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30 de noviembre de 2014

Frutos de la piedad eucarística


El desarrollo de la piedad eucarística ha producido en la Iglesia inmensos frutos espirituales. Los ha producido en la vida interior y mística de todos los santos; por citar algunos: Juan de Ávila, Teresa, Ignacio, Pascual Bailón, María de la Encarnación, Margarita María, Pablo de la Cruz, Eymard, Micaela, Antonio María Claret, Foucauld, Teresa de Calcuta, etc. Ellos, con todo el pueblo cristiano, contemplando a Jesús en la Eucaristía, han sabido por experiencia qué verdad es aquello de la Escritura: «contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (Sal 33,6).

26 de noviembre de 2014

Debemos cuidar la dimensión sagrada de los signos litúrgicos


Me encuentro con gente que me sugiere que en algunas celebraciones, especialmente en las muy especiales o en aquellas que se da una mayor abundancia de niños, tengamos en la parroquia una especie de monitor – comentarista que vaya explicando los gestos, los signos, las partes de la celebración.

Error. Grave error. Sobre todo porque en la práctica supone minusvalorar los gestos para sustituirlos por palabrería no siempre adecuada. Un ejemplo puede ser la misma lectura del evangelio. El monitor – comentarista puede decir que es importante, que es la palabra del mismo Cristo, que hay que estar atentos. Vale. Pero impresiona mucho más y habla mejor de lo que es el evangelio que el sacerdote haga la procesión de entrada con el evangeliario en alto, lo deposite en el altar, y en el momento de la proclamación lo tome de nuevo, camine solemnemente hacia el ambón y además se haga acompañar por dos con ciriales. Hasta el budista más despistado se da cuenta de que lo que se va a leer es algo muy serio.
No digamos nada de la consagración. Las palabras pronunciadas con solemnidad, cirios, campanillas, la elevación pausada, la genuflexión devota. ¿Hacen falta más palabras? Habla más de la presencia del Señor una genuflexión correcta ante el sagrario que cuatro frases por bien construidas que estén.

23 de noviembre de 2014

Cristo Rey y la Eucaristía




El Reino de Dios «se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y en la resurrección de Cristo, adviene en la última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. Y el Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva al Padre». «Mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo», ésa es la oración de la Iglesia: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). Nuestro Señor Jesucristo, él mismo es el Reino de Dios entre los hombres.
 

7 de noviembre de 2014

Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa


La adoración de Cristo en la misma celebración de la Misa es vivida desde el principio. Pero la adoración de la Presencia real fuera de la Misa se va configurando como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, aunque no siempre en términos exactos.

1 de noviembre de 2014

Solemnidad de todos los santos y conmemoración de los fieles difuntos


¡Estamos llamados a la vida eterna!

La solemnidad de todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos son dos celebraciones litúrgicas que invitan a meditar sobre la vida eterna. En este sentido la eucaristía nos alimenta la esperanza de la vida eterna.

«¡Oh sagrado banquete (o sacrum convivium), en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!». Como dice esta antigua oración de la Iglesia, la eucaristía es, en efecto, como dice esta antigua oración de la Iglesia, «la anticipación de la gloria celestial»(Catecismo 1402). La eucaristía es, pues, la reunión con Dios y la comunión con los santos: es el cielo en la tierra.

28 de octubre de 2014

Eucaristía: fuente de nuestra vida cristiana


En todo momento de gracia, el cristiano, «muriendo» al hombre viejo carnal, «vive» el hombre nuevo espiritual. Si un cristiano perdona, mata en sí el deseo de venganza y vive la misericordia de Cristo. Si da una limosna, mata el egoísmo y vive la caridad del Espíritu Santo. Si se priva de un placer pecaminoso, toma la cruz y sigue a Cristo, muere y vive. Y así sucede «cada día», en todos y cada uno de los instantes de la vida cristiana:muerte al hombre viejo, en virtud de la pasión de Cristo, y vivificación del hombre nuevo en virtud de su resurrección gloriosa. Es una vida continuamente eucarística y pascual. No se puede participar de la vida divina sin inmolar al Señor sacrificialmente toda la vida humana, en cuanto está marcada por el pecado: sentimientos y afectos, memoria, entendimiento y voluntad.
De Cristo nos viene, pues, juntamente, la capacidad de morir a la vida vieja, y la posibilidad de recibir la vida nueva y santa. De Él nos viene esta gracia, y no sólo como ejemplo, sino como impulso que íntimamente nos mueve y vivifica. Siendo la misa actualización del misterio pascual, es en ella fundamentalmente donde participamos de la muerte y resurrección del Salvador. Por tanto, de la eucaristía fluye, como de su fuente, toda la vida cristiana, la personal y la comunitaria.

25 de octubre de 2014

Pueden ir en Paz


La Misa termina con un rito breve y de profunda significación.
El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu.
Y como al principio de la Misa, el signo de la cruz, y el nombre de la Santísima Trinidad.
«En seguida el sacerdote añade: “la bendición de Dios todopoderoso –haciendo aquí la señal + de la bendición–, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros”. Y todos responden Amén».
Cristo, por medio del sacerdote, con la eficacia y certeza de la liturgia, concede finalmente a su pueblo una bendición. Así como el Señor, en el momento de la Ascensión, al despedirse de sus discípulos, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le re-presenta, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (Pleg. euc. III).

21 de octubre de 2014

La liturgia de las horas y la Eucaristía


«La “obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación de Dios” (SC 5b) es realizada por Cristo en el Espíritu Santo por medio de su Iglesia no sólo en la celebración de la eucaristía y en la administración de los sacramentos, sino también, con preferencia a los modos restantes, cuando se celebra la Liturgia de las Horas. En ella, Cristo está presente en la asamblea congregada, en la palabra de Dios que se proclama y “cuando la Iglesia suplica y canta salmos” (SC 7a)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 13).

17 de octubre de 2014

La Eucaristía es verdadero sacrificio


Es un sacrificio. Jesús entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo una Alianza Nueva, con plena libertad, «entrega su vida» –su cuerpo, su sangre– para el rescate de todos los hombres (cf. Catecismo 1362-1372, 1544-1545). De sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser el Cordero de Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo. Que así lo entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque así lo entendieron sus apóstoles.

La enseñanza de San Pablo es muy explícita: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave aroma» (Ef 5,2; cf. Rm 3,25). Es el amor, en efecto, lo que le lleva al sacrificio: «Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; cf. Gál 2,20). Y por eso ahora «en Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1,7; cf. Col 1,20). Por tanto, «nuestro Cordero pascual, Cristo, ya ha sido inmolado» (1Cor 5,7). Es la misma doctrina que da San Pedro (1Pe 1,2.9; 3,18).

Igualmente San Juan ve en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte sacrificial «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.37). Según disponía la antigua ley mosaica sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue quebrado en la cruz (19,37 = Ex 12,46). Los fieles son, pues, «los que lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), es decir, «los que han vencido por la sangre del Cordero» (12,11). Y ese Cordero degollado preside ahora para siempre ante el Padre la liturgia celestial (5,6.9.12). Así pues, el sacrificio de la vida humana de Jesús gana en la cruz la salvación para todos: «él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,2).

8 de octubre de 2014

¡Tengo Fe en la Eucaristía!


La presencia real de Cristo en el Pan y en el Vino, es decir, en la Eucaristía sólo se acepta desde la fe, no por razonamiento. San Agustín decía: “Si lo entiendes, no es Dios”. Por eso hemos de optar y situarnos entre los que abandonaron a Jesús, escandalizados por el discurso del Pan de vida (Jn 6,66) o entre los que siguen como Pedro al Señor y confiesan con plena libertad y confianza su fe: “Señor, ¿dónde vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.(Jn 6,68-69)

Yo me situo en el segundo grupo, entre los que desde la fe confiesan que Cristo es el Señor, y que el pan y el vino son el Cuerpo y la Sangre del Señor.

7 de octubre de 2014

Castidad en el noviazgo y en el matrimonio: un camino posible gracias a la Eucaristía


Una vida cristiana sana hace posible la castidad en todas las edades del cristiano, niño y adolescente, adulto y anciano. También en los novios. El concilio de Trento, haciendo suya una frase de San Agustín, enseña que «Dios no manda cosas imposibles, sino que el mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas, y ayuda para que puedas: “sus mandamientos no son pesados” (1Jn 5,3), y “su yugo es suave y su carga ligera” (Mt 11,30)» (1547: Denz 1536). La experiencia de muchos cristianos, que están viviendo con fidelidad la vida cristiana nos muestra que la estabilidad en la vida de la gracia es posible en todas las edades y circunstancias, aunque puedan producirse caídas esporádicas. Valga el ejemplo, aunque sea un tanto prosaico: es perfectamente posible conducir un coche sin producir accidentes, atropellos, choques. Éstos pueden darse en algún momento, pero un conductor atento y cuidadoso puede pasar años sin fallo alguno considerable. No es preciso ningún milagro para eso.

Cuando decae la vida cristiana esta convicción vacila, apoyándose en las experiencias negativas. Los bautizados, los novios concretamente, que se consideran autorizados a vivir según los criterios y costumbres del mundo, que incluso lo consideran un deber en virtud de una espiritualidad de «encarnación» (!); que no viven la oración, la misa dominical, la lectura de las Escrituras y libros espirituales, la comunidad parroquial o de otros grupos cristianos; aquellos que no guardan el pudor en el vestido, las conversaciones, los espectáculos, las lecturas, las miradas; quienes asimilan las costumbres del mundo, novios, por ejemplo, que pasan juntos semidesnudos en la playa horas y horas; que hacen solos un viaje de vacaciones; que no se privan de películas obscenas…, podrán afirmar, con graves fundamentos experimentales, que es imposible la castidad en los novios. La castidad y cualquier otra virtud.

2 de octubre de 2014

1º Jueves de mes: sacerdocio y eucaristía


–El sacerdote es el ministro re-presentante de Cristo dentro del pueblo sacerdotal cristiano. Quiso el Señor instituir un «especial sacramento [el del Orden] con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza» (Vat.II, Presbyterorum ordinis 2c). 

Los sacerdotes, en efecto, son «consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden [novo modo consecrati, respecto de la consagración bautismal], y se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno». De tal modo que «todo sacerdote, a su modo, representa la persona del mismo Cristo, y es enriquecido de gracia particular para que mejor pueda alcanzar, por el servicio de los fieles, la perfección de Aquel a quien representa» (PO 12a).

Según esto, la gracia propia del sacramento del Orden da a estos fieles un nuevo ser, que les hace posible un nuevo obrar. En adelante, estos cristianos constituidos sacerdotes-ministros, han de vivir, siempre y en todo lugar, el ministerio de la re-presentación de Cristo entre sus hermanos. Sacerdos alter Christus.

22 de septiembre de 2014

Adoración nocturna


–Mi abuelo era de la Adoración Nocturna.
–Gran obra de Dios. Y hoy, por designio de la Providencia, se van multiplicando las capillas de Adoración Perpetua.
En los anteriores artículos fui explicando los diferentes momentos de la Misa, el Mysterium fidei por excelencia. Y al tratar de la consagración, del acto máximo de la Eucaristía (275), no me detuve en considerar con amplitud el misterio de la transubstanciación, para contemplarlo ahora más detenidamente, pues él es el fundamento de la adoración eucarística.
–La presencia de Cristo en la Eucaristía es real, verdadera y substancial desde el momento en que sea realiza la consagración del pan y del vino. Y para exponer misterio tan grandioso prefiero ceder la palabra a la misma Iglesia, tal como lo confiesa concretamente en el Catecismo:
1373 «“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31 46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, [está presente] bajo las especies eucarísticas” (SC 7).
1374 El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., STh III, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Trento: Denz 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (Pablo VI, enc. Mysterium fidei 39).

4 de septiembre de 2014

La Santa Misa después de rezar el Padre nuestro


Para participar bien, interior y exteriormente, en la santa Misa conviene conocerla bien, y seguir con plena atención e intención todo lo que en la celebración eucarística se va diciendo y  haciendo. Veamos ahora lo que va del Padrenuestro a la Comunión.
–La paz
Sabemos que Cristo resucitado, cuando se aparecía a los apóstoles, les saludaba dándoles la paz: «La paz con vosotros» (Jn 20,19.26). En realidad, la herencia que el Señor deja a sus discípulos en la última Cena es precisamente la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy; pero no como la da el mundo» (14,27).
El pecado, separando al hombre de Dios, que es su centro, divide de tal modo al hombre en partes contrapuestas, e introduce en él tal cúmulo de ansiedades y de internas contradicciones, que aleja irremediablemente de la vida humana la paz. Por eso, en la Biblia la paz (salom), que implica, en cierto modo, todos los bienes, no se espera sino como don propio del Mesías salvador. Él será constituido «Príncipe de la paz: su soberanía será grande y traerá una paz sin fin para el trono de David y para su reino» (Is 9,5-6). Sólo él será capaz de devolver a la humanidad la paz perdida por el pecado (Ez 34,25; Joel 4,17ss; Am 9,9-21).
Pues bien, Jesús es el Mesías anunciado: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14). Cuando nace en Belén, los ángeles anuncian que Jesús trae a la tierra «paz a los hombres amados por Dios» (Lc 2,14). En efecto, quiso «el Dios de la paz» (Rm 15,33), en la plenitud de los tiempos, «reconciliar por Él consigo, pacificando por la sangre de su cruz, todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (Col 2,20). De este modo nuestro Señor Jesucristo, quitando el pecado del mundo y comunicándonos su Espíritu, es el único que puede darnos la paz verdadera, la que es «fruto del espíritu» (Gál 5,22) y de una justificación por gracia (Rm 5,1): la paz que ni el mundo ni la carne son capaces de dar, la paz perfecta, el don celeste, la paz que ninguna vicisitud terrena será capaz de destruir en los fieles de Cristo.
El rito de la paz, previo a la comunión, es, pues, un gran momento de la eucaristía. El ósculo de la paz ya se daba fraternalmente en la eucaristía en los siglos II-III. El sacerdote, en una oración –que, esta vez, dirige al mismo «Señor Jesucristo»– comienza pidiéndo a Jesús para su Iglesia «la paz y la unidad», en una súplica extremadamente humilde: «no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe [la fidelidad] de tu Iglesia». Y a continuación, haciendo presente al mismo Cristo resucitado, dice a los discípulos reunidos en su nombre: «La paz del Señor esté siempre con vosotros».
Por otra parte, la comunión está ya próxima, y no podemos unirnos a Cristo si permanecemos separados de nuestros hermanos. De ahí la exhortación: «Daos fraternalmente la paz». De este modo, la asidua participación en la eucaristía va haciendo de los cristianos hombres de paz, pues en la misa reciben una y otra vez la paz de Cristo, y eso les hace cada vez más capaces de comunicar a los hermanos la paz que de Dios han recibido. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
La Instrucción Redemptionis sacramentum (2004), recordando normas precedentes, advierte que «cada uno dé la paz sobriamente, sólo a los más cercanos a él. El Sacedordote puede dar la paz a los ministros, permaneiendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles» (72).

2 de septiembre de 2014

¿Es conveniente comulgar con frecuencia?


–Este tema es sin duda más gordo que los otros que ha tratado sobre la comunión.
–Bueno, casi mejor digamos que es más importante, más grave y transcendente.
–La frecuencia de la comunión, actitudes diversas durante siglos
En la antigüedad cristiana, sobre todo en los siglos III y IV, hay numerosas huellas documentales que hacen pensar en la normalidad de la comunión diaria. Los fieles cristianos más piadosos, respondiendo sencillamente a la voluntad expresada por Cristo, «tomad y comed, tomad y bebed», veían en la comunión sacramental el modo normal de consumar su participación en el sacrificio eucarístico. Sólo los catecúmenos o los pecadores sujetos a disciplina penitencial se veían privados de ella. Pronto, sin embargo, incluso en el monacato naciente, este criterio tradicional se debilita en la práctica o se pone en duda por diversas causas. La doctrina de San Agustín y de Santo Tomás podrán mostrarnos autorizadamente esta diversidad de prácticas.
Santo Tomás (+1274), tan respetuoso siempre con la tradición patrística y conciliar, examina la licitud de la comunión diaria, adivirtiendo que, por parte del sacramento, es claro que «es conveniente recibirlo todos los días, para recibir a diario su fruto». En cambio, por parte de quienes comulgan, «no es conveniente a todos acercarse diariamente al sacramento, sino sólo las veces que se encuentren preparados para ello. Conforme a esto se lee [en Genadio de Marsella, +500]: “ni alabo ni critico el recibir todos los días la comunión eucarística”» (STh III,80,10). Y en ese mismo texto Santo Tomás precisa mejor su pensamiento sobre la frecuencia de la comunión: «El amorenciende en nosotros el deseo de recibirlo, y del temor nace la humildad de reverenciarlo. Las dos cosas, tomarlo a diario y abstenerse alguna vez, son indicios de reverencia hacia la eucaristía. Por eso dice San Agustín [+430]: “cada uno obre en esto según le dicte su fe piadosamente; pues no altercaron Zaqueo y el Centurión por recibir uno, gozoso, al Señor, y por decir el otro: “no soy digno de que entres bajo mi techo”. Los dos glorificaron al Salvador, aunque no de una misma manera. Con todo, el amor y la esperanza, a los que siempre nos invita la Escritura, son preferibles al temor. Por eso, al decir Pedro “apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador”, responde Jesús: “no temas”» (ib. ad 3m).

19 de agosto de 2014

La Santa Eucaristía y la Santísima Trinidad



Cuando comulgamos, cuando estamos frente a la Eucaristía, entramos en una comunión misteriosa y profunda con toda la Trinidad: a través de Jesús, en su Espíritu, entramos en comunión con el Padre. Nosotros ahora mismo podemos realizar esto. Estamos frente a Jesús. El secreto es ofrecerse por completo, no reteniendo voluntariamente nada para sí mismo. Jesús en la cruz fue todo él una ofrenda, una hostia. No había fibra alguna de su cuerpo o sentimiento de su alma que no fuese ofrecida al Padre; todo estaba sobre el altar. Todo aquello que uno retiene para sí, se pierde, porque no se posee sino lo que se da. San Francisco de Asís, concluye una de sus admirables páginas sobre la santa misa, con esta exhortación: «Mirad, hermanos, la humildad de Dios y derramada ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por él. En conclusión: nada de vosotros retengáis para vosotros mismos, para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega». El autor de la Imitación de Cristo hace decir a Jesús: «Me he ofrecido por entero al Padre, por ti he dado todo mi cuerpo y mi sangre como alimento, para ser todo tuyo, y tú mío para siempre. Pero si quieres pertenecerte a ti mismo y no te ofreces espontáneamente a mi voluntad, no habrá ofrenda completa, ni existirá una perfecta unión entre nosotros» Lo que uno retiene para sí, para conservar un margen de libertad con Dios, contamina todo el resto. Es como ese pequeño hilo de seda, del que habla san Juan de la Cruz, que impide al pájaro volar.

30 de junio de 2014

Sin sacerdotes no hay Eucaristía



Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor.

¿Quién lo ha puesto en el sagrario?    El sacerdote.

7 de junio de 2014

El Espíritu Santo y la Eucaristía



La acción del Espíritu Santo se desarrolla en el sacramento eucarístico, cima del encuentro personal entre Jesucristo y el creyente, en orden a la plena apropiación de su santidad, a revestirse con ella. Ciertamente, la Eucaristía extiende y hace presente toda la vida de Cristo, aunque de manera especial destacamos el misterio de la Encarnación y la Pascua, momentos constitutivos del misterio cristiano donde contemplamos la acción del Espíritu Santo, tanto para tejer la veste humana del Salvador en el seno de María, como para vivificar la humanidad muerta de Jesús y llamarlo al estado glorioso de Señor.[1]
 
 
Efectivamente, en la Eucaristía entramos en comunión con el Hijo de Dios hecho carne que santifica a los hombres, ya que por medio de este admirable sacramento

 
“Cristo se vuelca en nosotros y con nosotros se funde, cambiándonos y transformándonos en sí como una gota de agua en un infinito océano de ungüento perfumado. Éstos son los efectos que puede producir ese ungüento en los que lo encuentran: no sólo los vuelve perfumados, no sólo les hace aspirar ese perfume, sino que transforma su misma sustancia en el perfume de ese ungüento y nosotros nos volvemos el buen olor de Cristo”.[2]
 

4 de junio de 2014

Aman la Eucaristía, la oración y el vínculo apostólico


John Harbaugh, de 51 años, ex jugador y ahora entrenador de fútbol americano y ganador de la SuperBowl de 2013 a su propio hermano (ambos católicos practicantes), participó recientemente en la cena y misa de Catholic Athlets for Christ [Deportistas Católicos por Cristo], y concedió en mayo una entrevista al National Catholic Register donde volvió a expresar con nitidez sus convicciones cristianas.
 Y sus respuestas muestran una fe que va más allá de lo aprendido en casa o en la parroquia, y muestra una formación seria y un interés personal en procurársela.

 "La misa me recuerda que cada sacerdote, hoy, puede remontar su linaje hasta Jesús. Hay una sucesión ininterrumpida de obispos que han ordenado sacerdotes durante siglos, de modo que todos y cada uno de los sacerdotes católicos están verdaderamente unidos a Jesús de forma sacramental. Es algo extraordinario e irreemplazable que nos ofrece hoy la Iglesia", afirma cuando le preguntan por su decisión de reimplantar una misa regular para los jugadores y miembros del equipo técnico de los Baltimore Ravens que quisieran asistir.

28 de mayo de 2014

La adoración eucarística nos protege del demonio


El director de cine Juan Manuel Cotelo, quien acaba de estrenar este año en Latinoamérica su última producción “Tierra de María”, es un testigo privilegiado del encuentro efectivo entre Dios y el hombre, en lo ordinario y en lo extraordinario, en lo sutil y en lo polémico. Son cientos los rostros que han pasado desnudando el alma ante el lente de Cotelo, en obras tan conocidas como “La última cima”, la serie “Te puede Pasar a Ti” o ahora esta estremecedora “Tierra de María”.

 Haciendo un espacio en su agenda ha permitido ser él quien ahora tome el lugar de testigo ante el micrófono de periódico Portaluz, para regalar la intimidad de su encuentro con Dios y compartir las certezas que tantos le han ido traspasando en estos años, especialmente en la “Tierra de María”. Dios, el demonio, las apariciones de Medjugorje, Adoración Eucarística, homosexualidad, la experiencia de saberse amado, sanado, perdonado y liberado son algunos tópicos de los que habla Cotelo, con profusión de imágenes, como buen “contador de historias”, según él mismo se define.