15 de enero de 2010

Los santos y su devoción a la Eucaristía

2 de enero: San Basilio

San Basilio nos recuerda, además, que para mantener vivo en nosotros el amor a Dios y a los hombres, es necesaria la Eucaristía, alimento adecuado para los bautizados, capaz de robustecer las nuevas energías derivadas del Bautismo (cf. De Baptismo 1, 3: SC 357, 192). Es motivo de inmensa alegría poder participar en la Eucaristía (Moralia 21, 3: PG 31, 741a), instituida "para conservar incesantemente el recuerdo de Aquel que murió y resucitó por nosotros" (Moralia 80, 22: PG 31, 869b).
La Eucaristía, don inmenso de Dios, protege en cada uno de nosotros el recuerdo del sello bautismal y permite vivir en plenitud y con fidelidad la gracia del Bautismo. Por eso, el santo obispo recomienda la Comunión frecuente, incluso diaria: "Comulgar también cada día recibiendo el santo cuerpo y la sangre de Cristo es algo bueno y útil, dado que él mismo dice claramente: "Quien come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Jn 6, 54). Por tanto, ¿quién dudará de que comulgar continuamente la vida es vivir en plenitud?" (Ep. 93: PG 32, 484b). En otras palabras, la Eucaristía nos es necesaria para acoger en nosotros la verdadera vida, la vida eterna (cf. Moralia 21, 1: PG 31, 737c).
La Eucaristía es la plenitud del Bautismo, ya que sólo ella permite vivirlo con fidelidad y continuamente lo actualiza como potencia de gracia.

2 de enero: San Gregorio Nacianceno

El sacerdote “es el defensor de la verdad,... hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es (hombre) divinizado y diviniza”.
3 de enero: Santa Francisca Cabrini
Santa Frances Xavier Cabrini nació en Italia pero fue la primera ciudadana americana que alcanzó la santidad. Fundó una orden misionera en honor del Sagrado Corazón de Jesús para el cuidado de los pobres en los hospitales y las escuelas. Ella, y su pequeña orden de Hermanas, llegaron a la ciudad de New York en 1889, sin tener siquiera un lugar donde parar. La Madre Cabrini, y sus Hermanas, hacían diariamente varias Horas Santas de Adoración ante el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, a pesar de su exigente horario de trabajo. Ella decía “Oren siempre junto con Jesús, recuerden siempre que un alma unida a Jesús puede hacerlo todo...”

4 de enero: Beata Ángela de Foligno

Ella comprendió que el amor que Cristo crucificado se perpetúa en la Santa Misa. Era pues devotísima a la Eucaristía. Tuvo muchas visiones en el momento de la consagración, o durante la adoración de la sagrada Hostia.
Siete consideraciones dedica a la ponderación de los beneficios que en este sacramento se encierran. El cristiano debe acercarse con frecuencia a este sacramento, seguro de que, si medita en el grande amor que en él se contiene, sentirá inmediatamente transformada su alma en ese mismo divino amor. Exhorta a que nos hagamos, como preparación, las siguientes consideraciones: ¿A quién se acerca? ¿Quién es el que se acerca? ¿En qué condiciones y por qué motivos se acerca?
"Si tan solo pausáramos por un momento para considerar con atención lo que ocurre en este Sacramento, estoy seguro que pensar en el amor de Cristo por nosotros transformaría la frialdad de nuestros corazones en un fuego de amor y gratitud."

5 de enero: San Simeón

No comía sino una vez por semana. La mayor parte del día y la noche la pasaba rezando. Unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente. Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba cada día la Sagrada Comunión. Asegura Teodoreto que casi era su único alimento la divina Eucaristía.

7 de enero: San Raimundo de Peñafort

Ni sus viajes, ni los trabajos de las misiones, ni los molestos achaques le estorbaban celebrar cada día el santo sacrificio de la Misa. La celebraba con tanta devoción y ter¬nura, que comúnmente se decía que no había convertido á menos pecadores su modestia en el altar, que su fervor en el púlpito.

10 de enero: Beata María Dolores Rodríguez Sopeña

Dialoga con Jesús a lo largo de toda la jornada, pero reconoce una presencia especial en la forma consagrada. Entre sus prácticas habituales sobresalen: las visitas al Santísimo, la Hora Santa, el Manifiesto diario. Llama al Jueves Santo el día del Instituto, porque ese día es la fiesta del Amor y en él se instituyó la Eucaristía. Ante el sagrario toma las grandes decisiones; ante él cada mañana al levantarse «arregla los asuntos del día», recibe consuelo, fortaleza, inspiración.

11 de enero: Santo Tomás de Cori

Tomás pasaba largas horas ante el Santísimo sin ni siquiera imaginar nadie que por 40 años vivió una gran sequedad es espiritual sufriendo la ausencia de todo consuelo en la oración y en la vida espiritual. Nadie lo vio nunca triste.
La oración animó toda su vida. El aspecto más evidente de su vida espiritual fue sin duda la centralidad de la Eucaristía, testimoniada en la celebración eucarística, intensa y participada, y en la oración silenciosa de adoración en las largas noches de retiro, después del oficio divino celebrado a medianoche. Su vida de oración estuvo marcada por una aridez persistente de espíritu. La ausencia total de una consolación sensible en la oración y en su vida de unión con Dios se prolongaría durante más de cuarenta años, y a pesar de ello nunca perdió la serenidad... encontrándole siempre sereno y radical en la vivencia del primado de Dios. Verdaderamente su oración se configuró como "memoria Dei" realizando concretamente la unidad de vida no obstante las múltiples actividades.

13 de enero: San Hilario, Obispo de Potiers

"El Sacramento del sagrado alimento, de la bebida celestial" (S. Matt. IX, 3) "es también el sacramento que entrega la carne y la sangre de Cristo" (La Trinidad, VIII, I5) "y el sacramento de la divina comunión" (Ps. 68, I7). "¡Han puesto las manos sobre Cristo!" grita a propósito de una profanación de la Sagrada Eucaristía por los herejes (Contra Constancio II). Y enseña ex profeso: "La verdad de la carne y de la sangre de Cristo no permite duda alguna. Por la declaración del Señor mismo, y en virtud de nuestra Fe, es verdaderamente la sangre de Cristo. Y cuando nosotros las recibimos, el efecto producido es que estamos en Cristo, y Cristo está en nosotros" (La Trinidad, VIII, 15-I7). Y luego, "la virtud de ese santo Cuerpo es vivificar a los que lo comen, preparándolos así para la unión con Dios]" (Ps. 64, I4. Ps. I27, I0). Además, la Eucaristía es el sacramento de la unidad entre cristianos: "Si verdaderamente el Verbo se hizo carne, y si nosotros recibimos verdaderamente la carne del Verbo en alimento. . . no venimos a ser sino uno solo entre nosotros, así como no venimos a ser sino uno solo con El y con Dios, puesto que el Padre está en Cristo y Cristo está en nosotros" (La Trinidad, VIII, I3-I5).

15 de enero: San Arnoldo Janssen

En 1896, el P. Arnoldo eligió a algunas de las Hermanas para formar una rama de clausura, las «Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua». Su servicio a la misión sería la de rezar día y noche por la Iglesia y especialmente por las otras dos congregaciones misioneras, manteniendo un servicio ininterrumpido de adoración al Santísimo Sacramento.

24 de enero: San Francisco de Sales

“Entre las prácticas de la religión, la Eucaristía es lo que el Sol entre los astros”.

28 de enero: Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia

"¡Prodigio admirable! Comer al Señor el pobre, siervo y humilde".
“La Eucaristía produce una transformación progresiva en el cristiano. Es el Sol de las familias y de las Comunidades”.

31 de enero: San Juan Bosco

"El objetivo principal es promover veneración al Santísimo Sacramento y devoción a María Auxilio de los Cristianos. Este título parece agradarle mucho a la augusta Reina del Cielo".

Ecclesia de Eucaristía

Introducción

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.

Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles: « Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones » (2, 42).La « fracción del pan » evoca la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y « su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra » (Lc 22, 44).La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención: « Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros [...] penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna » (Hb 9, 11-12).

El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una « capacidad » verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: « Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros ». El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.

La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz ». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: « Entonces se les abrieron los ojos.

Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.


Misterio de Fe

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues « todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos... ».

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y « se realiza la obra de nuestra redención ». Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don. Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega « hasta el extremo » (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.

27 de diciembre de 2009

Encarnación y Eucaristía

"¿Quien no puede sentir en su interior la dulzura del Niño de Belén, que se me ha dado y se me da cada día en la Sagrada Eucaristía?", dijo el P. Alba en diciembre del 2001. Y en octubre de 1972 decía que "la Sagrada Eucaristía es la base central de nuestra religión".
Por poco que se investigue, inmediatamente se ve que hay muy profundas verdades que, desde los Padres de la Iglesia, iluminan la fe del creyente en cuanto a las relaciones entre los misterios de la Encarnación y la Eucaristía.
Alrededor del pesebre, nos encontraremos los misterios de la fe múltiplemente ligados. En los belenes o pesebres tenemos distintos tipos de dioramas que representan la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento, el Anuncio a los Pastores, la Adoración de los Reyes, la Huida a Egipto, la Matanza de los Santos Inocentes. Todo alrededor de la Encarnación y el martirio, el sacrificio testimonial, y el banquete pascual.
El año pasado hablábamos del Amen de María. Amén, diremos al comulgar, "con profunda analogía" con el fiat de María.
De la Presentación pasamos a la Pasión por la profecía de Simeón: "una espada te atravesará el alma", y, claro está, de la Pasión al Sacrificio Eucarístico. La Virgen de la Luz es también La Dolorosa. En la Eucaristía hemos de reparar la suprema injusticia del Calvario.
Ante la Eucaristía se han postrado reyes santos como Fernando III de Castilla. Se arrodilló para recibir el Viático.
Los pañales serán señal para los pastores junto con el pesebre. El Sumo Sacerdote se reviste de pañales, como dice San Bernardo. Hemos de reconocer al sacerdote aunque no lleve casulla. El sacerdocio imprime carácter. Que no nos pase como a los fariseos, que no le reconocieron.
Lo dicho aquí lo debo al P. Horacio: "María puso al Niño en un pesebre, ya como para ser comido". El pesebre será señal para los pastores, junto con los pañales.
Por una de esas providencias que alcanzan miles de años del hilo de la historia, Belén significa "casa de pan".
Con la Eucaristía comemos al que se alimenta con la Voluntad del Padre. "Yo tengo un alimento que no conocéis, cumplir la voluntad de mi Padre" Los padres engendran y alimentan. El hijo come para hacerse como los padres. El hambre es el apetito para crecer hasta ser lo que los padres son. El amor a Dios correspondido es querer cumplir la vocación que viene de Dios.

El Cordero de Dios
Es de destacar lo que significan los corderos para el pueblo de Israel. Al pesebre acuden pastores de corderos para ver el Cordero ante el que se postran reyes.
Todo honor y gloria se da al Padre por Él, con Él y en Él. Jesucristo es Sacerdote, Víctima y Altar.
Por la entrañas insondables de la misericordia de Dios, podemos acercarnos a la Santa Misa, donde el sacerdote pone a Jesús en el altar igual que María lo puso en un pesebre, como hijos pródigos y el Padre lo celebra con un banquete, en el que nos entrega el Cordero Degollado por nuestros pecados.

La Parusía
Como el círculo del año litúrgico que gira alrededor de las dos venidas de Cristo, así también, después de la venida sacramental decimos "ven Señor Jesús".

Oración a San José
Pidamos al Glorioso Patriarca San José que nos haga partícipes de su alegría en la cueva de Belén, donde Jesús estaba, pero no se le veía y se le empezó a ver, cada vez que en altar asistamos a la consagración, cuando Jesús no está y empieza a estar, aunque no se le vea. Así preparará nuestros corazones para el momento de la comunión, como preparó la Cueva de Belén hace ya 2000 años, para que podamos pronunciar nuestro "amen" al comulgar, con analogía, a imagen y semejanza, del "fiat" de María cuando "el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros".


Manuel Ma Domenech I

24 de diciembre de 2009

Escucha, mira, piensa, pregunta


«Después tuvieron que venir al altar. Comenzaron a venir; los ángeles contemplaban; les vieron venir a ustedes, y aquella condición humana, que yacía envilecida bajo el tenebroso yugo del pecado, de súbito la vieron refulgir. Y entonces dijeron: ¿Quién es esta que sube desde el desierto con vestiduras blancas? (Ct 8, 5). Se admiran, pues, también los ángeles. ¿Quieres saber de qué? Escucha: el apóstol Pedro dice que nos han sido concedidas aquellas cosas que también los ángeles desean ver (1 P 1, 12). Y por otra parte sabes que: Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1 Co 2, 9).
Entiende, pues, lo que has recibido. El santo profeta David vio simbólicamente esta gracia y la deseó. ¿Quieres saber cuánto la deseó? Oye sus palabras: Rocíame con el hisopo y quedaré limpio; tú me lavarás y quedaré más blanco que la nieve (Sal 50, 9). ¿Por qué? Porque la nieve, aunque sea blanca, puede que alguna vez se ensucie y corrompa; mientras que, por el contrario, esta gracia que has recibido, si conservas lo que se te ha dado, será duradera y perpetua.
Venías, pues, deseoso a recibir esta gracia tan grande que habías visto; venías deseoso al altar del que recibirías el sacramento. Dice tu alma: Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud (Sal 42, 4). Depusiste la vejez de los pecados; asumiste la juventud de la gracia. Esto te otorgaron los sacramentos celestiales. Oye, pues, de nuevo a David, que dice: Se renovará como el águila tu Juventud (Sal 102, 5). Empezaste a ser como una buena águila, que tiende al cielo y desprecia las cosas terrenas. Las buenas águilas están junto al altar, porque: donde está el cuerpo, allí las águilas. El altar representa el cuerpo, y en él está el Cuerpo de Cristo. Ustedes son las águilas, renovadas por la ablución del pecado.
Te acercaste al altar; contemplaste los sacramentos puestos sobre el altar, y te admiraste de ver aquella creatura; aunque es una creatura conocida y habitual.
Alguien podría decir: Dios dio a los judíos tanta gracia, y para ellos derramó maná del cielo (Ex 16, 13-15). ¿Qué más dio a sus fieles? ¿Qué más dio a aquellos a los que prometió más?
Escucha lo que digo. Los misterios cristianos son anteriores a los misterios judíos, y los sacramentos cristianos son más divinos que los sacramentos judíos. ¿Cómo? Ahora verás. ¿Cuándo comenzaron a existir los judíos? A partir de Judá, bisnieto de Abraham; o, si prefieres, a partir de la promulgación de la Ley, o lo que es lo mismo, cuando los israelitas recibieron el derecho divino. Luego los de Abraham, en tiempos de Moisés el santo. Fue entonces cuando Dios hizo llover maná del cielo sobre los judíos que murmuraban. Sin embargo, la figura de estos sacramentos te fue manifestada ya antes, en tiempos de Abraham, cuando este recogió sus trescientos dieciocho esclavos y se puso en marcha, persiguió a sus adversarios y salvó a su descendencia de la cautividad. Cuando volvía victorioso, le salió al encuentro el sacerdote Melquisedec y ofreció pan y vino (cfr. Gn 14, 14 15). ¿Quién tenía pan y vino? Abraham no los tenía. ¿Quién los tenía, pues? Melquisedec. Luego era él el autor de los sacramentos. ¿Quién es Melquisedec, que significa rey de la justicia, rey de la paz? (Hb 7, 2). ¿Quién es este rey de la justicia? ¿Acaso cualquier hombre puede ser rey de la justicia? Luego, ¿quién puede ser rey de justicia sino la Justicia de Dios? ¿Quién es la paz de Dios, la sabiduría de Dios? (cfr. 1 Co 1 30). Aquel que pudo decir: Mi paz les dejo, mi paz les doy (Jn 14, 27).
Así pues, date cuenta, en primer lugar, que estos sacramentos que recibes son anteriores a todos los sacramentos que los judíos dicen tener, pues el pueblo cristiano empezó antes que el judío, si bien nosotros en la predestinación, ellos en el nombre.
Ofreció, pues, Melquisedec pan y vino. ¿Quién es Melquisedec? Dice el apóstol en la Epístola a los Hebreos: Sin padre, sin madre, sin genealogía, ni tienen principio sus días ni fin su vida, semejante al Hijo de Dios (Hb 7, 3). Sin padre, afirma, y sin madre. El Hijo de Dios nació por la generación celestial sin intervención de madre, porque nació solo de Dios Padre. E igualmente nació sin intervención de padre cuando nació de la Virgen, pues no fue engendrado por obra de varón, sino que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María y salió de un seno virginal. Semejante en todo al Hijo de Dios, Melquisedec era también sacerdote, porque a Cristo sacerdote se le dice: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec (Sal 109, 4; Hb 7, 17).
Luego, ¿quién es el autor de los sacramentos, sino el Señor Jesús? Estos sacramentos vinieron del cielo, pues toda deliberación del cielo proviene. Verdaderamente, grande y divino milagro es que Dios haga llover maná del cielo sobre el pueblo; y el pueblo no trabajaba y comía.
Tú dices empero: “es mi pan corriente”. Pero este pan es pan antes de las palabras sacramentales; y cuando se consagra, del pan se hace la carne de Cristo. Veamos, pues, esto. ¿Cómo puede lo que es pan ser el Cuerpo de Cristo? ¿Por qué palabras se hace la consagración y quién las dijo? El Señor Jesús. En efecto, todo lo que se dice antes, lo dice el sacerdote: se alaba a Dios; se le dirige la oración; se le pide por el pueblo, por los reyes, por todos los demás; mas cuando llega el momento del sacramento venerable, el sacerdote ya no utiliza sus palabras, sino las palabras de Cristo. Son por tanto, las palabras de Cristo las que confeccionan el sacramento.
¿Qué es la palabra de Cristo? Ciertamente aquello por lo que todo fue hecho. Mandó el Señor y se hizo el cielo; mandó el Señor y se hizo la tierra; mandó el Señor y se hicieron los mares; mandó el Señor y se hicieron todas las criaturas. Ves, pues, qué eficaz es la palabra de Cristo. Si pues en la palabra del Señor Jesús hay tanta virtud que lo que no era empezó a ser, ¡cuánto más eficaz será para que las cosas sigan siendo lo que ya eran y se conmuten en otra cosa! El cielo no existía, no existía el mar no existía la tierra; pero oye a David que dice: Él mismo lo dijo y fueron hechas; Él mismo lo mandó y fueron creadas (Sal 32, 9; 148, 5).
Por tanto -he aquí mi respuesta- antes de la consagración no estaba el Cuerpo de Cristo, pero después de la consagración sí que está, repito, el Cuerpo de Cristo. Él mismo lo mandó y fue creado. Tú mismo antes existías, pero eras la vieja criatura; después de que fuiste consagrado, empezaste a ser una nueva criatura. Pues como dice el apóstol: Todo es en Cristo una nueva criatura (2 Co 5, 15).
Observa, pues, cómo la palabra de Cristo suele cambiar todas las cosas, y cómo puede trastocar cuando quiere las leyes de la naturaleza. ¿De qué modo?, me preguntas. Escucha, y primero de todo tomaremos ejemplo de su generación. Está dispuesto normalmente que no se engendre el hombre sino de varón y de mujer y por el acto conyugal. Pero, porque el Señor lo quiso, porque eligió este misterio, del Espíritu Santo y de una virgen nació Cristo, es decir, el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (1 Tm 2, 5). Ves, pues, que contra la ley y el orden natural un hombre nació de una virgen.
Veamos ahora otro ejemplo. El pueblo judío era acosado por los egipcios y el mar les cortaba el paso. Por divino imperio, la vara de Moisés tocó las aguas y las aguas se dividieron, no ciertamente según la costumbre de su naturaleza, sino según la gracia del mandato celestial (cfr. Ex 14, 21). Aún otro ejemplo más. El pueblo estaba sediento, y vino a la fuente. La fuente era amarga. Echó el santo Moisés el leño en el agua de la fuente, y se volvió dulce la fuente que era amarga (cfr. Ex 15, 23 25); esto es, cambió su naturaleza y tomó la dulzura de la gracia. Todavía un cuarto ejemplo: Se cayó al agua el hierro del hacha, y como tal hierro se hundió. Echó Eliseo el leño, y al punto el hierro salió a la superficie y flotó sobre el agua (cfr. 2 R 6, 5 6), ciertamente contra su costumbre natural, pues es materia más pesada que el agua.
¿No deduces, pues, de esto qué eficaz es la palabra del cielo? Si obró en la fuente terrena, si la palabra del cielo actuó en las otras cosas, ¿no lo hará en los sacramentos celestiales? Luego has aprendido que el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y que el vino y el agua que están en el cáliz se convierten en su Sangre por la consagración celestial.
Pero dirás: “No veo las apariencias de la sangre.” Pero hay una semejanza. Así como recibiste la semejanza de la muerte, así y disfrutar, sin embargo, del precio pagado por la redención. Has aprendido, pues, que lo que tomas es el Cuerpo de Cristo.
Antes de las palabras de Cristo, el cáliz está lleno de vino y agua; cuando las palabras de Cristo han actuado, se convierte en la Sangre que redimió al pueblo. Ves, por tanto, de cuántos modos es poderosa la palabra de Cristo que convierte todas las cosas. Por consiguiente, el mismo Señor Jesús nos da testimonio de que recibimos su Cuerpo y Sangre. ¿Acaso podemos dudar de su afirmación y de su testimonio?
Volvamos ahora a lo que había dicho antes. Ciertamente es grandioso y venerable que llueva sobre los judíos maná del cielo. Pero mira. ¿Qué es más: el maná del cielo o el Cuerpo de Cristo? El Cuerpo de Cristo, por supuesto, que es Creador del cielo. Luego el que comió maná murió; pero al que come este Cuerpo le serán perdonados sus pecados y no morir jamás (Jn 6, 49.59).
Luego no en vano dices: AMÉN, cuando confiesas que recibes el Cuerpo de Cristo. Pues cuando tú te acercas a la comunión, te dice el sacerdote: EL CUERPO DE CRISTO y tú respondes: AMÉN, como diciendo “así es en verdad”. Lo que confiesas con la lengua manténlo con el afecto. Para que sepas: este es el sacramento, cuya figura ya vino antes.
¿Qué dice, por tanto, el Apóstol, cada vez que comulgamos? Cada vez que recibimos el Cuerpo de Cristo anunciamos la muerte del Señor (cfr. 1 Co 11, 26). Y si anunciamos la muerte, anunciamos también la remisión de los pecados. Si cada vez que se derrama la sangre es para la remisión de los pecados, debo entonces recibirla siempre, para que siempre me sean perdonados mis pecados. Porque soy siempre pecador y necesito siempre de la medicina.
Que el Señor Nuestro Dios os conserve la gracia que os dio y se digne iluminar con más luz los ojos que os abrió por mediación de su Hijo Unigénito, Rey y Salvador, Señor Dios Nuestro, por quien y con quien recibe la alabanza, el honor, la gloria, la magnificencia y el poder, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén».

SAN AMBROSIO DE MILÁN

"Cristo todo entero"


Queridos hermanos y hermanas
hoy conoceremos a otro monje benedictino del siglo doce. Su nombre es Ruperto de Deutz, una ciudad cercana a Colonia, sede de un famoso monasterio. Ruperto mismo habla de su propia vida en una de sus obras más importantes, titulada La gloria y el honor del Hijo del hombre, que es un comentario parcial al Evangelio de Mateo. Aún niño, fue acogido como “oblato” en el monasterio benedictino de San Lorenzo en Lieja, según la costumbre de la época de confiar a uno de los hijos a la educación de los monjes, pretendiendo hacer un don a Dios. Ruperto amó siempre la vida monástica. Aprendió bien pronto la lengua latina para estudiar la Biblia y para gozar de las celebraciones litúrgicas. Se distinguió por su integrísima rectitud moral y por el fuerte apego a la Sede de san Pedro.
Escritor fecundo, Ruperto ha dejado numerosísimas obras, aún hoy de gran interés, también porque participó en varias importantes discusiones teológicas de su tiempo. Por ejemplo, intervino con determinación en la controversia eucarística, que en 1077 había llevado a la condena de Berengario de Tours. Este había dado una interpretación reduccionista de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, definiendola como sólo simbólica. En el lenguaje de la Iglesia no había entrado aún el término “transustanciación”, pero Ruperto, utilizando a veces expresiones audaces, se hizo decidido defensor del realismo eucarístico y, sobre todo en una obra titulada De divinis officiis (Los oficios divinos), afirmó con decisión la continuidad entre el Cuerpo del Verbo encarnado de Cristo y el presente en las Especies eucarísticas del pan y del vino. Queridos hermanos y hermanas, me parece que en este punto debemos también pensar en nuestro tiempo; también hoy existe el peligro de redimensionar el realismo eucarístico, es decir, de considerar la Eucaristía casi como solo un rito de comunión, de socialización, olvidando muy fácilmente que en la Eucaristía está presente realmente Cristo resucitado - con su cuerpo resucitado – que se pone en nuestras manos para hacernos salir de nosotros mismos, incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos así a la vida nueva. ¡Ese gran misterio de que el Señor esta presente en toda su realidad en las especies eucarísticas es un misterio que hay que adorar y amar siempre de nuevo! Quisiera citar aquí las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica que traerán en sí el fruto de la meditación de la fe y de la reflexión teológica de dos mil años: “Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente de hecho de modo cierto, real, sustancial: con su Cuerpo y su Sangre, con su Alma y su Divinidad. En ella está por tanto presente de forma sacramental, es decir, bajo las Especies eucarísticas del pan y del vino. Cristo todo entero: Dios y hombre” (CCC, 1374). También Ruperto contribuyó, con sus reflexiones, a esta precisa formulación.
Otra controversia, en la que el abad de Deutz se vio envuelto, tiene que ver con el tema de la conciliación de la bondad y la omnipotencia de Dios con la existencia del mal. Si Dios es omnipotente y bueno, ¿cómo se explica la realidad del mal? Ruperto reaccionó contra la postura asumida por los maestros de la escuela teológica de Laon, que con una serie de razonamientos filosóficos distinguían en la voluntad de Dios el “aprobar” y el “permitir”, concluyendo que Dios permite el mal sin aprobarlo y, por tanto, sin quererlo. Ruperto, en cambio, renuncia al uso de la filosofía, que considera inadecuada frente a un problema tan grande, y permanece sencillamente fiel a la narración bíblica. Parte de la bondad de Dios, de la verdad de que Dios es sumamente bueno y no puede sino querer el bien. Así identifica el origen del mal en el mismo hombre y en el uso equivocado de la libertad humana. Cuando Ruperto afronta este argumento, escribe páginas llenas de inspiración religiosa para alabar la misericordia infinita del Padre, la paciencia y la benevolencia de Dios hacia el hombre pecador.
Como otros teólogos del Medioevo, también Ruperto se preguntaba: ¿por qué el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se hizo hombre? Algunos, muchos, respondían explicando la encarnación del Verbo con la urgencia de reparar el pecado del hombre. Ruperto, en cambio, con una visión cristocéntrica de la historia de la salvación, ensancha la perspectiva, y en una obra suya titulada La glorificación de la Trinidad sostiene la postura de que la Encarnación, acontecimiento central de toda la historia, había sido prevista desde la eternidad, aún independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia reunida en torno a Cristo, el Hijo de Dios. Él ve entonces en la mujer encinta del Apocalipsis toda la historia de la humanidad, que está orientada a Cristo, así como la concepción está orientada al parto, una perspectiva que ha sido desarrollada por otros pensadores y valorada también por la teología contemporánea, la cual afirma que toda la historia del hombre y de la humanidad es concepción orientada al parto de Cristo. Cristo está siempre en el centro de las explicaciones exegéticas proporcionadas por Ruperto en sus comentarios a los Libros de la Biblia, a los que se dedicó con gran diligencia y pasión. Encuentra así una unidad admirable en todos los acontecimientos de la historia de la salvación, desde la creación hasta la consumación final de los tiempos: “Toda la Escritura”, afirma, “es un solo libro, que tiende al mismo fin [el Verbo divino]; que viene de un solo Dios y que ha sido escrito por un solo Espíritu” (De glorificatione Trinitatis et processione Sancti Spiritus I,V, PL 169, 18).
(…) Queridos amigos, de estas rápidas pinceladas nos damos cuenta de que Ruperto fue un teólogo fervoroso, dotado de gran profundidad. Como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y con la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento de Dios. Él mismo habla alguna vez de sus experiencias místicas, como cuando confía la inefable alegría de haber percibido la presencia del Señor: “En ese breve momento – afirma – experimenté qué verdadero es eso que él mismo dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (De gloria et honore Filii hominis. Super Matthaeum 12, PL 168, 1601). También nosotros podemos, cada uno de su propia forma, encontrar al Señor Jesús, que incesantemente acompaña nuestro camino, se hace presente en el pan eucarístico y en su Palabra para nuestra salvación.

22 de diciembre de 2009

Adoración


No. No hemos tenido que pedir audiencia, ni cita, ni horario. No esperas fatigosas; ni pomposos secretarios; ni pasillos; ni antesalas; ni protocolo. No: no vestidos de etiqueta; ni preparar discursos; ni timidez; ni no saber como tratarle. Hemos simplemente venido; sin avisarle; quizá ni siquiera preparados; con el traje o vestido que usamos en el día; sin nerviosismos; con confianza -quizá con un poquito de demasiada y cachazuda confianza- y nos hemos sentado; o nos hemos arrodillado, sí, pero, a lo mejor –no: probablemente- sin renovar el asombro, el pasmo, la admiración, el temor y, a la vez, la ternura del agradecimiento. Porque, aquí, frente a nosotros –no el Papa, no la presidente, no un obispo, ni cualquier otro personajón de los deste mundo- porque, aquí, frente a nosotros, está Dios.
Dios: apenas cuatro letras para nombrarle. Un hombre, Jesús, donde amarlo. Un pequeño pedazo de pan para mirarlo y comerlo.
¿Qué más puede hacer para acercarse a nosotros? ¿Qué otra cosa podríamos exigirle?
Todos recordamos el terror respetuoso que sentían los antiguos frente a Él. Los judíos con el rostro en tierra; el monte Sinaí tronando tempestades entre humos y rayos; el rostro temible del Señor que no puede ser mirado. Su imponente obra creadora; su ser macizo e infinito; su perfección alucinante; su grandeza; su poder, su inteligencia. Solo pensarlo nos abruma. Dios: inmenso. Yo: una pulga. ¡Qué será verlo! ¡el tenerle enfrente!
Y, sin embargo, aquí está ahora, ante mí, y no estoy temblando. Ni estoy asustado, a sus pies, postrado en el piso. Ni me aniquila mi osadía de mirarlo a la cara.
¡Tu tienes la culpa, Señor! ¿A quién se le ocurre? ¡un Dios tan grande, hacerse un crío en los brazos de María! ¿A quién se le ocurre quedarse entre nosotros disfrazado de harina?
Si nos tomamos demasiado confianza; si pasamos delante de ti y quizá ni siquiera nos arrodillamos como corresponde; y si, frente a tu casa, por vergüenza u olvido o descuido, no nos signamos; si sabemos que esta aquí en los sagrarios y no te visitamos; si tantas veces solo y no te acompañamos; ¡es culpa tuya, Señor! ¿A quién se le ocurre, un pedazo de pan? ¡Nunca una espera, una antesala; recibiéndonos cuando se nos antoja, sin darte ni siquiera un cachito de importancia! ¿Cómo vas a hacerte respetar?
Y pan. ¡Humilde, pobre, blanco, pan!
Y eso que intentamos arreglarte un poco y te rodeamos de luces y de velas, de oro y de manteles, de sacerdotes estirados y de incienso. Pero, la cosa no tiene remedio porque ahí, en el centro del copón dorado, siempre lo mismo, la humildad del pan.
Señor, yo no entiendo mucho; pero, de ser Vos, me hubiera encarnado en tempestad, en viento, en rayo, en fuego; y no al alcance de las bocas, de la manos: ¡en alto pedestal; mentón erguido; soberano gesto!
Pero no: humilde pan, endeble miga, tenue espiga. ¿Cómo quieres que predique tu grandeza si te me haces niño, si te me haces trigo?
Nosotros necesitamos otras cosas: fanfarrias, tambores, vestidos largos, smoking, uniformes, plataformas, Rolex. Así nos hacemos respetar. Y que nos consideren, y que nos sonrían, y que nos aplaudan, y que nos digan ‘doctor', ‘señor', ‘Don', ‘ingeniero', ‘Excelencia', ‘Reverendo Padre'.
Claro, ya no como antes, porque hoy somos todos muy democráticos; pero ¡cómo nos gusta remarcar sutilmente las diferencias! Como aquel noble que, cuenta Manzoni, era tan humilde que preparaba una mesa para los pobres en su palacio y él mismo los servía. Pero jamás se le hubiese ocurrido sentarse y comer junto con ellos.
¡Enhiestos orgullos disfrazados de humildad! Como el cura aquel que, en la ceremonia del lavado de los pies, se enojó con uno de los doce pobres, porque, antes de la ceremonia, no se los había fregado con jabón.
Tu, Señor, en cambio, los sucios pies de Pedro, los pies de Juan, los de Tomás, Andrés, Santiago. Los pies de Judas. Mis propios sucios pies. Mis sucios pies del alma embarrados en tantos senderos equivocados; en los basurales del pecado; en la transpiración del pereza, la incuria, la mediocridad. De las canilla de tus manos y de tus pies, de la fuente de tu costado, sacas las sangre y el agua con que me lavas. ¡Pobre y despreciado Dios crucificado!
Sí: cómo pensarlo entonces ‘Dios' como nos enseña el catecismo y la filosofía: ‘Ser Supremo', ‘infinitud perfecta', ‘océano insondable e ilimitado de toda grandeza', ‘de todo poder', ‘de toda gloria', ‘de toda opulencia', ‘de toda belleza'… si insiste en lavarnos los pies. Si, en lugar de trono y de corona, cuelga ensangrentado de los ganchos de una cruz. Si, en vez de rayo y trueno, calla ensimismado en pan.
Como canta el poeta (1) español Félix José Reinoso :
“Y que, Señor, bajo ese opaco velo
la majestad se esconde,
el poder y esplendor que en luz ardiente
enciende y llena el anchuroso cielo?
¿Do el trono soberano?
¿Do está el alcázar? ¿Dónde
la corte que entre nube reverente
asiste a la deidad, de cuya mano
pende la tierra, a cuya vista airada
la mar huye espantada?
Tu bajas ¡oh! de tu esplendor desnudo,
a esta humilde morada
para habitar en el mortal mezquino,
para estrecharle en amoroso nudo.
¿Oh, Señor! ¿Qué es el hombre?
Prole infiel engendrada
en miseria y pecado, ¡Amor divino,
inmenso como Dios! ¿Así tu nombre,
tu omnipotencia y gloria y tu grandeza
se humilla a mi bajeza?
No ya, como en Horeb, de en medio al fuego
un acento imperioso:
‘Aparta', te dirá, ‘del lugar santo';
ni otra vez el mortal, entre humo ciego,
en trueno pavoroso
oirá la voz divina con espanto.
De sí pródigo Dios, al hombre, unido,
fue su víctima ya; y ora ¡oh portento!
ser quiere su alimento.
¿Cuál ¡oh! será la afortunada gente
a quien el rostro amable
su Dios así le muestre generoso?
Entonad, ¡oh mortales!, dulcemente
canto no interrumpido:
la piedad adorable
load, load del Dios que en delicioso
manjar se os da, ¡oh amor!, ¡Oh!, convertido
yo en ti viviere, el alma desmayada,
en dulzura anegada…
Oración:
Dios todopoderoso y eterno;, segunda Sagrada Persona de la Santa Trinidad; Verbo de Dios por quien todas las cosas fueron hechas y se sostienen en la existencia;, Tu que, para que no nos abrumemos, pequeñas creaturas, ante tu augusta presencia, permaneces entre nosotros velado en pan, haznos percibir siempre tu grandeza humillada por nosotros. Que nunca nos acostumbremos a tu convivencia. Que nuestro asombro y agradecimiento se renueve cada vez que nos acercamos así tan fácilmente a Ti Que tus audiencias en el sagrario, no por accesibles se nos transformen en vulgares. Que siempre estemos frente a ti confiados, pero nunca confianzudos. Que el amor increíble que así nos demuestras y el amor que queremos tenerte coexistan siempre con el respeto y reverencia que, como criaturas e hijos, Te debemos. Y, ante este sacramento donde abdicas toda pompa para bajarte a nosotros, haznos aprender la humildad.
Tu, que eres Dios y vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Oremos cinco minutos en silencio.

10 de diciembre de 2009

Sí, el amor existe

La Eucaristía, explica Benedicto XVI, es el misterio del amor que todo lo transforma, y que por tanto, transforma una realidad tan simple como el pan para convertirse en presencia de Dios en la historia.

El Corpus Christi, dijo, hablando desde la ventana de su estudio, "es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor".

"De manera única y peculiar --añadió--, esta fiesta nos habla del amor divino, de lo que es y de lo que hace --añadió--. Nos dice, por ejemplo, que regenera al entregarse a uno mismo, que se recibe al dar".

Según el Papa, "el amor todo lo transforma y, por tanto, se comprende que en el centro de esta fiesta del Corpus Christi se encuentra el misterio de la transubstanciación, signo de Jesús-Caridad, que transforma el mundo".

"Al contemplarle y adorarle, decimos: sí, el amor existe, y dado que existe, las cosas pueden cambiar para mejor y nosotros podemos esperar", afirmó.

"La esperanza que procede del amor de Cristo nos da la fuerza para vivir y afrontar las dificultades --aclaró--. Por ello, cantamos, mientras llevamos en procesión al Santísimo Sacramento; cantamos y alabamos a Dios que se ha revelado escondiéndose en el signo del pan partido".

"De este Pan todos tenemos necesidad --subrayó--, pues es largo y cansado el camino hacia la libertad, la justicia y la paz".