10 de diciembre de 2009

Soy yo mismo

Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo.”
(Lc 24, 36-39)

Jesús, nuestro Señor, no quiso permanecer acá en la tierra sólo por medio de su gracia, de su verdad y de su palabra, sino que también quiso quedarse en persona. Así, nosotros poseemos al mismo Jesús aunque bajo otra forma de vida. Ahora viste el traje sacramental, es verdad, pero no por eso deja de ser el mismo Jesús, el mismo hijo de Dios e hijo de María. La Eucaristía nos manifiesta el exceso de amor.

El amor quiere ver, oír, conversar y tocar.

Nada hay que pueda reemplazar a la persona amada, no valen recuerdos, obsequios ni retratos… nada: todo eso no tiene vida. ¡Bien lo sabía Jesús! Nada hubiera podido reemplazar su divina persona: nos hace falta El mismo.

¿Hubiera bastado su palabra? No, ya no vibra, no llegan a nosotros los acentos tan conmovedores de la voz del Salvador.

¿Y su evangelio? Es un testamento. ¿Y los santos sacramentos no nos dan la vida? Sí, pero necesitamos al mismo autor de la vida para nutrirla.

¿Y la cruz? ¡La cruz... sin Jesús entristece el alma! Pero ¿la esperanza...? Sin Jesús es una agonía prolongada.

¿Cómo hubiera podido Jesús, que nos ama tanto, abandonarnos a nuestra triste suerte de tener que luchar y combatir toda la vida sin su presencia? ¡Seríamos en extremo desventurados si Jesús no se encontrara entre nosotros!

En cambio, con la Eucaristía, con Jesús vivo entre nosotros y, con frecuencia bajo el mismo techo, siempre a nuestro lado, tanto de noche como de día, accesible a todos, esperándonos dentro de su casa siempre con la puerta abierta, llamando con predilección a los humildes. Jesús es el padre cariñoso que vive en medie de sus hijos. ¡Qué verdadero y enteramente nuestro es, por lo tanto, Jesús sacramentado!

La Eucaristía es la verdad principal de la fe; es la virtud por excelencia, el acto supremo
f del amor. Él baja hasta nosotros trayéndonos hasta nosotros tesoros infinitos de gracias. En la Eucaristía nos ama con pasión, ciegamente sin pensar en sí mismo, sacrificándose enteramente por nosotros.

Jesús está en la hostia. Creamos en la Eucaristía. Hay que decir "Creo, Señor, pero aumenta mi fe". Obrar así, como el buen ladrón, cuando proclamó la inocencia del crucificado, afirmamos de Jesús lo que es, sin mirar a lo que parece, o, mejor dicho, es creer lo contrario de lo que nos dicen los sentidos. Entre todos los misterios de Jesús, este es el único en el cual los sentidos deben callarse en absoluto. Se da el reinado de la fe. Creamos, creamos en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. ¡Ahí está Jes.is! Postrémonos y adoremos. Esta presencia está lo suficientemente velada para no dañarnos ,con sus resplandores, pero lo suficientemente transparente a los ojos de la fe. La felicidad y el deseo son dos elementos indispensables del amor mientras vivimos en este mundo, por eso el alma con la Eucaristía goza y desea al mismo tiempo. Come y se siente hambrienta todavía.

Además de esto, Jesús mendiga adoradores y El es quien nos ha llamado con su gracia. ¡Nuestro Señor nos deseaba, tenía necesidad de nosotros! Necesita adoradores para ser expuesto, sin que pueda en caso contrario salir de tabernáculo.

Adorar es practicar la caridad rezando per mi prójimo. Adorar es llevar la vida de los santos en el cielo. ¡Qué gracia ser parte de la corte eucarística de Jesús en la tierra, estar frente a él, ser miembro de su guardia divina y vivir en la tierra d la vida celestial!


San Pedro Julián Eymard

Hora santa

Contemplación

Santo, Santo, Santo es Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Jesús, Tú eres Santo y más que Santo. Silenciosamente Te haces presente en un sencillo y pequeño pedazo de pan y estás frente a mí. Concédeme entender con el corazón, que Tú estás vivo ahí y que es por mí. Dame Señor una fe viva que me haga consciente de Tu presencia real en la hostia Consagrada. Oh Jesús, concédeme en este momento la gracia de adorarte con todo mi ser: mi alma, mi espíritu y mi cuerpo.
¡Santos y Ángeles, vengan y adoren conmigo a Jesucristo, el Señor resucitado que está en verdad ante mí! María, Madre del Salvador y madre de todos nosotros, acomáñanos Tú también. Tú me has invitado a adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento y me has asegurado que no estaría solo.
¡Oh María, gracias por Tu presencia! Como Santo Tomás, yo quisiera decir: ¡Señor mío y Dios Mío! No te pido Jesús que extiendas ante mí Tus manos y me muestres tus heridas. Yo creo que aquí estás Tú, verdaderamente vivo y realmente presente en Tu cuerpo, alma y divinidad, con la plenitud de Tu amor. Por eso me postro ante Ti y guardo silencio... (Contempla un momento la grandeza de este misterio) Padrenuestro, Ave María y Gloria... (En caso de una adoración comunitaria, cantar un himno eucarístico o bien, meditar el Salmo 58, 12).
"...y se dirá: Si hay un fruto para el justo; sí, hay un Dios que juzga la tierra".
Tú eres mi Dios
Jesús, Tú eres mi Dios. Eres fuente de santidad, porque eres la santidad misma. Sólo a Ti y a nadie más debo adorar. Por eso es que hago a un lado todas las cosas, personas y planes. Me despojo de cualquier otro pensamiento, para ocuparme tan sólo de adorarte. Quiero que mi mente y mi corazón sean uno Contigo. Con todo mi ser, me entrego enteramente a Ti.
Madre mía, me doy cuenta que soy indigno de adorar a Jesús. Gracias por acompañarme, porque no hay en el mundo persona más digna que Tú de adorar y de amar a Jesús. Y es que Tú eres Su Madre, amorosa y fiel. María, por eso Te entrego mi corazón, para que Tú puedas adorar a Jesús en mí y conmigo. Madre, Te consagro a mi familia, a mis seres queridos, a mis amigos, a mi comunidad, a mi pueblo y a mi Iglesia.
Oh Madre, Te amo intensamente y me ofrezco a Ti. Por medio de Tu amor, Tu bondad y Tu gracia, ¡sálvame! Quiero pertenecerte por entero. Te amo infinitamente y quiero que Tú me protejas. Desde el fondo de mi corazón Te pido, Madre misericordiosa, que me prestes Tu bondad, para que sea yo capaz de amar a mi prójimo como Tú amaste a Jesús. Ayúdame a ser grato a Tus ojos. Me pongo totalmente en Tus manos y Te pido que me acompañes en cada momento de mi vida, Tú que eres la llena de gracia. Amén Jesús me he consagrado a Tu Madre para poder pertenecerte a Ti de forma más perfecta. Concédeme ser Tuyo con María, como ella lo fue. Mira el amor que ella Te tiene y concédeme amarte cada día de mi vida, tal y como María Te amó aquí en la tierra. Aparta de mi corazón toda soberbia, egoísmo y cualquier sentimiento que me impida adorarte profundamente.
(Permanece en silencio)
Padrenuestro, Ave María y Gloria...
(Canto eucarístico o bien, medita el Salmo 104, 1-2; 33-34)
<<¡Alma mía, bendice a Yahveh! ¡Yahveh, Dios mío, que grande eres! vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como un manto, Tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda...>>
A Yahveh mientras viva he de cantar, mientras exista salmodiaré para mi Dios. Yo en Yahveh tengo mi gozo>>



Jesús, Tu me amaste hasta la muerte y más que eso. Naciste por mí, viviste por mí, moriste y resucitaste por mí. Al percatarte de que Tu muerte Te separaría de mí, supliste por amor Tu ausencia, quedándote conmigo y por mí en el Santísimo Sacramento. ¡Bendito seas Jesús en este simple pedacito de pan que es la Hostia Consagrada! ¡Seas por siempre alabado Señor, Tú que eres el único digno de toda gloria y alabanza!
¡Bendigo y glorifico al Padre Celestial que Te envió a dar Tu vida a nosotros y por nosotros! Gloria y alabanza al Espíritu Santo que, por intercesión de María, clama en mí: ¡gloria y alabanza, por siglos de los siglos!
Señor, permíteme adorarte en todas las iglesias del mundo: ¡bendito y alabado seas en cada Hostia Consagrada!
¡Bendito y alabado seas en todas las comuniones en las que me he encontrado Contigo! Yo te glorifico y ensalzo, en reparación de cada uno de esos encuentros, en los cuales Te recibí sin haber estado realmente consciente de que Tú, el Dios vivo y verdadero, habías venido a mí. ¡Bendito seas Jesús, por cada momento que hasta ahora he pasado Contigo y por todos los que viviré en el futuro! ¡Bendito seas por aquellos que Te reciben con fe, porque viven en el amor, inspirados por Ti! Quiero glorificarte y pedirte perdón, por los que se oponen a Ti y Te persiguen. Quiero adorarte Señor y consolar el dolor que Te causan aquellos que Te reciben, sin darse cuenta de Tu presencia amorosa en la Eucaristía. Perdónalos Jesús, porque al término de la Santa Misa salen a la calle y se comportan como si no te hubieran recibido. ¡Oh Señor, bendito y glorificado seas, porque has venido a traer Tu amor y Tu vida en abundancia a los que se acercan a Ti!
(Permanece en silencio y deja que estas palabras resuenen en tu interior)
Padrenuestro, Ave María y Gloria...
(Canto eucarístico o bien, medita el Salmo 145, 1-2; 7-10)
"Yo te ensalzo oh Rey Dios mío, y bendigo tu nombre para siempre jamás; todos los días te bendeciré, por siempre jamás alabaré tu nombre;...
...se hará memoria de tu inmensa bondad, se aclamará tu justicia.
Clemente y compasivo Yahveh, tardo a la cólera y grande en amor; bueno es Yahveh para con todos, y sus ternuras sobre sus obras.Te darán las gracias, Yahveh, todas tus obras Y tus amigos te bendecirán..."


Señor Jesús, permite que cada palabra que pronuncie durante esta oración, sea en unión con Tu Espíritu Santo. No permitas que sean expresiones huecas. Inspírame para poder comprender Tu palabra, con las cuales has querido atraerme completamente a Ti. Tu dijiste que eras alimento para nuestro espíritu, para nuestra vida, para saciar toda hambre, pero primero y antes que nada, para suplir nuestra hambre de amor. Jesús, alimenta mi alma, ahora que Te estoy adorando.
Convencido por Tu palabra, la cual se aplica también a mí, aquí estoy Jesús y Te imploro: ¡dame de comer, dame de beber! Estoy hambriento y sediento. Nada podrá calmar mi hambre y mi sed, nada sino Tú, porque todo es pasajero, todo es imperfecto. ¡Gracias porque Tú eres la respuesta a todas mis necesidades y anhelos!
(Permanece en silencio)
Jesús, aquí estoy de rodillas ante Ti, en nombre de todos aquellos que tienen hambre y sed de verdad, de justicia, de amor y de reconciliación.
Estoy de rodillas ante Ti, en nombre de todos los que están sedientos y andan en busca de bebidas que embriagan y los conducen a la muerte y no a la vida. ¡Oh Pan de Vida Eterna, estoy de rodillas ante ti en nombre de los que están en conflicto y hacen las guerras; de los que odian y se persiguen unos a otros; de los que con celo se acechan mutuamente, a causa del pan terrenal! Jesús, revélate a ellos, Tú que eres el pan celestial de vida eterna.
Haz que Te encuentren y que sientan Tu presencia, de tal manera que no continúen vagando por el mundo, siendo golpeados por el pecado y por el mal. Jesús, Tú que eres el maná del Padre para los viajantes que peregrinamos por el desierto de este mundo, atiende la oración que Te ofrezco por todos aquellos que tienen hambre del pan terrenal; que trabajan y no reciben salario, porque son explotados por los más ricos y poderosos.
Deja Señor que mi corazón se postre ante Ti y se sumerja en Tu presencia. Haz que Tu vida me absorba completamente, de tal manera que me llene de Tu dulzura, para que pueda transmitirla a todos aquellos que Te buscan. ¡Que nunca más amargue yo la vida de nadie! Déjame ser pan de vida Contigo.
(Medita en silencio)
Padrenuestro, Ave María y Gloria...
(Canto eucarístico o bien, medita el salmo 103, 17-22)
<< Mas el amor de Yahveh desde siempre hasta siempre para los que le temen, y su justicia para los hijos de sus hijos, para aquellos que guardan su alianza, y se acuerdan de cumplir sus mandatos. Yahveh en los cielos asentó su trono, y su soberanía en todo señorea. Bendecid a Yahveh, ángeles suyos, héroes potentes, ejecutores de sus órdenes, en cuanto oís la voz de su palabra. Bendecid a Yahveh, todas sus obras, en todos los lugares de su imperio. ¡Bendice a Yahveh, alma mía!

Alabanza

Jesús, Tú eres el plan celestial que da vida al mundo, el misterio incomprendido, el Verbo del Padre para todos nosotros. Me lleno de paz al estar Contigo y pienso ahora en otra de Tus palabras, que Tu Madre me ha exhortado a meditar.
Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero
Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, que comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os visteis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo; no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, como crecen; no se fatigan ni hilaran. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria vistió como uno de ellos. Pues si la hierba del campo que hoy es y mañana se hecha al barro, Dios así viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal." (Mt. 6, 24-34).
(Medita en silencio)
¡Bendito y alabado seas por siempre, Oh Señor mío, porque hablas con estas palabras! Sí, Tú eres mi amo y mi maestro, no tengo otro ni quiero tenerlo. No Te alejes de mí, porque no deseo servir a nadie más que a Ti. Ahora, en presencia Tuya, me desprendo de todas mis preocupaciones, ansiedades, miedos y desconfianzas. Te hago entrega de cuanto me preocupa. Es difícil vivir atado y encadenado, pensativo y ansioso... Y Tú me ofreces que viva, con Tu amor, la libertad de las aves del cielo y la belleza de los lirios del campo...
A causa de mis preocupaciones y planes, no tengo tiempo para mis familiares y amigos, mucho menos para ocuparme de otros. ¿Podría alguna otra persona ofrecerme una promesa mejor que la que Tú me das, cuando me dices que Tú te harás cargo de todo? ¡Oh Dios, Tú quieres que yo sea como niño, desde que anochece hasta que amanece, viviendo alegre y sin preocuparme por nada! Después de meditar Tus palabras, me pregunto si será posible. Y sí, sí lo es, porque Tú Jesús así lo dices y yo sabré entenderlo, cuando Tú lo seas todo y estés por encima de todo para mí.
Oh Jesús, ¿cómo no glorificarte, cómo no adorarte? No puedo sino orar a Ti, día y noche. Si esto es así ayúdame a entenderlo, de tal manera que Tú lo seas todo para mí.
(Permanece en silencio)
Padrenuestro, Ave María y Gloria...
(Canta o medita el Salmo 22)
Yahveh es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierva me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce; y conforta mi alma; me guía por senderos de justicia, en gracia de su nombre. Aunque pase por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan. Tú preparas ante mí una mesa frente a mis adversarios; unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa. Sí, dicha y gracia me acompañarán todos los días de mi vida; mi morada será la casa de Yahveh a lo largo de los días.


Jesús, Tu dijiste que había venido por los enfermos y pecadores. Te doy gracias, porque en Tu Santidad, perdonaste todos los pecados y compartiste Tu pan con los pecadores. Gracias porque no temiste las críticas de aquellos, que a sí mismos se consideraban justos, despreciando a otros por sus pecados e indignidad. Por tanto, ahora Te pido que me perdones y me purifiques de todos mis pecados. Gracias Jesús porque Tu nos has llamado a todos los cristianos a actuar como Tú: a amar incondicionalmente y sin esperar nada a cambio. De rodillas ante Ti, hoy me decido a seguir Tu camino y Te pido que me consideres digno de orar, en Tu nombre, por mi propia purificación y sanación. Aún más, Te doy gracias, porque sé que estás dispuesto a sanar a otros, a través de mi oración. Te pido también Señor, que los invites a reanudar su amistad Contigo. ¡Oh Jesús, quiero ser digno de Ti!
María, Madre de todo consuelo, acompáñame y ora conmigo, para que a partir de este momento, yo sea tan puro como la nieve y sea capaz de obrar en beneficio de aquellos, por quienes deseo interceder Contigo ante Tu Hijo Jesús.
(Ora por todos aquellos que sabes que necesitan ser sanados por Jesús, para reanudar su amistad con Él)
Padrenuestro, Ave María y Gloria..
(Canto eucarístico o Salmo 103, 8-10; 13)
"Clemente y compasivo es Yahveh tardo a la cólera y lleno de amor no se querella eternamente ni para siempre guarda rencor; no nos trata según nuestras culpas. ...Cual la ternura de un padre para sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen".


Jesús, después de permanecido en Tu adoración, mi corazón se ha llenado de gozo. Ahora tengo la certeza de que Tú Te harás cargo de mí y de todas aquellas personas, mis hermanos y hermanas, por quienes he intercedido con María ante Ti. Al concluir esta adoración, prometo ocuparme más de Ti y de Tu palabra. Quiero entregarme - por medio de la oración, de la meditación, de la adoración y del ayuno - a experimentar Tu amor y derramarlo en los demás.
Sé que aún me espera un largo viaje y que mi destino final está lejano. Pero a pesar de ello, Te doy gracias, por la esperanza que has encendido en mi corazón y por el amor que en él ha nacido hacia Ti y al mismo tiempo hacia mis hermanos y hermanas.
Te ruego Jesús, que por medio de la Sagrada Eucaristía hagas morada en mi corazón. Quiero que cada día crezcas dentro de mí. Sana mi alma y mi cuerpo. Manténme a salvo de toda enfermedad física y mental, de todo mal contagioso e incurable.
Al mismo tiempo, Te suplico que cures y consueles a todos mis hermanos y hermanas enfermos y desdichados. ¡Glorifícate a Tí mismo en nosotros Señor! ¡Que Tu rostro brille a través de nosotros sobre toda la humanidad!
María, quédate también Tú conmigo. Tú eres la Madre del Emanuel, la Madre del Dios que decidió permanecer siempre entre nosotros.
Padrenuestro, Ave María y Gloria...


Bendición con el Santísimo Sacramento

Adoremos reverentes A tan grande Sacramento En vez de la antigua alianza Ya es el nuevo testamento; No lo ven nuestros sentidos, Mas la fe lo está diciendo.
Honor, gloria y bendiciones A Dios, Padre sin principio, Y las mismas alabanzas Al hijo de El nacido, Y al Espíritu de ambos, Nuestro Dios único y Trino. Amén.
Oremos: Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de Tu cuerpo y de Tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de Tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Es sólo cuestión de fe

Fiesta de Sto. Tomás, apóstol
3 de julio de 1993
J.M.J.
Querido padre Tomás:

¡Feliz día de tu Santo! Algo muy gracioso me sucedió hace un par de años. Estaba pensando en ello cuando decidí escribirte. Lo que pasó fue que el padre Martín Lucia y yo fuimos juntos a un retiro espiritual. Como yo tenía un resfrío muy fuerte y estaba tosiendo, el padre Martín me sugirió que tomara un trago de coñac para que me ayudara a dormir. No había llevado despertador y estaba preocupado que si tomaba el trago no iba a poder levantarme a las 3:00 a.m. para mi hora Santa con el Señor en el Santísimo Sacramento.



El padre Martín me aseguró que Dios iba a encontrar la forma de despertarme, así tomé el coñac. ¡Pum! A las 3:00 a.m. oí un fuerte golpe seguido de otros en la puerta. Esperando ver al padre Lucia cuando abrí la puerta, me quedé muy sorprendido al mirar hacia abajo y ver a un perro en su lugar. El perro había entrado a la casa, subido la escalera, se había puesto de espalda a la puerta y con la cola la golpeaba hasta que me levanté a abrirla. A la mañana siguiente me enteré que el perro nunca entraba a la casa.



Estoy sentado aquí pensando para mis adentros: Si Dios puede utilizar un perro para llevarme a mi hora Santa, ¿no podría usarme a mí, querido Tomás, para acercarte más al Santísimo Sacramento? Quiero seguir escribiéndote en mi máquina de escribir, con la misma fuerza del perro que golpeaba mi puerta, hasta que por la gracia de Dios empieces a hacer una hora Santa por día y tengas Adoración Perpetua en tu parroquia.



Es solo cuestión de fe, ¡fe en que el Santísimo Sacramento es realmente la persona de Jesús, aquí con nosotros, en este mismo lugar y en este mismo momento! Tu tocayo no creyó que Jesús había resucitado, “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20,25).



Por esta razón se le llama: “Tomás el Incrédulo”. ¿Quién es hoy “Tomás el Incrédulo”? La gente cree en la Resurrección pero, ¿saben dónde mora el Señor resucitado? ¡Hoy, “Tomás el Incrédulo” es aquel que no cree que el Santísimo Sacramento es Jesús, nuestro Salvador Resucitado, con todo el poder de Su Resurrección, que derrama gracias abundantes sobre todos aquellos que se acercan a Su divina presencia!



Muchos dirán que “sí” creen en la Presencia Real. Pero la fe es mucho más que una aprobación intelectual. La creencia es inseparable del comportamiento. Si creemos que Jesús está presente en el Santísimo Sacramento, entonces nos comportamos de acuerdo a nuestra creencia. Vamos a Él, nos acercamos a Él, correos hacia Él. San Pablo dice, “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1).



Si pudieras ver a Jesús en el Santísimo Sacramento, Tomás, ¿no reservarías una hora todos los días para estar con Él? Si pudieras verlo como realmente Él es, ¿no tendrías Adoración Perpetua en tu parroquia? El mundo entero vendría día y noche a verlo y a estar con Él.



Imagínate lo que sucedería si Jesús se hiciera visible en el Santísimo Sacramento. Todo el mundo querría tomar el primer vuelo hacia las Filipinas para ir a tu parroquia. Y, ¿no le diría Jesús a cada uno lo que le dijo al apóstol Tomás: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”? (Jn 20,29).



En el Evangelio de hoy, Jesús se le aparece a Tomás para que crea que ha resucitado. La maravilla más grande de su amor no es que Él se te aparezca; Jesús te espera en el Santísimo Sacramento. Él quiere que vayas a Él por la fe, para que por toda la eternidad te pueda llamar “BIENAVENTURADO”.



Su amor es más que decir: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20,27).



Jesús en el Santísimo Sacramento es el mismo que dijo estas palabras a Tomás, el mismo que atravesó las puertas cerradas y que se presentó en medio de loa apóstoles y les dijo: “La paz esté con vosotros”.



Esta es la paz que Jesús quiere que tengas en tus horas santas. La experiencia de esta paz es mucho mayor que si Jesús te mostrara sus llagas. Sus llagas no se ven en el Santísimo Sacramento. Sus llagas son ahora la belleza del paraíso. Estas llagas brillan más gloriosamente que el sol. Estas llagas son fuente de Gracia.



Jesús quiere darte la plenitud de estas gracias, que vengas a Él por la fe. Por eso es mucho mejor que Él no te muestre Sus llagas visiblemente como al apóstol Tomás, porque Él quiere derramar sobre ti las gracias invisibles de estas llagas con todo el merito, toda la gloria, la belleza y el amor salvífico que emanan de ellas.



Con cada hora Santa que hagas, le estás diciendo a Jesús: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28).
Y cada vez Él te dice: “Dichoso eres, Tomás, porque no has visto y has creído”.
Fraternalmente tuyo enSu Amor Eucarístico,
Mons. Pepe



Tomado del libro, “Cartas a un hermano sacerdote”, escrito por Rev. Vincent Martín Lucia y Rev. Mons. Josefino Ramírez. Este libro es un conjunto de 30 cartas sencillas y cariñosas escritas por monseñor Josefino Ramírez, Vicario General y Canciller de la Arquidiócesis de Manila, Filipinas, al padre Tomás Naval, un joven sacerdote y amigo. En estas cartas le explica la importancia de la Adoración Eucarística y le exhorta a tener Adoración Perpetua en su parroquia.

9 de diciembre de 2009

¿Por qué este blog al mundo?



Ser todo de Dios como Cristo es todo del Padre

Mi alma tiene sed de Dios.
Yo busco tu Rostro, Señor.
Como busca la cierva corrientes de agua. Así te busca mi alma.

Día a día crecen estos deseos en el corazón de los creyentes.

Son muchos los que, sintiéndose llamados a ser todo de Dios como Cristo es todo del Padre por medio de un renovado fervor eucarístico, descubren la necesidad de encontrar un medio en el cual puedan nutrirse y crecer en este caminito de santidad.

Así es que surge el deseo de formar una fraternidad eucarística virtual que brinde el servicio de crear un espacio en Internet donde se pueda alimentar con solidez cada alma y cada fraternidad eucarística que, en distintos lugares y estados de vida, el Espíritu Santo va suscitando.

Un lugar donde brille la Luz de:

. un renovado fervor eucarístico
. la Palabra de Dios
. la presencia de María Inmaculada
. el Magisterio de los Papas.
. el ejemplo de los Santos
. las enseñanzas de Juan Pablo II
. la vida eucarística de la Iglesia
. y los testimonios de muchos.

De esta manera se acrecentará el espíritu de Fraternidad, descubriendo que estamos unidos en la misma Iglesia.

Al mismo tiempo será un servicio que buscará acercar el Manantial que brota de la Eucaristía para todos los hombres.

El hombre de hoy, aún sin saberlo, tiene sed de Dios. Está sediento de Él. Y es la Eucaristía, Fuente de Agua Viva, la que puede saciar esa sed.

Será un modo de repetir la gesta apostólica del apóstol Pablo:

“Pablo, de pie, en medio del Aréopago, dijo: “Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres. En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: “Al dios desconocido”. Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer.”

El mundo de Internet es el nuevo Aréopago. Y es aquí donde esta fraternidad eucarística quiere anunciar a Jesús Eucaristía:
Porque es a Él a quien el hombre busca cuando quiere ser feliz.

Es a Él a quien buscamos, aunque sea a tientas.

Es en Él en quien vivimos, nos movemos y existimos.

Él no está lejos de nosotros.

Seguiremos descubriendo, junto a María y como María, que nuestra alma canta la grandeza del Señor porque ha mirado la humildad de su servidor.

Que Jesús sea adorado y María sea amada.

5 de diciembre de 2009

Santa Teresa de Jesús y la Eucaristía


"¿Pero es que no tenemos en la Eucaristía a Jesús viviente, real y verdaderamente presente ante nosotros? ¿Por qué buscar más?"

Santa Teresa de Jesús

Santo Padre Pío y la Eucaristía

"Cada mañana, antes de unirme a él en el Santísimo Sacramento, siento que mi corazón es atraído por una fuerza superior. Siento tanta sed y hambre antes de recibirlo, que es una, maravilla que yo no muera de ansiedad. Cuando terminó la Misa, me quedo con Jesús para rendirle gracias. Mi sed y mi hambre no disminuyen después de haberle recibido en el Santísimo sacramento, sino mas bien, aumentan constantemente. El corazón de Jesús y mi propio corazón, se fundieron. Ya no eran dos corazones palpitantes, sino solo uno. Mi corazón se perdió como una gota de agua se pierde en el océano."
Padre Pío

En la escuela de María, mujer eucarística

Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía. Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.
A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, « concordes en la oración » (cf. Hch. 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42).
Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María coma modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.
Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: «¡Haced esto en conmemoración mía!», se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así "pan de vida" ».
En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.
Hay, pues, una-analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el-amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.
« Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. -Cuando, en la Visitación, lleva en su seno-e! Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo» --el primer «tabernáculo »-de la historia— donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?
María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para-presentarle al Señor »{Lc 2, 22), -oyó anunciar al anciano Simeón-que aquel-niño sería« señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión.
¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros » (Lc 22,19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.
-« Haced esto -en recuerdo mío »-(Lc 22, 19). En el-« memorial »-del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado acabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a, tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).
Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros—a ejemplo de Juan— a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.
En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magníficat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con » Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».
Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres {cf. Lc 1, 551 anunciando -la que supera a todas ellas, -la encarnación redentora. En el Magníficat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza » de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos » y se « enaltece a los humildes » (cf_ Lc 1, 52). María canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva » que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su 'diseño' programático. Puesto que el Magníficat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!
« Ave, verum corpus natura de Maria Virgine! ». Hace pocos años he celebrado el cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy experimento la gracia de ofrecer a la Iglesia esta Encíclica sobre la Eucaristía, en el Jueves Santo de mi vigésimo quinto año de ministerio petrino. Lo hago con el corazón henchido de gratitud. Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, Mis ojos se han fijado en la hostia y el cáliz en los que; en cierto modo, el tiempo y el espacio se han « concentrado » y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa « contemporaneidad ». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cf. Le 24, 3.35).
Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, osdé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce pro homine! ». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos —« visus, tactus, gustus in te fallitur », se dice en el himno Adoro te devote—, pero nos basta sólo la fe, enraizada en las palabras de 'Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: « Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna » (Jn 6, 68).
En el alba de este tercer milenio todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso. -Como he escrito en la-Carta apostólica Novo -millennio ineunte, no se trata de-« inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste ». La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por la Eucaristía.
Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen. En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?
El Misterio eucarístico —sacrificio, presencia, banquete —no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su -integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada.
La vía que la Iglesia recorre en estos primeros años del tercer milenio es también la de un renovado compromiso ecuménico. Los últimos decenios del segundo milenio, culminados en el Gran Jubileo, nos han llevado en esa dirección, llamando a todos los bautizados a corresponder a la oración de Jesús « ut unum sint » (Jn 17, 11). Es un camino largo, plagado de obstáculos que superan la capacidad humana; pero tenemos la Eucaristía y, ante ella, podemos sentir en lo profundo del corazón, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oyó el profeta Elías: « Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti » 1 Re19, 7). El tesoro eucarístico que el Señor ha puesto a nuestra disposición nos alienta hacia la meta de compartirlo plenamente con todos -los hermanos con quienes nos une el mismo Bautismo. -Sin embargo, para no desperdiciar dicho tesoro se han de respetar las exigencias que se derivan de ser Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión apostólica.
Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmera en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o _exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este « tesoro ». Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque « en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación ».
Sigamos, queridos hermanos y hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes- intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos « contagia » y, por así decir, nos « enciende ».Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un resquicio del « cielo nuevo » y de la « tierra nueva » que se abrirán ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí, en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación: « Veni, Domine lesu! » (Ap. 22, 20).

Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, Juan Pablo II