2 de febrero de 2010

Adorad a Mi Hijo

El 15 de marzo de 1984. Como la virgen María dijo:
“Queridos Hijos! También esta noche os estoy especialmente agradecida por haber venido aquí. Adorad sin cesar al Santísimo Sacramento del Altar. Yo estoy siempre presente cuando los fieles están en adoración. En estos momentos se obtienen gracias particulares. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

Adorar significa estar con Jesús, olvidarse del tiempo y estar en compañía de Dios mismo, que ha querido quedarse con Su pueblo; introducirnos y permanecer para siempre en el misterio de Su presencia y esto implica amarlo y dejarse amar por Él.

En esta época, que de tantas maneras se ha vuelto atea, nosotros deberíamos encontrar el tiempo y postrarnos ante nuestro Dios. Esta es, en efecto, la postura mas sublime delante de Su majestuosidad y Su amor. Max Turckhauf, un físico de la era contemporánea, reconoció a través de una confesión pública, haber causado mucho mal al haber participado en la creación de la bomba atómica. Una vez convertido, él afirmo que todos los laboratorios en donde los científicos entran en contacto con el misterio de la vida deberían hospedar una capilla con el Santísimo Sacramento, a fin de invitarlos a adorar la Creador de todas las leyes. Así, con humildad y sencillez de corazón, ellos podrían entrar en contacto mas profundo con las leyes de la vida, de modo que no actuarán egoístamente o por razones de interés sino con amor y adoración. El ritmo de vida expuesto a tantos extirpa al hombre de su propio ambiente y por eso, fácilmente pierde el equilibrio; él pierde igualmente el camino y, con ello, el sentido de la vida, ¡llegando incluso a alinearse! El se aparta de los demás, porque no tiene un núcleo en donde encontrarse con ellos. En estas condiciones se vuelve vacío y, por tanto, violento y destructivo también. La destrucción y la anulación de la vida constituyen de hecho la peor alternativa, completamente opuesta a aquella paz a la que la Santísima Virgen nos invita y para la cual Ella quiere educarnos. Adorando, aumentamos nuestra fe, el amor y la esperanza., asimismo estamos mas dispuestos a una relación humana con los otros. Nuestra paz se nos consolida y se nos abre la posibilidad, de vivir esa experiencia según las palabras de Jesús dirigió a los que estaba fatigados y sobrecargados para que vinieran a Él, porque Él los descansaría y reconfortaría, su vida interior sería renovada y colmada con un nuevo Espíritu (cf. Mt 11, 28; Jn 7, 37).

Con la adoración uno entra en sí mismo. Se trasfiere el propio centro a Dios y así, el hombre se dispone a vivir una vida digna de un cristiano, de Hijo de Dios. El cristiano que vive para Dios y gracias a Dios, permanece en sí mismo. Cuando adoramos, así los dice el mensaje, nosotros creamos también una comunión particular con María, con la Madre de la Eucaristía. “¡Yo estoy siempre presente cuando los fieles están en adoración!”, dice la Santísima Virgen. Ella siempre ha sido la primera, la que gracias a su purísimo corazón materno reconoció, en Su Hijo, al Dios de todos, a Quien ella adoraba ya en Jerusalén. Y esto no significa otra cosa, sino que Ella, con Su corazón y Su alma, penetró profundamente en el misterio de la presencia de Jesús en el mundo y en la misión que le había sido confiada a Él. El Santo Padre Juan Pablo II en la Encíclica sobre la Bienaventurada Virgen María, la cual emitió con el objetivo del año Mariano de 1987/88, proclamó a María “Estrella de la mañana”, madre y modelo para todos los cristianos. Ella, en efecto, no sólo es la madre y aquella que ha enseñado a Jesús, sino particularmente a todos nosotros. Por tanto, es Ella quien mejor puede prepararnos al año 2000 (cf. Encíclica Redemptoris Mater, 1987, Introducción).

María ha repetido tantas veces en Sus mensajes que Ella está con nosotros y lo ha hecho de manera especial en lo que respecta a la adoración. Esta última, en el espíritu de María, debe ocupar su sitio, puesto que se trata de un encuentro particular con la Eucaristía de Cristo.

En el profundo misterio de amor de Dios, cristiano será aquel que sea capaz de sobrevivir a esta época de ateísmo y que esté en armonía con los nuevos tiempos.

“¡Queridos hijos! Deseo que adoreis incesantemente Conmigo a Jesús. Hijos míos, ¡enregáos a Él! Entregadle a Él vuestros sufrimientos, que Él acepta por vosotros y por todo el mundo en Su cuerpo y en Su sangre derramada por vosotros, NO permitáis que estos días sean sn sentido para vosotros, sino aceptad todo aquello que Jesús ha soportado junto a Mí. Yo os bendigo.” (Mensaje dado a través de Jelena Vasilij el 21 de Marzo de 1989.)
(Celebra la misa con el corazón, Fra Slavko Barbaric)

Jesús en la Sagrada Eucaristía

Tú estás aquí, Señor en la Sagrada Eucaristía, a dos pasos de mí, dentro de ese Tabernáculo. Tu cuerpo, tu alma, tu humanidad, tu divinidad, todo tu ser esta ahí presente con sus dos naturalezas. Dios mío, qué cerca estás de mí, Jesús, Salvados mío, Hermano, Esposo y Bien Amado de mi alma. NO estabas más cerca de la Virgen Santísima, durante los nueve meses que te llevó en su vientre, de lo que lo estás de mí cuando te recibo en la comunión. NO estabas mas cerca de la Virgen Santísima y de San José en el Pesebre o en la casa de Nazaret o durante la huída a Egipto y en todos los instantes de aquella vida de familia, de lo que estás ahora de mí, y de lo que lo estuviste tantas otras veces dentro de este sagrario. Santa Magdalena, sentada a tus pies en Betania, no estaba más cerca de ti que yo, ahora, al pie de este altar. Y tú no estabas más cerca de tus Apóstoles , cuando te sentabas en medio de ellos, de lo que lo estás ahora de mí, Dios mío. Cuánta felicidad la mía. Estar a solas contigo en mi celda y conversar contigo en el silencio de la noche, es muy grato, Señor, porque en mi celda estás presente según tu divinidad y también según tu gracia; pero quedarme en ella cuando podría estar delante del Santísimo Sacramento, es obrar como si Santa Magdalena, sabiéndote en Betania, se hubiera quedado a solas en su casa, dedicada a pensar en ti. Besar los lugares que tú santificastes en tu vida mortal, como las piedras de Getsemaní y las del monte Calvario, y el suelo del camino doloroso, y las aguas del mas de Galilea, puede ser acto de piedad, y muy dulce; pero no debe preferirse a tu Tabernáculo, porque sería abandonar a Jesús vivo, dejarlo sólo cuando puedo estar en su presencia, para ir a venerar unas piedras muertas, en las cuales no está; sería dejar su habitación y su divina compañía para ir a besar el suelo de un aposento que alguna vez ocupó, pero que ya no habita. Dejar el tabernáculo para ir a venerar estatuas, es dejar la compañía de Jesús vivo para ir a otro lugar a reverenciar su retrato. ¿Qué tiempo estima mejor empleado aquel que ama, sino el tiempo que pasa junto al objeto de su amor? A menos que la voluntad o el bien del amado no requieran su alejamiento.

Allí donde esté la Sagrada Hostia, allí está Dios vivo, allí está tu Salvador con la misma realidad con que vivió y habló en Galilea y en Judea, con la misma realidad con que está ahora en el Cielo. No pierdas nunca por culpa tuya una sola comunión: una comunión es más que la vida, más que todos los bienes del mundo, más que todo el universo, es Dios mismo, soy Yo, Jesús. ¿Hay algo que pueda preferirse a mi Persona? Por muy poco que me ames, ¿te atreverías a perder voluntariamente la gracia que te ofrezco de entrar así en tu interior? Ámame con toda la amplitud de tu corazón y con toda sencillez.
(Escritos Espirituales de Charles de Foucauld)

1 de febrero de 2010

Pensamiento del Cardenal Claudio Hummes, o.f.m

Pensamiento del Prefecto de la Congregación para el Clero
Extraído de la invitación para vivir el año sacerdotal

Queridos hermanos, seamos fieles a la celebración diaria de la santísima Eucaristía, no sólo para cumplir un compromiso pastoral o una exigencia de la comunidad que nos ha sido encomendada, sino por la absoluta necesidad personal que sentimos, como la respiración, como la luz para nuestra vida, como la única razón adecuada a una existencia presbiteral plena.
El Santo Padre, en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (n. 66) nos vuelve a proponer con fuerza la afirmación de san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla (...), pecaríamos si no la adoráramos» (Enarrationes in Psalmos 98, 9). No podemos vivir, no podemos conocer la verdad sobre nosotros mismos, sin dejarnos contemplar y engendrar por Cristo en la adoración eucarística diaria, y el «Stabat» de María, «Mujer eucarística», bajo la cruz de su Hijo, es el ejemplo más significativo que se nos ha dado de la contemplación y de la adoración del Sacrificio divino.
Como la dimensión misionera es intrínseca a la naturaleza misma de la Iglesia, del mismo modo nuestra misión está ínsita en la identidad sacerdotal, por lo cual la urgencia misionera es una cuestión de conciencia de nosotros mismos. Nuestra identidad sacerdotal está edificada y se renueva día a día en la «conversación» con nuestro Señor. La relación con él, siempre alimentada en la oración continua, tiene como consecuencia inmediata la necesidad de hacer partícipes de ella a quienes nos rodean. En efecto, la santidad que pedimos a diario no se puede concebir según una estéril y abstracta acepción individualista, sino que, necesariamente, es la santidad de Cristo, la cual es contagiosa para todos: «Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser "para todos", hace que este sea nuestro modo de ser» (Benedicto XVI, Spe salvi, 28).

Luis María Grignon de Monfort y la Eucaristía

15 de enero de 2010

Los santos y su devoción a la Eucaristía

2 de enero: San Basilio

San Basilio nos recuerda, además, que para mantener vivo en nosotros el amor a Dios y a los hombres, es necesaria la Eucaristía, alimento adecuado para los bautizados, capaz de robustecer las nuevas energías derivadas del Bautismo (cf. De Baptismo 1, 3: SC 357, 192). Es motivo de inmensa alegría poder participar en la Eucaristía (Moralia 21, 3: PG 31, 741a), instituida "para conservar incesantemente el recuerdo de Aquel que murió y resucitó por nosotros" (Moralia 80, 22: PG 31, 869b).
La Eucaristía, don inmenso de Dios, protege en cada uno de nosotros el recuerdo del sello bautismal y permite vivir en plenitud y con fidelidad la gracia del Bautismo. Por eso, el santo obispo recomienda la Comunión frecuente, incluso diaria: "Comulgar también cada día recibiendo el santo cuerpo y la sangre de Cristo es algo bueno y útil, dado que él mismo dice claramente: "Quien come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Jn 6, 54). Por tanto, ¿quién dudará de que comulgar continuamente la vida es vivir en plenitud?" (Ep. 93: PG 32, 484b). En otras palabras, la Eucaristía nos es necesaria para acoger en nosotros la verdadera vida, la vida eterna (cf. Moralia 21, 1: PG 31, 737c).
La Eucaristía es la plenitud del Bautismo, ya que sólo ella permite vivirlo con fidelidad y continuamente lo actualiza como potencia de gracia.

2 de enero: San Gregorio Nacianceno

El sacerdote “es el defensor de la verdad,... hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es (hombre) divinizado y diviniza”.
3 de enero: Santa Francisca Cabrini
Santa Frances Xavier Cabrini nació en Italia pero fue la primera ciudadana americana que alcanzó la santidad. Fundó una orden misionera en honor del Sagrado Corazón de Jesús para el cuidado de los pobres en los hospitales y las escuelas. Ella, y su pequeña orden de Hermanas, llegaron a la ciudad de New York en 1889, sin tener siquiera un lugar donde parar. La Madre Cabrini, y sus Hermanas, hacían diariamente varias Horas Santas de Adoración ante el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, a pesar de su exigente horario de trabajo. Ella decía “Oren siempre junto con Jesús, recuerden siempre que un alma unida a Jesús puede hacerlo todo...”

4 de enero: Beata Ángela de Foligno

Ella comprendió que el amor que Cristo crucificado se perpetúa en la Santa Misa. Era pues devotísima a la Eucaristía. Tuvo muchas visiones en el momento de la consagración, o durante la adoración de la sagrada Hostia.
Siete consideraciones dedica a la ponderación de los beneficios que en este sacramento se encierran. El cristiano debe acercarse con frecuencia a este sacramento, seguro de que, si medita en el grande amor que en él se contiene, sentirá inmediatamente transformada su alma en ese mismo divino amor. Exhorta a que nos hagamos, como preparación, las siguientes consideraciones: ¿A quién se acerca? ¿Quién es el que se acerca? ¿En qué condiciones y por qué motivos se acerca?
"Si tan solo pausáramos por un momento para considerar con atención lo que ocurre en este Sacramento, estoy seguro que pensar en el amor de Cristo por nosotros transformaría la frialdad de nuestros corazones en un fuego de amor y gratitud."

5 de enero: San Simeón

No comía sino una vez por semana. La mayor parte del día y la noche la pasaba rezando. Unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente. Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba cada día la Sagrada Comunión. Asegura Teodoreto que casi era su único alimento la divina Eucaristía.

7 de enero: San Raimundo de Peñafort

Ni sus viajes, ni los trabajos de las misiones, ni los molestos achaques le estorbaban celebrar cada día el santo sacrificio de la Misa. La celebraba con tanta devoción y ter¬nura, que comúnmente se decía que no había convertido á menos pecadores su modestia en el altar, que su fervor en el púlpito.

10 de enero: Beata María Dolores Rodríguez Sopeña

Dialoga con Jesús a lo largo de toda la jornada, pero reconoce una presencia especial en la forma consagrada. Entre sus prácticas habituales sobresalen: las visitas al Santísimo, la Hora Santa, el Manifiesto diario. Llama al Jueves Santo el día del Instituto, porque ese día es la fiesta del Amor y en él se instituyó la Eucaristía. Ante el sagrario toma las grandes decisiones; ante él cada mañana al levantarse «arregla los asuntos del día», recibe consuelo, fortaleza, inspiración.

11 de enero: Santo Tomás de Cori

Tomás pasaba largas horas ante el Santísimo sin ni siquiera imaginar nadie que por 40 años vivió una gran sequedad es espiritual sufriendo la ausencia de todo consuelo en la oración y en la vida espiritual. Nadie lo vio nunca triste.
La oración animó toda su vida. El aspecto más evidente de su vida espiritual fue sin duda la centralidad de la Eucaristía, testimoniada en la celebración eucarística, intensa y participada, y en la oración silenciosa de adoración en las largas noches de retiro, después del oficio divino celebrado a medianoche. Su vida de oración estuvo marcada por una aridez persistente de espíritu. La ausencia total de una consolación sensible en la oración y en su vida de unión con Dios se prolongaría durante más de cuarenta años, y a pesar de ello nunca perdió la serenidad... encontrándole siempre sereno y radical en la vivencia del primado de Dios. Verdaderamente su oración se configuró como "memoria Dei" realizando concretamente la unidad de vida no obstante las múltiples actividades.

13 de enero: San Hilario, Obispo de Potiers

"El Sacramento del sagrado alimento, de la bebida celestial" (S. Matt. IX, 3) "es también el sacramento que entrega la carne y la sangre de Cristo" (La Trinidad, VIII, I5) "y el sacramento de la divina comunión" (Ps. 68, I7). "¡Han puesto las manos sobre Cristo!" grita a propósito de una profanación de la Sagrada Eucaristía por los herejes (Contra Constancio II). Y enseña ex profeso: "La verdad de la carne y de la sangre de Cristo no permite duda alguna. Por la declaración del Señor mismo, y en virtud de nuestra Fe, es verdaderamente la sangre de Cristo. Y cuando nosotros las recibimos, el efecto producido es que estamos en Cristo, y Cristo está en nosotros" (La Trinidad, VIII, 15-I7). Y luego, "la virtud de ese santo Cuerpo es vivificar a los que lo comen, preparándolos así para la unión con Dios]" (Ps. 64, I4. Ps. I27, I0). Además, la Eucaristía es el sacramento de la unidad entre cristianos: "Si verdaderamente el Verbo se hizo carne, y si nosotros recibimos verdaderamente la carne del Verbo en alimento. . . no venimos a ser sino uno solo entre nosotros, así como no venimos a ser sino uno solo con El y con Dios, puesto que el Padre está en Cristo y Cristo está en nosotros" (La Trinidad, VIII, I3-I5).

15 de enero: San Arnoldo Janssen

En 1896, el P. Arnoldo eligió a algunas de las Hermanas para formar una rama de clausura, las «Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua». Su servicio a la misión sería la de rezar día y noche por la Iglesia y especialmente por las otras dos congregaciones misioneras, manteniendo un servicio ininterrumpido de adoración al Santísimo Sacramento.

24 de enero: San Francisco de Sales

“Entre las prácticas de la religión, la Eucaristía es lo que el Sol entre los astros”.

28 de enero: Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia

"¡Prodigio admirable! Comer al Señor el pobre, siervo y humilde".
“La Eucaristía produce una transformación progresiva en el cristiano. Es el Sol de las familias y de las Comunidades”.

31 de enero: San Juan Bosco

"El objetivo principal es promover veneración al Santísimo Sacramento y devoción a María Auxilio de los Cristianos. Este título parece agradarle mucho a la augusta Reina del Cielo".

Ecclesia de Eucaristía

Introducción

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.

Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles: « Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones » (2, 42).La « fracción del pan » evoca la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y « su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra » (Lc 22, 44).La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención: « Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros [...] penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna » (Hb 9, 11-12).

El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una « capacidad » verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: « Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros ». El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.

La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz ». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: « Entonces se les abrieron los ojos.

Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.


Misterio de Fe

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues « todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos... ».

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y « se realiza la obra de nuestra redención ». Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don. Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega « hasta el extremo » (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.

27 de diciembre de 2009

Encarnación y Eucaristía

"¿Quien no puede sentir en su interior la dulzura del Niño de Belén, que se me ha dado y se me da cada día en la Sagrada Eucaristía?", dijo el P. Alba en diciembre del 2001. Y en octubre de 1972 decía que "la Sagrada Eucaristía es la base central de nuestra religión".
Por poco que se investigue, inmediatamente se ve que hay muy profundas verdades que, desde los Padres de la Iglesia, iluminan la fe del creyente en cuanto a las relaciones entre los misterios de la Encarnación y la Eucaristía.
Alrededor del pesebre, nos encontraremos los misterios de la fe múltiplemente ligados. En los belenes o pesebres tenemos distintos tipos de dioramas que representan la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento, el Anuncio a los Pastores, la Adoración de los Reyes, la Huida a Egipto, la Matanza de los Santos Inocentes. Todo alrededor de la Encarnación y el martirio, el sacrificio testimonial, y el banquete pascual.
El año pasado hablábamos del Amen de María. Amén, diremos al comulgar, "con profunda analogía" con el fiat de María.
De la Presentación pasamos a la Pasión por la profecía de Simeón: "una espada te atravesará el alma", y, claro está, de la Pasión al Sacrificio Eucarístico. La Virgen de la Luz es también La Dolorosa. En la Eucaristía hemos de reparar la suprema injusticia del Calvario.
Ante la Eucaristía se han postrado reyes santos como Fernando III de Castilla. Se arrodilló para recibir el Viático.
Los pañales serán señal para los pastores junto con el pesebre. El Sumo Sacerdote se reviste de pañales, como dice San Bernardo. Hemos de reconocer al sacerdote aunque no lleve casulla. El sacerdocio imprime carácter. Que no nos pase como a los fariseos, que no le reconocieron.
Lo dicho aquí lo debo al P. Horacio: "María puso al Niño en un pesebre, ya como para ser comido". El pesebre será señal para los pastores, junto con los pañales.
Por una de esas providencias que alcanzan miles de años del hilo de la historia, Belén significa "casa de pan".
Con la Eucaristía comemos al que se alimenta con la Voluntad del Padre. "Yo tengo un alimento que no conocéis, cumplir la voluntad de mi Padre" Los padres engendran y alimentan. El hijo come para hacerse como los padres. El hambre es el apetito para crecer hasta ser lo que los padres son. El amor a Dios correspondido es querer cumplir la vocación que viene de Dios.

El Cordero de Dios
Es de destacar lo que significan los corderos para el pueblo de Israel. Al pesebre acuden pastores de corderos para ver el Cordero ante el que se postran reyes.
Todo honor y gloria se da al Padre por Él, con Él y en Él. Jesucristo es Sacerdote, Víctima y Altar.
Por la entrañas insondables de la misericordia de Dios, podemos acercarnos a la Santa Misa, donde el sacerdote pone a Jesús en el altar igual que María lo puso en un pesebre, como hijos pródigos y el Padre lo celebra con un banquete, en el que nos entrega el Cordero Degollado por nuestros pecados.

La Parusía
Como el círculo del año litúrgico que gira alrededor de las dos venidas de Cristo, así también, después de la venida sacramental decimos "ven Señor Jesús".

Oración a San José
Pidamos al Glorioso Patriarca San José que nos haga partícipes de su alegría en la cueva de Belén, donde Jesús estaba, pero no se le veía y se le empezó a ver, cada vez que en altar asistamos a la consagración, cuando Jesús no está y empieza a estar, aunque no se le vea. Así preparará nuestros corazones para el momento de la comunión, como preparó la Cueva de Belén hace ya 2000 años, para que podamos pronunciar nuestro "amen" al comulgar, con analogía, a imagen y semejanza, del "fiat" de María cuando "el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros".


Manuel Ma Domenech I