de frutos, de fuerzas, de sacerdotes, de santidad. Una iglesia que el mundo de hoy está reclamando su presencia con mucha fuerza.

Si no hay sacerdotes, no hay Eucaristía

Por eso, he querido resaltar esta unidad, esta relación tan intensa entre nuestro sacerdocio y la Eucaristía. Somos conscientes, pero vale la pena recordarlo. Si no hay sacerdotes, no hay Eucaristía. Por lo tanto, la presencia del sacerdote en la Iglesia es vital, está en el designio divino, el Señor jamás abandonará a su pueblo, pero debemos asumir esa responsabilidad para preguntarnos ¿Qué puedo hacer yo, sacerdote, para despertar estas vocaciones sacerdotales, para el pueblo de Dios crezca y se edifique alrededor de la Eucaristía?

La misión principal, primera y fundamental, que recibimos es dar testimonio de que nos convertimos por nuestra acciones, palabras y modos de ser, en testigos de otro; y, ese otro es Cristo. Actualicemos el asombro que nos debe conmover al celebrar cada Santa Misa cuando pronunciamos las palabras de la consagración in persona Christi; es decir, cuando por el infinito don de Dios le prestamos nuestra voz y nuestras manos para renovar el misterio de la transubstanciación.
Somos más que un testigo, pero faltan palabras para poder expresar este misterio de in persona Christi. No nos acostumbremos nunca a tocar el cuerpo de Cristo, al decir las palabras de la consagración. Es un don de Dios, pero conviene que en este tema hagamos un poco de examen personal.

Sacerdote, mediador para que el amor de Dios llegue a los hombres


Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. Palabras de la exhortación reciente, el testimonio, lo que yo muestre como testigo es el medio –yo- por el que la verdad del amor de Dios llega al hombre. El Señor se pone en nuestras manos como mediadores para que su amor llegue a los hombres.

¡Tiembla el corazón!, ¡tremenda responsabilidad! Queridos hermanos, respetemos al misterio del amor de Dios. No son tiempos de sueño, de tibieza o de un sacerdote funcional. Pidámosle al Señor que tenga la capacidad de asombrarme, de que el corazón ¡tiemble!, como tembló en alguna ocasión al inicio en nuestra ordenación. Cuando tembló nuestro corazón al despedir a nuestra madre cuando moría en este mundo.
¡Cuántos momentos de la vida recordamos en que ese temblor del amor, del dolor, del asombro, ha hecho que experimentemos que tenemos esa riqueza que el Señor ha querido poner en nosotros! Qué tremenda responsabilidad al haber querido Dios hacernos corredentores; y en cierta forma hacer depender la salvación de las almas de nuestra correspondencia a la gracia.

Hoy, lo recuerdo con recientes palabras del Papa “que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensación de un protagonismo inoportuno. Recomiendo –dice el Papa- al clero, profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia”.

El celibato sacerdotal, bendición para la Iglesia

Hermanos, la belleza, la importancia de que esta belleza de la vida sacerdotal vivida en el celibato, es testimonio, es signo que expresa la dedicación total y exclusiva de Cristo a la Iglesia y al reino de Dios.

El celibato sacerdotal vivido con madurez, alegría y dedicación es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma. El sacerdote enamorado de Cristo, el sacerdote en esa madurez afectiva, en esa serenidad de ánimo; y en esa vibración apasionada por el amor a la Iglesia y a las almas, es una maravilla.
El testigo de Cristo goza de una especial credibilidad y autoridad; es decir, de autoridad moral. Los fieles esperan de Cristo la verdad, ¡la verdad que buscan es Cristo! Verdad que en estos tiempos de manera especial es una verdad que obliga, que es exigente, que salva, que es bella, que no es nuestra. El camino de cada alma es un misterio de amor, cuya iniciativa la tomó el mismo Dios al darnos la vida y luego por el bautismo, al elevarnos a la condición de hijos suyos por adopción.

Sólo la verdad genera un clima cristiano en el mundo

Todo esto, en un mundo que tiene muchas verdades, pero que ha perdido la verdad. Más que nunca la Iglesia nos pide con caridad, pero ¡la verdad!, porque esa es la que da frutos, es la que trae vocaciones, es la que convierte a las almas, es la que renueva la comunidad parroquial, es la que genera un clima cristiano en el mundo. Las verdades particulares terminan en el tiempo de modo inmediato, aunque tengan gran acogida.

Por ello, también les animo a que la homilía sea un auténtico reflejo de la palabra de Dios, previamente meditada e incorporada a nuestra vida personal. Palabra de Dios, palabra breve, no podemos ni por un momento oscurecer a Dios, poniéndonos nosotros en primer plano; no podemos empañar a quien sólo Él es bueno, a quien representamos, defraudaríamos el sano juicio de la gente, si proponemos soluciones cómodas, fáciles e incompletas; aunque sea acogidas.

Todos sabemos que la vida cristiana cuesta. Arrancar la palabra y la vida de la cruz ¡mata a la Iglesia! Y me refiero especialmente de lo que es la moral matrimonial ¿qué sacamos defraudando cuando la doctrina cristiana, el Magisterio y la tradición de siglos que nos enseña con claridad cuál es el camino?

Deber del sacerdote: promover una espiritualidad cristiana eucarística

No podemos rebajar, no podemos invitar a la comunión a la Iglesia entera si tenemos conciencia que no hay oportunidad de confesarnos, ¡qué grave deber! Los invito a poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística. Promuevan, hermanos, la exposición del Santísimo sacramento en todos los templos de la ciudad, ¡bien atendidos, con seguridad, con dignidad! Recemos al dueño de la míes para que mande obreros.

La pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos. En síntesis, hace falta -sobre todo- tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo. El mejor plan de promoción vocacional es el testimonio que dan los sacerdotes en su ministerio con su afán de santidad visible y lleno de ardor.
Acudo a nuestra Madre de la Misericordia, a nuestra señora de la Reconciliación, a la madre del sacerdote. Madre nuestra, coge nuestras manos débiles, coge nuestros corazones tantas veces inquietos y con ternura llévanos al encuentro de tu hijo Jesús. Allí escucharemos el latir de nuestro corazón sacerdotal. Míranos con compasión, no nos dejes, madre mía.

Con estas palabras, en este día solemne, me acerco a cada uno de ustedes para implorarles fidelidad, amor a la Eucaristía, unidad, afán de santidad. Vivamos ese misterio de la unidad del presbiterio con el obispo. ¡Que el Señor haga esos milagros! Que el mundo de hoy nos espera con un hambre ¡tremenda!

Estoy seguro que seguiremos este camino del Papa Benedicto XVI. Está impulsando la caridad, el amor, el auténtico. Solamente te pido, mantén ese corazón vivo para que el toque del perdón, del amor siga teniendo ese sacerdocio joven, vibrante, lleno de ilusión por cada Eucaristía.


(Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
Misa Crismal, Miércoles, 4 de abril de 2007
Basílica Catedral de Lima )

JUEVES SANTO - Institución de la Eucaristía



"Nos amó hasta el extremo en la Eucaristía"

Para comprender la fe cristiana será preciso repasar siempre este texto de San Juan: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Los suyos somos también nosotros por quienes ya rogó Jesús en el discurso de despedida: “No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra” (Jn 17, 20). Esta palabra, que procede de Jesús, ha sido transmitida por la Iglesia de generación en generación hasta nuestros días. Y esta transmisión, tradición, continuará hasta el fin del mundo.

La expresión “los amó hasta el extremo” hay que comprenderla en la realidad de Jesucristo, Dios y hombre. Es un amor que tiene toda la fuerza de Dios expresada al modo humano. Es un amor que se da sin medida, sin condiciones. Es el amor que llevó a Jesús a cargar sobre sí nuestros pecados para que quedaran destruidos con su muerte. Es la fuerza del amor infinito de Jesús para llevar la humanidad hasta Dios, de quien estábamos alejados por nuestros pecados. La realidad de este amor la expone San Pablo cuando nos dice que “cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8).

“Los amó [nos amó] hasta el extremo” queda reflejado en su permanencia entre nosotros instituyendo la Eucaristía. Nos amaba tanto que tenía prisa, anticipó sacramentalmente su entrega por nosotros en la Cruz. En la Ultima Cena instituyó la Eucaristía por la que Jesús perpetúa su presencia entre nosotros bajo las especies de pan y de vino en su sacrificio cruento del Viernes Santo: “Mi cuerpo que será entregado… mi sangre que será derramada”. Su amor “hasta el extremo” por la humanidad se hace presente en cada Misa. Sólo en el amor puede ser comprendida la fe cristiana, sólo en el amor “hasta el extremo” a Dios y, en El, a los demás, se puede vivir en cristiano. Corresponder a tanto amor con el nuestro, un amor sacrificado y alegre como el de Jesucristo, que vive para siempre en el Cielo intercediendo por nosotros. Amar la Eucaristía, por tanto, especialmente la de cada domingo, donde nos reunimos los hijos de Dios en torno a la mesa del altar, en la que Dios nos da a su propio Hijo para que tengamos vida abundante y alcancemos la vida eterna.

Para que entendamos mejor su amor hasta el extremo, realizó el lavatorio de los pies a sus discípulos, una acción que correspondía al menos importante de la reunión, impropia del más importante, en este caso Jesús. Como El, no tener otro deseo en relación con los demás que el de servirles, el olvidarse de sí mismo para hacer la vida amable a los demás, sean quienes sean. “En esto conocerán que son mis discípulos, si se tienen amor unos a otros” (Jn 13, 35). “Si comprenden esto y lo hacen nos dice Jesús, serán bienaventurados” (v. 17), felices. Sin duda que aquí está muchas veces la raíz de nuestras insatisfacciones e inquietudes, en que no amamos de verdad al prójimo. Amor con obras.

Amemos la participación en la Santa Misa, que tiene su punto culminante en la recepción de la Sagrada Comunión. Desear comulgar para ser fortalecidos en el amor, para amar cada vez más, para superar egoísmos, rencores o flojeras en relación con los demás. Amor “hasta el extremo” mirando sólo a Jesucristo en la Cruz, presente en cada Eucaristía, la “locura” de quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. Gustar de la oración de su presencia ante el Sagrario.

Con María, quien, sin duda, estuvo atendiendo la mesa en la Ultima Cena. Ella nos hará partícipe de los sentimientos de Cristo en ese momento central de su obra redentora. Pongámonos junto a Ella especialmente en estos días de Semana Santa subiendo con Ella a la Cruz, a nuestra cruz, para alegrarnos con Ella contemplando a Jesús resucitado.


(Obispo de Chiclayo, 9 de abril de 2009)

23 de marzo de 2010

Reflexiones de la Beata Teresa de Calcuta sobre la Eucaristía


“Mientras comían, tomó pan, y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo:
Tomad, éste es mi cuerpo”
(Mc 14, 22)

· Jesús: el Pan Vivo, el amor omnicomprensivo
El significado de esta Eucaristía es la comprensión del amor. Cristo comprendió. Comprendió que teníamos un hambre inmensa de Dios. Comprendió que habíamos sido creados para ser amados, y así Él se convirtió en el Pan de Vida, diciendo: “A no ser que coman Mi Carne y beban Mi Sangre, no podrán vivir, no podrán amar, no podrán servir”. Tenemos que comer este Pan y la bondad del amor de Cristo, para compartir su comprensivo amor.
El también quiere darnos la oportunidad de trasformar nuestro amor por Él en acción viva. El se convierte en el hambriento, no sólo de pan sino de amor. El se convierte en el desnudo, no sólo por un manto que lo abrigue, sino por ese amor, por esa dignidad humana. El se convierte en el que no tiene hogar, no sólo por ese lugar en un pequeño cuarto, sino por ese sincero y profundo amor hacia el prójimo, que es la Eucaristía. Este es Jesús, el Pan Vivo. El que ha venido a compartir su divinidad con nosotros.

Beata Teresa de Calcuta
(163-164 Le Joly, Edward. Mother Teresa of Calcutta: A Biography. San Francisco: Harper & Row, Publishers, 1983)

· La Eucaristía, nuestra Gloria y alegría
La Santa Misa es nuestra oración cotidiana, en la cual nos ofrecemos con Cristo para ser partidos y distribuidos a los más pobres. La Eucaristía es nuestra gloria y alegría, y encierra el misterio de nuestra unión con Cristo.
Beata Teresa de Calcuta
(Sin publicar)

· “Madre, estuve tocando el cuerpo de Cristo”
A la India llegó, desde el exterior, una jovencita para unirse a los Misioneros de la Caridad. Tenemos una regla en nuestra comunidad que indica que, al día siguiente de su llegada, los “nuevos” tienen que visitar el Hogar para los moribundos. A así fue que le dije a esa joven: “Durante la Misa has visto con cuánto amor y cuidado tocaba el sacerdote a Cristo en la Santa Hostia. Haz lo mismo cuando vayas al Hogar de los Moribundos, porque encontrarás al mismo Jesús de la Santa Hostia en los destruidos cuerpos de nuestros pobres”.
Después de tres horas, la novicia regresó y me dijo con una amplia sonrisa (nunca antes vi yo una sonrisa tan cálida, tan profunda): “Madre, estuve tocando el Cuerpo de Cristo durante tres horas”. “¿Qué hiciste?” le pregunté yo, y ella respondió: “Cuando llegamos al Hogar, trajeron a un hombre que se había caído en un desagüe, donde quedó tirado durante varios días. Estaba cubierto de heridas, suciedad y gusanos. Mientras yo lo limpiaba, sabía que estaba tocando el cuerpo de Cristo”

Beata Teresa de Calcuta
(56-57 – A gift for God: Mother Teresa of Calcutta. Nueva York, Harper & Row, Publishers, 1975)

· Necesitamos a Jesús para llevárselo a los demás
La Iglesia nos ha encomendado el gran apostolado de llevar a Cristo al corazón de nuestra gente. Tenemos que acercarles a Jesús. Pero mientras no lo poseamos, no lo podemos dar. Es por eso que necesitamos de la Eucaristía. Es cierto que nuestra forma de vida es difícil. Pero no puede ser de otra forma. No se trata sólo de la pobreza material, sino de la pobreza de vivir permanentemente rodeado de gente que sufre, de moribundos. Sólo la Eucaristía, sólo Jesús, puede darnos la alegría suficiente como para realizar nuestra tarea con una sonrisa.

Beata Teresa de Calcuta
(Egan, Eileen. Sucha a Vision of the Street. Nueva York, Doubleday and Co., Inc. 1985)

· El alimento que me sostiene
La Misa es el alimento spiritual que me sostiene, sin el cual no podría vivir un solo día, una sola hora de mi vida. En la Misa está Jesús bajo la forma del pan, mientras que en los barrios bajos vemos a Cristo y lo tocamos en los cuerpos lastimados, en los niños abandonados.

Beata Teresa de Calcuta
(76 – A gift for God: Mother Teresa of Calcutta. Nueva York, Harper & Row, Publishers, 1975)

· Cuando recapacitamos…
Cuando nos damos cuenta de que por la mañana hemos sostenido al sacrosanto Dios en nuestras manos, estamos más dispuestos a abstenernos de todo lo que pueda manchar su pureza. De ahí que debemos tener un profundo respeto por nuestra propia persona y por los demás, tratando a todos con marcada cortesía, pero absteniéndonos de sentimentalismos superficiales o afectos mal dirigidos. Cuando tocamos a los enfermos, y a los necesitados, tocamos el sufriente cuerpo de Cristo, y ese contacto nos hace heroicos, nos hace olvidar la repugnancia.

Beata Teresa de Calcuta
(109 Gorree, Georges y Jean Barbier (Eds.) The Love of Crist: Espiritual Counsels, Mother Teresa of Calcutta. San Francisco: Harper & Row, Publishers 1982)

· Tan pequeño, tan frágil, tan desvalido.
El mundo está hambriento de Dios, y cuando Jesús llegó al mundo, quiso satisfacer esa hambre. Se convirtió en el Pan de Vida, tan pequeño, tan frágil, tan desvalido; y como si esto no fuese suficiente, se reencarnó en el hambriento, en el desnudo, en el hombre sin hogar, para que pudiésemos satisfacer su hambre de amor, de nuestro amor humano… no de algo extraordinario, sino simplemente de nuestro amor humano.

Beata Teresa de Calcuta
(35 Spink, Kathryn. The miracle of love. San Francisco: Harper & Row, Publishers, 1981)

Milagro Eucarístico en Siena

Milagro diario

Era el año 1730. El 14 de agosto, vísperas de la fiesta de la asunción de la Virgen María, en todas las iglesias de Siena los sacerdotes consagraron hostias adicionales para quien quisiera recibir el cuerpo de Cristo al día siguiente.

Por la noche todos los sacerdotes de Siena se reunieron en la catedral principal de esta ciudad para hacer una vigilia y dejaron solas sus respectivas iglesias. Unos ladrones aprovecharon y entraron en la basílica de San Francisco para robarse el copón de oro con las hostias consagradas.

A la mañana siguiente se dieron cuenta de que las hostias no estaban y en medio de la calle, un feligrés encontró la parte de arriba del copón. Quedó así comprobado que se había robado el cuerpo de Cristo. Los habitantes de Siena comenzaron a orar para que aparecieran las hostias.

Tres días después, mientras un hombre estaba orando en la iglesia de Santa María en Provenzano, muy cerca de la Basílica de San Francisco, notó que había algo de color blanco dentro de una caja destinada para la donación a los pobres. Inmediatamente informaron al arzobispo y llegaron para ver de qué se trataba.

Abrieron la caja, eran las 351 hostias consagradas – el mismo número de hostias que fueron robadas. “Esos tres días fueron como los días entre la Crucifixión y la Resurrección”, asegura el padre Spring. Estaban llenas de polvo y telarañas. Los sacerdotes las limpiaron con sumo cuidado.

Luego hubo una jornada de adoración y reparación. Miles de fieles llegaron a la basílica para agradecer el hallazgo de las hostias. Estas no fueron distribuidas, al parecer, porque los franciscanos querían que los peregrinos las adoraran hasta el momento en que se deterioraran (porque al deteriorarse, desaparece la presencia real de Cristo).

Pero las hostias permanecían intactas y con un olor muy agradable. La gente empezó a considerarlas como milagrosas y cada vez iban más peregrinos a orar ante ellas. Algunas pocas fueron distribuidas en ocasiones especiales.

Hoy, 280 años después, permanecen 223 hostias que presentan el mismo estado que tenían el día que fueron consagradas. “En diversas etapas estas han sido examinadas y físicamente conservan todas las características de una hostia recién hecha”, aclara el padre Paolo.

En 1914 se hizo la examinación más rigurosa de este milagro por disposición del papa san Pío X, “las Sagradas Partículas resultaron en perfecto estado de consistencia, lúcidas, blancas, perfumadas e intactas” dijo el padre Spring.

También se concluyó en esta examinación que las hostias robadas fueron preparadas sin precauciones científicas y guardadas bajo condiciones ordinarias que, en circunstancias normales debieron haber causado un rápido deterioro.

El 14 de septiembre, de 1980, el papa Juan Pablo II viajó a Siena para celebrar los 250 años de este Milagro Eucarístico. Al ir dijo: “es la Presencia”. También han ido a orar ante estas santas hostias, personajes como san Juan Bosco y el beato papa Juan XXIII

Para el padre Spring, el Milagro Eucarístico de Siena “representa una prueba del amor de Dios hacia nosotros y la presencia para sostenernos contra las dudas, las dificultades, el milagro con el cual Dios padre está ayudando a la Iglesia a no tener miedo, a vivir la presencia de su fundador enviado por el Padre para hacer su voluntad”.

“Aquí suceden dos cosas milagrosas”, explica el padre Spring señalando las hostias consagradas hace casi tres siglos. “El tiempo no existe, se ha detenido”, y el sacerdote explica el segundo milagro:” “Los cuerpos compuestos y las sustancias orgánicas están sujetas a marchitarse. Para estas hostias, ni los hongos, ni los elementos que las descomponen subsisten. Es un milagro viviente, continuo, no sabemos hasta cuándo el Señor lo permitirá” concluye el sacerdote.