21 de marzo de 2010

Eucaristía y sacramento de la Reconciliación

Su relación intrínseca

20. Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación.[54] Debido a la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial (cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado,[55] favoreciendo una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la Comunión sacramental.[56] En realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de Dios.[57] Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también una herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam baptismus,[58] subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversión supone el restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al acercarse de nuevo a la Eucaristía.[59]


Algunas observaciones pastorales

21. El Sínodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover en su propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la confesión frecuente. Todos los sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empeño y competencia a la administración del sacramento de la Reconciliación.[60] A este propósito, se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias estén bien visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a los Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del sacramento de la Reconciliación, limitando la praxis de la absolución general exclusivamente a los casos previstos,[61] siendo la celebración personal la única forma ordinaria.[62] Frente a la necesidad de redescubrir el perdón sacramental, debe haber siempre un Penitenciario [63] en todas las diócesis. En fin, una praxis equilibrada y profunda de la indulgencia, obtenida para sí o para los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva toma de conciencia de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la indulgencia se gana « la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa ».[64] El recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda la comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia, que, además de la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, implica la de la comunión de los santos, enseña « la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ».[65] Esta práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el camino de conversión y a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la vida cristiana, ya que las condiciones que prevé su misma forma incluye el acercarse a la confesión y a la comunión sacramental.

(Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis)

San José y la Eucaristía

Nos podríamos fijar en esos dos aspectos de la figura de San José que pueden iluminar nuestra propia vida eucarística. José ante el misterio de Dios presente en María se sorprende. La manifestación Dios siempre sorprende. Conoce que Dios le llama a ser el esposo de María y el custodio de Jesús y acepta el riesgo que siempre supone la fe con un corazón sencillo, abierto, disponible.

Su fe se tradujo en fidelidad. Cumple la misión sin ruidos. Habla el lenguaje que mejor conoce: El lenguaje de los hechos. Siempre al lado de Jesús y de María con sentimientos de asombro y de gratitud. A San José le podríamos calificar como “Custodio de la Eucaristía”. Así lo afirma la liturgia: “Confiaste los primeros misterios de la salvación a la fiel custodia de San José”. Él acoge a Jesús presente en seno de María, él asiste a la adoración de los pastores y de los magos, él le lleva a Egipto y lo trae, él le enseña a rezar, él le busca, él contempla su crecimiento, él acepta con agrado su trabajo en el taller de Nazaret.

La Iglesia imita a José cuando suscita en los fieles los sentimientos de asombro y gratitud ante el misterio de la Eucaristía. “Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística”, decía el Santo Padre Juan Pablo II en su Encíclica (n. 5). En el pan y vino consagrados se hace presente el Señor mismo. Él en persona. Vivo. Resucitado. Dios y hombre. Nuestro mejor amigo. Nuestro Salvador.

Estamos invitados como San José a creer y a adorar. A reconocer y bendecir, a confesar y a postrarnos. Asombrados, estremecidos. Agradecidos y gozosos. Que las fiesteas de este año nos ayuden a crear actitudes de adoración, de agradecimiento, de estima hacia Cristo presente en la Eucaristía.

Hora santa de marzo

El sol brilla, enorme, candente, encandilante, en medio de desierto. El aire sofoca. Arena y polvo vuelan enloquecidas en el viento. Los labios se agrietan sobre las bocas resecas. Falta agua, el hambre aprieta.
La caravana avanza lentamente. Los hombres arrastrando sus armas; las mujeres apenas sosteniendo sus bultos y enseres; y los niños ya sin fuerzas ni siquiera para llorar.

Y, al frente, el caudillo alucinado, empecinado en la marcha. “ ¡Allá, allá! ” Apunta al horizonte lejano. “ Allá esta la tierra prometida; la tierra que mana leche y que mana miel ”. Los hombres aguzan los ojos; entrecierran los párpados las mujeres y se empinan en los pies. Pero, ni siquiera el engaño del espejismo: el horizonte es polvo, viento, hirviente sol.
Y hambre, y sed.

Sí: los han sacado de Egipto. Eran esclavos; y el hombre enviado por Dios los ha liberado. Pero ¿para qué quieren la libertad en este desierto hostil? ¿Quién se acuerda ahora de los latigazos de los capataces, de las cabezas gachas, de la amargura de la servidumbre?

¡Ah! Cuándo aprieta el tormento de la sed ¡qué bellas y frescas aparecen en el recuerdo las aguas del Nilo! Y, en medio del hambre, ¡qué banquete parecen las ollas de carne que allá comían! Y, cuando la arena se mete en los ojos y en la boca y en los oídos ¡ah! ¡el recuerdo de las sólidas paredes de las casas allá dejadas! ¡Qué importa la esclavitud cuando hay agua, comida, techo y pueden las madres cantar el arrorró a su niños y, a la tarde, los jóvenes danzar y cantar a la luz de las fogatas! ¿Por qué se nos habrá ocurrido prestar oídos a este loco y a su libertad y a su tierra prometida?

Los hombres murmuran, protestan sordamente las mujeres, y el clamor llega a Moisés: “ Ojalá –cuenta la Biblia- el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Nos has traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud ”

Se eleva la queja al cielo.
Y también ora Moisés:”¿ Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué, señor, no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mi la carga de todo este pueblo?”
Y Dios escucha. Y responde: “ Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo ”.
Y el maná cae como copos de nieve refrescante para alimentar a su pueblo. Y las fuerzas vuelven, y el desierto ya no parece tan desierto, y los cuerpos agobiados ya pueden erguirse nuevamente, y mirar al horizonte –y hasta parece que ya, a lo lejos, pero no tan lejos, se ve algo- y, restaurados, siguen la marcha hacia la tierra prometida.

También Jesús un día llamó a nuestras puertas. Nos sacudió, nos despertó. Estábamos en Egipto, entorpecidos por el mundo que nos rodeaba, esclavos del ambiente, esclavos de nuestra pereza, de nuestros gustos, de nuestra mediocridad, de nuestros sentidos. Bajábamos la cabeza ante los capataces del mundo, de la moda, del qué dirán. Humillábamos nuestra inteligencia ante la opinión de los otros, de los diarios, de las revistas, del cine, de la televisión. Comíamos de las ollas de carne de la pavada cotidiana, de la charla tonta, de la fiesta, del bailecito, del chisme de familia, de oficina y entre vecinos. Se nos hacía agua en la boca ante las pirámides de las riquezas, de los autos último modelo, de la técnica, de los negocios y de las vidrieras de los supermercados. Bebíamos en las tranquilas aguas del Nilo nuestra pachorra burguesa –o nuestra rebeldía adocenada- buscando el placer y la comodidad. Que los látigos de los capataces siglo XX ya no duelen, sino que hipnotizan y acarician, engañan y adormecen. Quizá sí, un día, hirientes, silbarán, pero ya será tarde para escapar.

Sí, así estábamos. Hasta que un día tú, Señor, Moisés, Jesús, nos llamaste y despertaste. Nos hiciste sentir la bajeza de nuestra condición esclava y nos mostraste el sublime camino de la libertad. Tu evangelio nos habló de otros senderos; nos excitó a la lucha y al combate; nos señaló el horizonte estupendo de tu compañía en la eternidad.

Y, entonces, abandonamos Egipto -¿te acuerdas?-. Aquella vez que, harto de mis pecados, me volví a Ti y tu me sonreíste. O esotra, a lo mejor, cuando, después de ser cristiano durante tanto tiempo, me di cuenta finalmente lo que ser cristiano quería en serio decir. O, quizá, esa vez que, cansado de tanta nauseabunda chatura y mediocridad, me sacudiste con tu mirada de jefe. O esa otra en que, después de tanto tiempo, me confesé. O aquel retiro cuando me alisté en tus filas. O, simplemente, cuando de niño crucé el mar rojo del las aguas del bautismo y esa semilla creció siempre en medio de mi familia buena. Sí: me llamaste y tomé tu bandera y te seguí al desierto. Hacia la prometida tierra.

Pero ¿para qué lo vamos a negar Señor? Al principio corríamos entusiasmados. Todo parecía fácil. ¡Qué alegría ardía en nuestro pecho! ¡Descubrir la belleza del darse a los hermanos, del ser dueño de si mismo, del ser amigos tuyos, del vivir con la frente bien alta!
Pero, el camino es largo. No es la huida presurosa de un día. Es la marcha fatigosa y lenta de los años. Y tus desiertos, Señor, a veces, se transforman en calvarios. Y, perdóname Señor, si te lo digo ¡qué lindo aparece Egipto a nuestro lado! Y ¡qué lejos, qué nublado e inasible, se nos aparece tu cielo prometido! ¡Qué tentación las ollas de carne egipcia!
Sí, cristianos. Dios, Jesús, Moisés, no nos ha llamado a un fácil camino. Sed y hambre habrá. Y espina y clavos. Las oscuras noches de la oración no respondida; del precepto exigente; de los fracasos; de las caídas; del llamado de Egipto; de las penas; de la salud herida; de las ingratitudes y abandonos.
Y tendremos hambre y tendremos sed. Y solo habrá, para nosotros, hiel y vinagre.
Pero, Jesús ya lo sabe. Y Jesús no te deja solo. Y Jesús calma tu hambre. Y Jesús hace llover sobre tu alma hambrienta el pan de los ángeles.

“Yo soy el pan de vida” –dijo-.
“El que viene a mi jamás tendrá hambre;
“El que cree en mi jamás tendrá sed.”
“Yo soy el pan de vida”.
“Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para el que lo coma no muera.”
“Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.”
Cuando se haga penoso tu camino; cuando te tiente Egipto; cuando quieras reponer tus fuerzas y seguir el combate; cuanto te abrume el estar solo entre tantos egipcios porteños que se burlan; cuanto te apriete la angustia, el dolor, o la soledad y se empañe tu esperanza de eternidad; ¡soldado, ven al sagrario, Jesús te da su pan!
Canto: “Cuerpo y sangre de Jesús”.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén

Oremos en silencio cinco minutos.


Señor Jesús, Pan aquí presente en la multiplicación milagrosa de los sagrarios; Dios todopoderoso, caudillo nuestro que te nos das en este maná. Preso en el copón. Preso esta noche, mañana morirás en el calvario.
No prometemos acompañarte –al menos no te lo prometemos en alta voz, para que no nos oigan: Pedro gritó su promesa delante de los demás y después te negó tres veces-. Queremos hacerte, en cambio, una promesa más modesta, silenciosa y tímida. Una promesa condicional, humilde; porque nos conocemos y nos sabemos débiles:
Si Tu nos lo pides; si nos das las fueras; si es necesario; si nos acompañas; ¡que se haga en nuestra vida tu voluntad!; aún –y “si es posible apártese de mi este cáliz”- aún si nos quieres llevar a la Cruz.
Pero, entonces, no nos niegues nunca de este Pan. Que encontremos aquí el gozo y aliento de tu compañía; que, en tu sagrada mesa, repongamos nuestras fuerzas y encontremos ayuda para nuestra debilidad. Amén.

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Canto: “Alabado sea el Santísimo…”

C. Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.
P. Sea por siempre bendito y alabado.

19 de febrero de 2010

Andá a la Eucaristía

Si tuviera que elegir de entre todos los consejos posibles un solo consejo para darle a una persona, si tuviera ocasión de decirle una sola cosa a alguien, o acaso una última recomendación o mensaje final, sin dudarlo, le diría simplemente esto: “andá a la Eucaristía”.En la Eucaristía está todo. Porque es el TODO hecho Presencia. Si supiéramos de verdad Quién vive en el Sagrario y lo supiéramos con íntima y absoluta convicción, no dudaríamos en pasar el mayor tiempo posible en la capilla, junto al Sagrario.Andá a la Eucaristía porque es el Señor. Es el mismo Señor que está a la derecha del Padre en la Gloria y que trae esa Gloria a nuestras capillas, a nuestras casas de oración. Ninguno de nosotros puede llegar al Cielo, pero el Cielo sí puede llegar a nosotros. Y eso es la Eucaristía, la puerta del Cielo en esta tierra, la puerta de la Gloria; la puerta del amor del Padre; la puerta del Espíritu Santo. Todo eso es la Eucaristía. Porque la Eucaristía es Cristo.Hay tanta gloria, tanta luz, tanto poder en la Eucaristía que nuestra conciencia no lo puede ver. Es como cuando recién nos despertamos y encendemos de golpe una fuerte luz o abrimos las ventanas: tanta luz nos enceguece y no vemos nada, incluso menos que en la oscuridad a la que ya estábamos acostumbrados. Lo mismo sucede con el alma que empieza a adorar la Eucaristía. No puede ver al instante tanta gloria que tiene frente a sí, y su corazón no se derrite de gozo, y su mente se distrae, y su cuerpo se incomoda… Es porque no puede ver de golpe tanta luz, el que vive en la oscuridad de esta vida, donde las cosas mas importantes no se ven. Pero de a poco, si somos fieles al “deseo de Eucaristía” que Dios pone en nuestras almas, vamos viendo con más claridad, y nos vamos dando cuenta de verdad lo que creíamos y deseábamos, y de repente un día surge como un grito interior: “¡Es verdad! ¡Es el Señor! ¡Ha resucitado!” Y entonces va creciendo el deseo de estar con Él en el Sagrario, va creciendo el gozo interior (que no siempre es a nivel del sentimiento aunque muchas veces sí), y hasta el cuerpo se serena y muchas veces nos lleva él solo hasta la capilla aunque sea unos instantes nomás.Si tuviera que darte un consejo, uno solo, sin dudarlo te diría: andá a la Eucaristía. Porque como es Cristo, el Señor, y está vivo de verdad, y te ama con un amor que ni podemos imaginar, Él mismo se encarga de hacerte saber todo lo que necesitas, Él mismo se encarga allí de quitarte las cosas que te sobrecargan, de limpiar lo que no te deja estar en paz, de sembrarte sueños y deseos, de volver llamarte a la vida.Quien va a la Eucaristía aprende de a poco a escuchar la voz del Señor que llama a la vida, y vida en abundancia. Si supiéramos todos los bienes que salen de la Eucaristía no dejaríamos de visitarla ni un solo día de nuestras vidas.Por eso: te aconsejo que tengas la buena costumbre de visitar a Jesús en el Sagrario, todos los días. No importa que sea sólo un ratito, aunque sea muy poco tiempo, no importa; pero sí hacelo todos los días, y vas a ver como el mismo Señor se va encargando de llevarte cada día, de ir poniéndote el deseo de seguirlo y de estar a solas con Él…Nunca me cansaría de hablar de la Eucaristía, porque es Jesús. Porque es fuente increíble e infinita de bienes y bendiciones. Porque ni te imaginás el bien que le hace tu adoración a tu alma, a tu familia, a tu novio/a, a tus amigos, y a todo el mundo. Cada vez que te arrodillas frente a Jesús Eucaristía viene del cielo una bendición divina para el mundo. Y cuanto más adoración, más bendición; y cuanto más adoradores, más bendición…Por eso es que insisto y aún a riesgo de ser repetitivo quiero decírtelo una vez más:Si tuviera que darte sólo un consejo, el más importante de todos, diría sin dudarlo: andá a la Eucaristía. ¿Qué esperas...?

Que nuestro anhelo sea SER EUCARISTIA


- SS Benedicto XVI - Corpus Christi 2009-

(...) Me dirijo particularmente a ustedes, queridos sacerdotes, que Cristo ha elegido para que junto con él puedan vivir su vida como sacrificio de alabanza por la salvación del mundo. Sólo de la unión con Jesús pueden obtener aquella fecundidad espiritual que es generadora de esperanza en su ministerio pastoral. Recuerda San León Magno que ‘nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que no sea volvernos aquello que recibimos’ (Sermón 12, De Passione 3,7,PL 54). Si ello es verdad para cada cristiano, lo es con mayor razón para nosotros los sacerdotes. ¡Ser Eucaristía! Que éste sea, precisamente, nuestro constante anhelo y compromiso, para que al ofrecimiento del cuerpo y de la sangre del Señor que hacemos en el altar, se acompañe el sacrificio de nuestra existencia. Cada día, tomamos del Cuerpo y de Sangre del Señor aquel amor libre y puro que nos hace dignos ministros de Cristo y testigos de su alegría. Es lo que los fieles esperan del sacerdote: el ejemplo, es decir, de una auténtica devoción a la Eucaristía; aman verlo transcurrir largas pausas de silencio y de adoración ante Jesús, como hacía el santo Cura de Ars, que vamos a recordar, de forma particular, durante el ya inminente Año Sacerdotal. San Juan María Vianney amaba decir a sus parroquianos: «Venid a la comunión... Es verdad que no sois dignos de ella, pero la necesitáis» (Bernad Nodet, Le curé d’Ars. Sa pensée – Son coeur, ed. Xavier Mappus, París 1995, p. 119). Con la conciencia de ser indignos por causa de los pecados, pero necesitados de nutrirnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ¡No hay que dar por descontada nuestra fe! Hoy existe el riesgo de una secularización que se introduce también en el interior de la Iglesia, que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones a las que les falta aquella participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia. Siempre es fuerte la tentación de reducir la oración a momentos superficiales y apresurados, dejándose dominar por las actividades y por las preocupaciones terrenales. Cuando, dentro de poco, recitemos el Padrenuestro, la oración por excelencia, diremos: «Danos hoy nuestro pan de cada día», pensando naturalmente en el pan de cada día. Sin embargo, este ruego contiene algo más profundo. El término griego epioúsios, que traducimos como ‘diario’, podría aludir también al pan ‘supra-sustancial’, al pan ‘del mundo que vendrá’. Algunos Padres de la Iglesia han visto aquí una referencia a la Eucaristía, el pan de la vida eterna que nos es dado en la Santa Misa, para que desde ahora el mundo futuro comience en nosotros. Con la Eucaristía, pues, el cielo viene sobre la tierra, el mañana de Dios desciende al presente y el tiempo es como abrazado por la eternidad divina (...) ¡Quédate con nosotros Jesús, dónate a nosotros y danos el pan que nos alimenta para la vida eterna! Libera a este mundo del veneno del mal, de la violencia y del odio que contamina las conciencias, purifícalo con la potencia de tu amor misericordioso. Y tú, María, que has sido mujer ‘eucarística’ durante toda tu vida, ayúdanos a caminar unidos hacia la meta celestial, alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pan de vida eterna y remedio de la inmortalidad divina ¡Amén!

La adoración eucarística, fuente de vida para la Iglesia

Audiencia a los miembros de la Congregación para el Culto Divino

Señores cardenales,

venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio

queridos hermanos

Con gran alegría y con siempre vivo reconocimiento os recibo, con ocasión de la Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y al Disciplina de los Sacramentos. En esta importante ocasión me es grato, en primer lugar, dirigir mi saludo cordial al prefecto, el señor cardenal Antonio Cañizares Llovera, a quien agradezco las palabras con que ha ilustrado los trabajos llevados a cabo en estos días y que ha dado expresión a los sentimientos de cuantos están hoy aquí presentes. Extiendo mi saludo afectuoso y mi cordial agradecimiento a todos los miembros y oficiales del dicasterio, empezando por el secretario, monseñor Malcom Ranjith, por el subsecretario, hasta todos los demás que, en las diversas tareas, prestan con competencia y dedicación su servicio para la "reglamentación y promoción de la sagrada liturgia" (Pastor Bonus, n. 62). En la plenaria habéis reflexionado sobre el misterio eucarístico y, en modo particular, sobre el tema de la adoración eucarística. Sé bien que, después de la publicación de la instrucción "Eucharisticum mysterium" del 25 de mayo de 1967 y la promulgación, el 21 de junio de 1973, del documento "De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam", la insistencia sobre el tema de la Eucaristía como fuente inextinguible de santidad ha sido una urgencia de primer orden del dicasterio.

He acogido, por tanto, con agrado la propuesta de que la plenaria se ocupase del tema de la adoración eucarística, con la confianza de que una renovada reflexión colegial sobre esta práctica podría contribuir a poner en claro, en los límites de competencia del dicasterio, los medios litúrgicos y pastorales con los que la Iglesia de nuestro tiempo puede promover la fe en la presencia real del Señor en la Santa Eucaristía y asegurar a la celebración de la Santa Misa toda la dimensión de la adoración. He subrayado este aspecto en la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, en la que recogía los frutos de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo, que tuvo lugar en octubre de 2005. En ella, resaltando la importancia de la relación intrínseca entre celebración de la Eucaristía y adoración (cfr n. 66), citaba la enseñanza de san Agustín: "Nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando" (Enarrationes in Psalmos, 98, 9: CCL 39, 1385). Los Padres sinodales no habían dejado de manifestar preocupación por una cierta confusión generada después del Concilio Vaticano II, sobre la relación entre Misa y adoración del Santísimo Sacramento (cfr Sacramentum caritatis, n. 66). En esto, encontraba eco cuanto mi Predecesor, el papa Juan Pablo II, había ya expresado sobre las desviaciones que han quizás contaminado la renovación litúrgica post-conciliar, revelando "una comprensión demasiado reduccionista del misterio eucarístico" (Ecclesia de Eucharistia, n. 10).

El Concilio Vaticano II ha puesto a la luz el papel singular que el misterio eucarístico tiene en la vida de los fieles (Sacrosanctum Concilium, nn. 48-54, 56). Como el papa Pablo VI reafirmó muchas veces: "la Eucaristía es un altísimo misterio, es más, propiamente, como dice la Sagrada Liturgia, misterio de la fe" (Mysterium fidei, n. 15). La Eucaristía, de hecho, está en el origen mismo de la Iglesia (cfr Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 21) y es la fuente de la gracia, constituyendo una incomparable ocasión tanto para la santificación de la humanidad en Cristo como para la glorificación de Dios. En este sentido, por una parte, todas las actividades de la Iglesia están ordenadas al misterio de la Eucaristía (cfr Sacrosanctum Concilium, n. 10; Lumen gentium, n. 11; Presbyterorum ordinis, n. 5; Sacramentum caritatis, n. 17), y por otra, es en virtud de la Eucaristía que "la Iglesia continuamente vive y crece" (Lumen gentium, n. 26). Nuestro deber es percibir el preciosísimo tesoro de este misterio de fe inefable "tanto en la misma celebración de la Misa como en el culto de las sagradas especies, que se conservan después de la Misa para extender la gracia del Sacrificio" (Istruz. Eucharisticum mysterium, n. 3, g.). La doctrina de la transubstanciación del pan y del vino y de la presencia real son verdades de fe evidentes ya en la propia Sagrada Escritura y confirmadas después por los Padres de la Iglesia. El papa Pablo VI, al respecto, recordaba que "la Iglesia católica no solo ha siempre enseñado, sino también vivido la fe en la presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo en la Eucaristía, adorando siempre con culto latreutico, que compete sólo a Dios, un tan grande Sacramento" (Mysterium fidei, n. 56; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1378).

Es oportuno recordar, al respecto, las diversas acepciones que el vocablo "adoración" tiene en la lengua griega y en la latina. La palabra griega proskýnesis indica el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. La palabra latina ad-oratio, en cambio, denota el contacto físico, el beso, el abrazo, que está implícito en la idea del amor. El aspecto de la sumisión prevé una relación de unión, porque aquel a quien nos sometemos es Amor. De hecho, en la Eucaristía la adoración debe convertirse en unión: unión con el Señor vivo y después con su Cuerpo místico. Como dije a los jóvenes en la Explanada de Marienfeld, en Colonia, durante la Santa Misa con ocasión de la XX Jornada Mundial de la Juventud, el 21 de agosto de 2005: "Dios no está sólo frente a nosotros, como si fuese el Totalmente Otro". Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo" (Enseñanzas, vol. I, 2005, pp. 457 s.). En esta perspectiva recordaba a los jóvenes que en la Eucaristía se vive la "profunda transformación de la violencia en amor, de la muerte en vida; ella arrastra consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y Sangre. Sin embargo, la transformación no debe pararse en este punto, sino que debe comenzar desde aquí plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos han dado para que nosotros mismos seamos transformados a nuestra vez" (ibid., p. 457).

Mi Predecesor, el papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica "Spiritus et Sponsa", con ocasión del 40° aniversario de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, exhortaba a emprender los pasos necesarios para profundizar la experiencia de la renovación. Esto es importante también respeto al tema de la adoración eucarística. Esta profundización será posible sólo a través de un mayor conocimiento del misterio en plena fidelidad a la sagrada Tradición, e incrementando la vida litúrgica dentro de nuestra comunidades (cfr Spiritus et Sponsa, nn. 6-7). Al respecto, aprecio en particular que la Plenaria de haya detenido también en el discurso de la formación de todo el Pueblo de Dios en la fe, con una atención especial a los seminaristas, para favorecer en ellos el crecimiento de un espíritu de auténtica adoración eucarística. Explica, de hecho, santo Tomás: "Que en este sacramento está presente el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo no se puede captar con los sentidos, sino solo con la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios" (Summa theologiae, III, 75, 1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1381).

Estamos viviendo los días de la Santa Cuaresma que constituye no sólo un camino de más intenso de interioridad espiritual, sino también una eficaz preparación para celebrar mejor la santa Pascua. Recordando tres prácticas penitenciales muy queridas a la tradición bíblica y cristiana -la oración, el ayuno, la limosna-, animémonos mutuamente a redescubrir y vivir con renovado fervor el ayuno, no sólo como práctica ascética, sino también como preparación a la Eucaristía y como arma espiritual para luchar contra todo eventual apego desordenado a nosotros mismos. Este periodo intenso de la vida litúrgica nos ayude a alejar todo aquello que distrae el espíritu y a intensificar lo que nutre el alma, abriéndola al amor a Dios y al prójimo. Con estos sentimientos, formulo ya desde ahora a todos vosotros mis augurios para las próximas fiestas pascuales y, mientras os agradezco por el trabajo que habéis realizado en esta sesión plenaria, así como por todo el trabajo de la Congregación, imparto a cada uno con afecto mi Bendición.
Benedicto XVI

La Eucaristía, memoria y presencia real de Cristo al mismo tiempo

Comentario en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Génesis 14, 18-20; I Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

En la segunda lectura de esta solemnidad, San Pablo nos presenta el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía, escrito no más de veinte años después del acontecimiento. Procuremos descubrir algo nuevo del misterio eucarístico, sirviéndonos del concepto de memoria: «Haced esto en memoria mía».

La memoria es una de las facultades más misteriosas y grandiosas del espíritu humano. Todas las cosas vistas, oídas, pensadas y realizadas desde la primera infancia se conservan en este seno inmenso, dispuestas a despertarse y saltar a la luz a un reclamo exterior o de nuestra propia voluntad. Sin memoria dejaríamos de ser nosotros mismos, perderíamos nuestra identidad. Quién se ve golpeado por la amnesia total, vaga perdido por las calles, sin saber cómo se llama ni dónde vive.

El recuerdo, al asomarse a la mente, tiene el poder de catalizar todo nuestro mundo interior y encaminarlo hacia su objeto, especialmente si no se trata de una cosa o un hecho, sino de una persona viva. Cuando una madre se acuerda del hijo que ha dado a luz pocos días atrás y ha dejado en casa, todo en su interior vuela hacia su criatura, un ímpetu de ternura sale de las entrañas maternas y vela tal vez los ojos de llanto.

No sólo el individuo, sino también el grupo humano –familia, clan, tribu, nación- tiene su memoria. La riqueza de un pueblo no se mide tanto por las reservas de oro que conserva en su cámara acorazada, sino por la memoria que conserva en su conciencia colectiva. Precisamente compartir los mismos recuerdos es lo que cementa la unidad del grupo. Para conservar vivos tales recuerdos, se vinculan a un lugar o a una fiesta. Los americanos tienen el Memorial Day (el Día de la Memoria ), jornada en que recuerdan a los caídos de todas las guerras; los indios, el Ghandi memorial , un parque verde en Nueva Delhi que debe recordar a la nación lo que él fue e hizo por ella. También los italianos tenemos nuestros memoriales: las fiestas civiles recuerdan los eventos más importantes de nuestra historia reciente y a nuestros hombres más ilustres se han dedicado calles, plazas, aeropuertos...

Este riquísimo trasfondo humano acerca de la memoria nos debería ayudar a entender mejor qué es la Eucaristía para el pueblo cristiano. Es un memorial porque recuerda el acontecimiento al que ya toda la humanidad debe su existencia, como humanidad redimida: la muerte del Señor. Pero la Eucaristía tiene algo que la distingue de cualquier otro memorial. Es memoria y presencia a la vez, y presencia real, no sólo intencional; hace a la persona realmente presente, aunque esté oculta bajo los signos del pan y del vino. El Memorial Day no puede hacer que los caídos vuelvan a la vida, el Ghandi memorial no puede lograr que Ghandi viva. Esto en cambio lo realiza, según la fe de los cristianos, el memorial eucarístico respecto a Cristo.

Sin embargo, además de todas las cosas bellas que hemos mencionado de la memoria, debemos aludir también a un peligro innato en ella. La memoria se puede transformar fácilmente en estéril y paralizadora nostalgia. Esto sucede cuando la persona se hace prisionera de los propios recuerdos y acaba por vivir en el pasado. El memorial eucarístico no pertenece en verdad a este tipo de recuerdos. Al contrario: nos proyecta hacia delante; después de la consagración, el pueblo aclama: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!» (en otras versiones, «Anunciamos tu muerte, Señor. Proclamamos tu resurrección. En la espera de tu venida». Ndr). Una antífona atribuida a Santo Tomás de Aquino ( O sacrum convivium ) define la Eucaristía como el sagrado convite en el que «se recibe a Cristo, se celebra la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura».
Comentario del padre Cantalamessa